VII

Los días habían sido una lenta tortura para poder llegar al viernes. Josh tenía la idea de llevarla a un pequeño restaurante de la avenida Palm, donde días antes vio a una pareja cenar a la luz de las velas. Todo el escenario romántico flotaba en su cabeza y lo hacía dibujar una sonrisa tonta en los labios, aún en clase.

Helen, ya tenía su vestido para el baile, algo nada extravagante como lo que uso en aquel baile del recuerdo, era más bien sencillo. Con un listón color café en la cintura.

—Chicos… pueden retirarse —anunció de pronto unos veinte minutos de la salida—. ¿Qué pasa? —Añadió al ver los rostros extrañados de sus alumnos— Ya sé que veinte minutos no es mucho, pero aprovéchenlos para que empiecen con el ritual del baile temprano.

El movimiento en el aula no se hizo esperar, todos se miraban sonriendo mientras guardaban sus libros y salían de ahí.

Mientras todos le daban las gracias al salir, incluso Malcolm chocó manos con él. Pero Helen entonces, se acercó, y dejó un pequeño papel doblado en el escritorio, lo más discretamente posible, y se reunió con Becca a la salida del aula.

Cuando todos se fueron, abrió el papel cuidadosamente, como si se tratara de una declaración de amor, y encontró un número de teléfono y en letras pequeñas: "Mándame un mensaje".

Era todo, no había ni hora ni lugar en el papel.

Haciendo caso de la nota, sacó su móvil y comenzó un mensaje, no muy habituado a ellos, por cierto.

"Helen, soy yo. ¿Pasa algo?"

Envío el mensaje no muy seguro… un par de minutos después recibió respuesta.

"No pasa nada, sólo para lo de esta noche. En cuanto llegue te mando mensaje para que pases por mí. Hasta entonces..."

A las siete en punto, llegó la limusina a casa de Becca, donde Helen y otras dos amigas, se habían arreglado. Después de tomarse un par de fotos, Helen y las demás siguieron a Becca, que iba del brazo de Donald Creston. En cuanto la limusina se puso en marcha, le envío un mensaje para decirle que ya iba en camino.

Al llegar al salón de baile, Helen le lanzó una mirada a Becca. Ésta le hizo un guiño y se encargó de distraer a sus amigas y persuadirlas de ir hasta donde se servía el ponche. Fueron un par de minutos, que le dieron la ventaja de escabullirse entre los presentes y salió de ahí.

A una cuadra, exactamente estaba el auto de Josh.

—Hola.

Helen de inmediato entró en el auto.

—Te ves preciosa.

—Muchas gracias, tú también estás muy formal esta noche.

—Vi un restaurante que te va a encantar.

Helen sintió un cosquilleo en el estomago. Estaba tan nerviosa que no sabría si podría comer algo durante la cena, pero lo importante es que estaban haciendo algo normal en muchas parejas. Estacionaron frente al restaurante. Helen al echar un vistazo, se tapó la boca con ambas manos.

—No, no podemos cenar aquí. —Lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿De que hablas?

—Esa que esta ahí es la profesora Tillderman.

Josh entornó la mirada, tratando de encontrar a la mujer de cabello rubio. Y efectivamente, ahí estaba, cenando con su esposo. Sintió como algo en su pecho se desinflaba dolorosamente. Todo lo que tenía planeado para esa noche, se había arruinado…

—Quizás haya otro restaurante. —Comentó Helen al ver la expresión de Josh.

—No lo creo, tenemos tanta suerte, que haya también nos toparemos con alguien conocido —dijo con pesar y puso el auto en marcha—. Mejor vamos a dar una vuelta.

Ella no dijo nada, pero se sintió tremendamente miserable. La maravillosa idea de pasar una noche en una cita normal, se volvió en algo prácticamente imposible, y todo porque ella era una alumna que salía con su profesor de literatura y para colmo, menor de edad.

De pronto mientras el auto avanzaba por la calles, Josh le tomó de la mano y miró a Helen con una sonrisa, tratando de animarla.

—¿Te gusta la comida china? —Preguntó ella de pronto, él asintió— Podríamos ir a tu departamento y ordenar comida. Nadie nos vería.

Antes esa propuesta, tuvo que pensárselo un momento, pues estaba dividido entre si habría alguien más que los viera entrando al edificio y que el asunto fuera peor, o si era lo más apropiado estar solos; pero finalmente, accedió.

—¿Así que este es tu departamento? —Preguntó, mientras observaba el interior del departamento de Josh.

—Si...ejem, si, este es. —Colocó las llaves en una pequeña mesita donde había correspondencia y un par de libros.

—Es lindo, de buen gusto y acogedor.

—El buen gusto es el consuelo de aquellos que no pueden pagar lujos. —Josh respondió, sintiéndose un poco apenado por lo pequeño del lugar.

No era un apartamento pobre, pero palidecía a la espectacularidad del hogar de ella.

—O quizás...el lujo es el consuelo de los que no tienen buen gusto.

Era imposible escapar de la sensación. Cuando Josh no se sentía atraído por la emoción, o por el físico, caía cautivo por la aguda inteligencia de Helen. Era fascinante, alguien de quien deseaba saber, escuchar, y tener más...mucho más

—Hay tantas cosas que no sé de ti. —Helen lo miró como si le hubiera leído el pensamiento.

—Lo mismo podría decirte. ¿Por qué no empezamos? —Propuso con una sonrisa.

