Cap. 1

Fin de clases

El sol irradiaba sus rayos con una intensidad sofocante, las nubes se movían suavemente con la leve brisa que soplaba. Era un día caluroso lleno de risas y gritos de niños que jugaban con el agua cristalina. Un día ideal para ir de viaje a la playa.

—Shasta —me llamó una niña de cabello liso castaño claro, sus ojos de color café estaban llenos de júbilo.

— ¿Qué pasa Emily? —le pregunté al acercarme.

— ¿No te vas a meter con nosotros? —me preguntó. Los niños a su alrededor prestaron atención a la conversación.

—Ya les dije que no me gustan las piscinas —les recordé.

—Tú dijiste que iríamos a la playa —me reprochó un niño de cabello negro y ojos marrón.

—También les dije, como recordarás Tommy, que si usaban su imaginación podían hacer de esta piscina una playa. Saben tan bien como yo que un viaje hasta allá queda muy lejos.

—Pero tú también puedes imaginar que estamos en la playa —volvió a hablar Emily.

—Me temo que no, mi imaginación es muy escasa. Ahora si no quieren que le diga al conductor del autobús que nos vamos, será mejor que se diviertan.

—Pero Shasta… —empezaron a decir todos a la vez.

— ¿Quieren irse ya? —les pregunté juguetona. Todos se fueron corriendo salpicando el agua, riendo.

—Siempre tan estricta —soltó Emily antes de irse con ellos.

—Te escuché señorita —le grité para que pudiera oírme. Su risa no tardó en presentarse. Observé el lugar al erguirme después que los niños se hubieron alejado. La piscina "Agustina" nombrada así en honor de la esposa del dueño del club era lo más cercano a una playa donde podían ir los niños que cuidaba en esta temporada. Nuestro pueblo "Cávele" se encontraba apartado de las costas por lo que la mayoría de los habitantes, incluyéndome, nunca habían visto el mar. Volví sobre mis pasos hasta estar lo suficientemente cerca de un anciano robusto con barba que me miraba con interés apoyado en las puertas del autobús donde viajábamos.

— ¿Qué querían los niños? —me preguntó.

—Molestar a la suplente —le contesté. Se rio.

—No puedo creer que te ofrecieras a cubrir el cargo de la profesora Martins, una niña de tu edad debería salir con sus amigos, divertirse.

—Carlos, sabes tan bien como yo que no soy esa clase de persona. Además tengo diecinueve años, ya no soy una niña.

—Es cierto, a veces lo olvido, siempre te veré como una niña.

—Me imagino que se deberá por las constantes huidas de clases.

—En parte porque yo era quien te encubría y la otra es porque…

—Soy idéntica a mi padre —le completé.

— ¿Tantas veces te lo he dicho ya? —alzó su ceja.

—Unas cuantas.

— ¿En serio?, ya uno a mi edad no recuerda esas cosas.

— ¿Pero qué dices Carlos?, ¿Acaso admites que estás viejo?

—Podemos dejarlo en que ya no soy tan joven —me reí ante sus palabras.

— ¿A qué hora debemos irnos? —le pregunté.

—A las cuatro debemos salir, faltan unas dos horas.

—Dentro de una hora les diré que salgan, la otra de seguro se la pasaran quejándose mientras se visten.

—Los conoces muy bien.

—Llevo un año con ellos, si no los conociera jamás habría podido sobrevivir —soltó una carcajada.

—Te tocó el salón más rebelde, pero les caes bien a los chicos, estoy seguro que te extrañaran en vacaciones.

—Me extrañaran en vacaciones y lamentarán el inicio de clases.

—Todos son así.

—Todos —concordé. Alcé la vista al cielo despejado, sí que era un buen día para ir a la playa.

—Muy bien chicos, quiero que suban al autobús en cuanto los llame —les dije después de esperar a que estuvieran listos mientras se quejaban en el baño. —Héctor, Marco, Natalie, Ana, Manuel, Julio, Jesús, Isabel, Emily, María, Tommy, Maritza, Víctor, Luis y Eduardo —esperé a que todos se ubicaran en sus asientos para repasar una vez más la lista con la vista. —Todos adentro Carlos —le informé.

—Hora de volver a casa —respondió encendiendo el motor.

— ¡Canción!, ¡Canción!, ¡Canción! —exigieron los niños cuando ya estábamos en el camino.

— ¿No quieren un viaje tranquilo? —les pregunté esperanzada mientras me ponía en pie.

— ¡Noooooo! —gritaron todos.

—De acuerdo ¿Con cuál quieren empezar?

