Sangre de Oro.

Muchos me habían dicho que yo era muy nerviosa y asustadiza; de hecho, siempre me había considerado más asustadiza que nerviosa. El miedo ha sido sin duda uno de los constantes compañeros de mi vida desde que tenía uso de razón, aunque he de decir que, justo en el momento en que estoy escribiendo este diario, ese miedo, para algunos infundado, infantil e incluso ridículo, estaba justificado.

Es cierto que odio las películas de terror y que incluso aborrezco las noches de Halloween, pero de ver a zombis y vampiros a escuchar a un pariente con un historial psiquiátrico de panorama estremecedor hablar solo, conllevando a ello una reacción que va desde la más extrema dulzura hasta la más terrible violencia, era sin duda una de las situaciones más terroríficas que uno podría vivir… Si tan sólo uno lo estuviese experimentando en carne propia para entenderlo.

Y si aquello no era justificación suficiente para expresar mi miedo, ¿entonces la situación en la que me encuentro en este momento era en verdad una pesadilla o el inicio de un delirio hereditario grave? La verdad de verdades, no lo sé, y aunque me gustaría saberlo, tengo la conciencia de que todo esto es tan sólo el inicio de un momento más de lo más caóticos de mi vida que, a la edad de mis veinte años, se habían agravado desde que entré a la carrera.

Lo peor de todo era que siempre me había dado cuenta de que durante toda mi vida me había dejado pisotear por todos, desde mi propia familia hasta mis peores enemigos, y que de que nunca había tenido ni el carácter ni la osadía de mandarlos a todos por un cuerno y poder controlar al fin mi vida sin tener que tolerar críticas a mis espaldas.

En agregado a esta letanía inútil de quejas sin sentido racional, debo decir que el haber conocido a quien supuestamente era el amor de mi vida no era más que la postre en el menú de mi mala suerte en esta vida.

Lo recuerdo bien, al menos por ahora que estoy muy cuerda. El tipo era sumamente agradable, muy bromista y necio; nos empezamos a llevar bien, comenzamos a salir y rápidamente formalizamos una relación de pareja que se echó a perder al mes gracias a un mal entendido que bien se pudo haber dialogado tranquila y seriamente con una taza de café y no por el internet.

Lástima de hombre. Si realmente fui su primera novia, pues no puedo culparle de haberme terminado así, pero si me mintió por ocultar su mala experiencia con las mujeres, entonces creo que hubo un problema de confianza que yo debí haber detectado a tiempo si no fuera por los prejuicios que la matriarca de mi familia tenía contra él y que los haya expresado de manera poco doliente cuando lo echó de casa aquél domingo tormentoso.

En consecuencia, todo ese mal entendido propició que él dudara de mí, me señalara como una verdadera infiel y que cortara la relación por el Messenger, dejando en mí una honda huella de dolor y sufrimiento que no venían ni al caso. Pero dejemos el pasado atrás y pasemos al presente.

Bueno, no sé si es un presente–pasado o es un pasado–presente. Creo, y tal vez siento, que mi mente me está jugando una mala pasada y que todo esto que me ha sucedido es tan sólo un mal sueño. Empero, si todo esto realmente fuera verdad, entonces pudieron haberme sucedido dos cosas: o había atravesado la Dimensión Desconocida de Rod Serling por accidente o había entrado a uno de los territorios de la realidad con el que nunca he querido meterme por respeto y por raciocinio… En resumen, al territorio de lo sobrenatural.

De haber entrado a éste último, necesitaría a la sazón hallar una forma de poder salir sana, salva y cuerda de este problema. Para poder encontrar la salida, intentaré recordar lo que me sucedió hace un mes, tiempo en que estoy aquí en este lugar lejos del internet, los teléfonos celulares, la televisión y los i–Pod.

