Estoooo… no tengo perdón. Escribí este one shot hace bastante, pero no me había acordado de subirlo aquí…

Os explico un poco: lo incluyo dentro de "La canción del Tiempo", pero en realidad es un capítulo que va aparte, un inciso. Y está bastante adelantado en la línea temporal, por eso seguramente leáis alguna cosa rara, pero me apetecía ponerlo. Así que nada, disfrutadlo. O no.

Soy un hombre muy ocupado. Tengo dos trabajos, ¿sabéis? Normalmente me gano la vida como bardo, pero si la necesidad aprieta suelo recurrir a mi "otra" ocupación. Y para eso necesita herramientas especiales. No vale con llegar y meterme en líos sin estar lo más seguro posible que el que va a ganar soy yo. No sería inteligente.

Así que tengo dos principales proveedoras: una de ellas es una knocker con una legendaria mala leche. Pero su talento y destreza bien que valen unos cuantos gruñidos y rezongos cuando voy a visitarla. Siempre me sorprende con algún artilugio nuevo que se ajusta totalmente a mis necesidades, como si me leyera el pensamiento. Todos nuestros tratos se hacen en el más estricto secreto, claro. Sin embargo, luego siempre aprovecho para pernoctar en La Carbonería, la agradable posada que también regenta. Buena cerveza y, sobre todo, unos pasteles y dulces increíbles. Lástima que la artífice de tales maravillas culinarias, Costurina, no me tenga en gran estima. Creo que no se fía ni un ápice de mí. Tampoco puedo culparla, la verdad.

Luego tenemos a la otra, Hel: experta en pociones, filtros, maldiciones y brebajes sospechosos varios. Todo en cómodos y prácticos viales monodosis. ¿Necesitas un veneno mortal? ¿Un filtro que maximice los sentidos? ¿Un trozo de oscuridad portátil? ¡Pregúntale a Hel!

Cómo la conocí… bueno, eso es una historia un poco larga.

Pero será mejor empezar por el principio, ¿verdad?

Lo que la loba se llevó

Estoy jodido. Bien jodido.

Calculo que llevo más de cuatro días dando vueltas por este maldito bosque. Tengo hambre, estoy cansado y helado. Y la lluvia que no para de caer, como una cortina, no me ayuda nada, la verdad.
¿Por qué me metí yo en este lío? El asesinato de ese tal Falnu, alguacil venido a menos, practicante amateur de nigromancia en su tiempo libre. Solía dejar sueltos por diversión a sus ghoules. La última que alcanzó a hacer es que se merendaran una aldea entera en una noche. Qué monos.

Mi trabajo no fue nada especialmente difícil: ZIS, ZAS y adiós, Falnu. Esa fue la parte sencilla, claro. Lo que no me contaron mis clientes es que ese payaso formaba parte de una logia. Se ve que no les sentó muy bien que acabara con su amigo, así que intentaron darme caza.

Y aquí estoy ahora.

¿¡Qué? ¡no me miréis así! El precio que cobré equivalía a un cadáver, el del nigromante nada más. Y no me apetecía buscarme más problemas de los necesarios con alguna secta de pirados, así que salí por patas y me interné en este bosque. Como pensaba desistieron enseguida. A lo mejor ahora están intentando que los restos de Falnu bailen para ellos. A saber. Menos mal que me llevé la cabeza como prueba para mis clientes, podría haberme delatado.

Con lo que yo no contaba es que me perdería de esta manera tan estúpida. Y encima tuve que deshacerme de la carroña al tercer día de vagabundeo. Empezaba a oler a demonios y atraía animales salvajes.

Este bosque es muy raro, además. Apenas escucho ruidos de animales en la espesura, ni cantos de pájaros. Todo está sumido en una especie de silencio denso y pegajoso. Me parece que no dejé atrás a esos tipos con mis increíbles habilidades, si no más bien que fueron ellos los que no querían entrar aquí. ¿Por qué no ponen carteles indicadores de estas cosas? Serían muy prácticos.