Todas las voces discutieron alrededor de tres minutos hasta que pudieron decidirse por la primera que encabezaría la lista del resto del viaje. Empezamos a cantar y poco a poco fueron cayendo dormidos en sus asientos. Con suavidad disminuí el tono para terminar de quedarme en silencio. Paseé la vista por la cabeza de los niños dormidos y me detuve en una cabeza que aún se resistía al cansancio.

— ¿Qué pasa Emily? —le pregunté cuando estuve cerca para no despertar a los demás.

—Aún no estoy cansada.

—Se te están cerrando los ojos —le contradije. Se cruzó de brazos y sacó el labio inferior. — ¿Hay lugar para mí en tu asiento? —se desplazó hasta la ventana. —Con que no estás cansada.

—No —respondió obstinada.

— ¿Quieres que te cante tu canción favorita? —asintió. Pasé un brazo por sobre sus hombros.

—Shasta ¿Crees que a mi hermana le gustaban las piscinas?

—A Ellie le encantaban, ¿La extrañas?

—Sí ¿Tú también la extrañas?

—Éramos mejores amigas, hacíamos todo juntas.

— ¿Crees que esté feliz?

—Claro que sí, ahora está en un lugar maravilloso, y te aseguro que piensa todos los días en ti, recuerda que ella siempre te estará cuidando.

— ¿Igual que tú?

—Mucho mejor que yo.

— ¿Me cantas la canción?

Perrito de terciopelo de oscuro color marrón, que entre mis brazos se queda muy quietito el picaron. Tiene sus ojos de vidrio, un lunarcito en la oreja, de tanto como le quiero lo molesto y no se queja —le cantéla canción una y otra vez. Poco a poco sus ojos se entregaron al sueño y su cuerpo relajó la postura. Le recosté del asiento y me levanté para ubicarme en mi puesto, justo al frente de la fila derecha.

—Aún le hace falta su hermana —comentó Carlos viéndome por el retrovisor.

—Sí, eran muy unidas —le dije desviando la mirada por la ventana.

—Ya han pasado dos años.

—El tiempo es irrelevante cuando pierdes algo importante.

—Lo siento, no recordaba que tú y ella…

—Está bien, no importa ¿Cuánto falta para que lleguemos?

—Otra hora —respondió. Cerré los ojos y recosté la cabeza contra el vidrio de la ventana.

Recordé las veces que Ellie y yo nos escapábamos de la escuela, nos subíamos al autobús donde Carlos siempre nos decía que era la última vez que nos encubría.

—Vamos Shasta —me dijo Ellie mientras corría. —Sólo tenemos dos horas antes que Carlos vuelva.

—Eres muy rápida —me quejé. — ¿Para qué quieres ir al lago? Hemos ido un millón de veces.

—Necesitan ayuda, alguien los está atacando y no pueden defenderse.

— ¿De quién hablas?

—Sólo tú puedes ayudarlos Shasta —llegamos al lago, pero no había nadie.

—Ellie, aquí no hay nadie —me sorprendí con el cambio de mi voz, ahora no sonaba como la de una niña de nueve años. Miré a Ellie, en frente de mí se encontraba una adolescente de diecisiete años.

—Están en peligro. Prométeme que los protegerás

— ¿A quién?

—Promételo —me miraba fijamente. En sus ojos noté angustia y desesperación.

—Lo prometo —en cuanto pronuncié esas palabras se escuchó el galopar de un caballo, luego su relinchar. Abrí los ojos de golpe. Mi respiración era agitada.

—Qué bueno que despiertas, dentro de diez minutos hay que empezar a llamarlos —me dijo Carlos con voz tranquila.

— ¿Un sueño? ¿Todo había sido un sueño? —pensé ordenando las ideas.

—El primero es Manuel —me recordó.

—Sí…, gracias, creo que aún sigo medio dormida —al levantarme noté el sudor frío alrededor de mi cuerpo. Me obligué a desligarme del sueño para concentrarme en el pequeño que debía despertar. —Manuel, Manuel, ya llegamos —comenzó a quejarse y se frotó los ojos con las manos.

— ¿Y mi mamá?

—Esperando abajo, vamos agarra tus cosas —tanteó el asiento con sus manos hasta que encontró uno de los brazos de su mochila. Se levantó lentamente. Ambos bajamos del autobús.

— ¿Cómo la pasó mi niño en la piscina? —le preguntó una señora delgada con piel bronceada, ojos cafés y cabello liso castaño oscuro.

—Estaba en la playa —respondió. Su madre me miró extrañada.

—Usaron la imaginación —contesté a su pregunta sin formular.