Si mi memoria no me traiciona, todo empezó en una noche después de las fiestas tradicionales del Día de Muertos acaecidas en los primeros dos días de noviembre. Estaba en casa descansando luego de un día agotador; estaba lloviendo… ¿O era un día soleado? Bueno, esa nimiedad no creo que sea importante, al menos para lo que les estoy contando.

En fin, como iba diciendo, estaba descansando en mi cama y con la mente echando a volar la imaginación. Hasta ese día, aún continuaba enamorada y encaprichada de mi último ex–novio; me ilusionaba reconciliarme con él en una tarde bajo la lluvia y escuchar de él algunas que otras razones por las que decidió terminar conmigo por el internet.

O tal vez reconciliarme al estilo de la película "Corre Lola Corre", o tal vez yendo un día a la escuela a hablar cara a cara sin rodeos y frente a todos, qué sé yo. Lo que hace la imaginación cuando una mujer está encaprichada y enamorada de un hombre que no vale la pena.

La cosa más fácil para una mujer que se encontraba en una situación como la mía era la sencilla búsqueda del objeto de capricho y exigirle una explicación. No es que no haya querido humillarme, y aunque sinceramente quisiera hacer eso con tal de recuperarlo, las cosas no eran así de fáciles.

No cuando la familia, la sociedad, la tradición y la costumbre están encima de ti; estas instituciones dictaban (y seguirán dictando) que una mujer que busca a un hombre podría correr el riesgo de ser calificada por todos como una mujer fácil, rogona y con probabilidades de transformarse en un paño de necesidades fisiológicas para el sexo opuesto.

Aquello era estúpido desde mi punto de vista, pero era algo con lo que yo no querría tener problemas a pesar de la famosa y patética liberación femenina que "aseguraba" a la mujer el derecho de revolcarse en el mismo fango que un hombre en el campo sentimental.

Mientras echaba a volar mi imaginación, observaba cuidadosamente ese medallón en forma de sol que mi ex – novio me había comprado en una tienda de antigüedades. Era un medallón de cobre muy bonito y bien conservado; se notaba que todas las mujeres (y tal vez también los hombres) que lo habían portado antes de mí se habían las molestias de lustrarlo cada cierta cantidad de veces por semana con tal de que luciera presentable ante los ojos del ser amado y de la sociedad entera.

Tal vez ese medallón perteneció a una gran dama de sociedad que le gustaba colgarse figuras que le recuerden algún momento de su vida, pero había un elemento en ese medallón que me mantenía intrigada: en el centro de ese medallón habían unas extrañas inscripciones. Las había visto a la luz mortecina de la lámpara de mi mesa de noche justamente al día siguiente de que mi ex–novio me lo regalara. No sé como describirlas; parecía ser la combinación del alfabeto árabe con algún alfabeto antiguo, o tal vez sea el sánscrito, o tal vez una broma pesada que le jugaron alguna vez a alguien.

Intentar descifrarlas se había convertido en un reto, y aquello era lo que intentaba hacer justamente en aquella noche inolvidable. No sé durante cuánto tiempo me había quedado dormida tras fallar una vez más el intento de hacer esa tarea. Lo último que recuerdo fue que me había despertado aquél infernal ruido de música electrónica a alto volumen que un odioso vecino, ¡un abogado para rematar!, tenía en su casa, justamente enfrente de donde yo vivía.

Me gusta la música electrónica porque la hallo divertida para bailar, pero no me explicaba cómo era posible que doña Gertrudis, la vecina que vivía a lado de esa casa, pudiera tolerar esa contaminación auditiva cada sábado. Es más, los rumores del barrio apuntaban a que la casa del abogado era todo un cabaret nocturno sabatino para homosexuales, rumores que estaban más que confirmados por las vociferaciones de los asistentes de esa fiesta que terminaba a las cinco de la mañana del domingo.

Con el mal humor en su cúspide, me levanté discretamente de la cama; Marina, mi hermana menor y con quien comparto el cuarto, estaba profundamente dormida.