En fin, es una estupidez seguir lamentándose de ell… un momento. Eso que oigo no es… ¿una canción? Un tarareo bajito, como una canción de cuna. Y suena bastante cerca.

Me acerco a investigar, con las debidas precauciones, claro.
Mmmmm… una cabaña, en un claro bastante amplio. Detrás parece que hay un huerto, rodeado de una cerca de estacas. Todo parece muy bien cuidado, así que evidentemente la casa no está abandonada.
En conjunto da un aspecto de pulcro y tranquilo; aún así, algo me dice que alguien que viva tan alejado de cualquier parte en un sitio como este, no promete ser una dulce y maternal ancianita que me de sopa caliente, eso seguro. Pero el frio y el hambre acaban ganando a mi sentido común.
Me acerco sigilosamente por un lateral y curioseo por la ventana. Se ve una cocina viejísima con algunas brasas mortecinas aún encendidas. Aguzo el oído. No oigo nada tampoco en el piso de arriba. No parece haber nadie en casa.

No está nada bien irrumpir en una propiedad ajena de esta forma, pero es eso o morir de la forma más penosa imaginable, así que forzando suavemente el marco de la ventana consigo abrirla con un suave chasquido y me cuelo sigilosamente en el interior.

¡Aaaaah! ¡Qué calorcito más agradable! Estoy dejando un rastro de gotitas por el entarimado, pero no hay otro remedio. Debería coger algo de comer rapidito y marcharme cuanto antes, pero los ramos de flores y plantas puestos a secar colgados del techo emiten un aroma muy agradable y ligeramente sedante. Si me siento un ratito delante de las brasas en ese sillón de orejas que parece tan cómodo… tampoco creo que pase nada ¿verdad? Solamente un momento.
Afuera sigue lloviendo, puede que amaine un poco mientras espero…

Me voy quedando medio dormido, arrullado por la lluvia, el calorcillo y esa dulce canción, que vuelve a resonar misteriosamente.
Entonces me doy cuenta de que soy idiota sin remedio y me he metido como un perfecto retrasado en una trampa más que obvia. Pero para entonces ya ni siquiera soy capaz de abrir los ojos.

Y todo se vuelve negro…

Estoy volviendo en mí, lentamente. Primero son los pies: noto un molesto cosquilleo que intento aliviar moviendo los dedos dentro de las botas. Las piernas me pesan como plomo, igual que los brazos. Mis párpados al principio se niegan a abrirse cuando se lo pido, pero poco a poco voy consiguiendo alejar el sopor. Mi boca está tan seca que cuando intento hablar solamente me sale un graznido ronco. Lo poco que puedo vislumbrar a través del ventanuco que tengo justo enfrente es que ya es de noche cerrada.

Oigo un sonido ahogado detrás de mí y unos pasos suaves que se acercan hasta donde me encuentro. Quien sea que esté ahí debe de haber estado observándome desde hace un buen rato. Creo que sigo en el mismo sillón donde caí dormido, pero la postura en la que me encuentro me hace imposible volver el cuello lo suficiente para ver al dueño de las pisadas. Solamente consigo captar un ligero y agradable olor a hierbas aromáticas, puede que romero, que se hace más intenso cuando una mano me acaricia delicadamente el pelo y la cara.
Sí, decididamente es romero.

-Vaya ¿qué tenemos aquí? Parece que el pequeño pichoncito está despertando – ronronea una voz suave pero ligeramente ronca. Una voz de mujer joven -Un pichoncito que se ha perdido en el bosque y ha decidido irrumpir sin permiso en la casa de una mujer sola e indefensa. ¡Qué falta de cortesía! Pero estabas tan mono ahí dormidito que no tuve corazón para despertarte…-sigue canturreando mientras juguetea con un mechón de mi pelo y me hace cosquillas en la oreja.

