La situación

¿Cuántas personas hay en este mundo? ¿Miles? ¿Millones? ¿Billones? Haya cuantas haya, de una cosa estoy completamente segura: todos sufrimos a causa de un amor. Sí, ya sé lo estúpida y cursi que suena esta frase. Hasta a mí me dan ganas de vomitar con tan solo escucharla, pero hay que ser sinceros, más de uno se sentirá identificado. Y por supuesto, yo no soy la excepción.

Desde el día en que conocí a aquel chico, Javier Riberos, mi vida había dado un giro de 180° en una manera de la que nunca creí capaz. El cerrado mundo, mullido y dulce que mis padres habían construido para mí, se había derrumbado, para dar lugar a las fiestas, atracones, vicios y sexo que ellos nunca hubieran deseado que experimentara. Pero en cierta parte era su culpa, ¿no? Después de todo, dudaba mucho que siquiera sospecharan que llevaba esta vida oculta de las lecciones de piano y fiestas de sociedad que ellos creían que llevaba. Suspiré, antes de llevarme el cigarrillo a la boca. Por supuesto que no, dado que se la pasaban con la cabeza en los negocios, día y noche. Ni siquiera creía que ellos supieran de mi existencia, a no ser porque sus secretarios se la pasaran recordándoselos continuamente.

Observé la carretera achicando los ojos. A esta hora de la noche, y con mi grado de alcoholismo, discernir entre una luciérnaga y los faros de un automóvil acercándose era casi imposible, pero estaba casi segura de que aquello que avanzaba como a ciento cincuenta kilómetros por hora en la autopista principal era el coche de mi tan renombrado amigo Javi. El imbécil que me había abandonado en medio de la nada después de que le rogara porque me dejara bajar a descargar en los arbustos. Qué podía decir, ya no me aguantaba más.

Se detuvo abruptamente, justo frente a mí, haciendo que el motor lanzara un chirrido agudo y la carrocería rebotara contra las llantas, pero yo no me inmuté, mientras daba una última calada a mi cigarrillo antes de tirarlo aún encendido hacia unos de los arbustos. Y una mierda que pudiera causar un incendio forestal, total, era época de lluvias, y de seguro seguiría mojado por el torrencial que se había lanzado durante la tarde. Abrí la puerta, y después de subirme, la azoté fuertemente, esperando romper el vidrio. Mala suerte, tan solo vibró por unos segundos. Javier se volteó a verme, con el ceño fruncido.

_ ¡Maldición Linda, podrías haberla roto! – me gritó, con un alto grado de embriaguez, pero no tanto como el mío, debía admitir, pues su mirada no parecía tan perdida como la mía. Rodé los ojos.

_ Es tu culpa maldito troglodita, sino me hubieras abandonado y hecho esperar por ti quince minutos bajo esta puta lluvia entonces estaría de mejor humor para tratar a tu chatarra como se merece – le respondí con furia. Lanzó una carcajada.

_ ¿Maldito troglodita? ¿Qué clase de insulto es ese? – preguntó con burla. Lo ignoré, mientras volvía a poner en marcha el auto, antes de salir como alma que lleva el diablo a la autopista – perdón por dejarte varada, no me di cuenta hasta que el ambiente me pareció demasiado silencioso. Menos mal que no te moviste, de otro modo me hubiera sido imposible encontrarte – dijo con sorna. Susurré unas cuantas palabras ininteligibles, groserías, en realidad, contra su persona. Cómo desearía hacerlo desaparecer en este instante – el alcohol te hace mal amiga, estás demasiado desinhibida – comentó, apretando aún más el acelerador. Decidí ignorarlo, mientras recostaba la cabeza contra el asiento.

_ Cállate y conduce – ordené cansada, cerrando los ojos. No entendí su respuesta, pero creería que fue algo como "¡a sus órdenes capitana!" dicho de una manera sarcástica y lúgubre. No me importó, con tal de que llegara a casa, me importaba un carajo lo que dijera.

Para cuando llegamos a mi casa, yo estaba ya por el tercer sueño. Sin ninguna delicadeza, mi queridísimo amigo me despertó. Entre gruñidos y malas palabras salí, volteando a verlo sorprendida cuando apagó el motor y abrió la puerta.