Al menos ella está acostumbrada a esta locura sabatina, pensé mientras abría la puerta y salía del aposento.

Al bajar por las escaleras, me dirigí hacia la cocina, eché un poco de agua en un recipiente y la puse al fuego mientras me dedicaba a buscar dos sobres de té de tila; deseaba dormir desesperadamente y no escuchar ese ruido contaminante que me ponía con los nervios de punta todos los sábados sin falta.

Si todo el vecindario se hubiera tomado al menos la condenada molestia de denunciar de una vez al abogaducho ese, muchos individuos, sobre todo los niños, tendrían una feliz noche. Pero no, nadie se atrevía a denunciar a ese sujeto por miedo a una represalia, ya que el tipo tenía "amigos influyentes" en el gobierno del Estado. Supe que ya lo habían denunciado antes por algunos de los vecinos, pero el tipo había permanecido impune gracias a que hizo cierta clase de favores oscuros que tuvieron la consecuencia de darle un susto a los que lo denunciaron.

Y en un país como México, las influencias y la corrupción pesaban más que en cualquier otro lugar. ¡Qué tristeza era vivir así! Soportar y tolerar a esa clase de personas generaban las ganas de morirse, pero a mí me generaban las ganas de agarrar un arma y dispararle a su puerta para darle a entender que si volvía a poner ese ruido del demonio, entonces yo me encargaría de dictar y ejecutar su sentencia de muerte… Figuradamente hablando

Mientras bebía mi té y escuchaba cómo el individuo se divertía a expensas del sueño de los demás, observé de nuevo el medallón. Por un momento llegué a pensar que las inscripciones no eran más que adornos y no un lenguaje proveniente de una civilización antigua.

¿Cuánto tiempo había perdido tratando de descifrar unos simples adornos? Bueno, digamos que me tomó horas preciosas que bien pude haberlas empleado en otra cosa, ¿pero ya para qué? Tiempo perdido era tiempo perdido y punto.

– Espera…

Algo acababa de llegar a mi mente como una ráfaga de viento, algo que tal vez no tendría relación alguna con ese medallón, pero ¿y si lo tuviera? Un par de meses atrás, fui con mis amigos a una playa cerca de un conocido puerto; pude haberme divertido mucho ese día si no hubiera sido por mi infantil intento de nadar sin tener que ahogarme.

Sin que nadie lo notara, me había alejado de la costa a una distancia muy considerable. Hasta en esos momentos no supe qué me había pasado ni como pude haber llegado tan lejos, ya que nunca había tomado clases de natación. Mi justificación al respecto era que me sentía atraída hacia el mar, como si aquél me llamara a que me uniera a él sin oponer resistencia.

Tras darme cuenta de que estaba muy lejos, sentí miedo; empecé a pedir ayuda a gritos, pero nadie me oía, nadie volteaba a ver. Pensé entonces que iba a morir ya que nadie me rescataría, así que me resigné cerrando los ojos y dejarme llevar por el peso de mi cuerpo hundiéndose poco a poco hacia el fondo del océano.

– Elizabeth… – me dijo repentinamente una voz dulce y macabra.

¿Elizabeth? ¿Quién rayos era Elizabeth?, me pregunté sorprendida.

– Elizabeth…

¿De dónde diantres viene esa voz?

– Elizabeth…

¿Pero qué…?

Repentinamente abrí los ojos y me topé con un cielo limpio de nubes; juraba por un momento pensé que ya había entrado al cielo sin que nadie me extrañara en la Tierra, pero inmediatamente me había dado cuenta de que no estaba en el Cielo ni me había muerto. Resultó ser que me encontraba recostada en la arena; al parecer, alguien de mis amigos me había visto y me había salvado. Aquello me hizo sentir aliviada y, queriendo darle las gracias a quien me haya rescatado, me incorporé lentamente… Topándome de trancazo con el rostro de mi amigo Fabián y de los demás que estaban a mi alrededor.

