Bien, luego de un tiempo, aquí les traigo la última parte de este caso, que hasta entonces, es mi favorito.

Muchas gracias a Mary Mitsukuni y a León Kagamine por sus maravillosos reviews.

Y a a quien quise agradecer en el cap anterior, pero su nombre se borró de los agradecimientos cuando estaba publicándolo.

Ahora sin más, disfrútenlo.


Caso 4.8

"Reunión de detectives"

El ambiente tranquilo del desayuno había cambiado totalmente para dar paso a una incómoda tensión silenciosa. Nadie hablaba con nadie, pero todos estaban pendientes de los más jóvenes. Michael cada tanto miraba a los demás, para hacer que apartaran sus miradas de ellos por unos segundos, pero todo esfuerzo era en vano. Era evidente que todos estaban curiosos por la forma en la que habían resuelto aquel código en poco tiempo, porque sí, habían sido los primeros y con mucho tiempo de diferencia con los segundos.

Irene y Arthur no dejaban de mirar a los detectives que tenían en frente, sonriéndose cada tanto, como si hubiesen ganado algo importante. Y quizás fuese eso lo que más molestaba a Michael, quien sentía como si hubiese caído directo en su trampa. Alex, en cambio, estaba concentrada en aquella sensación de tener frente a sí una pista importante y no lograr entenderla del todo.

— Fue impresionante que resolvieran ese código con su corta edad —comentó de pronto Alfred Stone—. Y aún más que fueran los primeros.

Alex se distrajo de sus pensamientos, y notó que Michael estaba tenso. Es mi culpa se dijo a sí misma, sabiendo que si no hubiese sido tan impulsiva, no estarían en este incómodo interrogatorio. Pero no podía evitarlo, sus ansias de dar respuesta a intrincados códigos o misterios, era algo con lo que no podía lidiar, era una parte de ella. Era como si se desconectara de todo lo demás, y no pudiese volver a la realidad a menos que lo resolviese.

— Me pregunto cómo lo habrán hecho —susurró Irene de forma maliciosa—. Seguro son muy inteligentes.

— ¿Y qué si lo son? — Exclamó Samuel Smith irritado, mientras dejaba su comida de lado— Sí, son buenos ¿y qué? Era lo menos que se podía esperar de la hija del rey del misterio.

Todos los presentes se sumieron en un silencio que ninguno supo cómo interpretar. Alex miró a Samuel Smith, sorprendida. Hablaba de su padre como si lo conociese y admirase. ¿Podría ser que…? No, se negó a pensar aquella probabilidad. Ella no era buena interpretando a las personas, ese era el trabajo de Michael, pero él parecía muy ocupado grabando los movimientos de la pelirroja que tenía enfrente. Alex lo miró de reojo.

— Lo siento, temo que debo retirarme.

Dicho esto, Irene Sherrinford se levantó de su asiento y se dirigió hacia las habitaciones. Michael no pudo evitar imitarla, y empezó a seguirla. Alex se quedó sentada en la mesa, incapaz de entender si lo que apretujaba su corazón era un mal presentimiento o celos.

La pelirroja se giró con una sonrisa de victoria en sus labios. Michael simplemente se detuvo a unos metros de ella, encarándola de frente con firmeza. Ella sabía por qué él estaba allí, y aquello le divirtió de sobre manera. El muchacho solamente la inspeccionaba con la mirada, buscando esa pieza que parecía no cerrar en su razonamiento.

— ¿Quieres algo joven detective?—preguntó ella, pícaramente— Quizás un servicio especial…

Lentamente, llevó uno de sus dedos al tajo de su vestido escarlata, y lo levantó un poco, dejando a la vista sus torneadas piernas. De haber sido otra persona, o haber estado en otra situación, a Michael se le hubiesen ido los ojos hacia aquella tentadoras piernas, pero no apartó su mirada de los ojos caramelos de ella. Sabía que si se descuidaba un momento, ella aprovecharía la situación.

— ¿Quién eres?

La pregunta resonó en los pasillos como un leve susurro, pero bastó para que Irene lo escuchara.

— Mejor dicho—ratificó—, ¿quiénes son?

— ¿En qué te basas para decirme algo tan cruel?

Michael frunció el ceño al ver la inocente expresión de ella. Fingía ser una idiota, pero eso no era nada cercano a la realidad, al contrario.

— Vamos, ¿vas a decirme que Irene Sherrinford es tu verdadero nombre? ¿O que el de tu compañero es Arthur House?