_ ¿Acaso piensas quedarte a dormir en mi casa? – le pregunté con sarcasmo al verlo salir de su automóvil. Asintió al tiempo que cerraba la puerta.

_ ¿Algún problema? – preguntó prepotente. Sonreí de lado. Si este se quería meter conmigo lo hacía en el peor momento posible. Quizás cuando estaba sobria era una inútil sometida a sus caprichos, pero mientras sentía el alcohol fluir por mis venas me sentía poderosa e invencible. Asentí.

_ Por supuesto que hay un problema, varios, en realidad. Antes que nada, no te quiero cerca, ya he tenido suficiente de ti por un mes, te lo aseguro – le dije caminando hacia la entrada. El muy caradura se atrevió a seguirme, por lo que me paré frente a él, para impedirle el paso. Frunció el ceño. Si continuaba haciendo eso arrugaría permanentemente su linda cara, por lo que pasé un dedo por su frente para alisarlo. Se alejó de mí rápidamente.

_ No me toques – me advirtió. Me encogí de hombros, intentando no prestar atención a la tristeza que me había causado su gesto – estoy ebrio, no creo que pueda volver a casa así – dijo mirando al piso. Reí con sorna.

_ ¿Después de atravesar toda la autopista veintinueve a más de ciento cincuenta por hora te preocupa el conducir borracho hasta tu casa? – le pregunté con ironía. Asintió, con un gesto de desinterés – eres increíble – negué con la cabeza.

_ Lo sé – admitió, sin modestia – pero de todos modos, creo que es mejor tarde que nunca, además de que ya estoy muerto, y ni loco pienso continuar hasta mi casa teniendo una cama tan cerca de mi alcance, así que… – me hizo a un lado suavemente, continuando el camino a mí casa – me quedaré aquí, buenas noches.

No pude evitar observarlo con molestia, ¡vaya chico imbécil me había tocado cuidar esta noche! Encima que ya estaba harta de su presencia… por supuesto, tampoco pude evitar sentirme un poco contenta porque pudiera pasar más tiempo con él, por lo que una sonrisa tonta se formó en mis labios. Vaya idioteces me hacía pensar el maldito amor… ¿Cuándo había sido que comenzó esto, se preguntan? ¡Y yo que sé! Pero sí de algo estaba segura, era que las cosas no me serían tan fáciles si quería estar con él. Sacudí la cabeza. No podía creer que estuviera pensando en eso.

Entramos. Como eran ya las tres de la mañana, debíamos hacer el menor ruido posible, no porque mis padres pudieran despertarse, si hasta apostaba que ni se encontraban en casa, sino por miedo de que Susana, la ama de llaves, lo hiciera, entonces sí tendríamos una verdadera reprimenda. Por algún motivo no le caía muy bien Javier, bueno, todos sabíamos el porqué. Mi amigo era, ciertamente, una muy mala influencia para mí.

Llegamos a mi habitación, Javi se apresuró a recostarse en mi cama, y casi al instante se quedó dormido. Lo observé un poco decepcionada, mientras me metía con él.

_ Creí que aguantarías un poco más – susurré, metiéndome bajo las sabanas. Lo único que quería en ese momento era descansar de una maldita vez. Casi pego un grito al sentir un par de brazos rodeándome, pero me tranquilicé al recordar que se trataba únicamente de Javier.

_ Sigo aguantando – dijo, volviéndome a sorprender. Lo golpeé en el hombro – Auch – se quejó sin ganas – ¿Por qué me golpeas?

_ Por imbécil – rió ante mi comentario.

_ Si fuera así, me golpearías todos los días, pero por algún extraño motivo solo te comportas de esta manera cuando has bebido – me abrazó. Yo me tensé de inmediato – ¿no vas a contestarme nada? – preguntó extrañado.

_ No – contesté cansada – vamos a dormir, ¿sí? – le dije ya sin ánimos, ¡estúpidos cambios de humor! Ya ni sabía cómo comportarme.

