Nota: Nuevamente, Maak ha hecho la noble tarea de hacer los arreglos. Altruísta Maak, gracias por tu tiempo :3


Capítulo 4: Los seguidores de Knerrish.

Mi cabeza dio una sacudida al oír sus palabras. Una vez más era esa sensación poco agradable al instinto de intentar recordar algo. Pero una vez más, no conseguía más que brumas. Me llevé una mano a la frente, como si con eso consiguiera quitar esa molestia.

—Lo sabrás... en cuanto lo sepa yo —fue mi respuesta después de un minuto.

—¿Por qué? ¿A qué te refieres?

—Es una historia rara... te lo explicaré luego. Ahora... sólo salgamos de aquí. Podrían tus enemigos darse cuenta en cualquier momento de que sigues viva.

La joven asintió y nos dispusimos a dejar el lugar. Pero antes ella cubrió su rostro y luego quedó pensando un par de minutos, orientándose para seguir alguna dirección que la llevara a su destino.

—Oh, casi lo olvido, es hacia el este, donde el sol se pone.

De cualquier forma, debíamos pasar por el desastre en el mercado, o lo que quedaba de él. No solo se notaban los escombros de algunas casas destruidas y tiendas desarmadas, una gran cantidad de cadáveres yacían en el suelo en distinto estado, nada fue agradable: jirones de carne y sangre esparcios por el suelo, figuras humanas y animales carbonizadas por las llamas de la bestia de piedra en llamas. Y no sólo fue la muerte lo que producía una abrumadora sensacion que no explicaba, había hombres y mujeres llorando sin consuelo, gritando a todo pulmón, presos de la histeria de tal desgracia; niños pequeños llorando, llamando a gritos a sus madres perdidas, algunos de ellos estaban parcialmente heridos, con alguna parte del cuerpo quemada o amputada. No sabía si era el dolor de las heridas o algo más lo que causaba tan lastimera histeria. Por un momento, me pareció recordar a alguien al ver a los niños así, sentí como si hubiera dejado a alguien de la misma forma, fue cosa de cerrar por un momento los ojos y ver a una mujer de cabello negro, piel morena y ojos claros. Fue una espantosa culpa me invadió, de pronto estaba preocupado y sin explicármelo. Pero decidí ignorar eso, para no desconcentrarme, y porque tenía miedo de recordar algo más.

La joven era mucho más sensible al entorno que yo, cosa que no me sorprendió, pero me incomodó. Procuré sacarla pronto de ahí. Llamar la atención no era algo que necesitábamos en esos momentos, y un tipo grande que pasaba en al menos una cabeza a la mayoría de la gente en ese lugar, como lo era yo, junto con una muchacha pequeña y delgada siendo arrastrada a medias por mí y sollozando fuertemente, sin duda llamaba la atención. No era la mejor forma de pensar, pero esperaba el desastre en parte del mercado acaparara la mayor atención posible.

No alcanzamos a llegar cerca de las puertas de entrada a la ciudad, cuando notamos que las habían cerrado, por lo que nadie podía entrar o salir de la ciudad. Tuvimos que arreglárnoslas para encontrar a algún mercader con suficiente dinero para sobornar a los guardias, o al menos que fuera conocido por éstos. Ninguno a los que pedí ayuda accedió sin pedir algo a cambio, hasta que Yalee lo hizo con un viejo, quien no pidió nada, sólo miró a la chica y accedió. La hizo pasar por su concubina, aprovechando lo cubierta que estaba, y a mí por uno de sus mercenarios. Al salir y estar a cierta distancia de la ciudad, le pagué lo que me sobraba por uno de los ponis, que al viejo le pareció suficiente. Yalee agradeció y continuamos nuestro camino.

—¿Te sientes mejor? —le pregunté después de un rato.

—Ese desastre fue mi culpa —me contestó apesadumbrada—. Quien trajo a esa mole gigante de piedra y fuego lo hizo para matarme y... —Comenzó a llorar sin consuelo.

Su llanto me incomodó.

—La gente muere... —traté de calmarla, acercándome a ella y poniendo una mano en su hombro—. No siempre se puede hacer algo, pero aquí existe gente que puede hacer algo por salvar las vidas perdidas... —comencé a explicarle mi situación, cuando le mencioné lo que los sacerdotes pueden hacer se tranquilizó, pero luego una expresión perpleja llenó su rostro cuando le mencioné que no sabía nada sobre mí mismo.

—Pero, estás haciendo a un lado tus prioridades por...

—Mira, no importa. Sólo sigo mi instinto, es lo único que me queda —repliqué para no dar vueltas al asunto y así continuar el camino.

Pasamos un rato avanzando en silencio. Ella meditaba absorta en sus pensamientos mientras yo hacía lo mismo. Aprovechó la soledad para descubrir su cara y sentir el viento. Era una cara de rasgos infantiles, casi enternecedora. Bueno, casi, no; lo era. Era extraño que una niña anduviera en un lugar que resultaba extraño para ella.

