Llevaba tiempo queriendo dedicarle algunos pensamientos a alguien, y había llegado a un punto en el que ya no podía esconderme más.

Prácticamente vivía entre las sombras de las calles, sabiendo que en cualquier momento de incertidumbre, miedo o acoso tendría un cobijo entre los miembros de mi familia que, aún sabiendo que su hijo los juzgaba y los discriminaba, lo querían con deboción y eran tan absolutamente blandos y olvidadizos que eran capaces de perdonármelo absolutamente todo…

Idiotas.

Sabiendo el daño que les estaba causando lo único que se me ocurría pensar cuando hacían un esfuerzo por perdonar mis estupideces era que el lugar idóneo donde deberían estar era en un manicomio con seguridad reforzada.

Sí, lo sé, soy un cabrón: No solo por el hecho de ser equivalente a un ácido que reacciona devorando toda materia que le toca, sino también por ser capaz de cargarles de todas mis culpas sin que un solo e insignificante remordimiento me corroyera.

Eché mi cabeza hacia atrás, acomodando mi largo y rizado cabello castaño debajo de un gorro negro, fijando la vista hacia el cielo gris y nublado propio de un día de invierno.

Murmuré algo, una maldición, casi inaudible. Cerré los ojos y dejé escapar un largo suspiro que, a su paso, dejaba un baho blanco en el aire a causa del frío. Un escalofrío recorrió mi pálido cuerpo y me encogí de hombros para que el cuello de mi abrigo llegara hasta la nariz, abrí los ojos y dirigí la vista al frente encogiéndome más adentro de mi escondrijo impermeable de tela oscura.

Me entraron ganas de gritar. Con solo diecisiete años y ya me sentía tocar fondo. Nunca probé ni las drogas ni el tabaco (Bueno, el tabaco sí, pero soy tan insulsamente patoso que no supe dar ni una sola calada), pero aún así me junté más de una vez con pandas callejeras y apenas andaba por el instituto desde primero de secundaria. Dentro de los bolsillos de la chaqueta mis manos desnudas jugueteaban distraídamente con las llaves, cortantes y heladas, de mi provisional hogar; momentos después, empecé a oír los gritos característicos de un irritado matón de barrio rompiendo la calma de la noche, chillando atropelladamente y ordenándole a quien fuera que le hiciera entrega de algo… los mismos motivos de cualquier persona incivilizada, vaya.

Me acerqué sin mucha inquietud y me asomé a la esquina de uno de los numerosos callejones, viendo lo que ya de por sí sospechaba: Dos jóvenes, terriblemente flacos, con pómulos prominentes y facciones desencajadas, arrinconaban contra la pared a un pobre e indefenso muchacho mientras un tercero, más robusto, amenazaba a su desventajada víctima, haciendo bailar febrilmente la hoja de una afilada navaja delante de su temeroso rostro.

Rebufé hastiado; no es que me sintiera un defensor de la justicia civil, pero decidí salir de mi escondrijo antes de que se armara, pensando, más que nada, en mi propia seguridad ante la autoridad, sin querer inventarme nada; puesto que sería inútil dados mis delitos menores:

-Ey, imbéciles –Alcé la voz, sin pensar mucho en el pequeño detallito de que yo no era, ni he sido nunca, un superhéroe inmune a los golpes.

Los dos muchachos que impedían que su víctima huyera ya me estaban fulminando con la mirada desde que me vieron llegar, pero el restante no se dignó siquiera a dejar de amenazar al chico.

-¡Eh! -Insistí una vez más, en vez de irme a otra parte (Cosa que, sin duda, hubiera sido lo más razonable).

Se oyó un gruñido, pero esa vez tampoco se giró.

-¡Eh! ¿¡Me has oído, cacho de inútil? –Chillé hastiado, ésta vez a puro grito, rebentándome la idea de que no fuera el centro del universo. Pero toda mi insistencia e ira se desvanecieron cuando el gigante se dio la vuelta, airado, y comprobé que la dureza en los rostros de sus compinches no era nada al lado de la suya. Me dio la sensación de haberme quedado sin voz, pero seguí insistiendo, intentando disimular el temblor en mis piernas.

