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E

n mi aldea hay un árbol, el árbol de fuego, todo el mundo conoce este árbol, generación tras generación ha conocido donde se encuentra, como llegar; lleva más de cien años sin perecer, siempre floreciendo o botando hojas cuando otoño o invierno. Todos amaban ese lugar, ahí llegaban a jugar los niños, familias llegaban a disfrutar, ancianos leían o tocaban música, era toda una fiesta… lo fue, hasta que todo se termino con un simple rugido de furia, agresividad, que espantó a todos, llenándolos de temor y dejando al árbol de fuego olvidado.

Ya nadie se acerca a ese lugar, adonde todos jugaban y reían; ahora solo hay silencio, paz, como si nadie nunca haya estado allí, en el bosque, en las afueras de la aldea, pero aunque todo el mundo conoce los rumores, incluso ahora, hay alguien que se acerca todas las tardes a estar junto a el árbol, alguien que vive en las afueras, en ese bosque olvidado, una chica de diecisiete años, ¿Quieren saber quién es?

— —

El día era fresco, acababa de despertar de una siesta cuando de repente escuche el relinchar de un caballo, soy una aficionada de ellos, se mucho también; busqué para saber de dónde provenía el sonido hasta que vi un gran caballo marrón, me acerque con cuidado, al principio siempre el caballo con desconfianza pero después se dejó acariciar, estaba bien domesticado, relinchó pero ya mas sumiso, tal vez solo estaba perdido o buscando a su dueño.

-¡Hey tu! -dijo una voz detrás de mí -¿Qué haces? –Era un chico alto, de cabello café y de tez trigueña, -¿Qué crees que haces? Será mejor que te alejes –dijo mientras se acercaba. Vi que en su bota tenía una arma en su funda. Me asuste, no sabía si era un ladrón que luego me asesinaría, nadie podía ayudarme ahí, estaba en la nada, camine hacia tras pero él seguía mis pasos y hasta que toque un árbol, eso significa que ya estaba fuera de esa pequeña pradera en la que encontré el caballo, me adentre un poco más, disimuladamente me di la vuelta voltee a ver el bosque y lo mire a el de nuevo, el entendió lo que iba a hacer -¡No, quédate ahí! No te hare nada –dijo tratando de ponerme alto, pero mis piernas quisieron otra cosa, comencé a correr.

¿Les dije que tengo un caballo? Lo tengo, corría en su búsqueda, y escuche un galopar detrás de mí, era el chico que me seguía en su caballo, soy ágil y corro rápido, soy la más rápida de la aldea, la más fuerte entre las mujeres pero no entre los hombres y con mi experiencia en los bosques tal vez me ayuden un poco a escapar, lo único que escuchaba eran los galopes ya más cerca; soy bastante pequeña así que me escondí detrás de un troco muerto que yacía en el suelo, esperando a que pasara y justo vi a mi caballo, era una alegría en ese momento, corrí y subí en el, comenzó a galopar para después comenzar a correr, el chico seguía detrás de mí pero ya dejándolo un poco más atrás, y finalmente lo perdí de vista.

Mi rumbo era mi preciada casa, llena de enredaderas, dándole un aspecto viejo y rustico, es de piedra en el exterior, de madera en el interior, siempre que entro se escucha el tic-tac del gran reloj de péndulo, siempre en ese mismo lugar parado, no lo he movido nunca desde que lo compro mi padre; en mi hogar lo único que hago es ir a la biblioteca, solo tiene dos libreros, pero siempre le llame así, posee cuatro grandes ventanas y un piano de cola bastante viejo, no lo puedo tocar muy bien pero al menos una canción puedo hacerla sonar; también es ir el ático, allí era y es mi lugar, donde nadie sabe donde estoy, tengo un silloncito pequeño, una vela y libros tiene una gran tres ventanas una y una a los lados y otra viendo para el frente de la casa, y la ultima parte que sería una de mis favoritas, aunque muy extraña, es el tejado, me encanta subirme en el, cuando me subo me siento fuerte y protegida como si nadie pudiera alcanzarme allí.