Irene ocultó su mirada, pero mostró una malvada sonrisa.

— No eres nada tonto… aunque sí un poco ingenuo— susurró ella desafiante—. Deberías agradecer que seamos nosotros y no algún otro.

— Oh, ¿tanto te molestó que te haya dicho que son mejores que Sherlock Holmes?

— No, me causó gracia —exclamó ella—. Porque para serte sincera, me encantó que hayas descubierto que eran nombres falsos.

— Fue una buena combinación de nombres, debo admitirlo. Pero algo ridícula, cualquier fan de Sherlock Holmes se daría cuenta de ello.

— Los fanáticos del misterio no lo hicieron.

— Touché.

Irene sonrió, y Michael rebobinó toda la conversación que acababan de tener. Un estremecimiento le recorrió toda la espina dorsal.

— ¿Por qué me has dicho todo esto tan fácilmente?

La mujer pelirroja se sonrió con una sonrisa más ancha que todas las que había mostrado antes.

— Sólo habría dos razones por las que te diría todo eso —murmuró imperturbable—. Porque desapareceré de la faz de la tierra o porque…

—… vas a matarme.

Antes de que Michael llegase a comprender qué estaba pasando, una fuerte explosión sacudió todo el edificio. Los escombros empezaron a caer desde el techo, y todo se coloreó del rojo y vibrante fuego de la mirada de ella, consumiendo todo.

— ¡Alex! ¡Alex!

Se encontró a sí misma acostada en el suelo, con todo dándole vueltas y un malestar general. Pudo sentarse con algo de dificultad. Una persona estaba a su lado, y estuvo unos minutos viéndolo hasta que logró reconocer en él a Tomas Doyle. Tierra caía del techo, había escombros por todos lados. Un boquete atravesaba la pared frente a ella, y por ella salían los demás concursantes.

— Debemos irnos, una explosión destruyó la cocina, y nos bloqueó el acceso a la puerta principal.

Las palabras danzaban en el aire, y Alex no podía darles sentido. Sólo sabía que se sentía perdida, y que algo estaba aplastando su corazón. Miró a Tomas Doyle, y se agarró la cabeza ante una puntada que le quebró el cerebro.

Michael.

Michael.

— Michael.

Se sorprendió al recordar que su mejor amigo se había ido al sector de los dormitorios, siguiendo a Irene. Se sobresaltó al recordar algo: la cocina estaba a una pared de por medio con el pasillo a los dormitorios.

— ¡Michael! ¡MICHAEL!

La desesperación la invadió. Su amigó estaba detrás de aquellos escombros, encerrado, probablemente buscando una forma de salir… o también podía estar muerto. Aquella idea la horrorizó. Ella no era una inconsciente, sabía las probabilidades de aquella situación, y lo más seguro es que estuviese muerto. Tenía que hacerse a la idea.

— Alex, ¡vámos!

Un escombro cayó cerca de ella, y entonces comprendió lo comprometida que estaba la estructura. En cualquier momento se iba a venir abajo, y no quedaba otra opción más que salir de allí. Pensó en Michael, y aunque quiso quedarse a buscarlo, sabía mejor que nadie, que aunque Michael estuviese vivo, ella no podría ayudarlo.

Cuando salieron afuera, notaron realmente el daño que había hecho aquella única explosión. Todo el sector de los dormitorios y la cocina estaba cubierto por un espeso humo negro, y desde las ventanas se veían las llamas carmín que sobresalían. Tomas Doyle miró con impotencia aquel desastre, y a su lado, Alex no paraba de gritar con su corazón y su alma por Michael, aunque sus labios no se movieran. Quería entrar y encontrarlo, estaba segura que él lo habría hecho por ella, pero era una causa perdida, había estado muy cerca de la explosión.

Pronto, sus ojos se empaparon en lágrimas saladas que no pudo contener. Micahel, Micahel. No pensaba en otra cosa que en él. Recordó el niño que le había secado las lágrimas el día que se conocieron, el que le sonreía siempre, y el que le tendía su mano en momentos difíciles. Alex no había llorado desde aquella noche en que lo conoció, porque siempre que estaba a punto de hacerlo, él hacía alguna estupidez para hacerla reír. Casi siempre se burlaba de ella, o le picaba la mejilla y le palmeaba la cabeza.