Dando un rodeo se coloca enfrente de mí y me levanta la barbilla con un dedo inquisitivo. Entreabro los ojos para observarla mejor: tiene el aspecto de una muchacha que no ha alcanzado la veintena, como deduje por su voz. Su pelo, de color rubio ceniciento, le enmarca la cara con rizos algo descuidados que se mueven con gracia mientras ella inclina la cabeza a un lado y a otro, examinándome. Lleva un vestido muy sencillo, casi campesino, adornado con una pañoleta de vivos colores y un delantal a la cintura. No encuentro nada digno de resaltar hasta que me fijo en sus ojos: azules grisáceos, glaciales. Ojos de depredador. Cada vez tengo más claro que estoy metido en un buen problema.
Con la fuerza del terror sigo instando a mis extremidades a sacudirse la modorra, con disimulo. No quiero que ella se dé cuenta aún. Pero necesito más tiempo, así que decido hablarle.

-Tendrá que perdonarme, bella moza, pues mi intención no era molestarla a usté- balbuceo tras lamerme los agrietados labios y tirando de mi mejor acento campesino- Todo lo que yo andaba buscando era guarecerme de la chaparrada que mi pilló. Pero si me lo permite tenga por seguro que me iré en seguida sin causarle más estorbo.

Esto parece causarle muchísima gracia, porque empieza a reírse quedamente mientras se cruza de brazos, haciendo sobresalir su escote por encima de la pañoleta.

-¡Deja de decir tonterías, cariño! Tanto tú como yo sabemos perfectamente que no eres ningún destripaterrones perdido. Empezando por tu aspecto…

Ups, pillado.

-…y terminando por todos estos… juguetitos que llevabas escondidos.

Diciendo esto, comienza a sacar de los muchos bolsillos de su delantal todas las armas "de emergencia" que siempre llevo ocultas. No se ha dejado ni un rincón por registrar, mal rayo la parta.
Una a una, las va dejando caer al suelo, donde van quedando clavadas sobre la madera, en una perfecta hilera rozando mis pies. Y prosigue hablando mientras me da la espalda y se dirige hacia la cocina, donde ahora chisporrotea un alegre fuego que ilumina la habitación:

- Pensaba que esos estúpidos habían entendido que es inútil mandarme a un asesino tras otro. Todos acabaron igual, cariño- dice señalando hacia una barra de madera donde hay puestos a curar varios embutidos- Hacía mucho tiempo que nadie como tú se aventuraba por mi casa. Pero parece que siguen empeñados en acabar con la bruja malvada del bosque. Dime, tesoro ¿es por eso por lo que te han enviado a ti, eh? ¡Te prometo que no me enfadaré!

Ay, ay, ay. Sabía que las cosas estaban complicadas pero… una bruja. He ido a parar a la casa de una maldita BRUJA, nada menos. Los chiflados de la secta de nigromantes empiezan a aparecerme mucho menos desagradables. ¿¡Por qué no me quedaría con ellos?
Como dato positivo, ya casi he logrado superar el encantamiento: tengo todos los músculos en tensión, preparados para actuar.

Mientras mi cerebro sigue funcionando a toda marcha, buscando posibles vías de escape, ella se da la vuelta: lleva en la mano un afiladísimo y enorme cuchillo de cocina. Su sonrisa ya no es divertida, si no siniestra. Las pupilas de sus ojos están totalmente dilatadas y me observan, hambrientas.

Eso ya no es nada positivo.

-Así que llegamos a un punto bastante espinoso: qué debo hacer contigo- se va acercando amenazadoramente con esa escalofriante sonrisa pintada en la cara- Lo más práctico sería hacerte pedacitos y mandarte envuelto en un bonito lazo a quien quiera que sea que te haya enviado. Como último aviso. Pero… ¿sabes? Todos los que te precedieron eran unos hombretones apestosos y desagradables, unos simios. Pero tú…

¿Yo… qué?

-Me agradas. Me encanta tu cabello pelirrojo. Me dan ganas de devorarte entero, cielito. Mandarte de vuelta sería una verdadera lastima.

Terminar acompañando a los embutidos ahí colgado, literalmente. No es como siempre he imaginado que iba a morir, la verdad.