La noche paso en un abrir y cerrar de ojos, eran las seis faltando un cuarto, lo único que se escuchaba eran los cantares de los petirrojos además del tic y el tac del reloj de péndulo en la sala. Me di un baño, me coloque en frente del espejo a cepillar mi cabello, y al terminar, como siempre, parándome erguida y orgullosa de quien soy.

Hoy es lunes, día de ir a la escuela, la verdad soy pobre, así que Amanda, la madre de Clarisa que es mi mejor amiga, me lo paga, he recibido ayuda económica de ellas y no la desperdicio por su puesto, aunque lo peor de ir a la escuela además de trabajos escolares es su uniforme pero parece que soy la única que lo desprecia, bueno odio los vestidos, pero el problema es que todas las mujeres usamos vestidos pero yo ocupo los vestidos siempre con medias para sentirme más cómoda y es una buena técnica; y como si no es obvio, el uniforme es un vestido negro, no más arriba de la rodilla, pero no le hago caso, porque ¿Cómo correría cuando voy en camino al árbol de fuego si tengo vestido largo? Así que lo corte un poco más, usamos unos, por mi despreciados, zapatos de charol ¿No pudieron escoger algo peor? Claro, ocupamos calcetas que no sean muy cortas ni muy largas, pero a todo esto uno se acostumbra.

Llegando cerca de la aldea se puede escuchar el murmullo de la gente, todos son amables y de muy buen humor, pero desde que la bestia apareció todos se hicieron más conservadores y paranoicos, bueno pero lejos del tema se pueden escuchar los niños reír, las mujeres chismeando entre ellas, los hombres trabajando arduamente para su familia. Uno se siente augusto con la aldea, es simple, pero a la misma vez compleja, llena de ventas de fruta y flores, las calles empedradas, carruajes y caballos pasando por las calles y el distinguido olor de las flores. Tocaron las calmas y largas campanadas que siempre se tocan para anunciar el comienzo de las clases, así que aligere el paso para no llegar tarde y no hacer llegar tarde a Clarisa que siempre me espera en la entrada.

-Ahí estas, llegaste a tiempo –dijo mirando su reloj de muñeca –apresúrate que hoy comenzamos el nuevo semestre –dijo con esa siempre delicada sonrisa que me dedica y bueno toda ella es delicada, amable y tranquila, yo soy lo opuesto, pero es por eso que nos complementamos.

Después de la escuela voy a mi trabajo, vendo frutas junto con una anciana, desde pequeña mi madre me llevaba a comprar fruta y forme tanta confianza con la anciana que ahora la llamo abuela, aunque no lo sea. La abuela y yo somos las únicas que trabajos allí pero hoy Clarisa se nos unirá porque quiere ahorrar dinero para su futuro y no es un mal plan.

-Buenas tardes abuela –dije abriendo la puerta.

-Bienvenida hija –dijo agarrándome la mochila para ponerla en el sillón.

-¿Día pesado? –pregunte.

-No… ha sido calmado, bueno por lo menos hoy –dijo riéndose de su comentario. Me puse otra muda de ropa, claro no pasaría con el vomitivo uniforme todo el día. Generalmente atiendo a la gente que viene a comprar, mientras la abuela recoge la cosecha de su jardín pero hay veces que nos intercalamos en los trabajos, puesto que es una anciana no dejare que trabaje demasiado duro.

-Dime querida ¿Quién es tu amiguita que vendrá a ayudarnos? –pregunto curiosa la anciana.

-Es Clarisa.

-¡Oh, Clarisa! Porque no me lo dijiste antes –dijo colocando ambas manos en su cadera.

-Abuela lo he hecho –dije rodando los ojos.

-¿Lo has hecho? ¡Oh! Pero que olvidadiza esta vieja –dijo riéndose –Ya no le sirve la cabeza –dijo caminando a la puerta porque habían tocado, la abuela dijo que pasara con el mismo amable tono de siempre, era Clarisa que al fin había llegado.