No se dio cuenta cuando llegaron los bomberos al lugar, sólo supo que los chorros de agua apagaban las llamas al ritmo de sus lágrimas. Vió a los demás concursantes pasar de un lado a otro, pero no les prestó atención, estaba sumida en su propio mundo de tristeza. Un mundo oscuro y solitario, un mundo sin él. No podía apartar sus ojos de las llamas que aún se veían entre los escombros. Bomberos se acercaban corriendo a apagarlas con baldes de tierra. ¿Por qué nadie encontraba a Michael? ¿Por qué nadie le confirmaba que estaba vivo? ¿Por qué no le decía si estaba muerto?

— ¿Tomas Doyle?

Escuchó el susurro de un bombero hablarle al hombre a su lado, pero después de eso, perdió el ritmo de la conversación. Su mirada no se alejaba de aquel edificio en llamas, ni siquiera cuando el padre de su amigo la arrastró lejos de allí, a donde estaban las ambulancias. Pero entonces lo sintió. Aquella pulsación de dolor en su sien que se producía cuando las pistas encajaban violentamente en su mente. Repasó el tono de voz del bombero, y sus labios se fruncieron al tratar de contener los gemidos que luchaban por salir de su garganta.

No habían sacado a nadie del edificio, ella lo sabía mejor que nadie. Y ahora llamaban a Tomas Doyle. Michael estaba muerto…

— Alex… Alex…

No tenía el valor de mirar al oficial Doyle, no tenía el suficiente coraje de darse la vuelta. Se derrumbaría allí mismo, ella lo sabía.

— Debe estar shockeada… no la molestes.

Michael.

Algo dentro de ella se encendió cuando escuchó aquella voz tan conocida, tan maravillosa. Se giró lo más rápido que pudo, mareándose un poco por ser tan repentino. Toda la fuerza que hasta ese momento la estaba sosteniendo, se concentró en un solo movimiento: lanzarse a los brazos del chico que estaba sentado en la ambulancia.

Lo abrazó con todas las fuerzas que pudo, mojando con sus lágrimas la ropa chamuscada de él. Estaba bien; sucio, con olor a quemado y quizás un poco débil, pero estaba vivo. Lo miró, y notó en sus ojos verdes que le sonreía. Un impulso poco propio de ella, la llevó a cubrirlo de besos: en las mejillas, la frente e inclusive en la nariz.

Michael se sintió mareado, abrumado por todas las sensaciones que acababan de someterlo. Con toda la fuerza que pudo, rodeó a Alex con sus brazos, atrayéndola a su pecho y resguardándola allí. Ella estaba bien, mejor que él al parecer.

— Estoy bien, no tienes que preocuparte tanto.

— Lo siento… yo…

La voz de su amiga se quebró, y antes de darse cuenta, la tenía entre sus brazos, con la cabeza en el hueco de su hombro, llorando desconsoladamente. No le gustaba verla llorar, pero por alguna razón, el saber que estaba tan aliviada de verlo bien, le hizo sonreír como estúpido.

— La verdad es que me sorprende que estés vivo —comentó el bombero mirando al chico—. Fue una suerte que te hubieses metido a la habitación antes de la explosión. Y también, fue muy inteligente de tu parte el hecho de cubrirte con la sábana mojada para pasar entre el fuego.

Michael se sonrió. Si supiera. pensó divertido, recordando como a último minuto había seguido sus instintos y se había metido en la habitación más cercana, cerrando la puerta, y tirándose bajo el colchón. La explosión había derrumbado parte del techo sobre él, pero gracias al colchón que amortiguó el golpe, pudo salir bien parado luego de un momento. El mayor problema se había planteado después, cuando notó que la ventana había quedado trabada y que el pasillo estaba incendiado en llamas. Por suerte, cada habitación tenía su baño personal, y gracias a la explosión un caño se había roto, y todo estaba lleno de agua. Lo de la sábana y le agua, fue simplemente algo que su padre le había dicho hace tiempo, y de esa forma había conseguido salir por la puerta de adelante, con la boca tapada con parte de la sábana para evitar el humo.

— Hemos conseguido extinguir el fuego completamente.

Informó uno de los bomberos que se aproximaba a donde ellos estaban.

— ¿No han encontrado el cuerpo de una mujer?

El bombero recién llegado, miró a Michael confuso.

— Pues, no.

— ¿Te refieres a Irene?