– ¡¿Fa… Fabián?! – exclamé asustada – ¿Qué… Qué pasó?

– Nos mataste de un susto, Eulogia, eso fue lo que pasó – me respondió con sarcasmo –. Casi te nos mueres. Por suerte estaba Miguel cerca de ti para que te salvara.

– ¡¿Cómo?! ¿Miguel estaba cerca de mí? No es posible… ¡No vi a nadie a mi alrededor!

– Estabas asustada – comentó Miguel –. Por eso no me viste.

– Pero si nadie me oía gritar.

– ¿Qué nadie te oía gritar? – dijo Amalia, mi mejor amiga, mientras me entregaba una taza de café – ¡Claro que te oímos gritar, Eulogia! De hecho, nos dimos cuenta de tu ausencia gracias por tus gritos y… Y…

– ¿Y qué?

Los miré un poco extrañada al notar que sus rostros reflejaban extrañeza y miedo.

– ¿Qué sucedió, muchachos? – les pregunté – ¿Ha pasado algo que yo deba saber o esto es una broma?

– Bueno – respondió Rocío un poco dubitativa –… No es broma, de eso puedes estar segura.

– Ah…

– Pero lo que te vamos a contar fue algo muy extraño.

– ¿Eh? ¿Pues qué pasó?

– Notamos que en el lugar en donde te ahogabas hubo una especie de reacción…

– ¿Reacción?

– La verdad no sabemos cómo explicártelo.

– ¿Has visto alguna vez las ondas de impacto de la explosión de una bomba? – interrumpió Horacio, quien ya lucía muy exasperado y preocupado.

– Sí – respondí –, en Discovery Channel. ¿Por qué?

– Imagínate entonces esas ondas de impacto en el mar. Hazte cuenta aquella escena de la película que vimos ayer.

– ¿La de los Piratas del Caribe?

– Sí.

Me reí por un momento antes de ponerme seria y preguntarles:

– ¿Es esto una broma?

– No, no es broma, Eulogia – me respondió Amalia.

– Dios… Pensé entonces que lo que les iba a contar sería una cosa de locos…

– ¿Qué cosa? – cuestionó Rocío.

– Bueno… Cuando estaba inconsciente… Bueno, no sé si estaba inconsciente o no, pero estando bajo la superficie, escuché una voz extraña llamándome.

– ¿Una voz?

– Sí. Escuchaba que me llamaba, pero con otro nombre.

– Pues explícate más, mujer, porque no te entiendo absolutamente nada – me replicó Horacio.

– Bueno, sin rodeos les diré que esa voz no me llamaba "Eulogia", sino "Elizabeth".

– ¿Elizabeth? – murmuraron todos al unísono.

– ¿Y quién era Elizabeth? – inquirió Rocío – ¿Conoces a alguna Elizabeth?

– Sólo la chica de segundo año que todos conocemos, chicos, pero les juro por Dios que esa voz me llamaba así.

Nos miramos los unos a los otros llenos de asombro y de miedo.

Si el plan era pasar la noche en la playa, pues ya lo tendríamos que pensar dos veces; ¿y si la playa estuviera encantada y estábamos molestando su descanso eterno? Suena irreal e ilógico pensar así, pero si así fuera la situación, ¿qué importaba? Al menos desde mi perspectiva no tendría ninguna importancia siempre y cuando no molestemos a lo que sea que nos enfrentemos.

Sin observar qué pensaban o temían mis compañeros, me levanté y, con una tranquilidad que ni yo misma sabía de dónde provenía, les dije:

– Chicos, no dejemos que estas cosas nos asusten. Tal vez lo que me sucedió en el mar fue cosa de mi imaginación.

– ¿Y lo de las ondas?

– Las ondas tal vez fue producto de algún pequeño temblor que ocurrió en otra parte del mundo. Es más, yo creo que lo sucedido fue pura coincidencia, así que por favor no pensemos en ello y divirtámonos, ¿de acuerdo?

