Dado a Nell_Charentes en Livejournal por su cumpleaños. Espero les haga gracia en algo!

El nido

La edificación era una maciza construcción de finales del siglo XIX, tres pisos y varias habitaciones. Fuerte, pero no hermosa, esa casa era muy querida en la familia y a través de las décadas, por más que los descendientes se fueran esparciendo a la vez que se multiplicaban exponencialmente, nunca dejaron que terminara derruida.

Casi siempre, ahí terminaba viviendo figuras maternas, solterones o personas en apuros que no iban a ser dejados de lado por la familia. Si alguien llegaba a estar en el "nido", se sabía que iba a ser cuidado por todos, y el ayudar a las personas que terminaban ahí, también conllevaba cuidar de la edificación.

En las últimas dos décadas ahí solo había vivido la tía Sofía, que todos llamaban así aunque fuera prima de la mayoría de la familia. Era la hija del medio de varios hermanos y en los tiempos que fue a dar al "nido", había enviudado joven y sin hijos. Se había quedado a vivir ahí con sus padres para cuidar más que todo a su madre, de una enfermedad crónica que se la llevaría poco después. Su padre decidió ir a vivir con otro hermano y, entonces, Sofía se quedó sola en el nido.

Aunque seguía siendo la casa donde todos sabían que podían ir si necesitaban techo y comida, la verdad era que la habían usado solo para la fiesta anual familiar y uno que otro viaje al campo de algunos de ellos. Por eso, la tía Sofía había decidido hacer de la casa una posada. A algunos no les hizo mucha gracia, pero ya que ella era la que vivía ahí y había hecho un préstamo para los cambios necesarios, lo dejaron ser.

La posada no fue tan exitosa como el banco necesitaba, pero sí le dio la compañía que la tía Sofía quería. Y ahí fue donde, a los 87 años de edad, murió mientras dormía.

Los sobrinos y sobrinos nietos de ella, se hicieron cargo de todo. No solo del entierro y todo lo que eso conllevaba, sino del nido también. Así fue como Damián, su esposa y las gemelas de meses de edad, terminaron pasándose a vivir ahí, a seguir regentando la posada. Él, que era de profesión, albañil, se hizo cargo del nido. Que combatir la humedad, volver a pintarla, cambiar algunas piezas…

Seis meses después aún estaban haciendo las mejoras, y tenían dos inquilinos y una familia de visita que hacía más difícil el seguir con ellas para no incomodar.

Pero, como Damián era de esas personas que solo estaban en paz si hacían algo, pronto había encontrado qué hacer en esas horas muertas.

—Voy a limpiar el desván.

Su esposa lo miró, casi como si le hubiera dicho que iba a ser astronauta.

—Nadie ha entrado en el desván desde… el tío Antonio, hace unos 30 años.

¿¡Para qué lo dijo! Cuando se dio cuenta, Damián, ella, la sirvienta que ayudaba entre semana y hasta uno de los inquilinos, estaban frente a la entrada trampilla del desván.

Ana, la esposa de Damián y la que era sobrina nieta de tía Sofía, la anterior dueña… se acercó a su marido y le dijo al oído, tímidamente

—El tío Antonio, desapareció y...

Ana solo miró hacia la trampilla, con un miedo sacro en sus ojos.

—Pues, si desaparezco, solo tienes que buscarme en Hawaii —bromeó él, y abrió la trampilla… O intentó hacerlo, porque las bisagras estaban tan herrumbradas, que la trampilla chirrió terriblemente y solo se abrió un poco. Ana intentó decirle que eso era un signo, pero Damián y el inquilino insistieron hasta que la bajaron totalmente.

El aire caliente y lleno de polvo salió del desván casi como si hubiera sido una habitación bajo presión. Tanteando cada una de los peldaños de la escalera, Damián subió. Los demás, Ana al final, lo siguieron después, cuidando de pasar del segundo peldaño desde más abajo.

Lo que vieron, los dejaron totalmente sorprendidos.

Aunque al inicio del enorme desván se veían algunas cajas polvorientas, más allá, estaba una habitación. Era de mujer, joven. La cama con doseles, la cómoda con espejo y varias horquillas tiradas ahí, un perfume a medio terminar y collares colgando cerca del espejo. En la cama, suavemente hecha, había un vestido como de inicios del siglo XX y, en la mesita de noche, un libro grueso.

Sin embargo, lo que hizo a Ana mandar a todos afuera, fue ver la fotografía de época de una joven de medio lado, cabello negro recogido en un suave moño bajo. Aunque era muy hermosa, su expresión era seria, casi triste, y sus ojos miraban sin mirar a quien viera la fotografía.

—¡La joven Iris! —había susurrado Ana, antes de insistir en que salieran.

Al que le costó más alejar del lugar fue a Damián, que quiso ir hacia la cómoda, diciendo algo de que al parecer, sí limpiaban esa habitación, y quería ver de qué se trataba el libro.

Ana gritó, insistió… pero él solo le dijo que dejara esas historias de aparecidos en la familia en paz. Sin embargo, cuando oyeron la puerta del que parecía ser el baño abrirse, mientras una voz femenina decía algo… ¡Todos salieron corriendo!

Nunca más abrieron el desván. Más cuando Ana le enseñó unas fotos, que había estado buscando nerviosamente entre los cientos de álbumes de fotos que habían en la biblioteca de la casa.

—El tío Antonio hace 35 años —le dijo ella, enseñándole una fotografía a colores pero desgastada. Luego, le presentó otro álbum, del año 1909— el tío Antonio, después de entrar a la habitación de la joven Iris.

Él intentó negarlo, decirle que era una tontería, pero en la fotografía, o salía un ancestro muy parecido al tal Antonio, o era ese mismo.

Ana lo abrazó para tranquilizarlo.

—Solo, no debes ir al desván, el segundo cuarto a la derecha en luna llena y jamás palear en el jardín… O al menos, eso es lo que se dice en la familia. Por lo demás, todo es común y corriente en el nido. Solo, yo me haré cargo de las demás cosas.

Pero Damián insistió en irse de ahí lo más pronto posible. Para alguien que no es de la familia, el nido puede ser en verdad un lugar bizarro.