Nota inicial: Lamento tremendamente la demora, con mi laboir como víbora del Antro, mi vida personal y mis otros proyectos, he tenido bastante abandonada esta historia. Pero luego de mucho tiempo aquí traigo el tercer capítulo de esta historia. Espero lo disfruten.


El tercer día.-

»Se lo llevarán en tres días.«

Encontró una lombriz al escarbar un poco en la tierra húmeda del pequeño huerto de la anciana Fana. Pod se acercó a él cuando la tomó con sus manos regordetas y la alzó a la altura de su cara. Ambos la observaron mientras se retorcía entre los dedos de Hod.

—A que no eres capaz de comértela —desafió Pod a su gemelo.

Hod miró a su hermano con asco, pero era incapaz de declinar. Si no se atrevía, lo molestaría por mucho tiempo llamándolo cobarde. Aún así no era justo que él comiera lombrices y su hermano no hiciera nada.

—¿Y tú qué va a hacer? —le inquirió este, sosteniendo el gusano.

Pod iba a responder, pero un bramido cambió su cara segura por una de miedo al oír la voz de mamá gritar con enojo.

—¡Hod, suelta eso! —gritó su mamá desde adentro.

Ambos se asustaron y Hod tiró el bicho a un lado para sacudir sus manos en su camisa y aparentar que no hacía nada. Los dos miraron a la puerta trasera de la cabaña de la anciana Fana, se encontraba entreabierta y apenas podían distinguir una figura entre las sombras y el humo maloliente que salía ascendiente desde dentro. Pero sabían bien que era su mamá quien los miraba.

El sol comenzaba a acercarse a tomar lo más alto del cielo y el calor primaveral comenzaba a abrazar el lugar, apartando el frío de la mañana con agradable rapidez. Pronto su mamá y la anciana Fana tendrían la comida para almorzar, pero antes debían despejar el humo que manaba y preparar la comida. Ambos sabían que no tomaría mucho tiempo, porque

—Vengan a comer ahora —se oyó la orden de mamá, en cuanto la comida estuvo servida.

Se encontraban en casa de la anciana Fana, mamá hacía dos días dijo que quería estar en su casa por unos días al Señor Marod. Él no estuvo demasiado contento, siendo su mamá quien cuidaba de la pequeña hija de éste, con quien solían jugar mucho. Ella contaba historias de todo tipo y adivinaba siempre quién era quién, aunque a veces hacía cosas raras. Tanto él como a Pod les gustaba jugar con ella, aunque querían también que otros niños del pueblo jugaran con ellos… a veces les aburría un poco pasar tanto tiempo con la niñita, pero ahora se preguntaba por qué los separaron de ella y les prohibieron ir a buscarla.

Se sentaron en torno a una mesa redonda que olía a ceniza para comer. Sobre sus cabezas colgaban plantas secas que la anciana usaba para hacer sus medicinas, el lugar era algo oscuro y daba algo de miedo. Hod notó que su mamá estaba algo rara.

—Mamá —le habló Hod mientras comían del estofado que ella y la anciana prepararon—, ¿por qué nos vinimos para acá?

—Porque necesito que estemos aquí —fue su respuesta.

—¿Estás enferma? —preguntó Pod.

—No lo sé aún.

Ella evitaba mirarlos cuando les hablaba, cosa que era rara, porque siempre los miraba muy fijo, pero no esa vez.

—¿No será mejor que nosotros estemos con el Señor Marod? Tú nos dices que las enfermedades se pasan a los niños…

—¡No digas tonterías! —lo calló, repentinamente enojada. Todo de pronto estuvo en silencio— Prefiero que estén aquí, conmigo.

—Pero… —replicó Hod sin entender.

—¡Come y calla! —le gritó. La charla terminó allí.

El resto del tiempo mientras almorzaban pasó en completo silencio. Hod estaba nervioso por la actitud de su mamá, que desde hace dos días estaba muy extraña, se levanta muy temprano a quemar algo en el brasero de la casa, llenando de humo todo el lugar y se enojaba más que antes. Hod, más que su hermano, temía que algo le estuviera pasando a su mamá, pero no quiso preguntar nada por miedo a que ella se enojara más y lo golpeara. Así que los dos se apresuraron a terminar para no provocar otro enojo de su madre. Resultó bien, pues las mujeres, complacidas, les dejaron retirarse de la mesa apenas dejaron platos vacíos. Luego de lavar sus caras redondas y sus manos blandas, podían salir a jugar otra vez.

Pod echaba de menos la casa en la estaban, allí Marod, el hijo del señor Marod, les enseñaba a cazar de cuando en cuando, a juntar hongos y frutas del bosque. Y si no, jugaban con su pequeña amiga. Allí en cambio debían estar siempre cerca, sin poder acercarse a jugar con los otros niños del pueblo, ni ir a explorar un poco. Concentrados de nuevo en hurgar en la tierra, Pod recordó lo que poco antes de comer le había dicho a su hermano.

—No te has comido la lombriz —le dijo, instándolo.

Ambos se miraron, en cuclillas mientras arrancaban hierba verde del suelo.

—A mamá no le gustará que lo haga —trató de evadir su hermano.

