Summary completo:

Érase una vez, en un reino muy lejano donde brotan flores de exuberante belleza y la magia fluye con la brisa diurna, un hermoso príncipe de cabellos plateados que toca en su palacio de cristal un arpa mágica.

Había una vez una hermosa princesa de aureos cabellos y profundos ojos azules que amaba la naturaleza.

La princesa y el príncipe estaban comprometidos, su unión traería armonía y y felicidad y juntos salvarían al mundo con la fuerza del amor...o no.

Lo cierto es que no soporto a esa cursi llorona y mojigata y ella no me soporta a mí. Ser alguien tan guapo y genial como yo resulta tremendamente aburrido, todo el día encerrado en mi maldito palacio existiendo mujeres tan hermosas en el resto del mundo...por eso mi sueño es escaparme, vivir una gran aventura, encontrar Léiriú y quien sabe, quizás a la mujer de mi vida y que salve el mundo otro pringado.

Porque esto no es otro cuento de hadas convencional y lleno de clichés. Quien se adentre en esta historia conocerá a los personajes más locos y vivirá situaciones muy bizarras. Os advierto, corréis el peligro de enamoraros perdidamente de mí y entonces no me reclaméis que os he roto el corazón, ser un héroe tan famoso resulta agotador.

Advertencias: Lime (mucho xD), continuos comentarios con doble sentido, lenguaje malsonante (los rebeldes son un poco mal hablados pero nada demasiado terrible) violencia, sadismo y masoquismo (los rebeldes son un poco sádicos. ¿Qué hombre que se precie no desearía ser latigueado con toda la pasión de una auténtica mujer?), lemon (hay lemon pero nada especialmente fuerte, es más bien freak y a veces un poco perturbador por las ocurrencias de los personajes...) y fuertes giros de guion que os dejarán impactados, sin habla, sockeados, aturdidos, alto riesgo de morirse de la risa... (como veis soy muy modesta XDD)

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Historia río (cada capítulo está escrito desde el POV de un personaje distinto) que escribimos entre algunas foreras del foro Pink Lemonade.

La historia está reescrita completamente por mí pero no es justo adjudicarme todo el mérito porque si no fuera por todas las locas que participamos, esta historia no habría sido ni la mitad de hilarante.

En realidad es una parodia de los cuentos y las películas Disney con hadas, vampiros licántropos, etc.

Quienes dimos vida a los personajes fuimos:

Idril: por Lux/Viento

Rosalie: por Hikari

Helena: Hikari

Gelsey: Lux/Viento

Capitán Elijah Wolf: Jade

Madelaine: toOru

Grisel: Hikari

Adrián: toOru

Joshua: Angelito Azul

El Joker: toOru

Nissa: Lux/Viento

Eloisa: eloisa054

Gracias también a las demás que os unisteis en la segunda parte, el día que consiga acabar esta primera parte pienso seguir con la segunda.

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Este prólogo es lo más triste que vais a encontrar en la historia pero es necesario. El resto será mucho más loco. Al principio quizás con tanta descripción se puede hacer un poco pesado...eso solo el comienzo para ir introduciendo a todos los personajes que son muchos.

Cada vez que alguien deja review uno de los sexys personajes masculinos ( a elegir por la que sea tan amable de dejar su huella en esta graaan profunda y compleja historia) se irá quitando una prenda :PP (consejo: los silfos no usan ropa interior así que es más fácil que se queden en cueros antes ;P)


PRÓLOGO

Los cálidos días del verano llegaban a su fin como lo hacen las notas declinantes del violín. El sol revestía de dorado los amplios campos de prímulas y brezos. Los árboles lloraban su nieve áurea sobre un grillo despistado a quien la primera helada le había pillado desprevenido y las cigarras se habían quedado afónicas de tanto cantar.

Érase una vez, en un reino muy lejano, más allá de los límites del sentido común y allí donde los sueños se materializaban en flores de aromas sin igual y seres de ensueño, un palacio de cristal que se alzaba sobre las nubes algodonadas. Aquel día aún la nostalgia de los brillantes días estivales permanecía flotando en el ambiente y el sol se rehusaba a apagar su luminosidad. Todo el mundo se hallaba muy ajetreado cumpliendo su labor: las hadas más jóvenes recogían el rocío con el que harían collares a su reina, las más mayores se encargaban de recolectar la cosecha, las ondrinas guiaban el curso del río y las arienes el de los vientos. Incluso los duendes jóvenes se hallaban muy ocupados haciendo lo que mejor se les daba: molestar a los humanos que no podían verlos.