La verdad es que ya conocía ese rostro, me era muy familiar, pero siempre que me enfrentaba de nuevo a él tenía la extraña sensación de ser el objetivo de toda paliza.

-Ah. Joder eres tú. No me molestes, tío, que estoy intentando sacarle unos cuartos a este friki –Dijo, después de un largo silencio, con el rostro más relajado y liberado de tensión, con voz confiada.

-Entonces no hagas tanto ruido. Estoy intentando dar un paseo y no precisamente para que me arreste la poli por tu culpa.

Rió por lo bajo, ya pareciendo olvidarse de su víctima, que se mostraba cada vez más confundida. El chico, el cuál se hacía llamar Seven (cosa irónica puesto que el número siete es el característico numero de la buena suerte), empezó a hablarme de las brutales palizas que había dado recientemente, evidentemente yo hice oídos sordos a todo ello y empecé a "escanear" los rostros de todos los presentes:

· Los amigotes de Seven eran los dos esqueléticos y altísimos, apenas los conocía, no me sonaban sus facciones puntiagudas ni su pelo negruzco, tampoco sus ojos pequeños y de tiburón. Sus pómulos se veían enflaquecidos y poseían unas narices largas y ganchudas, deformes, cosa que sólo podía ser a causa de alguna fractura antigua; además, sus bocas eran largas y con labios finísimos, los cuales estaban en constante tensión y apenas se distinguía color en ellos. Apenas me acuerdo de sus nombres.

· Seven, de estatura mediana y de hombros exageradamente amplios, pelo castaño y con una gran cantidad de gomina que le quitaba credibilidad y color a su cuero cabelludo, pareciendo tenerlo más negruzco de lo normal, tenía una piel potentemente rosada y, a pesar de ser tan musculoso, tenía una nariz rechoncha y unos labios extremamente gordos. Sus mandíbulas parecían tener que atravesar su piel en cualquier instante por la persistente rigidez que se adivinaba en ellas. Andaba vestido de cualquier manera y con el pelo lleno de suciedad, cosa que daba a entender que llevaba bastante sin ducharse.

· Pero, sin duda, el que más me sorprendió fue el chico al que acosaban, no tenía la pinta de la víctima perfecta; era alto, de tez tostada, con un rostro indio que poseía unos ojos grandes y castaños, más un pelo liso, fino y castaño por igual que también se mostraba llamativo en él. Unas gafas se posaban encima de una naricita chata y puntiaguda, la cual estaba sobre una boca... digamos carnosa. Apenas pude fijarme en nada más, pues Seven había terminado su relato y ahora se mostraba atento a toda cosa que llamara mi atención.

-¿Y bien? –Dijo finalmente, después de una larga pausa en la que los "bichos palo" que tenía como compinches se encargaron de llenar con gruñidos y movimientos que recordaban a unos buitres acechando a un moribundo.

-¿Eh? ¿Qué? –Solté, sin mucho disimulo. El hermoso muchacho no debía tener más que yo y no era la primera vez que lo veía, aunque me descolocó la primera vez que lo vi, no fue nada al lado de lo que sentía en aquel momento, pero me extrañó verlo tan asustado, puesto que era todo un empollón... sería por eso que no me relacionaba con él. Siempre andaba con una expresión de seguridad y suficiencia, no estaba acostumbrado a verlo pálido y desamparado, sin saber que hacer.

-Tío, Eli, ¿Estás bien? –El tono de voz que adquirió el mayor para formular esa pregunta me inquietó, no supe muy bien que significaba hasta un segundo después, cuando comprendí que había visto como me fijaba en su víctima, y que temía que se la quitara.

Ah, y sí, me llamo Eli (Chico estúpido, nombre estúpido: ley de vida, señoras y señores).

-Si –Dije, cortante-. De coña. Repito: Solo intento dar un paseo sin que me detenga la pasma por tu puta culpa, que por suficientes delitos leves me persiguen como para que me pillen contigo y se acuerden de todos ellos juntos, no me apetece conocer la cárcel demasiado pronto; sé suficiente como para saber que no me iría demasiado bien allí.

