Bolena.

Observando desde los frágiles abarrotes de hierro de su jaula, una joven cuenta simuladamente el número de jinetes que custodiaban la carroza de esclavos en donde ella se encontraba. Queriendo desafiar al triste destino escrito para la hija de un miembro de la Orden de los Asesinos, Bolena Al–Mouk creaba mapas mentales de la pedregosa región de la Asturias Cristiana con la esperanza de escapar y de encaminarse hacia el lugar de los cuentos de su infancia: Al–Andaluz.

– Granada… – murmuró mientras esperaba el momento en que los guardias se durmieran para emplear su plan de escape.


En algún lugar de Hispania, Año 792 de la Hégira.

Mi nombre es Bolena Al–Mouk ibn Misraim, hija de Misraim Al–Mouk Ibn Saledh, musulmán de nacimiento, y de Saufir Al–Geesh, cristiana por adopción. Nací en Alamut, ciudad amurallada ubicada a varios kilómetros de la ciudad persa de Samarcanda, y cuyos muros resistentes fatigaría hasta al más astuto de los generales.

Su estructura parece la de cualquier otra ciudad musulmana, pero Alamut tiene una particularidad que la hace única en su género: Es la sede de los Asesinos, la Orden más temible de toda Persia y de todo el mundo conocido.

Mi padre fue miembro de dicha Orden, cuya finalidad era perpetrar la muerte de algún personaje importante de la política y sembrar el miedo entre las clases poderosas. Era un gran maestro del disfraz y un excelente guerrero. Como era costumbre dentro de la Orden, el primer hijo nacido del matrimonio era destinado a ser entrenado para convertirse en un Asesino.

No obstante, yo fui afortunadamente una de las numerosas excepciones: el líder de la Orden, Ibrahim ibn Sabah, pensaba que una mujer también debía de ser entrenada en el arte de matar sin ser detectado ni comprometido, ya que nosotras poseemos un encanto natural e inocente, ambos elementos perfectos para distraer al enemigo.

Mis padres, al igual que varios miembros de la Orden, se opusieron férreamente a la idea de Altair, calificándola de descabellada y de peligrosa para la moral de la Orden. Afortunadamente, Ibrahim defendió y probó su hipótesis acerca de nosotras, las mujeres de la Orden…Siendo mi generación la primera en experimentar dicho cambio.

Por decirlo de otro modo, disfruté de lo que podía de mi infancia antes de que, a la tierna edad casadera de los 14 años, los Maestros me separaran de mi familia para convertirme en una de las servidoras de la Orden. Ahora, a mis 19 años, he aprendido a ser discreta, a utilizar mis encantos de mujer y a dar muerte de manera rápida e indolora posible, habilidades que en cualquier momento utilizaré para escapar de este asqueroso lugar.


Al caer la noche, la caravana de esclavos se detuvo cerca de la entrada a Almería. Bolena, viendo en ese descanso su única oportunidad para escapar, deslizó cuidadosamente su mano de entre los bolsillos del guardia que dormitaba justo cerca de la puerta.

Para un Asesino, robar era un arte; perfeccionarlo equivalía a años de práctica, aunque en el caso de Bolena era toda una excepción. Teniendo los ocho años cumplidos, ella había empezado a acompañar a su padre a realizar algunas tareas que Ibrahim le asignaba en las ciudades limítrofes de Samarcanda, Qazvín y Turgut.

Mientras su padre se ocupaba de los asuntos que lo traían a las ciudades, ella se dedicaba a vagabundear por las calles en busca de un lugar en donde jugar y en donde otros niños la aceptaran como una más dentro de su núcleo; no obstante, cuando su padre no le daba dinero para comprarse alguna merienda, Bolena se las ingeniaba para conseguir su comida, aunque involucrara robar a los desprevenidos su bolsa de monedas de oro.


En algún lugar de Hispania, Año 792 de la Hégira.

Había conseguido escapar del campamento de los traficantes astures justo a tiempo; era un milagro de Dios que el guardia estuviera durmiendo, ya que me facilitó deslizar mi mano en su bolsillo suavemente y sacar la llave sin problema. Enseguida abrí la reja de la jaula y me deslicé entre las sombras cautelosamente, asegurándome de que no siguieran mis pasos.

Pasé mi primera noche en el bosque, en medio de las hierbas y de las laderas rocosas que me evocaban instantáneamente a mis días de infancia en las ciudades de Alamut y Samarcanda, especialmente mi primer robo en esa ciudad de jardines maravillosos y de edificios majestuosos.