—Ah, ya veo, ¿Vas a estar para el próximo curso?

—Hasta que la profesora Martins vuelva.

—Manuel se va a decepcionar cuando te vayas, dice que eres la mejor profesora que ha tenido.

—Todos quieren a los suplentes porque saben que son temporales —Carlos tocó la bocina. —Ya me tengo que ir, aún quedan catorce niños.

—Salúdame a tu madre.

—Así lo haré Sra. Guillén.

— ¿Podrías no extender tanto la conversación? —me suplicó Carlos una vez que arrancamos.

—Lo siento, intentaré no hablar tanto —en las siguientes paradas cuidé de no alargar las conversaciones más de lo necesario, de lo contrario Carlos era muy amable en recordármelo con un potente sonido de la bocina del autobús. No entendía cómo los niños que nos quedaban seguían durmiendo.

—Sólo nos quedan dos —dijo contento.

—Carol te está esperando en casa —me miró de reojo. —Debe ser eso para que estés tan feliz.

—O la edad me vuelve predecible o tú te estás volviendo detallista.

—Creo que un poco de ambas —nos detuvimos en frente de otra casa.

— ¿Crees poder terminar rápido con esto? —me preguntó esperanzado.

—Con la Sra. Pinto lo dudo. Vamos Tommy, ya llegamos.

—Shasta, tanto tiempo ¿Cómo se comportó Tom hoy?

—Muy bien, Sra. Pinto.

— ¿Te enteraste de lo que viene? —no me dio tiempo de evadir el chisme, así que esperé a que lo terminara. —Me contaron que pronto llegará el circo. Estoy ansiosa, de seguro que a los niños les encantará, y quién sabe, tal vez encuentres algún chico.

—Por ahora no tengo tiempo para chicos, Sra. Pinto.

—Vamos, no seas tan rígida contigo, pensaba llevar a Tom, pero nunca tengo tiempo.

—Lo siento, pero estas vacaciones debo cuidar a Emily.

—Llévalos a los dos, él estaba muy ansioso por ir.

— ¿Dónde va a ser? —pregunté dándome por vencida.

—La información la tiene el Sr. Maldonado.

—No hablará de Paul Maldonado —me quejé.

—Sí, el de la tienda de cacería —hice una mueca. —Sé que no te cae. Yo conseguiré la información y te la envío con Tom ¿Te parece?

—No sé —dije dudosa.

—Por favor, Tom se muere por ir —miré al niño dormido en sus brazos.

—Está bien —Carlos tocó la bocina. —Nos vemos –—me despedí subiendo al autobús antes que la Sra. Pinto volviera con el tema de conseguirme novio, nunca se cansaba de sacarlo a relucir cada vez que llevaba al niño a casa.

— ¿Buena charla? —preguntó Carlos burlesco.

—Tengo que ir al circo con Tommy y Emily, al parecer está involucrado Paul Maldonado.

—Eso lo explica todo.

—Sabes que nunca me ha agradado.

—No te lo critico, él siempre tiene un aire tétrico alrededor.

—Sólo llevaré a los niños y saldré lo más pronto posible —seguimos rodando sin hablar más del asunto. Paul Maldonado era de esos hombres que con sólo mirarle repelía la vista, algo en él no estaba bien y que fuera el encargado del circo lo hacía peor, hacía ver que el circo podía tratarse de algo más que sólo entretener a las personas de un pequeño pueblo como lo era "Cávele". Sacudí la cabeza para desechar las ideas, el odio que sentía hacia él tampoco ayudaba a mejorar su imagen. Las ruedas del vehículo volvieron a detenerse.

—No hay nadie afuera —miré por la ventana. En la entrada de la casa de la Sra. Rondón no se encontraba nadie.

—Voy a tocar la puerta —bajé y caminé hasta la puerta. Toqué. Pasaron los minutos sin que ocurriera nada. Volví a tocar. Nadie abrió. —Debe de estar en mi casa seguramente —le dije a Carlos subiendo al autobús. El mencionado bufó como respuesta.

— ¿Por qué tienes que vivir tan lejos? —se quejó luego de media hora.

—Sólo falta el recorrido cerca del bosque —soltó un resoplido. —De acuerdo, déjame por aquí, llevaré a Emily en mi espalda.

— ¿Segura? —se obligó a preguntar.

—Claro, no quiero que Carol me odie por hacerla esperar —Carlos no se hizo de rogar ante la oferta.

—Nos vemos, Shasta —se despidió cuando estuve fuera.

