Epilogo

– Es hora de despertarse – dijo alguien con voz cantarina junto a mi oído. Gruñí unas cuantas incoherencias antes de voltearme en dirección contraria – vamos Linda, ya son las diez, es demasiado tarde para seguir durmiendo – intentó convencerme nuevamente la voz, sacudiéndome un poquito. Lancé un brazo al aire, tratando de tomar a quienquiera me estaba tocando, pero como era de esperarse, no lo logré. Con un suspiro cansado me volteé, y abrí lentamente los ojos – hola – dijo Javier, sonriendo. Le fruncí el ceño.

– ¿Quién mierda te dejó entrar a mi cuarto? – pregunté, aún sintiendo que en cualquier momento terminaría durmiendo de nuevo. Javier rió, levantándose de su posición arrodillada junto a mi cama, y se sentó, sin contestarme la pregunta. Rodé los ojos y finalmente decidí levantarme, de a poco.

– Fue Susana, aunque no lo creas – comentó. Me detuve inmediatamente y lo miré arqueando una ceja – creo que últimamente le caigo mejor, ¿no piensas lo mismo? – preguntó. Yo sencillamente me encogí de hombros, dejando el tema de lado. Suponía que sí. En el último año, desde que había perdonado a Javier y habíamos vuelto a ser amigos, este había decidido comportarse mejor, al menos en apariencia. Si bien seguía saliendo a fiestas y fumando, ya no era tan extremista como antes. Se había calmado, y me gustaba pensar que era por mí. Así que obvio que Susana, al ver esto, fuera cambiando de a poco la opinión que tenía de Javier.

– Como sea, ¿qué quieres? – dije bostezando abiertamente. Javier se aclaró la garganta, desviando la mirada al piso.

– Hoy hay un festival de música en mi universidad y… pensé que sería buena idea ir juntos, ¿qué te parece? – me miró esperando una respuesta positiva, lo sé porque comenzó a sonreír de aquella manera que sabía no podía resistirme. Fruncí la nariz y busqué a un costado de mi cama, sobre mi mesita de luz, un calendario.

– Parece que no tengo nada que hacer hoy – contesté con simpleza, después de revisarlo. Cuando volví mi vista a él su sonrisa había crecido, logrando que mi corazón se acelerara ante lo hermoso que se veía. Sacudí la cabeza, a lo que Javier rió.

– Me alegra saber que el efecto que tengo en ti no desaparece tan fácilmente – dijo con voz risueña. Le gruñí antes de que se levantara – bueno, prepárate entonces, te espero abajo – habló mientras se dirigía a la puerta. Lo paré enseguida.

– Espera, ¿o sea que el festival es ahora mismo? – pregunté sin creérmelo. Volteó con una sonrisa burlona.

– Sí. Es un día completo, y mientras más rápido nos vayamos, más podremos disfrutar. No tardes – me guiñó un ojo como para añadir la cereza al postre de su burla y salió. Yo me quedé unos minutos más, sentada sobre mi cama, con la boca abierta. Después de un rato suspiré y me levanté. Había ciertas cosas de Javier que nunca cambiarían, como su impulsividad o gusto por burlarse de mí. Sonreí. Me gustaba así, y no lo cambiaría ni aunque me dieran la oportunidad.

La universidad era enorme. No era la primera vez que estaba allí, pues ya antes había ido para visitar a Javier, pero aún así nunca dejaba de sorprenderme. Con grandes edificios que albergaban las aulas y salones de las distintas facultades, un campus inmenso lleno de árboles y una hermosa fuente justo en medio de todo. La universidad de nuestra ciudad era la más grande de la región, razón por la cual personas de distintos lugares venían aquí a cursar sus respectivas carreras. Había apartamentos de estudiantes del otro lado, para aquellos que los necesitaran o simplemente desearan vivir por su cuenta, lejos de sus padres. Probablemente cuando terminara la escuela iría allí, para no tener que soportar más el tedio de mi propio hogar.