Pod alzó la cabeza para fijarse en lo que su madre hacía. No oía ni veía nada del otro lado del umbral. Seguro estaba con la anciana sentada en los baquillos, cuchicheando sobre otras personas.

—No está mirando, no se dará cuenta —insistió—. ¿O eres cobarde?

—¡No! —exclamó Hod, Pod siseó para que bajara la voz— ¿Y qué vas a hacer tú? A que ni eres capaz de hacer lo mismo.

—Soy capaz de hacer algo mejor —presumió el chico.

—Mentiroso. Ni si quiera puedes comerte tú una lombriz.

Pod, sin detenerse a pensar, agarró el bicho que su hermano sostenía y lo metió a su boca, tragándolo entre arcadas. Al terminar, miró a su hermano con ojos medio llorosos y aire de superioridad. Hod sintió ganas de vomitar todo lo que tenía en el estómago.

—Cobarde —sentenció su hermano—, eres un llorón.

—No lo soy, tú eres un asqueroso. —Se defendió— ¡Se lo diré a mamá!

Pod se sentía superior, nada de lo que su hermano podría decirle a su madre quitaría lo miedoso que era. De pronto sintió que ni la figura firme de su madre lo quitaría de su posición.

—Díselo si quieres, pero sabrás que eres un cobarde que se va a llorar con mami —desafió él burlesco.

La rabia pronto se apoderó de Hod. Odiaba cuando su hermano lo molestaba, y lo peor es que sabía que no pararía. Así que hurgó entre la tierra y las hortalizas e hizo lo mismo que su hermano. Casi no lo logró, y a pesar de todo el asco, una sensación dulce de triunfo embargó su interior al ver la cara de repentina derrota de su hermano…

Pod, por encima de todo, era competitivo sobre todo con su propio hermano. No le gustaba de ninguna manera que le cerrara la boca de esa manera, por eso su juego no paró allí y los desafíos continuaron. Pronto su juego se les había escapado de las manos.

Adane, sin saber lo que jugaban sus hijos, aprovechó el momento en que estaban distraídos para hacer el pequeño rito.

Para la gente de ese y muchos otros pueblos las deidades debían recibir regalos de vez en cuando. Y pese a las imposiciones de Harem, se practicaban de cuando en cuando ritos paganos de sacrificio, eran deidades más antiguas que seguían vigentes para muchos en el reino. El asunto era simple: un pajarillo de las aguas por día, como ofrenda a la deidad de la vida y la muerte, a cambio de su humilde vida. Los pajarillos de las aguas eran considerados valiosos entre la gente, su plumaje azul y verde brillante era llamativo e inusual en esas tierras, decían que traían la buena suerte y hasta ahuyentaban malos espíritus. Tres de ellos, uno por día, por concejo de Fana, serían necesarios para dejar contenta a la deidad de la vida y la muerte. Aquél era el tercero.

Fana los consiguió dejando un menjunje de vino dulce, frutos rojos molidos y miel en un cuenco profundo atado en algunos troncos. El olor dulce que despedía les atrajo y al beber del brebaje se atontaron y en menos de una noche los tres necesarios estaban en la jaula, esperando el sacrificio.

Fana tomó el pajarillo que restaba, de nuevo lo había embobado con vino para que no se tentara a huir volando y lo ofreció a Adane, quien lo tomó y se acercó al brasero. Todo era simple: dejar que el pequeño animal fuera consumido por las llamas mientras rezaba por su propia vida. Fue cosa de cerrar los ojos y pensar nuevamente en que no era tiempo de morir y dejar a sus hijos tan cerca de la chiquilla menor de Marod para depositar al pajarillo medio durmiente entre los trozos de leña ardiendo entre un fuego discreto. Una muerte horrible para un pajarillo tan valioso, pero necesaria. Fana se unió a los rezos con una voz entre melódica e histérica mientras el animal era envuelto por llamas que de pronto se intensificaron y lo envolvieron, mientras se retorcía y aleteaba en vano.

El tosco y viejo rito terminó en cuanto la vida del animal fue extinguida y sus restos se hacían parte de las cenias ardientes del brasero.

La puerta de la cabaña se abrió con suavidad unos pasos ligeros se hicieron oír. Las mujeres apartaron la vista del pajarillo y vieron en la entrada a la chiquilla. Su cara delicada estaba siendo surcada por lágrimas y sollozaba despacio, en su mirada y expresión casi siempre ausentes se notaban la culpa y el miedo.

—¿Qué haces aquí? —inquirió Fana irritada y asustada por la repentina llegada de la cría.

—L-lo siento —contestó entre sollozos—. Trat-té de que no se lo llevara, pero me… dijo que era inevi-table.

—¡MAMÁ! —oyó el horrorizado grito lejano de uno de sus hijos.

Adane no hizo otra cosa que salir desesperada de la casa e ir en dirección a la fuente del grito. No muy lejos, cerca del boque y a los pies de un viejo y alto roble, Hod lloraba histéricamente ante el cuerpo inerte de su hermano, que yacía en el suelo, con las piernas y el cuello torcidos en ángulos dolorosos y mortales.

No se iban a llevar a Adane.


Nota final: Como siempre, cualquier crítica es siempre bien acogida, espero hayn disfrutado la lectura.

Saludos y hasta pronto.