-Y también tengo curiosidad. Hueles a muerte, como todos los asesinos, pero también a algo más, aunque no acabo de reconocer qué es…

-Probablemente lo del olor se deba a que mi árbol genealógico no es precisamente un ejemplo de buena familia- Contesto con algo de retintín- Escucha, siento haber irrumpido en tu casa, pero es verdad que estaba perdido. Nadie me ha pagado para que te ataque ni sabía nada de ti hasta ahora. Además, puedo asegurarte que si me comes no tendrás una buena digestión.

No creo que sirva de nada tratar de razonar con ella, pero por intentarlo…
No parece surtir ningún efecto, aparte de divertirla, de nuevo. Parece estar muy segura de que sigo inmovilizado.

-¡De verdad que eres un chico muy gracioso! Me caes bien, tesoro. Solamente por eso te mataré con cariño, para que no sufras- susurra dulcemente mientras me levanta la cabeza de nuevo para acercar su horripilante cuchillo a mi cuello.

Hora de actuar. Me doy impulso en el suelo con las piernas y vuelco el sillón hacia atrás. Oigo como el cuchillo rasga el bajo del asiento. Me ha ido de un pelo.

La misma fuerza con la me he echado hacia atrás me hace dar una torpe voltereta y un par de tumbos antes de ponerme de pie. Sigo algo anquilosado, pero estoy preparado para… huir como una rata, preferiblemente. Las brujas son oponentes muy a tener en cuenta y yo estoy completamente desarmado ahora mismo.
Sin perder un segundo cojo una robusta silla y la estrello con todas mis fuerzas contra una ventana. La silla se hace astillas, pero el cristal aguanta sin un solo daño. Magia de nuevo.

-¡Estás hecho toda una caja de sorpresas, cariño! Mis hechizos no son nada fáciles de contrarrestar. Creo que nos lo vamos a pasar de miedo ¡tú y yo solitos!- me dice con verdadera alegría mientras me guiña el ojo coquetamente. Pues sí, menuda fiesta- ¡Es hora de entrar en cosas más entretenidas!

-Oh, por mí no te molestes, por favor ¡Si yo lo que quiero es salir!- replico intentando mantener las distancias al máximo con ella.

A una palabra suya una fuerza invisible me empuja con fuerza estrellándome contra una pequeñas estantería llena de diminutos botes de especias varias, a juzgar por la nube que se levanta y me hace estornudar y lagrimear. Pequeñas chispas siguen restallando a mi alrededor cuando me levanto como un rallo y esquivo la otra andanada que me manda a traición. Noto algo raro a la altura del culo, pero no tengo tiempo para pararme y averiguar qué es.
He agarrado al vuelo uno de esos botecitos, que guardo en el puño mientras sigo corriendo por toda la estancia, huyendo de sus ataques. La adrenalina me empuja entre saltos imposibles y piruetas circenses. Muebles, esquirlas y astillas de madera vuelan a mi alrededor.

Inesperadamente, hace una pequeña pausa. Empieza a estremecerse y da un salto enorme en mi dirección. Pero lo que aterriza delante de mí no es una muchacha con una pañoleta de colores, si no un lobo grisáceo enorme que babea profusamente. Hexenwolf. Parece que ha decidido pasar a la artillería pesada.
Desesperado, le reviento el botecito en el hocico, rezando porque no sea canela. Pero no, he tenido suerte y es pimienta. En cuanto el fino polvo penetra en su sensible nariz, emite un gañido y se intenta frotar con las patas delanteras, dándome unos segundos preciosos.

Lo único que me queda ya es el techo. Por fortuna hay unas vigas de madera enormes, así que de dos brincos salto sobre una alacena y me encaramo a una de ellas. Derribo de una patada mi improvisada escalera, por si acaso. Y le hablo siseando ligeramente desde la relativa seguridad de mi refugio, donde me sostengo de cuclillas:

-Parece que estamos en tablas, bruja- sí, más quisiera yo… ¡Un momento! ¿Siseando? Parece que mi verdadera cara ha salido a la luz. Noto mis afilados dientecillos punzando ligeramente mis labios.