Todos asintieron. ¿Qué otra cosa nos podría pasar?, pensaba yo mientras Miguel me ayudaba a levantarme. No obstante, no podía dejar de pensar en esos momentos lo que me había pasado en el mar; sabía que algo me llamaba desde mi interior, que algo indescriptible, irresistible e incluso familiar me atraía con mucha fuerza hacia el mar, logrando sacudir en mí toda clase de sensaciones.

Y la voz… La voz macabra que me llamaba con el nombre de Elizabeth me era inexplicablemente conocida, ya que la había escuchado antes. Lo curioso del caso era que no recordaba cuándo ni en dónde hasta ahora.

Asenté la taza y miré el reloj. Eran las dos de la mañana. No sentía sueño y la fiesta del abogado seguía en su punto.

– ¡Maldición! – exclamé furiosa.

Ya era con esa la trigésima… O la centésima… Tal vez la centésima noche que no podía dormir sin escuchar ese maldito ruido; para colmo de males no podía hacer nada con quejarme, ya que las autoridades o se hacían de la vista gorda tras recibir algún soborno o te mandaban al carajo en su máxima expresión.

Ni modo, a pasar una noche más sin poder conciliar el sueño, con la idea de resignarse a soportar y tolerar esa contaminación auditiva y reprimir las ganas de hacerles el favor a todos los vecinos de contratar a un asesino a sueldo para matar a ese individuo.

– Maldito infeliz, ojalá algún día, ¡algún día!, le den una buena golpiza por esto. Hijo de…

Inesperadamente escuché un ruido proveniente del patio de la casa. Un poco asustada, miré hacia la puerta de la habitación de mis abuelos y me propuse a abrirla cuidadosamente para evitar despertarlos.

– Ay, carajo…

La puerta estaba cerrada con llave. Grandioso, simplemente grandioso.

Puse mi oído en la puerta; mis abuelos roncaban fuertemente, lo que me daba la pauta para preguntarme quién estaría en el patio a estas horas de la madrugada. Las respuestas lógicas para estos casos eran o un gato que quería explorar el bote de la basura o un ladrón que intentaba entrar a la casa. De ser lo segundo, entonces el tipo eligió la casa equivocada para cometer sus fechorías.

Yo ya estaba harta, cansada, con el sueño perturbado y con las ganas de denunciar a mi vecino con cargos falsos de posesión de drogas, prostitución infantil, trata de blancas y todo delito grave que se me ocurriera, ¿y encima de todo ello un idiota intentará robar mi casa? ¡Pues que se vaya al diablo ese imbécil holgazán y ocioso!

No iba a permitir que robaran mi casa, y mucho menos cuando tenía un humor de perros. ¡Ay del tipo si lograba entrar a la casa! Yo lo estaría esperando blandiendo el machete de mi abuelo en una mano y sosteniendo una sartén en la otra, dispuesta incluso a despertar a toda la casa y armar un escándalo digno de salir en el periódico local.

Tomé el machete y una sartén y me puse frente a varios metros de la puerta que daba al patio. Pensaba ya en lastimar al individuo de mil formas, desde clavarle el machete en el ombligo hasta dejarlo terriblemente inconsciente y en estado de coma, cuando de repente vi que dispararon a los cristales.

Estaba petrificada y llena de terror; al parecer el individuo estaba fuertemente armado y yo, una inofensiva chica de 20 años de edad, me encontraba en lamentable desventaja. Tenía qué escapar de algún modo, ¡por Dios que tenía que hacerlo antes de sufrir algún daño psicológicamente irreparable!

Mientras planeaba en cómo salvar el pescuezo, observé que una mano negra se deslizaba por el boquete de la puerta e intentaba jalar la palanca para abrirla.

– ¡Maldita sea! – exclamaba el dueño de la mano.

– ¿Qué sucede, Rattinger? – inquirió otra voz.

– ¡No puedo abrir la maldita puerta!