Miré a Javier esperando a que dijera algo, pero en lugar de eso continuó caminando, tomando mi mano y con la misma sonrisa de idiota que tenía siempre en su rostro. Cuando llegamos al jardín principal, abrí la boca, asombrada. Estos universitarios, ¿de verdad estudiaban? De otro modo no podrían tomarse el tiempo para planear y decorar todo esto. El lugar estaba lleno de stands de comida, juegos, y uno que otro puesto donde los estudiantes hacían propaganda a sus respectivas facultades. En el fondo, justo en medio de dos edificios, un gran escenario dónde había gente preparando equipos de sonido e instrumentos se alzaba. Delante de este varias sillas se hallaban acomodadas, esperando a que el show comenzara para ser ocupadas. Escuché que Javier reía a mi lado. Enseguida volteé.

– ¿Verdad que mi universidad es impresionante? – una vez más tenía aquella sonrisa socarrona que me molestaba tanto, pero al mismo tiempo lograba que me sintiera como si estuviera en las nubes. Le fruncí el ceño antes de mirar a otro lado.

– Seguro, aunque de pura suerte hayas conseguido entrar – respondí intentando lucir soberbia. De nuevo rió. Sentí como comenzaba a sonrojarme.

– ¿Pura suerte? Quizás… pero debes admitir que de todos modos es un gran logro, haber entrado a derecho solo con suerte – me dijo apretando un poco más mi mano. Bufé.

– Seguro, seguro. No tardarás en sucumbir ante la cadena alimenticia. No olvides que entre tú y los demás estudiantes, hay un mundo de diferencia – comenté queriendo soltar nuestras manos. No me lo permitió, y yo tan solo inflé las mejillas, deseando que las mariposas de mi estomago se calmaran un poco.

– Pero tengo personalidad de abogado, y tú lo sabes mejor que nadie. De cualquier forma, son ellos los que deberían estar preocupados, no yo – sonrió con maldad – sabes que terminaran todos bajo mi mando – lo golpeé enseguida en el hombro, sin poder evitar reír. Se sobó suavemente el lugar, mirándome con ternura. Maldición. Enseguida me solté, aprovechando que se había distraído un poco, y comencé a caminar a un ritmo más rápido, ignorando su quejido por mi actitud. Por supuesto, no tardó en alcanzarme, abrazándome por detrás.

– ¡Oye! – me quejé, queriendo liberarme. Me sopló suavemente en el oído, logrando que casi gritara una grosería contra su persona. Por suerte pude controlarme, y en lugar de eso intenté darle un pisotón. Mala suerte que consiguió esquivarlo.

– Vamos a ver a Andrea, de seguro está por aquí con Sebas – me dijo, volviendo a soltarme pero recuperando otra vez mi mano. Suspiré, resignada, y lo seguí.

Casi todos los amigos de Javier iban a la misma universidad, con excepción de Esteban y Romina, pues ambos seguían carreras que no se impartían allí. El primero estudiaba en la facultad de arquitectura, que se hallaba fuera del campus, y la segunda terminó yendo a una escuela de modelos (no era para sorprenderse, la chica de verdad tenía futuro para ello) Prácticamente todo el grupo se encontraba en el festival, así que por un pequeño momento, nos quedamos entre todos explorando y contando anécdotas. Al parecer, muchos no se habían visto en un buen tiempo, así que estaban más que felices por haberse vuelto a encontrar.

Hablé con Sebas por un momento. No debería asombrarme el hecho de que aún siguiera viendo mal a Javier, al parecer él era mucho más rencoroso que yo en ese sentido, pero de todos modos no podía evitar sorprenderme. O sea, casi un año había pasado desde que las cosas entre Javi y yo se hubieran arreglado, pero no dije nada, tan solo el tiempo podría ayudar a que Sebas mejorara su opinión sobre Javier, como con Susana. O quizás aquello nunca sucedería, pero no creía que él llegara a hacer algo al respecto, por lo que no debía preocuparme mucho.

