El nacimiento.

Un grito desgarrador le hizo abrir sus ojos en medio de un sobresalto. La señora de la casa al fin daría a luz.

Fana, una meiga entrando a la vejez, se había quedado en la gran construcción de madera y piedra del viejo Marod desde hace algunos meses a la espera del nacimiento de su última cría, que ha tardado más de lo humano.

Se levantó y en camisón fue a los aposentos de la señora de la gran casa. La fría noche de invierno, tan oscura como los ojos de la meiga, se intensificaba dentro del lugar. Fana, cuya experiencia se basaba en su vida entera de práctica, en la superstición y la ignorancia ajena, interpretó aquello como un mal presagio mientras entraba a la habitación, que pese al fuego de la chimenea, el aire que entró por su nariz era gélido y molesto. Junto a la cama de plumas y piel de oso, un hombre de su misma edad permanecía de pie, quejándose de los gemidos de dolor de su mujer, una joven sudorosa que intentaba aguantar el dolor de parir a una cría por primera vez.

—¿Va a nacer? —inquirió el hombre.

Fana se acercó a la joven y levantó la pieles, descubriendo lo peor que ha visto: un charco de agua sanguinolenta manaba de entre las piernas de la mujer. Fana lo sabía, desde que se dio la noticia de la espera de la criatura, que sería algo terrible. Ha ido carcomiendo a la esposa del viejo, consumiendo su vida, debilitándola. Ha traído la mitad del pueblo al mundo, y nunca ha visto algo tan perturbador como una cría que demore más de un año en llegar, que hunda en la locura a su madre. Desde su interior sabía que la criatura estaba maldita.

—Lo está, viejo idiota —le contestó, agria—. Pero algo sale mal, tu cría nueva podría matar a tu mujer, solo mírala: el blanco de la muerte en su piel y sangrando mares por echar al mundo a una criatura marcada. Vete, voy a ocuparme de ésto— lo echó—. Haré lo posible por mantenerlos vivos.

La joven mujer agarró del camisón a Fana cuando ésta se preparaba para recibir a la cría. Un fulgor violáceo llenaba sus ojos, el mismo que los inundaba cuando ella tenía sus ataques de locura.

—Ella vivirá —susurró entre jadeos, pero con una expresión resuelta y segura

No dijo más, sus últimas fuerzas las ocupó en dar a luz a la pequeña criatura, una niña de ojos extraños, sombríos, despiertos; su llanto no era más que un susurro débil y era tan pequeña que parecía absurdo que causara la muerte de su madre.

Fana era una meiga, y sabía que la pequeña niña era siniestra. Pero por alguna razón, no podía contarle al viejo Marod, el mercader del pueblo y su hermano, lo que sabía.

Por el resto de su vida, resonarían las palabras de Rela, su cuñada ahora muerta.

Ella vivirá.