Mi primera víctima de robo fue un viejo gordo ricachón que se pavoneaba por las calles presumiendo ser el favorito del sultán de ese entonces, Nizar Al––Nouk. Su bolsa de dinero estaba a la vista, como si tentara a los ladrones más astutos de Persia a que tomen su bolsa; no obstante, este personaje siempre se hallaba rodeado de guardias con alfanjes desenvainados, espadas curvas y gruesas que podrían atravesar en un tajo al más imprudente de los ladrones.

Muchos antes de mí habían intentado burlar a la guardia de ese anciano, pero yo fui la primera en hacerlo sin la necesidad de la violencia típica de mis semejantes.

No usé ninguna técnica especial, puesto que lo veía más como un juego de niños que como un robo perfectamente planeado y ejecutado. Para burlar a los guardias, lancé piedras desde los distintos puntos de los tejados de las casas por intervalos de tiempo; cada hora les lanzaba cinco piedras a los cascos de los guardianes, provocando que éstos se detuvieran para voltear a su alrededor en busca de su provocador.

Esas paradas continuas llegaron a molestar al viejo, quien les gritaba a todo pulmón que siguieran su camino hacia palacio; los guardias, por su parte, empezaban a negarse a seguir la caminata, argumentando que no podían soportar que alguien les lanzara piedras con impunidad.

Ante semejante respuesta, el barrigón, indignado, se apartó de sus guardianes con el argumento de que era mejor estar solo que acompañado por guardias cobardes. Notando que mi plan se llevaba a cabo con éxito, me bajé del techo de la casa como si nada y me mezclé entre la gente; seguí al barrigón por las calles rebosantes de gente hasta que, en un momento de descuido, el gordo se paró frente a una tienda de libros.

Pasé junto a él y, como el más hábil de los ladrones, me hice de la bolsa al cortar la cuerda con una navaja que le arrebaté a mi padre en un descuido y la escondí bajo mis vestidos. Quién sabe cuánto tiempo pasó para que el tonel humano se diera cuenta de que le habían robado; el tipo se puso a dar alaridos de pena y de coraje, reclamando a los ciudadanos que le devolvieran su preciada bolsa de 50 monedas de oro puro.

¡50 monedas! ¡Todo un escándalo por 50 miserables monedas de oro! Mi padre, quien estaba cerca del lugar de los hechos, me buscaba mientras tanto. Cuando aparecí ante sus ojos, me tomó violentamente de la muñeca y me exigió que le dijera en dónde estaba.

La respuesta no la dije hasta después de que habíamos salido de la ciudad: Le dije que había cometido mi primer robo y le mostré la bolsa de la discordia, la de las 50 monedas de oro… Reducidas a 49 si se cuenta el gasto de la comida.

Mi padre, al explicarle después mi hazaña, me abrazó amorosamente y me dijo estas palabras: "Si hubieras nacido varón, superarías al más grande de los ladrones".

¡Qué recuerdos! Cualquiera envidiaría esa infancia, hablando con la verdad. ¿Qué niño no desearía tener un padre como Misraim Al–Mouk? ¿Qué niño no tendría un padre comprensivo y prudente como él? ¿Qué niño no querría tener como madre a Saufir, llena de dulzura atípica entre las mujeres de Alamut? ¡Cualquiera quisiera tener padres como los míos, padres que me dejaban al libre albedrío y respetaban mis decisiones desde pequeña!

¡Por Dios, cuánto les extraño!


El padre Servando azuzaba a su burra para dar vuelta en dirección a Granada; durante 20 años este sacerdote había interactuado con habitantes de distintos estratos sociales de la ciudad andaluza de Granada, a la cual consideraba como la ciudad perfecta en el sentido de la organización de sus calles y de la arquitectura mudéjar que imperaba en los hogares.

Incluso se atrevió a comparar a esa ciudad con Sevilla en términos de hospitalidad; al contrario de lo que decían los castellanos y los aragoneses, férreos rivales políticos y militares de los andaluces, los granadinos eran personas hospitalarias, puesto que su religión le exigía un trato respetuoso hacia su semejante, sea éste un infiel o no.

Se detuvo un momento y miró hacia dentro de su carreta para ver si su invitada inesperada todavía se encontraba dormida entre los barriles de vino.

Aquella extraña jovencita se había cruzado en su camino apenas Dios amanecía, aunque este sacerdote tenaz dedujo que ella acababa de salir de la zona montañosa de Asturias y que tal vez podría ser una fugitiva más de los traficantes de esclavos que operaban en la zona.

Sería cruel que una bella joven como ella estuviera destinada a ser esclava de los astures, castellanos o aragoneses, pensó mientras sonreía al ver que ella todavía estaba dormida. Volvió, pues, a su caminata, estando alerta por si algún salteador de caminos lo esperara en ese rumbo.