Tras varias horas caminando por allí en grupo, finalmente anunciaron por micrófono que la primera banda tocaría. Nos arremolinamos enseguida cerca al escenario, pues todas las sillas estaban ocupadas, y vimos con atención como un grupo llamado Simule tocaba al ritmo de una contagiosa canción de rock. La verdad es que la banda me gustó mucho y, tras unas cuantas canciones, habían conseguido que me convirtiera automáticamente en su fan. Cuando se lo dije a Javi, él tan solo rió.

– Son de mi facultad. Están en tercer año, si quieres te los presento – me dijo guiñándome un ojo. Por primera vez su gesto no me pareció molesto, y tan solo le sonreí, agradeciéndole antes de volver a centrarme en ellos. Tras haber terminado, se bajaron ante la gran ovación del público (y la mía, por supuesto) mientras el presentador anunciaba la siguiente banda. Ya estaba oscureciendo, podía sentirse en la temperatura que comenzaba a bajar para darnos escalofríos en la piel. Javier me tomó del brazo, acercando su boca a mí oído – quiero llevarte a un lugar – susurró. Lo observé con curiosidad, pero rápidamente asentí y lo seguí. Quizás hubiera sido mi imaginación, pero me pareció escuchar unas cuantas risas tras nosotros, provenientes del resto del grupo.

No tuve tiempo a voltearme para verificarlo, pues Javier tomó mi mano y me obligó a ir más rápido. Pude ver que sus orejas estaban un poco rojas, y no pude evitar sonrojarme a mi vez. En pocos minutos estuvimos fuera del festival, acercándonos al edificio dónde se hallaban las aulas de filosofía. Sentí un pequeño deja-vú, recordando la noche del festival de mi colegio, hacía un año, pero rápidamente deseché ese pensamiento sacudiendo la cabeza. Javier no haría eso, no después de todo lo que había hecho para que lo perdonara.

Aunque si bien era cierto que a veces, cuando me hallaba distraída, él aprovechaba para volver a tocarme, sin que yo pudiera resistirme, y los recuerdos de aquella noche volvían para atacarme como una jauría de lobos hambrientos. No habíamos vuelto a tener nada similar desde entonces, pero demonios, a veces sencillamente deseaba tirar todo por la borda y volver a dejarme llevar junto a él. Era en esos momentos que me deshacía completamente de su agarre y comenzaba a golpearme mentalmente por idiota. Ahora mismo, sintiendo de nuevo ese cosquilleo en mi vientre, quería alejarme de él y golpearme contra un poste de luz, pero no lo hice. Javier no me estaba tocando de aquella manera, y tampoco parecía que tuviera intenciones de hacerlo, así que no podía ser tan brusca. Si llegara a suceder, sin embargo, entonces sí tomaría medidas, pero mientras tanto, esperaría a que hiciera lo que quisiera hacer.

Entramos al edificio, después de que Javier sacara de su bolsillo una llave que suponía era la de la puerta. ¿Qué como la había conseguido? Eso también me encantaría saber. Aquello logró que mis sospechas aumentaran, aunque intenté mantenerlas al mínimo. Para mí sorpresa, no nos detuvimos en ninguna de las aulas, sino que continuamos hasta llegar a la azotea. Con la boca abierta por el asombro, corrí hasta detenerme junto a la baranda de seguridad, observando todo el festival desde arriba. La noche ya había caído completamente, y podía ver el escenario, las luces y la banda, mucho mejor de lo que había podido hacerlo abajo. Volteé hacia Javier, sonriéndole.

– ¿Cómo…? – quise preguntar. Se encogió de hombros.

– Tengo mis contactos – dijo con simpleza, arrancándome una suave risa. Volví mi atención al frente, sintiendo como Javier llegaba a mí lado, y continué disfrutando del show. Varias bandas pasaron, unas me gustaron más, otras menos, había algunas que sinceramente no deberían siquiera estar en un escenario… ni a la vista de nadie, en realidad, pero aún así me divertí. Llegado un momento, Javier me tomó del hombro, abrazándome suavemente y consiguiendo que mi cara se pusiera tan roja como un tomate, pero no objeté nada. Yo también ansiaba esa cercanía.