—Por favor, no me vayas a preguntar sobre mi color favorito. Es tan cliché.

—No más cliché que lo nuestro —le hizo un guiño—, y no, no iba a preguntarte sobre tu color favorito, sino que gustas cenar del finísimo restaurante Tai Sin de comida china.

Mientras esperaban a que la comida llegara, Josh fue hasta donde tenía una pequeña colección de discos, en las que figuraban muchas de las canciones que escucharon, y de las que bailaron algunas, en la fiesta que organizó la madre de Helen. De un momento a otro, las románticas melodías invadieron el lugar, iluminando el rostro de ella.

—¿Dónde viven tus padres? —Helen observaba una foto, en la que Josh lucía una toga de graduación.

—En Adamstown, Penssylvania. Mi hermana, vive con ellos.

Finalmente, el timbre del departamento sonó. Helen, no pudo evitar sobresaltarse, pero después de que Josh cerrara la puerta y le mostrara la bolsa con comida, ella sonrió aliviada.

Mientras comían, un par de preguntas más salieron de parte de ella, lo cual la convencían cada vez más que Josh era perfecto para ella. Algunas chicas, incluso Becca, lo encontrarían demasiado aburrido y cursi. Pero ella no.

Cuando quedaron satisfechos por la cena, se dedicaron a tatarear un par de canciones del disco que tocaba en esos momentos.

De pronto Helen miró el reloj con expresión seria.

—¿Ya es hora de irte? —Preguntó con pesar.

—Casi. Es la hora del último baile.

—¿El último baile?

—Si, en estos momentos todos en el baile están aprovechando la última pieza.

—Hay una canción —comentó con una sonrisa—, es viejita lo sé, llamada "El Último Vals", no creo que conozcas al cantante, pero...

—¿Engelbert Humperdinck?

Como si no lo estuviera ya de por si, Josh reaccionó con sorpresa ante los conocimientos y gustos que ella compartía con él: como si ambos hubieran sido acuñados con el mismo patrón.

—Eres un alma mayor Helen —Josh comentó.

—¿Es acaso ahora un halago que me digas "vieja"? —Lo miró sonriente.

—Perdón, pero no me refería eso —Josh se propuso a explicar mejor sus palabras—. Con lo que dije, me refería a que tienes unos gustos que a veces no se pueden explicar para una chica tan joven: usualmente muchos chicos y chicas no conocen nada hecho más allá de tres años antes de su nacimiento.

—Comprendo bien —Helen asintió—. En cierto modo...

—¿Sí? —Josh preguntó cuando se hizo evidente que su compañera se guardaba una idea: algo importante, pero sobre todo, personal.

—...en cierto modo, creo que me hace sentir un poco fuera de lugar junto a otras personas. Como si fuera una inadaptada.

—Sí, pero, ¿acaso no lo somos todos, en cierto modo?

—En cierto modo, y en todos los modos. Además, tú mismo viste a mi papá. Saca tus conclusiones de ello.

Y ambos se silenciaron. ¿Por qué? Porque a veces lo que más uno quiere decir se expresa mejor no diciéndolo: sólo basta una mirada, y las notas de una canción, y todos los mensajes que un corazón puede decir se entienden de un modo perfecto, como si ambas mentes, ambas almas fueran una sola.

—¿Q-qué...qué haces Josh? —Helen preguntó al ver que le estrechaba la mano, después de poner uno de sus discos de su colección.

—Si éste fuera nuestro último baile, ¿no habría que aprovecharlo?

Y una vez más, Helen se sonrojó, pero sabía que lo mejor ahora, era simplemente dejar que el impulso del corazón tomara la iniciativa.

Y ambos se sentían como bailando sobre agua, como espíritus de la noche, libres de tabúes y estorbosas presiones.

—Es una hermosa canción —Helen murmuró mientras seguía el giro de los pasos—, pero ojala una parte de esa letra nunca se haga realidad.

—¿Cuál parte?

—Que este sea nuestro último baile.

—Lo sé, lo sé —Josh contestó, alzando un poco su mirada, con los ojos perdidos, encerrados en un apartamento y sin embargo él se sentía como si tuviera enfrente a las estrellas—, pero si lo fuera, que éste "último baile" duré por siempre.

—Josh... ¿por qué...? —Helen tragó saliva con dificultad.

—¿Sucede algo?

—Es que, en ocasiones así...me preguntó, ¿por qué?

—¿Por qué, qué? ¿Qué quieres decir?

—¿Por qué de todas las posibilidades, tuvimos que conocernos de éste modo? ¿Por qué no nos tocó encontrarnos en otras circunstancias? ¿Más fácil para los dos?

Y sin detener sus pasos, pero inmerso en sus ideas, Josh trató de pensar en una respuesta convincente, al menos, para ella.

—Porque Helen... siempre son difíciles las cosas que más valen la pena.

Y con el sonar de las últimas notas de ése vals, el paso final terminó con él sujetando a su pareja de las caderas, y ambos con sus rostros cara a cara.

Helen, entonces, de un deseo espontáneo, dio un dulce y rápido beso a Josh.

Pero Josh, y Helen en todo caso, sabían la respuesta: el mundo se podría acabar frente a ellos, y sin embargo, ni una eternidad bastaría para poder saciar su sed del otro: una canción se transformaba en una sinfonía, y el humilde apartamento de un profesor que luchaba por salir adelante, se convertía en un palacio de cuento de hadas, donde el podía estar con su princesa.