Sólo Michael fue capaz de entender lo que Alex había querido decirle, ya que ella seguía compungida por el llanto. Michael asintió, viendo que un policía se acercaba a ellos, y calmadamente, acarició la cabeza de Alex.

— Sus nombres por favor.

— Tomas Doyle, Alex Heall y Michael Doyle —respondió el oficial Doyle—. ¿Están haciendo un relevo de las víctimas?

— Sí, al parecer todos salieron con vida. Aunque faltan dos personas. Y aún no hemos encontrado cuerpos.

— ¿Quienes?

— Según los otros concursantes…— dijo el policía mientras miraba su lista— Irene Sherrinford y Arthur House.

— Lo sabía —susurró Michael para sí mismo, aunque Alex lo alcanzó a escuchar—. Es increíble.

— ¿Qué sucede?

Los ojos achocolatados de ella, parecieron más lindos cuando el llanto cesó. Michael se detuvo a apreciar que tenía las pestañas brillantes por las lágrimas, y el contorno de sus ojos, estaba delineado por el rojizo del llanto.

— No importa, digan lo que digan, sé que esa tal Irene fue la que causó todo.

— ¿Por qué lo crees?

Michael no pudo evitar fruncir el ceño al recordar su última conversación con aquella pelirroja.

— Porque ella sabía que iba a haber una explosión, y estaba dispuesta a desaparecer después de ella. Tengo un mal presentimiento de todo esto Alex, creo que nos metimos en la boca del lobo —vió a su amiga, y le sonrió para clamarla—. Pero, no me hagas caso, seguro que estoy perturbado por la explosión.

Alex se limitó a mirar a su amigo, incapaz de decirle, que ella también tenía ese presentimiento.

Subió al auto estacionado entre los árboles. En medio de la confusión por la explosión, nadie había notado su presencia. Sonrió una vez estuvo segura dentro del auto con vidrios polarizados y dejó atrás aquella escena devastada. Se pasó la mano por el cabello, dejando caer unas pequeñas piedritas que se habían enterrado entre su flamante cabello rojizo. Frunció el ceño, descubriendo que el barniz de sus uñas estaba estropeado, y que su vestido estaba sucio.

— Te pasaste con esa explosión—empezó a susurrar mientras volteaba su vista hacia el conductor del coche—, Red Jasper.

— No tienes nada que reclamarme Irene, fuiste tú la que se entretuvo hablando con el muchacho.

El muchacho volteó a ver a la fina y seductora mujer que tenía en el asiento trasero, y sonrió irónicamente al verla adoptar aquella exquisita expresión de odio. Volvió su vista hacia adelante, más precisamente a la ruta por la cual se deslizaba.

— Aún no entiendo cuál es tu fascinación con el muchacho, Irene—se detuvo, repasando sus palabras rápidamente para corregirse—. Mejor dicho, Ruby…

La mujer apoyó su mentón sobre el dorso de la mano, mirando fijamente el paisaje que se extendía de forma simétrica a ambos lados. Suspiró, notando que el coche se detenía, y que por la puerta opuesta a ella, entraba su compañero.

— Fue arriesgado, casi me matas Red Jasper.

El conductor rió, deleitándose con el humo que se veía aún desde detrás de los árboles. Amaba el fuego, y nada podía ser mejor que eso.

— Lo siento, Aventurine, pero la culpa de todo la tiene Ruby, y aquel chico.

— Oh, ¿te refieres al joven detective? —Preguntó antes de fruncir el ceño— Era demasiado inteligente para su edad. ¿Viste los resultados de las pruebas?

— Ambos son inteligentes, y se complementan—comentó Ruby sonriente—. Así como yo estoy obsesionada con él, tú Aventurine, lo estas con ella.

El mencionado simplemente fijó su vista en la pelirroja, sintiéndose descubierto.

— Me sorprendió volver a verla…Está preciosa.

El hombre que manejaba, se giró a verlos.

— ¿De quién hablan?— Preguntó el conductor de ojos oliva.

— De una muchacha que fue parte de la reunión de misterio.

— ¿La conocías?

Interrogó el hombre, mirando por el espejo retrovisor al morocho.

— Uh, sí…—susurró perdiéndose en la lejanía— Era Alex Heall…

El motor rugió pidiendo el cambio de marcha en ese instante, y Red Jasper se volteó para tomar la palanca de cambio. De segunda pasó a tercera, justo antes de que Aventurine continuara…

— Alex Heall—repitió—, la hija de aquel molesto escritor de misterios.