-Pero si es la pequeña Clarisa –dijo la abuela dándole un abrazo –Leah, enséñale lo que hay que hacer, ve a atender a la gente, yo cogeré los frutos –dijo encaminándose al jardín, sin perder nada de tiempo.

-Clarisa, esta es tu primera vez puedes estar nerviosa, pero allí afuera esta tu primer cliente –dije señalando a la puerta –lo único que hacer allá afuera es preguntar qué quiere, dárselo y por supuesto cobrarlo al final.

-Pero ¿Cómo se cuanto cobrar? –pregunto.

-Supuse que lo dirías así que –le di una hoja –esto es el inventario, ahora estas lista –dije feliz, pero me miraba con cara de nerviosismo y con ojos rogantes -¡Bien! Lo hare primero y tu observaras como y luego lo haces tú ¿Entendido?

-¡Gracias! –dijo feliz. Salí a atender al cliente.

-Bien venido ¿Qué desea? –pregunte, levante la vista y vi que era el chico de ayer, me quede petrificada, el me había visto, pero no tan bien como para recocerme -¿Me disculpa uno momento? –Entre en la casa y vi a Clarisa en la puerta, intente disimular mi aflicción –Listo es tu turno.

-No, no lo es, tú no has hecho el tuyo, es el mismo chico –dijo señalándolo -¿Por qué no quieres atenderlo?

-Larga historia –dije, la abuela vino y me agarro del hombro.

-Leah, recuerda no hagas esperar al cliente –dijo

-Lo sé abuela, lo atenderé –dije agarrando una libreta y un lapicero, así fingiría escribir… bueno escribir lo que sea de todos modos no lo verá –Lamento la espera –dije con la vista en la libreta -¿Qué desea? –volví a peguntar.

-Mmm… ¿enserio estas escribiendo? –Dijo bajando la libreta para ver lo que escribía… nada –Eso es interesante –dijo mofándose -¿Me tienes miedo? –preguntando ya con un tono más frio ¿miedo?

-Yo no te tengo miedo –dije mirándolo desafiante, el solo soltó una risa, pude entender que había caído en una broma.

-Así que si eras tú –dijo riendo con una sonrisa que me pareció muy linda pero aun así se burlaba de mí.

-¿Quién? Yo nunca lo he visto –dije mostrando un desinterés no muy bueno.

-¿Enserio? –Dijo arqueando una ceja –Tal vez me haya equivocado pero estoy seguro que no –dijo y vio a la abuela pasar poner unas frutas en las cajas que correspondían a cada una –Señora anciana ¿Estaba ella ayer en la tarde? –pregunto.

-¡Oh no! Ella no trabaja los domingos –como siempre la sinceridad de la abuela era cortante -¿Por qué la pregunta?... Oh lo siento no es de mi incumbencia -dijo riendo- Si me disculpan –dijo dejándonos solos de nuevo.

-Con que no trabajas lo domingos, para mí que si eres la persona que niegas ser –dijo sonriéndome burlonamente.

-¡De cualquier manera! –Dije admitiendo mi derrota de cierta manera –Yo no te tengo miedo –dije cambiando súbitamente el tema, al querer abandonarlo.

-¿A si? Incluso si te enseño una cosa –me dijo.

-Si créeme apuesto que yo tengo algo peor –dije con seguridad.

-Estas muy segura de ello ¿no? –Me dijo –Te lo enseñare si prometes no huir de nuevo –dijo.

-No lo hare –dije sonrojándome por lo de la última vez. Se desabotono el cuello alto de su capa y mostro lo que no me esperaba ver, llevaba la marca de la bestia.

Personas que se han encontrado con la bestia y han sobrevivido para contarlo siempre tienen la marca, si esas garras venenosas de la bestia llega a tocar y desgarrar tu piel, serás maldecido, un sello aparecerá en el mismo lugar donde las personas fueron rasgadas, el sello consiste físicamente en un circulo con jeroglíficos nunca descifrados. El sello sirve para que la bestia encuentre a la persona y termine lo que comenzó. Esa persona será odiada, temida y rechazada hasta su muerte, porque representa un peligro para todos…

-¿Ahora me dirás que lo tuyo es peor?

