Nota al inicio: Por fin el capítulo quinto. Reescribir una historia no es nada sencillo, he tenido que dar vueltas a muchas cosas para agregar más coherencia, narración y trasfondo a lahistoria. Espero que les sea agradablede leer. saben que cualquier crítica o sugerencia es bienvenida.

Capítulo 5.-
La verdad de los Hazevi.-

Yalee ahogó un grito, intentando controlar al animal, que con el ruido del choque del acero contra el hierro se encabritó otra vez.

—Naazk, detente —chilló Yalee, acercándosenos—, él no es una amenaza, me está ayudando, no es parte ya de los seguidores de Knerrish.

El guerrero no hizo caso y se mantuvo firme mirando fijo a mis ojos, su fuerza era impresionante y su mirar, fiero. Sin embargo me mantuve igualmente firme y sin la menor intención de ceder, pese a que me costara trabajo hacerlo.

—Pero lo fue, Kanelim —replicó sosteniendo la mirada y la espada inmutablemente—. Créame que la traicionará a la menor oportunidad.

—Ya la tuvo, Naazk —me defendió la niña—, pudo negociar por su vida, pudo haberme entregado ¡Y no lo hizo! —él no contestó— Naazk, estás sublevando mi posición, no te estoy precisamente pidiendo que te detengas.

Fue un momento de duda, una vacilación que aproveché para apartarlo con fuerza. Me dejó sorprendido el hecho de que tenía más fuerza de la que aparentaba. El joven guerrero, me miró con desprecio antes de arrodillarse ante Yalee y decir unas palabras en una lengua que no acababa de entender, pero me pareció tremendamente familiar. La sensación no hizo más que avergonzarme y ser defendido por la muchacha no me ayudó a estar en mejor posición.

No me concentré en mi propia vergüenza por más tiempo, pues noté que de pronto Yalee cobraba una importancia que antes no veía. Las preguntas sobre quién era y qué hacía picaron en mi cabeza con fuerza. Tal vez ella tenía razón: en un asunto grave me había involucrado, pero al parecer ya lo estaba desde hace un tiempo.

—Será mejor que sigamos —fue lo único que pude decir.

—Tú puedes seguir tu propio camino, desertor de Knerrish —me echó el chico.

—Él viene con nosotros —me defendió Yalee con voz tranquila—. Necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Naazk, no es momento de ser orgulloso, ¿si?

La cara que puso en ese momento fue de una ternura infantil que nos descolocó a ambos. Él se limitó a hacer una reverencia y disculparse por su actitud altanera. Luego me dedicó por última vez una mirada llameante y llena de ira. No devolví gesto alguno y continué siguiendo a Yalee.

Avanzamos sin detenernos por varias horas, hasta que el calor bajó y el sol se puso. Llegamos a un pequeño bosque en donde decidimos quedarnos para descansar. Notamos que el agua comenzaba a escasearnos y decidimos guardarla para más tarde. Me las ingenié para buscar árboles que dieran savia buena para beber. Otra vez mi instinto me guiaba, no conocía los nombres de los árboles, que eran tres distintos, pero sabía cual daba mejor savia. Al cabo de una media hora, teníamos savia y frutas para comer y con ello decidimos quedar, aunque pude disponerme a cazar algún animal, era mejor comer ligero.

La noche era fresca pero no corría brisa alguna. Nos sentamos alrededor de un pequeño fuego. Yalee se envolvió en su capa, abrigándose del frescor nocturno.

—Aquí las noches son frías —comentó.

—No pareciera, yo no siento frío.

—En nuestro mundo las noches son más cálidas —intervino el guerrero, ya con aire menos hostil—, es normal para nuestra gente sentir algo de frío aquí —se quitó su propia capa y cubrió a Yalee con ella.

—A propósito —comencé, al ver salir a la luz el tema—, decidí que me intrigan mucho ustedes y su situación, ya que hasta hace algún tiempo fuimos… enemigos.

—Por esa razón será mejor no decirte nada.

—Es necesario que hablemos. Y la decisión es de Yalee.

—Tiene razón —me avaló Yalee—, es mi decisión, Naazk. Y he decidido que hay que darle una oportunidad. Independiente de su pasado, gracias a él aún tenemos esperanza de encontrar lo que buscamos.
El guerrero se resignó y con un gesto dejó la conversación fluir.

—Bien, empezaré. Como habrás notado, la nuestra es una raza distinta de las que hayas visto alguna vez, si es que llegas a recordarlo. Somos elfos, pero quizá de los más antiguos que quedan, somos los Hazevi y vivimos en un mundo distinto a este… llegamos aquí por un portal no muy lejano a esta tierra, si mal no recuerdo… no sé cuánto tiempo ha pasado. El asunto es que desde hace siglos que estamos luchando en contra de Knerrish, un mago inmortal cuya ambición de poder lo volvió loco. Si nos derrota, estará un paso más cerca de controlar el mundo de los Dioses.

—¿Por qué ustedes?

—Somos una raza muy antigua y tenemos una relación más estrecha con la condición que los dioses les hace ser dioses. A nivel espiritual, estamos por encima de muchas estirpes. A pesar de que seamos parte de los mundos mortales, nuestra estirpe desciende de una Diosa.

"Knerrish ha tomado desde las sombras muchos reinos, y básicamente ha hecho con este lo mismo que hizo con muchos otros: seduce a la gente necesaria y con ello propaga su mal.

—Por esa razón muchos de tus aliados son humanos —intervino el guerrero—, aunque ustedes son como palomas, demasiado comunes, demasiado numerosos y demasiado acaparadores.

— Por favor, Naazk… Para frenar esto de una vez por todas —prosiguió Yalee—, tenemos que ir a un lugar llamado Colina Roja, donde se encuentra la puerta al lugar que esconde un artefacto que nos ayudará enormemente a esto. Los poderes de Knerrish son enormes, pero si algo lo ha ido frenando ha sido nuestra resistencia y las numerosas veces que hemos ganado ante él, pero las cosas se nos están escapando de las manos, gran parte de nuestro imperio ha sido tomado y Knerrish debe ser eliminado. Nuestra última esperanza es aquello que buscamos.

—¿Ustedes dos?

—El resto de nuestra compañía murió —contestó el guerrero—. Hemos estado siendo acosados por los servidores de Knerrish desde que llegamos aquí. Tus camaradas los asesinaron… Luego Kanelim y yo nos separamos antes de llegar a la ciudad.

No reclamé por sus palabras despectivas del guerrero. Tenía fuertes motivos para odiarme, y no lo culpaba por ello. ¿Qué razón tuve yo para unirme a una causa tan deplorable como servir a un mago codicioso?

La poca decencia o dignidad que tenía me hizo sentir una vergüenza abrumadora. ¿Qué clase de errores cometí además de todo ello? Quizás debí morir…

Luego de una pausa me ofrecía a montar guardia. Necesitaba reflexionar e intentar recordar. Más que nunca necesitaba recordar mi pasado…