Algunas notas de un peregrino

A continuación, presentamos extractos de la bitácora roja, como es conocida la historia del gran escriba Zil de las Nubes-arroyos rojos. Él es uno de los más importantes peregrinos por su viaje, entre otros, a los territorios de los seres hijos del mundo.

«El recibimiento de los hijos del mundo es muy curioso. Creí que, como eran asentamientos tan poco visitados por personas del Oeste, me tendrían miedo y hasta repugnancia. Sin embargo, me sorprendieron al llegar hacia mí y, con la curiosidad más infantil, verme, tocarme, olerme y hasta saborearme.

Luego se alejaron y me dieron en una completa libertad que me dejó desorientado. Pero el cuerpo es inteligente, y éste me dijo qué necesitaba. Usando mímica, porque no parecen tener lenguaje, conseguí que me dieran comida y alojamiento con solo pedirlo. Esa noche, [después de tomar agua y jugo de fruta]; dormí en la cama de hojas increíblemente suaves como hacía meses no lo hacía».

«Como ya he reseñado, los hijos del mundo parecen no estar interesados en mí. Es verdad que si necesito comer, ducharme, escribir, dormir, defecar y otras necesidades para estar cómodos, son solícitos al darme lo que necesito, no piden nada a cambio y no me dejan de cuidar hasta que estoy totalmente cómodo.

Pero no por eso, he pensado que me creen un ser superior. Me parece un trato más parecido a ser responsables con un animal de compañía, como hacen algunos de las familiares reales de Ajdarol. (…) Empiezo a pensar, que tal vez, su tribu en sí tiene esa falta de cordialidad entre ellos como base. Hasta ahora no los he visto hablar entre sí, tampoco acariciarse y, aunque trabajan en equipo, no interactúan del todo. Los he visto reír, bailar, acariciarse y hacer como que cuentan cosas, pero en solitario. (…) Es muy extraño.

No hay niños y justo después de oscurecer, todos duermen en cualquiera de las chozas menos la reina, que lo hace en el árbol blanco de frutos de todos los colores. Creo que no hay familias, matrimonios, hijos y, si quiera, ancianos. (…) He decidido que, aunque es una idea estrafalaria, tal vez hay otro lado de la tribu donde los hijos del mundo descarta a esas personas».

«Estaba tan feliz de poder comer algo sólido sin sentir nauseas, que solo con eso me parecía que el día era bueno. Sin embargo, más o menos 20 grados de sombra faltaban para iniciar la noche, cuando pasó algo increíble. (…) Un bullicio de gritos desarticulados, y varios de los hijos del mundo corriendo, me dejó estupefacto. Que uno de ellos me agarrara de la mano para hacerme correr hacia donde los demás iban; fue totalmente inaudito.

(…) El tronco del árbol se empezó a mover, como si éste fuera una clase de materia elástica y algo detrás de ella, pugnara por salir. Savia y aserrín empezaron a salir del tronco, como si el árbol llorara por varios lugares. Un sonido chirriante y estremecedor, arrancó de los hijos del mundo varios vítores, risas… algunos hasta lloraban de emoción. (…) Cuando empezó a abrirse el tronco, el chirrido fue peor, la savia de colores salió sin control y hasta me pringó en el pie. Sin embargo, el ver surgir a una adulta mujer hija del mundo de dentro del enorme árbol, y caer al suelo llena de savia… es de las cosas más perturbadoras que he visto. (…) La reina, entonces, me llamó con las manos y fui hacia ella. Y me dio la mano de la recién nacida. Ahora, en la noche, está aquí, en mi choza, durmiendo en mi cama y yo… Creo que acabo de ser padre.»

«(…) Afia aprende rápido, pero no tanto como ella me ha enseñado a mí. Ahora sé que los hijos del árbol blanco, como ellos se llaman, no hablan porque se comunican sus ideas por la mente. También, que se acarician acariciándose ellos mismos para mandarle esa sensación a quien deseen. (…) Cuando ponen las manos en el suelo, y se quedan ahí por mucho tiempo, están comiendo. Duermen apenas llega la noche, porque el sol es para ellos como el respirar para nosotros… ¡Tengo tanto que aprender!»

«Después de haber estado no menos de 150 ciclos lunares en la tribu de los hijos del árbol blanco, estoy listo para seguir con mi viaje. Afia, mi pequeña preocupada y terca, ha decidido venir conmigo objetando que soy casi anciano ya. La verdad es que no temí irme sin ella, pero no quería alejarla de su madre, el Árbol blanco. (…) ¡Los hijos de la cascada nos esperan!»

Afia del Árbol y las nubes ha escrito, entre otras, la historia de los hijos de la cascada, los hijos de las cuevas, los hijos de las flores y los hijos de la arena. Ella fue la que llevó la bitácora roja y el inicio de la bitácora blanca a la gran biblioteca. Regresa al árbol blanco en su ancianidad y revive cada cierto tiempo desde éste. Algunas veces, ha vuelto a ser escriba.
Zil de las Nubes-arroyos rojos ha encontrado donde descansar eternamente en la gran cascada azul, después de un fatal accidente que le quitó la vida pero no la inmortalidad.