– ¡¿Cómo que no puedes abrirla?!

– ¡No puedo abrirla! Creo que está trabada.

– ¡Por el demonio, Rattinger, no tenemos tiempo para esas tonterías! ¡Hacedte a un lado y mirad cómo lo hace un experto!

¡Dos tipos!, pensé con angustia, ¡ahora sí que estoy en problemas!

Presa del miedo, decidí correr hacia la puerta de la calle para salir de la casa; desafortunadamente, me di cuenta de que las llaves no estaban en el colgador y que la puerta estaba trancada con seguro. Mi terror se intensificó al escuchar otros dos disparos; volteé a ver qué pasaba y vi que los tipos lograron entrar a la casa. Lo siguiente que hice fue aferrarme a la puerta con todas mis fuerzas y observar quiénes eran los asaltantes.

Llevaban una indumentaria extraña, de esas que alguna vez vi en las películas de época que pasaban en los canales de televisión poco importantes para la mayoría de la gente interesada en los chismes de espectáculo, el morbo y en otras idioteces que no iban al caso, al menos en lo que a mí respecta. Sus armas parecían ser sacadas de un museo de antigüedades, ya que me evocaban instantáneamente aquella escena del film "El Patriota" en donde el personaje de Mel Gibson fabricaba las balas con los soldaditos de plomo de su hijo muerto.

Pero bueno, pude haber deducido en aquél momento que los tipos eran fantasmas de siglos pasados que regresaban cada cierto tiempo para asustar a los vivos, aunque dudo mucho que los fantasmas dispararan a una casa moderna y mucho menos que intentaran abrirla como los ladrones normales.

Entonces observé cómo uno de los tipos comenzaba a acercarse con sigilo hacia donde yo estaba; la forma con la que me miraba se parecía a la de un depravado que pensaba en violar y matar a una joven inocente. Solo Dios sabría qué estará pasando por la cabeza de ese tío asqueroso al atreverse a violar mi espacio personal y acercar su rostro demacrado.

– Hola, pequeña – me dijo –. ¿Dónde están tus padres? ¿Acaso te dejaron solita?

No supe qué contestar en ese momento. El miedo y el mal olor proveniente de la boca de ese sujeto se habían comido toda clase de palabras altisonantes y todo aquello que me diera fuerza y valor para afrontar la situación.

– Mmm… Veo que el gato te comió la lengua… ¿O será el ratón?

El tipo soltó en ese momento una carcajada; sintiendo las ganas de llorar y de gritar, empecé a trabajar mi cerebro de manera desesperada…Y le pateé los testículos al tipo con las nimias fuerzas que me restaban.

El tipo, agarrándose de la zona vulnerable y torciéndose de dolor, se cayó al suelo ante la risa de su compañero, mientras que yo lo saltaba y empezaba a subir rápidamente por las escaleras hacia la habitación en donde se encontraba mi hermana.

– ¡Capturad a esa mocosa! ¡No debe escapar! – gritó el tipo desde el suelo.

Ante la expectativa de que algo indescriptible podría sucederme, comencé a golpear la puerta llamando a mi hermana. Había intentado por todos los medios abrir la condenada puerta, pero al notar que estaba con seguro, comencé a patearla con la esperanza de que me abriera.

– ¡Marina, abre la puerta por favor! – gritaba – ¡Marina, hay unos tipos que nos quieren matar!

– ¡Venid aquí! – exclamó uno de los tipos mientras me tiraba del brazo

– ¡Marina! ¡Auxilio! ¡Marina!

El tipo logró sujetarme fuertemente del brazo y me arrastró en pos de él hacia la planta baja a pesar de mis pataleos y mis gritos.

¡Maldita sea, espero al menos que la bruta de mi hermana se haya despertado y haya tomado su teléfono celular para llamar la policía antes de que me hicieran algo!, pensé mientras intentaba aferrarme al pasamanos.

– ¡Suéltame! – exclamé – ¡Suéltame, malandrín desgraciado! ¡Socorro!