En el camino a Granada, Año 792 de la Hégira.

Fue una suerte, o más bien creo que es voluntad del Creador, que me topara con el padre Servando Gómez. Este señor, muy simpático, se ofreció a llevarme a Granada, ya que se dirigía para allá justamente. Hacía años que no veía a un sacerdote cristiano desde la muerte de mis padres – ¡Que Dios los tenga en su gloria! –… Desde que ellos fueran ejecutados en Qazin hace un mes.

La última vez que vi a un sacerdote cristiano fue en Samarcanda. Tenía no más de 12 años, y estaba con mi madre en el zoco comprando los víveres necesarios para sobrevivir tres meses. Toda la gente del zoco la conocía bajo el sobrenombre de Soufir La Horra, ó la Libre; a diferencia de las mujeres musulmanas, mi madre poseía la entera libertad de hacer lo que quisiere, desde tener amantes hasta pasear sin velo.

Toda esa libertad tal vez se lo debía a su religión o tal vez al gran amor que mi padre le profesaba desde que se conocieron en Samarcanda, no lo sé, pero si había algo del cual estaba totalmente segura era que mi madre era el blanco tanto de las envidias de las esclavas y de las musulmanas como de las críticas de los doctos en la Ley del Islam, quienes pensaban que una mujer casada debía de guardar cierto recato ante los hombres, incluso ante el esposo.

En fin, mientras hacíamos nuestras compras, mi madre reconoció entre el gentío a un viejo amigo suyo de nombre Miguel Di Celo. Ese amigo de mi madre era un sacerdote cristiano partidario de la convivencia entre religiones, ideal que fue criticado y hasta vetado en Sicilia, su tierra; al enterarse de que mi madre se había casado con un musulmán, sintió un enorme regocijo.

Ambos conversaron durante varios minutos sobre lo último que acontecía en Europa. Las noticias no eran más que desalentadoras para mi madre: en España habían pugnas encarnizadas entre los musulmanes de Arabia, quienes conquistaron la parte oriental de Andalucía siglos atrás, y los cristianos visigodos, quienes poco a poco habían empezado a organizarse y a rebelarse contra el control de los conquistadores. En Italia se acababa de ganar una importante batalla contra los propios musulmanes al caer Palermo en manos cristianas.

"Estamos todos contra todos – concluyó tristemente el también filósofo . Lo único que nos resta por hacer es rezar porque se termine este caos. Deberíamos convivir y compartir nuestras creencias, no destrozarnos unos a otros"…


Ya llegamos, Bolena – le dijo el padre Servando mientras se detenía a pocos metros de la entrada de la ciudad –. Bienvenida a Granada.

Bolena se bajó de la carreta y observó. Ahí estaba ella, a pocos metros de la ciudad de las historias de su tío; a pocos metros de la Granada legendaria, de los reyes justos y clementes, y de los buenos musulmanes.

– Si quieres – agregó el padre Servando –, podríamos entrar juntos a la ciudad para evitar que tengas problemas. Hay algunas personas que no son musulmanas y que trabajan como espías para los astures.

– ¿Cómo? ¿Aquí en Granada también se practica el espionaje político?

– Aquí y en toda España, hija mía. ¿O acaso esperabas otra cosa?

– Pues…


Sinceramente si esperaba otra cosa, me dije. Esperaba que no se practicara en aquella región protegida por el Emir de los Creyentes esa clase de espionaje propio de los gobernantes de su tierra.

La razón principal en que funda este temor se origina en la muerte de mis padres. Fue justamente por culpa de un espía envidioso del sultán de Samarcanda que mi familia pagó caro su adhesión a la Orden fundada por Hasan Ibn Sabah siglos atrás.

Un tal Kazim Al–Mualim envidiaba la suerte que tenía mi padre respecto a su vida; Al–Mualim buscaba el ascenso al máximo puesto de la orden, el de Gran Maestre o "Viejo de la Montaña" desde sus años de juventud. Las ideas que tenía para la Orden eran demasiado peligrosas: proponía hacer alianzas políticas a traición con los principales gobernantes de Oriente.

Y cuando se dice a traición, es justamente cuando el gobernante no quiera o no favoreciera los intereses personales del Viejo de la Montaña en materia de poder social, político y económico, se derramaría sangre de manera silenciosa. Esa clase de ideas eran la que no le gustaban a Ibrahim, ya que aquello significaría echar por tierra todo el progreso alcanzado por la Orden en ese ámbito.

No obstante, aquél puesto en ese año aciago lo obtuvo mi padre, quien se proponía actualizar la Orden con el paso de los años y apoyaba la idea de su antecesor de abrir el acceso a los altos rangos de la Orden a las mujeres.

