¡Saludos!

Escribí esta pequeña introducción para explicar la forma de ser de un personaje al que tengo mucho cariño. Fue un personaje de rol que tras algunas modificaciones acabé convirtiendo en un muñeco de resina. Y al final tanto elucubrar sobre ello su historia y su mundo está empezando a crecer. Tanto que hasta da miedo y todo XD.

Este capíyulo está "ilustrado" con varias fotos. Si os interesa verlas, podéis hacerlo en esta dirección:

http : / micorrientevital . blogspot . com /2011 / 05

(Ya sabéis, quitad los espacios para acceder)

En cualquier caso, sed todos bienvenidos. Los comentarios, correcciones y algún que otro tomatazo también se agradecen ^^

Introducción: canción nostálgica

He viajado pos mil lugares. He atravesado ríos, valles y montañas. He pasado un frio helador y un calor abrasador, con una única compañía mi laúd. No es fácil ser el bastardo de un monstruo ¿sabéis?

No entendéis de lo que hablo, es comprensible. Quizá debería empezar desde el principio:

Veréis, nací en una pequeña aldea escondida en las montañas. Aunque todo el continente lleve sumido en la guerra y el caos ya antes desde que yo naciera, ese lugar siempre fue bastante tranquilo, gracias a su aislamiento.

Según pude ir sonsacando a la gente del lugar, mi madre era una ruborosa muchachita, con una mata de cabello del color del fuego, al igual que yo. Su padre fue músico y de él heredó un rústico pero melodioso laúd. Ella adoraba tocar y cantar. Hasta que todo se estropeó.

Lejanas batallas se sucedían incesantemente. La escasez de medios hacía desertar a muchos soldados de ambos bandos. Los caminos se llenaron de bandidos, ya fueran gente desesperada que ya no tenía nada que perder o mercenarios sin escrúpulos. Y mi padre pertenecía al segundo grupo, según parece.
Perdido, debió de vagar ocultándose en los bosques hasta toparse, vaya suerte la suya, con mi pobre madre. La gente de la aldea la encontró medio muerta a las afueras del pueblo, ya que ella logró arrastrarse como pudo hasta allí antes de colapsar. Jamás consintió contar nada de lo que le ocurrió y se volvió esquiva y huraña. Se revolvía como una fiera contra cualquiera que osara tocarla. Sin embargo todos pudieron hacerse una idea bastante aproximada de lo ocurrido cuando al cabo de unos meses empezó a crecerle una notable barriga. El muy desgraciado la violó y la dejó allí para que muriera, pero ella no le dio el gusto.

Imaginaos, una mujer sola, sin ningún varón que cuidara de ella y embarazada de un bastardo. Viviendo en una aldea de gente simple eso no la convirtió precisamente en la reina de la popularidad. Y por supuesto ningún hombre era tan generoso como para casarse con ella y hacerse cargo del crío ajeno. Aún con todo y con eso, tuvo suerte. Ahora sabréis por qué.

Al cabo de nueve meses las evidentes consecuencias de los hechos anteriores se dieron a conocer. Y fue, desde luego, un evento que dio tema de conversación a por lo menos tres generaciones de destripaterrones.
El niño que nació apenas podía considerarse humano: las orejotas de murciélago que coronaban su cabeza y sus ojos saltones y amarillos lo gritaban a los cuatro vientos. Así como el aullido de la partera al verme, que según cuentan fue diez veces superior a los de la propia madre durante las contracciones. También dicen que esa vieja bruja saltó por la ventana con la agilidad de un potrillo a causa del terror, enfiló el camino a toda velocidad y que nunca se la volvió a ver. Ya sabéis, exageraciones que la gente añade con afán artístico a sus relatos, ya que sé de buena tinta que esa mujer murió varios años después por culpa de una indigestión de boniatos. Pero me voy del tema.

En fin, ahí estaba yo, delante de unos aterrados pueblerinos de pocas luces, aferrado salvajemente por mi madre. Nunca fue un ejemplo de maternidad admirable, pero ese día me salvó de ser lanzado a una hoguera o algo peor, bendita sea. De hecho tengo entendido que el viejo Klaus aún conserva una espectacular cicatriz por el mordisco que ella le dio en una mano cuando osó intentar quitarle al bicho -repito, yo mismo- de encima.
Es más tuve doble suerte, ya que si hubieran sabido qué clase de híbrido era yo, la hoguera habría sido un destino piadoso para mí y mi madre. Como ignorantes y sencillas gentes que eran, no sabían que los goblins, esas brutales y sanguinarias criaturas de los sus fábulas para asustar a los críos, estaban bajando de las montañas para participar en la guerra del Caos y el Orden. Presumiblemente mi padre tenía en sus venas al menos una fracción de esa podrida sangre. Y por consiguiente yo también, claro.

En, el caso es que me libré. Pero los años siguientes no fueron un camino de rosas. Añadid a mis hermosos rasgos ya descritos un cuerpecillo desgarbado, una cabeza enorme y cuatro pelos escasos de color zanahoria. Ese era yo. Y mi madre, medio enloquecida, se pasaba el día tocando el laúd de forma obsesiva, hasta hacerse sangre en los dedos. La alimentación, la cría de un niño y su propia higiene, entre otras cosas, pasaron a un segundo plano. O… a un quinto o un sexto, más bien. Y yo me las tuve que arreglar desde muy pequeño con lo que conseguía de la caridad vecinal o robando lo que podía. Tampoco se molestó en ponerme un nombre. ¡Pero no os creáis! Mis encantadores paisanos ya se encargaron de regalarme con un variado abanico de imaginativos epítetos, a cual más descriptivo. Normalmente seguido de una buena patada, si me tenían a tiro.