En la torre más alta de ese palacio de cristal se encontraba la Sala del Trono. La ocupaba el príncipe de los feéricos de luz recostado sobre su respaldo, duro y frágil para el ojo espectador, cómodo y mullido para su dueño. El joven Idril tenía la mirada perdida más allá de las grandes cristaleras, por encima de las nubes, muy lejos de la luz del sol. Tocaba el Arpa de Cristal con gracia y destreza. Su Canción de la Vida alivianaba los corazones y volvía más sencillas las arduas tareas de sus súbditos. Su melancólica melodía indicaba a las rosas cuánto tenían que dejar crecer sus espinas, a la madreselva la intensidad de su aroma y a los árboles, cuánto luchar por mantener sus hojas pegadas a las ramas. Sin ella, el reino se marchitaría y no volvería a florecer y él era el único que sabía tocarla. Sus largos y delgados dedos se deslizaban entre las cuerdas de plata haciéndolas vibrar mágicamente.

Al príncipe le invadía una honda tristeza que se veía reflejada en sus ojos tan claros como el cuarzo. Intentaba concentrarse en su tarea para evadirse de la aflicción que le atosigaba. Allí encerrado al menos le dejaban en paz haciendo lo único que sabía hacer. Todos disfrutaban del tañido de su música pues sin ella, todo se iría abajo. Él lo sabía pero no era éste el motivo por el que pasaba tanto tiempo junto a su arpa. Él no tocaba por la belleza de las ninfas ni por la risa de los gnomos. Había encomendado su corazón a una única mujer y por ella impregnaba las notas con tanto sentimiento: su madre.

La reina de los feéricos de luz llevaba enferma desde que dio a luz a su único hijo y desde entonces no había cesado de marchitarse. Se había hecho todo lo posible por aliviar la depresión que la había sumido en ese estado, todo en vano. Ya ni siquiera quería ver a su hijo, Idril lo sabía muy bien aunque los demás intentaban esconder este hecho. Idril no podía rendirse sin más, por eso, con la esperanza de que su música lograse librarla de las ataduras de la pena, se encomendaba a tal acción. No le importaba que sus yemas le ardiesen ni que su Corte ya no se acordase de cómo era su rostro. Un día, su madre se levantaría de su lecho floral y correría a abrazar a su preciado hijo. Entonces ya no habría más sufrimiento pues su felicidad sería tan grande que ya no necesitaría siquiera tocar el Arpa de Cristal nunca más.

Sus dedos comenzaron a disminuir el ritmo casi imperceptiblemente. Un mal presentimiento estaba surgiendo en algún remoto lugar de su ser, convirtiéndose en hiedra que envolvía su afligido corazón. Podía sentir a la granada que estaba siendo picoteada, a las pequeñas margaritas siendo mecidas por el viento e incluso al cosquilleo que producían las hormigas con sus patas sobre la tierra mas no captaba ni el trino de la alondra, ni el canto del ruiseñor; ni siquiera el zumbido algo molesto de un abejorro. Reinaba una calma que le producía cierta inquietud. Unas densas nubes se habían sobrepuesto al sol, filtrando su fulgor. Los dedos se le enredaron con inseguridad entre las cuerdas. Intentó obviar estos detalles, sumergiéndose de nuevo en su propia melodía. Ordenó a sus súbditos que aumentasen el ritmo, tensando la música. El viento había dejado de soplar inexplicablemente y el río que antes reía con fluidez, ahora lloraba. Dos lágrimas resbalaron por las mejillas del príncipe. Cuando las puertas de la Sala del Trono se abrieron repentinamente para dar paso a un sirviente, Idril ya lo sabía: su madre había muerto.