Cuando la última banda tocó, Javier tomó mi mentón, alzando mi rostro, y me miró directamente a los ojos. No pude evitar sentirme un poco cohibida ante la expresión seria que tenía su rostro, como si lo que estuviera a punto de decir fuera algo sumamente importante. Mi corazón se detuvo de pronto, ¿podría ser que…?

– ¿Te estás divirtiendo? – preguntó, descolocándome un poco. No era lo que esperaba escuchar, pero a pesar de eso asentí, desviando la mirada – bien – comentó, antes de bajar lo suficiente para besarme en los labios.

Abrí los ojos grandemente, con sorpresa, y le correspondí automáticamente. Había pasado tanto desde la última vez que nos habíamos besado… no sabía ni cómo había logrado sobrevivir, evitándolo siempre que él deseaba acercarse más, tratándolo solo como un amigo… pasé los brazos tras su nuca, atrayéndolo más, queriendo hundirme en él. Enseguida Javier me sujetó más fuerte, levantándome ligeramente del suelo para facilitarle el acceso a mis labios. Mordí ligeramente su labio inferior, queriendo que reaccionara, consiguiéndolo cuando abrió la boca y yo la exploré sin preámbulos. Era increíble, totalmente maravilloso. No quería que terminara nunca, sin embargo, Javier me separó después de lo que podrían haber sido minutos u horas enteras. Respiramos agitadamente, buscando oxigeno con desesperación. Sentía mi cuerpo completamente adormecido, como si sus besos hubieran conseguido anestesiarme por completo. Y quizás lo hubieran conseguido, pues apenas pude notarlo cuando Javier juntó su frente con la mía y murmuró algo cerca de mis labios.

– ¿Eh? – pregunté sin creérmelo, mirándolo sorprendida, aunque creo fervientemente que lucía mucho más drogada que cualquier otra cosa. Javi rió, dándome un suave beso, antes de bajar y acariciarme el mentón y el cuello, haciendo que me dieran escalofríos.

– Si quieres ser mi novia, tontita – volvió a repetir, dando otro beso justo debajo de mi oreja izquierda. Temblé.

– Yo… – tartamudeé, apretando los mechones de cabello rojo que sostenía en mis manos, sintiéndome completamente ida. Respiré hondo, antes de alejarlo completamente. Javier me miró con atención, esperando mi respuesta, y yo tuve que desviar los ojos al ver sus labios, completamente rojos, y el cabello, desordenado después de nuestro… apasionado beso… oh Dios, ¡no podía concentrarme de esta manera! – tú… ¿es en serio? – pregunté. No escuché ninguna respuesta, en lugar de eso, pude ver sus pies acercándose a mí. Me tomó del rostro, obligándome a que lo mirara.

– No te lo diría si no fuera así – respondió, completamente sincero. Tragué saliva, sin poder creerme que esto de verdad estuviera pasando. Volví a bajar la cabeza, y asentí ligeramente – disculpa, no te escuché, ¿qué dijiste? – preguntó, con ligero tono burlón. Notaba una sonrisa en su voz. Apretando un poco los dientes, volví a asentir, esta vez murmurando un suave "sí" – creo que debería ir a un otorrino, no escucho nada de lo que dices – volvió a burlarse. Ahora sí que lo hacía a propósito. Con molestia, levanté la cabeza y lo observé con desafío. Tenía la sonrisa más estúpida que había visto en mi vida, lo que logró molestarme aún más. Gruñí ligeramente, antes de tomarlo yo del rostro.

– ¡Que sí, mierda! – le grité, y sin poder evitarlo lo volví a besar. En ese momento, escuché una explosión a nuestras espaldas, logrando que me separara de inmediato y observara el cielo. Fuegos artificiales habían comenzado a aparecer, y me quedé asombrada ante lo lindos que eran. Javier volvió a tomarme del rostro.

– Buena sincronización – habló, acariciando mis pómulos. Lo miré frunciendo el ceño, comprendiendo lo que había hecho.

– Eres un cursi de… – pero jamás pude terminar esa oración, pues una vez más había tomado mis labios, besándome como si no hubiera mañana.