-Ya veo. Un goblin- Me contesta el lobo con un profundo gruñido- No, un mestizo. Ahora entiendo por qué dijiste que no me garantizabas una digestión placentera- Su sonrisa lobuna es mucho más escalofriante ahora, con unos cuantos colmillos de más dentro de su boca- Pero en una cosa te equivocas: tarde o temprano tendrás que bajar, o lo hare yo por ti.

-¿Por qué tendría que hacerlo? Estoy muy cómodo aquí arriba. Y ahí abajo hay dientes- En realidad ella tiene razón. Es cuestión de tiempo- Además…- mientras sigo hablando me llevo una mano a la espalda y palpo lo que me lleva molestando desde hace un rato, que es… ¿PERO QUÉ DEM…?

-¿Estabas intentando transformarme en cerdo para comerme?

-¿No crees que los tiernos y jugosos gorrinillos son adorables?- la loba da vueltas, mirándome fijamente- Esto es extraño: jamás dejo de acertar con mis conjuros, cariño. Eres rápido.

-Que va. Me has dado de lleno-y diciendo esto me retuerzo para mostrarle lo que tengo en la parte baja de mi anatomía: una rizada colita porcina.

La loba se queda clavada en el sitio, como pasmada. Y empieza a emitir un gruñido sincopado muy extraño, que va subiendo de volumen. Se está riendo. A carcajada limpia, aunque resulta un poco extraño ver algo así en un animal de su tamaño.
Ríe y ríe, sin descanso mientras va cambiando de forma a lo que era anteriormente: una jovencita que lagrimea profusamente mientras se agarra el estómago y da patadas en el suelo.

-¡Así que era eso!-consigue decir entre carcajada y carcajada- ¡Los goblins sois unos animalitos muy resistentes a la magia!

-Disculpa, pero no soy ningún "animalito"- puntualizo un poco picado por su observación. Al menos mi cara ha ido volviendo a la normalidad- Y tengo un nombre, si no te importa.

-Muy bien, chico con nombre. Me estoy entreteniendo muchísimo. ¿Por qué no bajas aquí y hablamos más tranquilos?- me pregunta secándose con un dedo los últimos lagrimones producidos por su ataque de hilaridad- No más peleas, te lo prometo. Me pareces demasiado interesante para matarte.

-Sí claro ¿y por qué debería creerte? No te ofendas, pero me produce cierta incomodidad el que hace menos de un minutos estuvieras intentando trincharme el pescuezo, bruja.

- Te doy mi palabra de honor- me contesta. La promesa de una bruja es sagrada, o por lo menos eso tengo entendido- Por cierto, yo también tengo un nombre, cielo. Llámame Hel.

No es que me queden muchas más opciones. No puedo pasarme el resto de mi vida colgado de esta viga, como un murciélago. Así que con ciertas reservas doy un salto y aterrizo en el maltratado suelo de madera.

-Está bien, eeemmmm… Hel. Mi nombre es Gwendel. Siento no poder decir que estoy encantado de conocerte- "Y que sea lo que tenga que ser" añado mentalmente.

Ella no parece tener ningún problema, al contrario. Se me acerca y empieza a acariciarme la cabeza, como si fuera un cachorrito.

-Oh, vamos, espero que no estén enfadado por nuestra pequeña desavenencia de hace un rato- ronronea mimosamente- Comprende que una mujer sola tiene que tener sus medios para defenderse.

Sobeteo, sobeteo.

-Ya que hemos firmado el tratado de paz… ¿se puede hacer algo con esto?- inquiero señalando el problema en mi trasero- Si salgo por ahí con algo así en el culo nadie me tomará en serio.

-¡Déjame ver eso más de cerca!- exclama entre risitas- Es la primera vez que veo algo semejante y créeme cuando te digo que he visto de todo.