– ¡Callad a la chiquilla! Sus gritos ya me están hartando – dijo el sujeto a quién le pateé su hombría.

– ¡Malditos desgraciados! ¡Bastardos! ¡Si me tocan, juro por mi madre que los denunciaré ante la policía!

– ¿Denunciarnos ante la ley? – inquirió el hombre que me sostenía fuertemente del brazo.

Ambos hombre se echaron a reír a carcajadas.

– ¡¿Qué?! – alcé mi voz – ¡¿Creen que no puedo hacerlo?! ¡Lo haré, juro que lo haré y veré que los refunda en la cárcel!

En ese momento, una voz rió sonoramente.

Los hombres se quedaron quietos por un momento, llenos de espanto y mirándose primero entre sí y luego mirándome a mí.

– Señor – dijeron entonces los hombres.

Inmediatamente emergió ante mis ojos una figura siniestra escondida en medio de las sombras de la noche ante el temblor de los dos hombres que parecían mostrarle respeto. Observándole bien, caí en cuenta que aquella figura era un hombre de mediana edad, de rasgos europeos y con un vestuario que databa del siglo XVIII; su rostro tenía las marcas de la guerra y su mirada reflejaba sarcasmo y una curiosidad maléfica.

En su mano derecha sostenía una daga muy afilada, una daga que produjo en mí una sensación indescriptible de angustia y de resignación ante una posible muerte. Los dos individuos que me flanqueaban se apartaron inmediatamente, quedando yo a merced del hombre.

– ¿Y qué harás después, pequeña? – me dijo el hombre –– ¿Salir de tu casa y dar alaridos como una parturienta...?

No tuve respuesta.

El hombre de la daga me agarró entonces de mi cuello, me acercó a él y me miró a los ojos fijamente por un rato. Yo intentaba no demostrarle miedo, mas la sonrisa que se dibujó poco a poco en su rostro me convenció de que el terror había terminado por apoderarse de mi alma por más que tratara de evadirla.

– Intentas no demostrarme miedo – me dijo entonces el macabro sujeto –. Lo veo en tus ojos.

– ¿Quién es usted? – le interrogué, tratando de hacer acopio de valor ante él.

– Un amigo… Un amigo que viene por ti.

– ¿Por mí? ¿Y por qué viene por mí? ¿Cómo conoce usted a mi familia?

El tipo me soltó.

– Conozco a tu familia desde hace tiempo, pequeña… Desde hace 300 años.

Me quedé estupefacta y vacilante. No podía creer lo que me decía.

– ¿300… 300 años? – repliqué –– ¡Usted está loco!¡Nadie puede vivir tanto tiempo! No si Dios lo permite.

– Pequeña… Tú no sabes ni siquiera quién eres realmente.

– ¡Por supuesto que sé quién soy realmente! Me llamo Eulogia María Montesinos Rivanereida; mis padres son Miguel Montesinos y María Rivanereida…

El tipo negó con la cabeza y, con una sonrisa en el rostro, me replicó:

– No es cierto. Ellos no son tus verdaderos padres.

– ¡¿Cómo que no son mis verdaderos padres?! – grité llena de desesperación – ¡Si ellos no son mis padres, ¿entonces quiénes son, señor?!

Sin darme tiempo de reaccionar, el tipo me asió fuertemente de mi muñeca y arrancó el medallón que tenía puesto. Traté de recuperarlo, mas los hombres me sostenían muy fuerte de ambos brazos.

– ¡Démelo! – exclamé.

El hombre observaba atentamente el medallón con familiaridad, aunque pensándolo bien, había observado con demasiada familiaridad ese medallón, como si le recordara a alguna cosa que perdió… O a alguien en particular.

– ¿De dónde sacaste este medallón? – me preguntó el hombre.

– Mi antiguo novio me lo regaló – respondí –. ¿Por qué?