-Puede que no, tal vez sea lo mismo –le dije sonriendo, el me dio la lista de lo que quería, y se lo di, me dio el dinero, pero estaba aun perplejo.

-¿Ah? Espera… ¿A qué te refieres? –pregunto confundido, ignore ese comentario y le regale una manzana cual tomo hábilmente con una mano.

-Tienes buenos reflejos –sabia que lo confundía con el cambio de tema pero era una pequeña venganza por haberme asustado –Gracias por su paciencia –me di la vuelta y entre en la casa.

Encontré a Clarisa con la abuela, estaban encaminándose al jardín, antes de llamar a Clarisa me cercioré de que el chico ya se hubiera ido.

-Clarisa ¿Puedo hablar con tigo un segundo? –le pregunte. La abuela asintió y Clarisa se acerco - Sorprendentemente tenemos algo en común, pero de lo que hablo no es cualquier cosa –guarde silencio, sabiendo que la curiosidad la mataba.

-¿Qué es?... Hablamos del joven ¿no es así? –me pregunto para luego yo asentir con un gran suspiro.

-El también tiene la marca de… tu sabes –preferí no decirlo, aunque ella sepa de lo mío o la abuela siento como que si cuando pronuncio ese nombre se crea cierta atmosfera bastante tensa.

-¿La tiene? –Me pregunto perpleja –No me mientas en esto, lo dijimos –dijo ya queriendo dejar de creer.

-¡No lo hago! Sabes que yo no bromearía con eso –dije seriamente.

-¡Enserio que tienen en común! –Me dijo –Ves que no eras la única –me dijo animándome –Se que tarde o temprano se harán amigos –dijo riendo.

-No exageres, tal vez ni lo vuelva a ver –dije

-Vamos se que quieres volverlo a ver –dije dándome unos codazos, me le aparte.

-Comienzas, te he dicho que no me interesan los chicos… por el momento –dije riéndome junto con ella.

-Y ¿Él sabe que tú la tienes? –me pregunto -¿Se lo dijiste?

-No… bueno le di una pista, es dependiendo de cómo el razona –dije –Bueno no perdamos tiempo es tu turno –dije riéndome.

Así paso el día… rápido pero divertido, solo me la pase atendiendo junto con Clarisa, eran las cinco con veinte y hoy había luna llena así que no era de preocuparse, verán en mi pueblo la luna llena significa salvación y pureza, los días en que la bestia está más débil y permanece en su escondite pero luego de la salvación viene, de nuevo, la perdición que es la luna nueva. Las noches de luna nueva son las noches en las que la bestia busca nuevas y cobra viejas víctimas…

A lo lejos vi a un hombre más bien a un joven, estaba recostado en el césped, me le acerque.

-Hola chico de la marca –dije sonriendo, estaba con los ojos cerrados pero abrió uno para ver.

-Hola –dijo sentándose –Peter

-Leah –dije –Dime Peter, ¿Qué haces? –pregunte.

-Esperando a alguien –dijo parándose y sacudiendo su pantalón.

-Y ¿Ya llego? –pregunte sonriendo.

-Si… ¿Ese caballo es tuyo? –pregunto volteándolo a ver.

-Lo es ¿te gustan los caballos? –pregunte.

-Para responderte te diré que ese es mi caballo –dijo señalando uno recostado a lo lejos.

-¡Oh! Ya veo –dije riendo -¿Vives en las afueras? Porque nunca te he visto –dije tratando de recordar si lo había visto en algún lado.

-Lo hago –dijo – ¿Y tú?

-Bueno, parece que la marca no es lo único que tenemos en común –dije subiéndome a mi caballo.

-Con mucha razón –dijo llamando al suyo. Hablamos en el camino, hasta que llegamos al árbol de fuego.

-¿Nos vemos mañana? –pregunte.

-Tal vez –me dijo –Y ten cuidado, mañana es luna nueva –dijo dándole la vuelta a su caballo y cabalgando en el lado contrario al mío.

Luna nueva, la primera noche de la bestia.