_ Mm – dijo, mientras me volteaba. Lo observé extrañada – la verdad es que no me siento tan cansado, ¿Por qué no hacemos algo entretenido? – preguntó, tomándome del mentón. Rodé los ojos, ese movimiento solo podía significar una cosa…

Comenzó a besarme despacio, como todas las veces en la que lo hacíamos, para volverse más insistente a medida que pasaban los segundos. Esa era la parte de nuestra relación que más confundida me traía. La "amistad" que de pronto terminaba en besos o una que otra caricia. Recordaba que no solía importarme mucho, pero ahora era diferente. Ya había pasado casi un año desde el incidente que formó nuestra amistad, y las cosas seguían exactamente igual que entonces. Me preguntaba que tendría que hacer para que todo avanzara. Aunque tampoco estaba muy segura que sucedía por parte de Javi. Tenía esos momentos en los que parecía que me quería, y otros en los que terminaba yéndose con alguna chica después de una fiesta, y no sabía nada de él hasta varios días después. Supongo que esa era la desventaja de estar en escuelas diferentes.

Terminamos con el beso unos minutos después, para reclamar oxigeno. Intenté mirarlo a los ojos, para saber lo que sentía, pero él tenía la cabeza agachada por lo que desistí inmediatamente de mi intento.

_ Sabes algo, Javi… – comencé. Ya que tenía tantas dudas, ¿Por qué no preguntar? De acuerdo, no era buena idea, pero aún sentía al alcohol en mi sangre que me incitaba a soltar la lengua. De seguro me arrepentiría más tarde pero poco importaba en ese momento. Además, apuesto a que él ni se acordaría de nuestra conversación – creo que me gustas, pero me tiene un poco confundida todo esto, digo, ¿somos amigos o hay algo más? – finalmente solté la pregunta. Esperé con impaciencia, jugando con su rojo cabello, pues había recostado la cabeza contra mi pecho. Me gustaba el color de su pelo, un castaño rojizo que tiraba más hacia el lado de una manzana madura, y sus ojos también, que eran verde oliva. Después de un tiempo sin recibir respuesta, comencé a preocuparme – ¿Javi? – pregunté tomando su rostro y girándolo hacia mí. Tuve ganas de golpearlo al darme cuenta de que se había quedado dormido. Tanto alcohol al fin había tomado su efecto. Tonta yo.

Suspiré, pero aproveché su inconsciencia para acariciar libremente su rostro. Javi era bastante lindo, en realidad, por lo que no era ninguna sorpresa que tuviera tanta popularidad con las chicas. Me llevé un dedo a los labios, pensativa. Supongo que se me podría considerar una pareja digna de él, después de todo, yo también era linda, o al menos así me consideraba. Aunque era un poco pequeña, tenía buen cuerpo, mi cabello era negro y completamente lacio, y mis ojos castaños. La mayoría de las personas decían que tenía un rostro adorable, aunque esos comentarios jamás me agradaban. Ciertamente, esa clase de rostro no combinaba con la clase de vida que tenía ahora.

Negué con la cabeza, estaba comenzando a pensar en tonterías de nuevo. Sonreí tontamente, al tiempo que le daba un ligero beso en la frente a Javier.

_ Buenas noches – le dije, antes de cerrar los ojos y dormirme también.

Estaba desayunando en el comedor, sola, como siempre. Javier continuaba dormido, por lo que había decidido no molestarlo mientras salía a correr, como todas las mañanas. La resaca se me había pasado un poco con el ejercicio, y estaba segura que después de una buena comida y unas horas más de descanso, estaría perfecta. Claro, cuando me quitara los lentes de sol, también. Pero la luz estaba demasiado fuerte… ¿a quién se le ocurría hacer al sol tan brillante? Oh, diablos, parece que la embriaguez no se me ha ido del todo…

_ Buenos días – saludó una voz conocida. Casi me atraganto al ver a Javier parado en el umbral, bostezando audiblemente, como si se hubiera olvidado que debía mantenerse oculto.

_ ¿Qué carajo haces aquí? – le pregunté gritando, al tiempo que me levantaba rápidamente. Me encogí ante el volumen de mi propia voz. Javier hizo lo mismo, mientras se tapaba los oídos.