El cuerpo apagado de la reina Ellette yacía sobre un lecho de lirios blancos y lobelias, casi tan transparente que parecía de cristal. Sus cabellos plateados estaban desparramados etéreamente sobre los suaves pétalos. Los párpados cerrados ocultaban sus ojos despojados de todo brillo, ya no quedaba ni una brizna de fuerza vital en ella. A su lado se encontraba su marido, Gelsey, de brazos cruzados y sin rastro alguno de ojeras bajo sus impasibles ojos. Lucía solemne, más imponente que nunca. Al rededor, unas hadas derramaban sus lágrimas anisadas.

El joven príncipe sostenía las manos de su madre arrodillado ante lo que quedaba de ella, aprovechando sus últimas gotas de calidez. Temblaba tanto, que por un momento parecía que Ellette había recuperado la vida. Mantenía la ingenua esperanza de que abriese los ojos de un momento a otro. Quería volverla a ver sonreír, disponer aunque fuese de cinco minutos para contarle las cosas que nunca se atrevió a decirle. Ella era todo lo que él tenía, todo por lo que había luchado durante ciento sesenta años y se había ido. Al igual que todas las flores cuando llegaba el otoño, ella había comenzado a marchitarse y su invierno había llegado al fin con la diferencia que no habría más primaveras para ella. Su otoño había comenzado el día en que nació él y ni siquiera había estado junto a ella durante sus últimos momentos. El cuerpo de Ellette comenzó a emitir un resplandor blanco para después deshacerse en polvo de estrellas.

Finalmente la gente empezó a abandonar el lugar, dejando a solas al heredero con su padrastro. Según la tradición de su raza, una mujer, es decir: un hada, era quien debía ocupar el trono sin embargo, Idril era hijo único y no había nadie más capacitado para seguir tocando la Canción de la Vida por lo que no tendrían mas remedio que aceptarlo a él. Al chico todavía le quedaban veinte años para cumplir la mayoría de edad, mientras tanto sería su padrastro quien empeñaría el papel de su tutor y de Rey Regente.

Gelsey se dirigió hacia el afligido Idril, ignorando su llanto:

—Albergas un gran poder en tu interior, pero tus inseguridades lo bloquean. A partir de ahora eres libre, Idril. Ya no tienes que preocuparte por ella nunca más.

El estado emocional del joven le impedía analizar con claridad las palabras de su tutor pero le enfurecieron como ninguna otra blasfemia le había afectado antes. Seguía temblando, pero de la ira que aquellas crudas palabras le producían.

—¿Cómo puedes decir eso?—gritó, enojado.
—Es la verdad y lo sabes. Ahora puedes vivir tu propia vida y será mejor que la aproveches, uno nunca sabe qué planes se reserva el destino y menos para un ser tan especial como tú —dejó caer Gelsey enigmáticamente.

Idril no podía comprender por qué su padrastro le estaba hablando de esa forma en una situación así. Sentía la energía fluyendo a través de él. Ésta era tan fuerte que se arremolinaba en forma de chispas azuladas alrededor de las puntas de sus dedos. A diferencia de otras veces en las que este torrente de energía le producía tal dolor que era incapaz de darle forma, esta vez le gustaba lo que sentía. Dolía, pero era un dolor agradable y quería que Gelsey lo sintiera también.

El suelo comenzó a temblar y de pronto, surgieron numerosas raíces verdosas que se enroscaron alrededor del cuerpo de su padrastro, inmovilizándolo, mientras que una más gruesa y afilada amenazaba con traspasarle el corazón. Los labios de Gelsey se curvaron en una afilada sonrisa. No sabía cómo lo había hecho, pero las raíces que le sostenían se rompieron y cayeron al suelo, como cáscaras vacías de serpientes.

—¿Lo ves? Ahora que ella no está has podido hacer magia. Tienes mucho potencial pero te queda lo más importante: saber controlarlo.

Idril se dejó caer sobre sus propias piernas, grabándose medialunas en su piel con la presión de las uñas.

Llora, desahógate todo lo que quieras y cuando te hayas descargado de todo eso que tienes dentro, te sentirás mucho mejor. Tu poder cambiará el mundo.


Gelsey es un cabronazo pero es sexy :PP

Quien se haya imaginado una escena muy hot entre las raíces y silfos...que no se preocupe, me temo que es perfectamente normal ;D