Noto cómo estira del apéndice, examinándolo desde todos los ángulos posibles. Ella se lo está haciendo pipa, pero a mí no me hace demasiada gracia. Espero que se quite sin problemas. Era justo lo que me faltaba para completar lo que ya tengo. Pero… sus manos han pasado a sobarme el trasero de forma bastante descarada ¿eso también forma parte del tratamiento? Me remuevo, un poco intranquilo. No es que me disguste, pero…

-¿Sabes, Gwendel?- me susurra de pronto. Se ha pegado a mí hasta el punto que puedo notar perfectamente sus pechos aplastados contra mi espalda y su aliento cosquilleándome en el cuello, provocándome escalofríos- La verdad es que vivir aquí solita resulta muy, muy, MUY monótono. Y las visitas que suelo recibir no son para nada de mi agrado- sus manos comienzan a subir, traviesas, hasta colarse por debajo de mi camisa- El que se deje caer un bocadito tan sabroso y divertido por aquí no es nada habitual ¿Te he contado que siento debilidad por los pelirrojos?

Los dedos han pasado de rozar delicadamente la piel de mi estómago a hacerle travesuras a uno de mis pezones. Mi "hermanito pequeño" está empezando a desperezarse, contentísimo con tantas atenciones. Y yo estoy tan aturullado con el reciente cambio en la situación que solamente acierto a tartamudear idioteces. ¡Admitid que cosas como estas no suelen pasar normalmente!
Hel sí que sabe lo que quiere: atrapa con su boca el lóbulo de mi oreja y lo mordisquea seductoramente. Justo mi punto débil. Algo hace cortocircuito dentro de mi cabeza.

¡Al cuerno!

Sin saber muy bien cómo, me encuentro estrujándola en un brutal abrazo mientras intento desesperadamente desenredar los intrincados nudos que cierran su corpiño. Solamente lo consigo a medias, pero es más que suficiente para dejar al descubierto un buen tramo de carne blanca y delicada.

Ella no se queda atrás, mientras me libra de mi camisa y mi abrigo en medio de empujones y tirones desesperados. Sonido de tela desgarrándose. Vaya, me gustaba esa camisa…

Nos recorremos toda la estancia dando tumbos a ciegas mientras seguimos enzarzados en nuestra particular lucha.

Un punzante mordisco en mi cuello seguido de una fuerte succión. No sé si duele a rabiar o me encanta. Tropiezo con uno de los muchos trastos que han quedado diseminados por la habitación; me hace trastabillar y casi nos manda a ambos al suelo, pero consigo apartarlo de una fuerte patada que lo hace pedazos. Me da lo mismo.

Besos húmedos y violentos, dientes mordiendo mi lengua y mis labios hasta hacerme sangre. Lo veo todo a través de una niebla rojiza. Jadeos.

Algo nos frena en seco. La espalda de ella ha chocado con la suficiente fuerza como para hacerle soltar el aire con un quejido. Es una pared. Bien, al fin un punto de apoyo.
Sin perder un momento comienzo a tirar atolondradamente de sus faldas hacia arriba mientras continuamos nuestra batalla de besos, pero hay más capas de las que pensaba y me enredo con el género.
Más ruidos de rasgones. Vaya, de verdad que no suelo resultar tan torpe en estas situaciones. Quizás se deba a que la semi-llave de lucha libre con la que me tiene cogido –con una fuerza más que sorprendente- por el cuello, que está empezando dejarme sin respiración. ¡Oh, al diablo!

Me agacho y meto la cabeza en ese mar de tejido, sumergiéndome en una semipenunbra de olor dulce y pesado. Persigo con mis labios la costura de una media, subiendo lentamente, hasta encontrar una zona de piel suave al final del muslo, donde hundo los dientes fuertemente, casi con saña. Me llega una maldición seguida de un sonoro gemido, amortiguados por las capas de tela que me cubren la cabeza. No ha sonado nada mal. Animado, vuelvo la cabeza y hago lo mismo en el otro muslo, obteniendo un resultado similar. Paso la lengua suavemente sobre la marca enrojecida que he dejado, como una muda disculpa.