_ ¡Hey, para de gritar! – me pidió cubriéndose la cabeza. Volví a sentarme. Él me copió – no hace falta que te preocupes, Susana ya me vio – me atraganté apenas dijo eso.

_ ¿Te vio? – pregunté con sorpresa. Asintió – ¿Y qué te dijo? – interrogué curiosa. Hizo una muequita con los labios, reticente a responder, mientras tomaba una tostada. Se la quité de las manos. Me miró con odio – dímelo o la tostada nunca será tuya – lo amenacé. Suspiró.

_ Ya, qué más da. Me mandó a la mierda – confesó, haciendo un gesto de dolor – esa mujer grita como el infierno – no pude evitar reírme. Él bufó – no es gracioso – dijo malhumorado. Reí más fuerte.

_ Para mí sí, ¿así que te mandó a la Conchinchina? – pregunté sonriendo. Asintió – eso es normal, me sorprende que no haya hecho nada más – confesé. Se encogió de hombros.

_ Bueno, digamos que yo hice "algo" para evitar ser regañado – dijo desinteresadamente. Lo miré con miedo.

_ Por favor, dime que no la agrediste físicamente – le pedí. Chistó.

_ Ya me encantaría, pero no – comentó con humor – tan solo hicimos un trato. Ella no decía nada, y yo dejaría de llevarte por el mal camino, o algo así – hizo un gesto con la mano, mostrando lo poco que le interesaba – me sorprende que no haya pensado mal, dado que estábamos dormidos en la misma habitación – confesó un tanto extrañado.

_ Ella es así. Es incapaz de pensar mal sin importar la situación con la que se encuentre – le dije devolviéndole la tostada – es un poco extraño, si me lo preguntas, pero al final te sirvió, ¿no? Si hubiera pensado que hicimos otra cosa, a lo mejor no estarías aquí para contarlo – sonreí con sorna. Él me quitó la lengua.

_ Como sea – dijo suspirando – con resaca y todo, me voy a mi casa – anunció, levantándose, llevándose la tostada a la boca. Lo miré sorprendida.

_ ¿No vas a quedarte más? – pregunté con tristeza en la voz. Me observó un momento, con una ceja arqueada, ¡demonios! No había sido muy obvia, ¿cierto? Se acercó a mí, después de dejar el pedazo de pan sobre la mesa, y me quitó los lentes – ¡Hey! – me quejé, cubriéndome los ojos por la repentina luz. Javier apartó mis manos, también, y entonces volvió a besarme. Sí, me sorprendí un poco, pero eso no evitó que se lo devolviera con todos los ánimos de los que era capaz a las nueve de la mañana y con resaca. O sea, no muchos, pero creo que ya daba, ¿no?

_ Lamento decírtelo, Linda, pero creo que esto no va a funcionar – me dijo, después de separarse. Lo miré extrañada. Sonrió divertido – a poco no te acuerdas, ¿o sí? – preguntó burlón. Fruncí el ceño, aún sin comprender – bueno – dijo, volviéndose a levantar. Tomó la tostada de dónde la había dejado y se la metió entera en la boca – ¡hasta luego! – se despidió, después de terminar con su comida, dándose la vuelta y desapareciendo por la puerta. Dejé caer mi mandíbula, sorprendida por la rapidez con la que huía, mientras fruncía aún más el ceño. ¿Qué demonios significaba eso?


Sí, después de tres meses y medio desde que terminé Dulce Desamor, al fin cumplo mi promesa de publicar mis shots de esta historia. Como ya se habrán dado cuenta, este nuevo fic se tratará de Linda y Javier. No sé porqué, pero siempre me llamó la atención esta parejita.

No creo que sea tan romántica como el fic anterior, pero sí será bastante entretenida, o al menos me esforzaré porque así sea. Para los que ya la leyeron, gracias de nuevo, para los que no, no hace falta que lo hagan para entender esta, pero sí quieren conocer en que condiciones estos dos formaron su "amistad", se las recomiendo. La encontraran en mi cuenta, si la quieren leer.

No se olviden de dejarme algún review, que siempre son bienvenidos! :) Y por supuesto, nos leemos prontito ;)