Siguió pasando el tiempo y crecí. Se me desarrollaron muchos músculos que pareciera que me faltaran de pequeño cuando estaba canijo y me cambió la cara. Sin ánimo de parecer presumido, mejoré bastante con la pubertad. No he sido ni seré jamás un efebo, pero la diferencia a cuando era pequeño es abismal. Ya os digo que soy un tipo afortunado, pese a todo.
Hubo algunas mozas del pueblo especialmente aventureras, que encontraron ese cambio sumamente interesante y empezaron a mirarme con unos ojos que yo no acababa de entender. Como quien observa con ojos de hambre un pavo asado.

Al final hubo una que se lanzó. Me pilló a traición mientras yo me quitaba la roña de semanas en un arroyo de agua helada. Era muy bonita. En el pueblo tenía fama de chica de gran virtud y estaba prácticamente comprometida con el mozo más cabeza hueca de la aldea, pero que tenía el pecho del tamaño de un tonel y unos puños como jamones. Yo mismo había podido comprobarlo de primera mano en varias ocasiones.
La gente podía decir lo que quisiera, pero la zagala me dio un repaso de los que hacen historia antes de que yo atinara a reaccionar. Para que luego digan de las mosquitas muertas.
En fin, no es que me disgustaran sus atenciones, en absoluto, pero los puños de su "amoroso" futuro marido se me vinieron a la memoria y me disuadieron de cualquier intención poco caballeresca por mi parte. Al dárselo a entender la moza no se lo tomó nada bien y me dijo que no olvidaría aquello. Y tenía razón.

Mientras yo me retiraba conforme con mi sentido común pero muy dolorido a la altura de los calzones, ella decidió sacar sus dotes de actriz amateur. Se manchó el vestido con algo de barro, se hizo unos estratégicos desgarrones en la ropa y acudió llorosa a su cariñito a contarle muchas cosas poco halagüeñas sobre mi persona. Seguro que os lo imagináis perfectamente.

En ese momento mi suerte falló estrepitosamente.

El mastuerzo, con una mezcla de celos salvajes e idiocia supina creyó a su dulce prometida a pies juntillas, por descontado. Decidió reunir a otros mozalbetes de similares características para darme una buena lección.
En realidad una cosa así hubiera acabado pasando tarde o temprano, al fin y al cabo yo no era para ellos más que un monstruito que les causaba intranquilidad. Eso solamente les dio la excusa que necesitaban.

No recuerdo mucho lo que pasó, solamente que me rodearon y me golpearon en la cabeza. También el ser arrastrado por el suelo del bosque, ya que tuve que escupir hojas varias veces. Quería llevarme a un sitio tranquilo donde apalizarme a gusto. Pero cuando me desperté y empezaron los golpes, los ánimos se fueron caldeando. Ya no querían darme solamente una lección: querían matarme, estoy seguro. El cabeza hueca se ensañaba especialmente, con cara de estar pasándoselo de lujo.

Entonces… algo explotó dentro de mí. Años de palizas y vejaciones salieron hacia afuera en forma de pura rabia. Cuando me quise dar cuenta, estaba rodeando con mis dos manos ese cuello de toro y su cara ya no era de placer, si no de terror.
Seguí apretando mientras le observaba ponerse morado.
Apreté un poco más… y algo crujió de forma espantosa.

Dándome cuenta de lo que estaba haciendo lo dejé caer, su cabeza colgando de un ángulo muy extraño. Y los demás me miraron con auténtico miedo antes de salir corriendo hacia el pueblo.

Estaba extrañamente tranquilo mientras observaba el cadáver. Entonces no tenía ni idea, pero los goblins tienen mucha fuerza, lo que me permitió partirle el cuello a ese chico como si fuera una rama. Y tampoco sabía que lo que vieron en mí esos muchachos antes de salir corriendo era a un verdadero monstruo, literalmente. No hago muy buena cara cuando me enfado, lo admito, por eso lo evito todo lo posible.

En fin, sabía perfectamente lo que me esperaba: una amigable horda de campesinos dispuestos a lincharme y no les culpaba demasiado esta vez. No me quedaba mucho tiempo, así que corrí hacia la miserable casucha que compartíamos mi madre y yo. Ella estaba serena como raras veces y de alguna forma… adivinó. No me dijo nada ni se despidió de mí. Simplemente me puso su laúd en sus manos y se dio la vuelta para seguir mirando por la ventana.
Esa noche tuve que escapar de allí solamente con un pequeño macuto hecho apresuradamente y el laud. Jamás he vuelto por allí y no sé qué fue de mi madre. Creo que evito pensar en ella para no sentirme culpable.

Y así fue como empezó mi vida como bardo errante. Oh, y yo mismo me puse un nombre, a falta de alguien mejor. Gwendel. Gwendel Recorrecaminos. No suena mal, ¿eh?

Sólo hay otra cosa que me sigue reconcomiendo de ese día:

Debería habérmela tirado, joder.