Estamos totalmente descontrolados. Lamo, succiono y mordisqueo con la nariz hundida en una mata de vello suave. Sus caderas se contonean espasmódicamente contra mí tan fuerte que tengo que sujetárselas con ambas manos, hundiendo los dedos en la tierna carne de sus muslos. Me tironea salvajemente del pelo, obligándome a ponerme de pie y volviendo a maltratar mis pobres labios.

Unos dedos exploran con habilidad la hebilla de mi cinturón, abriéndome los pantalones y acariciándome con sorprendente dulzura. He tenido las manos de muchas mozas en el mismo lugar, pero esto es diferente. Muy diferente.
Antes de que me de tiempo a registrar más sensaciones, trepa sobre mi y abraza mis caderas con sus piernas.
No puedo más. Me hundo en ella, de un solo empujón.

Salvajes empellones contra la pared, rítmicamente. La estructura de la cabaña tiembla al mismo tiempo. Y es de piedra. Estoy tan embelesado que ya no puedo pensar en nada más que no sean esos muslos rodeándome y apretándome con dureza. Escucho como lejanamente gruñidos y gemidos. Creo que soy yo, pero tampoco estoy seguro. Puede que ambos.

De pronto, me estruja con las piernas aún más fuerte, si cabe. Me hunde las uñas en la espalda y me muerde una oreja entre gemidos. No doy más. Grito y me corro, aullando como un animal.

...Veo blanco…
…alguien me dijo una vez que debía correr hacia la luz ¿no? ¿O era justo al contrario…?

Ay… me duele todo. TODO. Aún estamos ambos apoyados contra el mismo muro de piedra, pegajosos de sudor y otros fluidos, intentando recuperar la respiración. Creo que hasta he perdido la consciencia unos segundos. Qué bárbaro. Debemos de tener una pinta de pena, sudorosos, son la ropa rasgada y llenos de golpes y arañazos. La habitación tampoco tiene mucho mejor aspecto. Es como si hubiera pasado un huracán.

-Vaaya, cariño. Honestamente no me esperaba esta sorpresa en un día que prometía ser muy aburrido… -me dice en tono mimoso mientras dibuja caprichosos arabescos en mi pecho rascando suavemente con la uña de su dedo índice. No parece para nada descontenta. Un cambio más que agradable comparado con la situación de hace un rato, cuando intentaba trincharme con su cuchillo.

-¿Deduzco, entonces, que tus ganas de transformarme en cerdo y destriparme han desaparecido del todo?- Pregunto aún con la respiración entrecortada. Oh, sí, Gwendel, muy inteligente: recordarle a una loba hambrienta que hace un rato se moría de ganas por devorarte ¿Inteligencia? Bah, está completamente sobrevalorada – De hecho y si me permites la impertinencia, aún no entiendo muy bien cómo hemos llegado a esta situación.

-¿Destriparte? Oh, nononono ¡Por favor! ¡Sería una verdadera lástima desperdiciar tan buen material! No todos los días se encuentra un cerdito con tan variados… talentos, cielo- me contesta entre risillas.

Ha puesto especial énfasis en la palabra cerdito. Oh, mierda. Me llevo las manos al trasero. Y sí, ahí sigue, con su perfecta forma de sacacorchos. Me había olvidado completamente de ella. Ha estado ahí todo el tiempo mientras… OH, MIERDA.
Momento de horror. Creo que me he puesto pálido como la cal. Pero ella no pierde el tiempo y aprovecha para empujarme y darme la vuelta. Ahora soy yo el que está apoyado de espaldas y acorralado contra la pared.

-De hecho, ya no tengo ganas de destriparte, pero no he dicho nada de comerte… cariño-prosigue hablando con la voz cada vez más ronca mientras se agacha lentamente como hice yo antes.

Bueno, pensándolo mejor, esto no está TAN mal.

¡Brujas! ¿Quién las entiende?

Y así fue como pasé a ser su cliente de forma más o menos habitual. Ella me proporciona lo que necesite para mi "trabajo" y yo le pago mitad en dinero, mitad en especias. No es un mal trato. Aunque muchas veces tengo la sensación de que me trata como a un chihuahua.

Bah, pelillos a la mar.