—Nos vemos —empecé a caminar. En mi espalda llevaba a Emily y de mi brazo derecho colgaba su mochila. Dirigí mi vista al gran camino de tierra que se alargaba hasta la colina dando la impresión de no tener fin. Mis pasos crujían sobre la tierra, el viento traía consigo el olor de las flores y la hierba que cercaba el camino. Para llegar a mi casa era necesario caminar un largo trayecto donde la paciencia se convertía en la mayor virtud. Después de todo era la más alejada del pueblo.

Era inevitable no recordar a Ellie cuando recorría este camino, antes que Emily naciera, siempre hacíamos carrera para ver quién llegaba de primero. Ahora Emily tenía nueve años. Ya habían pasado dos años desde que Ellie se fue y sin embargo ninguna de las dos podía olvidarla. El tiempo no importaba ante la pérdida de un ser querido, podían pasar mil años y estoy segura que Ellie seguiría tan presente como ahora.

Cuando llevaba recorrido por lo menos la mitad del camino me detuve por un sonido fuera de lugar. Miré por los alrededores. Nada se veía fuera de lo común, sólo bosque, arbustos y tierra. Seguí caminando, pero me volví a detener. Rápidamente giré la cabeza a la derecha justo a tiempo de ver un borrón blanco moviendo un arbusto. Con Emily de peso no podía correr muy lejos ni rápido. Seguí el camino alerta de cualquier movimiento por si se trataba de algún animal salvaje. Por fortuna no se volvió a presentar. Llegué a la puerta de la casa, que abrí con dificultad.

— ¿Mamá?

—En la cocina, cariño.

— ¿La Sra. Rondón está contigo?

—Sí —entré a la cocina. Las mujeres se encontraban sentadas alrededor de la mesa, cada una con una taza de café en sus manos.

—Shasta qué grande estás, mírate.

— ¿Cómo está Sra. Rondón? Voy a dejar a Emily en mi cama.

—Muy bien cariño, gracias por traerla.

—No hay porqué —subí las escaleras de madera que estaban en la salida de la cocina. Un pasillo angosto me recibió, al final de él estaba mi habitación. Agradecí inmensamente haber dejado la puerta abierta. Me senté en la cama y poco a poco recosté a Emily hasta que quedó completamente acostada. Me levanté para quitarme la mochila y arroparla. Salí cuando hube terminado.

—Sí, Shasta se ha comportado como un ángel con Emily —escuché decir a la Sra. Rondón. Me detuve al escucharle.

—A ella también le ha afectado mucho, pero se está recuperando poco a poco.

—A veces pensaba que estaban unidas, iban juntas a todas partes.

—También se metían en líos juntas.

—Para Shasta no debió de haber sido fácil ¿Verdad?, primero su padre, luego Ellie que era como su hermana…

—Nunca es fácil Katherine, nunca es fácil —se hizo un silencio. Decidí entrar en ese momento.

— ¿Cómo estuvo el viaje a la piscina? —me preguntó la Sra. Rondón.

—Todos se divirtieron mucho y como habrá visto llegaron muy cansados.

—Emily me dice que eres la mejor maestra que ha tenido.

—Lo dice porque casi no les pongo tarea.

—También me dijo que jugaras con ella en vacaciones.

—Si no le importa.

— ¿No te quitara tiempo para tus cosas?

— ¿Bromeas? A Shasta le encanta pasar tiempo con Emily —respondió mi mamá.

—Por cierto Sra. Rondón, me enteré que pronto vendrá un circo y la Sra. Pinto me pidió que llevará a Tommy ¿Le importa si me llevo a Emily?

—Yo también escuché la noticia, claro que no, de seguro le encantará que la lleves.

— ¿Anton te viene a recoger? —le preguntó mi mamá.

—Sí, hoy sale temprano.

—Pueden quedarse a cenar —le ofreció.

—Sólo si te ayudo a cocinar, Sam —se levantaron al mismo tiempo.

—Shasta, trae limón, tomate y plátano —me levanté para salir al patio. Antes de salir observé cómo ambas se alistaban para preparar un verdadero festín. Ya en el patio agarré la cesta cerca de la puerta y me dirigí al huerto. Lo primero que tomé fueron los tomates, luego el plátano y por último el limón.

— ¡Ay no! Se acabó el pan —escuché que exclamó la Sra. Rondón cuando entré.

—Puedo ir por él —me ofrecí.

—Queda muy lejos —dijo mi mamá.

—Voy en la bici.

—Pronto anochecerá.

—Iré rápido.

—Bueno, pero no quiero que te entretengas —salí y saqué la bici del sótano. —Ten cuidado —me dijo antes de irme.

—Siempre —le respondí.