Disclaimer: Personajes míos. Bueno, no tanto, pero well yeah, you get it.

Dedicatoria: Para Fer. Por dejarme usarla literariamente hablando. (& para mi parabatai. Porque yo la amo & tú te callas).


All yours

(And if the magic of your soul, is the light that'll guide me through; I'll spend my days in the deepest darkness; 'cause I now it'll lead to you.)

A él no le gusta admitir cosas lógicas. Tampoco le gustan las bebidas vitaminadas que toman sus mejores amigas, ni la voz chillona que usan sus ex novias cuando quieren un poco de amor en consolación a una ruptura ajena. No le gusta llegar temprano a clase, ni leer el libro de biología (no le preguntes por qué, pero pensar en la célula animal y vegetal le da dolor de cabeza). No le gusta despertar temprano los sábados, pero le gusta sentirse en ese ambiente lleno de adrenalina que crea el estar con los enfermos. Justo en medio de la acción. Le gustan las chicas de cabello largo y oscuro, y la recepcionista del hospital general donde hizo sus prácticas hacía solo unos meses. También le gustaba la Coca Cola. Dios Santo, era el mejor refresco del planeta. No le gusta la religión, pero se persigna cada que pasa por la catedral de la plaza principal, y reza diez Aves Marías cuando su madre se lo pide con esa mirada de regaño y esa voz que no da lugar a segundas opiniones. Le gusta el color de su uniforme, y le gusta ella.

Ella tiene un nombre (todas las personas lo tienen). Pero el de ella es especial. No porque sea de otro planeta, o porque signifique alguna maldición en griego antiguo. Es especial, porque es el nombre que Morfeo le susurra al oído cada que se deja caer entre sus brazos. Es el nombre que quisiera escribir en su libreta cuando se siente lo suficientemente tonto para ceder a los impulsos infantiles que se apoderan de sus manos. Es el nombre que tiene grabado en la punta de los dedos; esos que se deleitan con el más mínimo toque que ella le provee.

Ella no es de las chicas que maldicen con frecuencia. En realidad tiene arranques de niña pequeña, y su entrecejo se frunce constantemente. A veces le gusta ser él la razón de su ceño. Cree que sus ojos brillan con mayor intensidad cuando así lo hace. Le gusta imitarla cuando habla. Sus amigas dicen que se burla de ella; pero él lo hace para grabarse su voz en las paredes de su conciencia. Él cree que ella lo sabe, pero decide no mostrarlo. Porque cuando él la imita, ella solo sonríe, y las palabras se quedan plasmadas en la curvatura de sus labios.

Él disfruta de los pequeños momentos. Esos en los que se quedan solos mientras sus amigas van por un helado, y él inclina la cabeza para rozar su frente, y ella alza la mirada, y encuentra la de él. Esos en los que él quiere acercarse más, pero no puede, y en los que ella sonríe con melancolía sin encontrar el verdadero por qué. Son los momentos en los que ella le da la razón inclusive sin que él se la tenga que pedir, y él quiere estrecharla entre sus brazos llenos de errante soledad.

Pero entonces ella sonríe, y él no puede pensar en nada más. Porque ella es especial, ¿sabes? No es el tipo de chicas que te llaman a media noche para decirte que te extrañan; pero sí el tipo de chicas que te lo demuestran a cada mirada. Tampoco es de las que usan faldas cortas y escotes prominentes mientras la dignidad se escurre entre sus piernas, y el título de dama se pierde en sus palabras indecentes. Ella es amable, y cordial. Suele enojarse, pero nunca con él. Suele aparentar estar molesta cuando él la empuja por equivocación solo para llamar su atención. Suele ser todo lo que él necesita pero jamás admite anhelar.

Es por eso que no puede decirle de las demás chicas. Esas que lo llenan de besos en callejones oscuros, y lo acompañan en viajes por tranvías olvidados y caminos pedregosos. O esas que le envían mensajes insinuantes y le dejan tocar sus piernas en la oscuridad de una sala de cine, con actores inertes como testigos, y espectadores con vidas aparte. Porque él no quiere que ella sepa, que tras las sonrisas socarronas y las interminables conquistas, solo esconde un corazón que le ha pertenecido desde la primera mirada, la primera palabra y la primera respiración.

Él no quiere admitir que ella es su todo y su nada, y que cualquier negación sería una vil mentira. Pero ella lo sabe. Por eso suele sonreír cuando las demás se burlan de él, e ignora a las chicas que roban besos con su aliento.

Porque es lógico que se pertenecen el uno al otro. Y a ella tampoco le gusta admitir cosas lógicas.


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