Al ver que sus planes se frustraron, Al––Mualim, lleno de venganza, decidió ir con el sultán de Samarcanda y referirle todo en cuanto a las misiones del nuevo sucesor del Viejo de la Montaña en la zona; el sultán, a cambio de aquél favor, le otorgó a Al––Mualim el derecho de ser el nuevo Gran Maestre de la Orden de los Asesinos.

Fue así como mis padres murieron asesinados esa misma noche en los callejones de Samarcanda al ser perseguidos y me tomaran como mercancía para ser los mercaderes astures de esclavos…


¿Bolena? ¿Bolena? ¡Eh, Bolena!

La Asesina despertó entonces de su profundo letargo al notar que el padre Servando le había estado llamando con mucha insistencia tras haber recorrido El Albaicín, el barrio en donde vivía su tío Casim Al–Mouk el Alfarero.

– ¿Estás bien? – le preguntaba mientras se sentaban juntos en la fuente de agua.

– Sí… Nada más estaba recordando a mis padres. Me hubiera gustado venir con ellos… Si ellos vivieran.

El padre Servando lo comprendió y, con serenidad, añadió:

– ¿Y qué te parece Granada, Bolena? ¿No es bella esta maravilla de ciudad?

Miró Bolena a su alrededor. El padre Servando esperaba con ansiedad su respuesta, por poco halagadora que sea; tras varios minutos de silencio, la adolescente le respondió:

– Es bonita, padre Servando.

– Je…

– Es bonita… Pero no era lo que yo me esperaba.

El padre Servando entreabrió los ojos.

– ¿Cómo? – inquirió muy extrañado – ¿No era lo que te esperabas?

– No.

– ¿Pero…? ¿Cómo…?

Bolena se levantó y argumentó con voz grave:

– Mi tío Casim me narraba maravillas de esta ciudad. Me decía que las casas eran coloridas; que los techos eran de color rojo fuerte al atardecer y de un rojo suave al amanecer. Me decía que tenía fuentes en donde manaba agua más dulce que la miel, que sus calles eran limpias, que su gente era hospitalaria y que los palacios de los reyes eran una joya de tesoro nacional.

– Y eso es cierto, Bolena. Es más, si quieres, una vez que hayamos encontrado a tu tío Casim, podríamos ir a visitar el castillo de La Alhambra y el jardín del Generalife…

– No lo creo, padre Servando. Yo no vine aquí a quedarme para siempre. Pensaba hacerlo, puesto que aquí tengo familia, pero luego de visitar los puntos más importantes de la ciudad en su compañía, me di cuenta de que Granada es una ciudad como cualquier otra, ya que me evoca constantemente los recuerdos de mi infancia en Alamut y en Samarcanda. De hecho, sentí que esta ciudad, con todo y sus palacios, es una copia fiel de Samarcanda, y eso, padre Servando, es lo último que quiero ver y recordar: la tierra maldita de Samarcanda reflejada en Granada de Andalucía.

– Pero hay otras maravillas que puedes ver en Granada, hija mía.

Bolena negó la cabeza y le replicó:

– Tendrá sus maravillas, padre Servando, pero no. No quiero volver a recordar mi pasado jamás.

– Bolena…

– Quiero convertirme en otra persona, padre Servando; quiero olvidar atrás el pasado que me ata de manos y pies. En resumen, Granada será un lugar para ir a pasear, pero nunca para quedarse, no cuando hay recuerdos del pasado en cada una de las esquinas.

Dicho esto, Bolena se levantó y le ofreció la mano al sacerdote en señal de despedida.

– Me quedaré aquí por unos días, puesto que cerca de aquí está la casa de mi tío… Pero lo mejor será irme a otro lugar en donde establecerme y vivir… Adiós, padre Servando. Y gracias por acompañarme en este viaje.

– Bien, Bolena.

El cristiano y la musulmana se dieron un apretón de manos. Con una pequeña reverencia, el padre Servando dejó a Bolena junto a la fuente; no obstante, se detuvo a unos metros de ella y, volviéndose hacia la chica, le preguntó:

– ¿Y a dónde irás si no tienes más familia que aquí, muchacha?

Bolena, sonriente, le respondió:

– Tal vez a Sevilla o en Madrid.

– Entonces que Alah derrame sus bendiciones sobre ti…

– Y que Dios lo bendiga a usted también, padre Servando.

El sacerdote sonrió y se marchó mientras que Bolena se dirigió hacia la casa de su tío Casim para pasar la noche en Granada, la copia fiel de Samarcanda.