– Bueno…

Pensé entonces que el hombre tal vez me había ido a buscar con tal de recuperar el medallón, así que le dije lo siguiente:

– Si el medallón es suyo, puede llevárselo. Total, pensaba ya en guardarlo en mi estuche junto con el resto de mi colección de alhajas que nunca me pondría.

El hombre se me quedó mirando; por lo visto el argumento de la propiedad del medallón había dado resultado… Pero estaba equivocada, ya que rápidamente me apretó fuertemente la muñeca de mi mano izquierda y me hirió la palma con la daga; grité y lagrimeé de dolor, pero al tipo le importó poco aquello.

Lo siguiente que pasó fue sin duda lo más extraordinario y macabro que había visto en mi vida. Colocó el medallón en mi mano herida y me obligó a cerrarla con mucha fuerza; el dolor era indescriptible, casi como si me hubieran clavado una estaca. Pasado unos segundos, dejé caer el medallón al no tolerar esa terrible sensación y miré con ojos de duda, rabia e impotencia a mi agresor. Éste, quien al parecer comprendía bien mi mirada, me argumentó:

– Sé que aún no entiendes lo que sucede, pero poco a poco lo comprenderás y me lo agradecerás.

– ¡Váyase al carajo, maldito desgraciado!

Y me abalancé encima de él para golpearlo; el tipo me agarró del cuello y, aporreándome a la pared, exclamó:

– ¡Mirad cómo tu sangre transforma el medallón en oro!

Acto seguido, me mostró el medallón. Ahora bien, no recuerdo si en ese momento grité o la voz se me había ido, pero lo que sí podía asegurar era que el medallón se transformó en oro al tener contacto con mi sangre.

Yo estaba aterrorizada e histérica; me zafé como pude de aquél individuo y, mirándolos a todos con una mezcla de locura y terror, grité con lágrimas en los ojos:

– ¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué es lo que me han hecho?! – y dirigiéndome al hombre de la daga, repliqué: – ¡¿Qué es lo que me sucede?! ¡Dígame algo!

– Tu sangre, pequeña… Tu sangre es pura y eso es una buena señal.

– ¡¿Mi sangre?!

– Significa que aún no has sido tocada por un hombre… Y tendrás que mantenerlo así si quieres recuperar a tus padres.

– ¡¿Mis padres?!... ¡¿Quiénes son mis padres si no son Miguel y María?! ¡¿Quiénes son?!

– Pronto lo sabrás… Elizabeth.

Mi mente ya no sabía qué creer o hacer; sentí que me había adentrado en una pesadilla de la cual jamás despertaría, en una pesadilla en donde la razón se confunde con la imaginación. Me sentía al borde de la locura, y más cuando el hombre me llamó de nuevo con aquél nombre que escuché de la voz de la playa.

– ¿Elizabeth? – decía mientras me alejaba poco a poco de mis interlocutores – ¿Usted me llamó Elizabeth?... ¿Yo soy…?

Y, tras llevarme las manos a la cabeza, me desmayé…


Tocaron la puerta.

– ¿Elizabeth? – dijo una voz femenina – ¿Elizabeth, estás despierta?

– ¡Ya voy! – exclamó Elizabeth mientras terminaba de escribir su diario.

– ¿Elizabeth, estás bien?

– ¡Ya voy, Kate!

Elizabeth cerró el libro y lo guardó junto con el tintero y la pluma en la gaveta; no obstante, mientras acomodaba todo en orden, miró el medallón con detenimiento.

– ¡Elizabeth!

– ¡Voy!

Tomó el medallón y, mirándose frente al espejo, se lo amarró en el cuello y se dirigió hacia la puerta para abrirle a su amiga.

– ¡Elizabeth, niña, ¿por qué tardaste tanto?! – exclamaba Kate.

La joven se volvió hacia su escritorio y luego hacia su amiga para responderle:

– Estaba escribiendo.

– ¿Sobre qué?

– Sobre mis memorias.