—¿Por qué lo hiciste? —me preguntó de repente, saliendo de su trance.

—¿Que hice qué?

—Venir conmigo. Tienes un asunto importante, y decides venir conmigo casi sin... así sin más. ¿Por qué?

—Ya te dije... sigo mi instinto. —Comencé a sentirme incómodo—. Creo que voy por el camino correcto.

—¿Y es por eso que no me has preguntado nada acerca de por qué necesito tu... ayuda?

—¿Eh? No, es porque creo que no tengo porqué hacerlo mientras... —me detuve ahí, sin saber por qué decía esas palabras.

—¿Mientras te pague? —No dije nada—. Hablas como un mercenario.

La miré directo a los ojos.

—Lo fui antes de que... todo esto me ocurriera —confesé—. Bueno, viendo que mis costumbres llegan...

Me devolvió una mirada piadosa, compadeciéndome.

—¿No has pensado que por esa razón estás como estás? —me preguntó.

—Puede que tengas razón —contesté.

De pronto, la compasión que se palpaba en su rostro se transformó en miedo. Un instante después, noté que el aire se volvía tenso, la luz del sol pareció haberse atenuado; el poni comenzó a inquietarse.

—Oh no —dijo Yalee, presa del miedo —, son ellos. Nos han encontrado.

El poni se encabritó y casi hizo caer a Yalee si no fuera porque atiné a agarrarlo por las riendas para mantenerlo a raya.

—Tranquilos —mascullé, casi como una orden, alerta a cualquier cambio—, no pasará nada.

—Hemos encontrado a la Hazevi —dijo una voz sombría de un hombre.

Frente a nosotros aparecieron dos figuras encapuchadas, hombres vestidos con una túnica gris, que en la parte izquierda del pecho llevaban bordada una figura extraña a modo de blasón. Me sentí contrariado al ver la insignia.

—Es escurridiza —completó una segunda voz más aguda y gélida, perteneciente al primero en aparecer.

El dueño de la primera voz se dirigió hacia mi cara; aunque no podía ver la suya, sabía que me miraba directo a los ojos.

—El desertor vive —informó a su compañero.

—No fue muerto, como nos dijeron. Tendremos que hacerlo nosotros.

—¿De qué hablan? ¿Quiénes son ustedes? —pregunté, sin entender.

—No nos mientas, traidor —me dijo el primero en hablar—. Sabemos quién eres. Eras uno de nuestros esbirros y nos traicionaste por una semielfa.

—Y la traición a Knerrish sólo se paga con muerte.

Las palabras sonaron como una acusación, como si dictaran mis crímenes a Yalee. Antes de morir, trabajaba para quienes la perseguían. Pero...

—No —repliqué—. No volverán a matarme.

Antes de dejarlos preguntar por mis palabras, me puse en guardia y los ataqué. Lo que no fue fácil, ellos eran magos poderosos, hablaban en una lengua incomprensible y parecía que el aire faltara; una atmósfera negra nos rodeó, y la piel nos empezó a esocer. A pesar de todo, Yalee matuvo la calma y comenzó a cantar algo en su propia lengua, que se me hacía familiar, pero no la entendía. El efecto de la magia de los hombres se iba desvaneciendo poco a poco. Presentí que los magos optarían por una ofensiva más directa, y antes de que pudieran hacerlo arremetí con mi hacha sobre el más cercano, pudiendo cercenarle un brazo.

El mago soltó un alarido de dolor y se apartó, llevando su otra mano a lo que quedaba de su brazo, conteniendo inútilmente el sangrado. El otro mago interumpió su conjuro y retrocedió, pero el largo de mi hacha permitió que le hiriera gravemente el torso. Pero justo en el segundo en que la hoja de mi arma se hundía en la carne del mago, la punta de una espada se abría paso desde su espalda, justo junto al tajo que le causé. El mago no emitió sonido alguno, y una fuerza lo empujó hacia adelante de sí, cayendo al suelo muerto y descubriendo la figura de un joven parecido a Yalee, justo en el momento en que quedó manco huía de la misma forma en que llegó. Era de casi la misma piel azul, pero su pelo era verde y menos abundante, casi del mismo largo que el de la chica. Su expresión dejaba enmanar ira, que me pareció que también dirigida hacia mí.

Un segundo después comprobé aquello cuando, en vez de bajar la guardia, se dispuso a atacarme, alzando su espada y descargando un ataque sobre mí tan rápidamente y con tal fuerza que no me dio tiempo más que para detenerlo...


Nota al pie: Próximos caítulos saldrán pronto a la luz. Gracias por leer y como siempre, cualquier comentario o sugerencia es bienvenido.