Rió, aunque a mi no me hizo ninguna gracia. Empezaba a sentirme muy irritado por el hecho de tenerle ya de por sí manía a ese apuesto muchacho, pero mucho más por saber me inquietaba verle sin su característica seguridad en sí mismo.

Me di la vuelta al darme cuenta de que me estaba mirando fijamente, siguiendo todos mis movimientos, escrutándome con sus profundos ojos tras las lentes, y con su irresistible autosuficiencia reflejándose en ese rostro tan atractivo, atravesando todo mi ser; por ello es cuando empecé a notar un fuerte ardor en las mejillas.

Apenas recordaba lo que era ir al instituto; pero lo que sí recordaba perfectamente era esa mirada adulterada y desconsiderada, con grandes dosis de sugestiva y arrebatadora seducción, que solía hacer ese chico cuándo me miraba, el cual respondía a nombre de Adam.

Cuando creí que mis mejillas volvían a su tono normal me volví hacia ellos, que me miraban de una manera muy interrogativa, y aunque no seguían reteniendo al chico él no hacía esfuerzos para huir.

-¿Qué? ¿He dicho acaso que me apetezca armar algún pollo? Entonces no me miréis así, que no estoy aquí por gusto –Les solté, disimulando mi nerviosismo hormonal con un tono de voz que solía hacer cuando despotricaba contra alguien o algo. Mis ojos azulados recorrían nerviosamente los edificios abandonados que se encontraban justo en el fondo de dicha escena, tintados de un febril gris desagradable a la vista, y las agrietadas baldosas de piedra que adornaban las calles llenas de baches y agujeros hacían prácticamente imposible el tránsito de automóviles en esa zona sin ayuda del ayuntamiento.

-No. No –Dijo Seven pausadamente, poniendo cada vez más nerviosos a sus esqueléticos amigotes, incluso a su víctima, que empezaba a rebufar pensando, seguramente, en el examen más próximo-. Oye, mejor vete, que te amargas mazo y no podemos machacar a este capullo –En ese momento, su víctima, sintiéndose terriblemente identificada, dio un respingo, abriendo mucho los ojos y poniéndose pálido de horror (Al menos, tan pálido como su piel morena le permitía).

Se me hizo un nudo en el estómago solo viéndolo; quería negarme, pero al mismo tiempo quería irme a toda prisa, y, queriéndolo o no, supe que era porqué quería llevármelo conmigo. Ni yo mismo me entendía en esos momentos.

Así que, aunque fuera contra mi conformidad, una idea me vino a la cabeza; muy arriesgada, pero que al menos para conseguir mi objetivo valía la pena.

Hice ademán de irme, cosa que dio resultado e hizo que Seven se volviera de nuevo hacia Adam, el cuál palideció más al notar que los dos chicos que lo sujetaban estrechaban más sus ataduras.

Seguidamente di una vuelta rarísima y agarré una barra de acero oxidado, apoyada justo en una de las piernas de los "compis" de Seven, dando un fuerte golpe contra un palo de madera, el cuál sujetaba una plataforma elevada para unas obras (que empezaron antes de que yo naciera y que nunca llegaron a completarse); otra de las razones por las que en esas calles no vivían más que vagabundos, y aún dando gracias. Lo siguiente lo dominé con mucha seguridad, a pesar de no saber ni lo que hacía, pero desde ese momento he sido perseguido por ellos continuamente: la plataforma se derrumbó haciendo un efecto dominó con paredes mal construidas y otras plataformas de madera. Todo esto levantó una cortina de polvo con los gritos de fondo de los demás, y forzando la vista, conseguí distinguir una figura con una característica camisa cian. Lo único que tuve que hacer a continuación fue alargar el brazo, agarrar su muñeca y estirar, percatándome que habían soltado al chico.

Lo único que recuerdo a continuación fue que estaba andando a su lado por el borde de la autopista, preguntándome porqué lo había hecho.

-Y… ¿Por qué crees que estaba allí? –Dijo para romper el hielo, formulando una pregunta que yo me moría por hacerle, sin embargo sin interesarse por el porqué de haberle sacado de esa situación. Eso siempre lo achaqué a ser un tío muy friki.

-No me importa –Mentí. Sentía su profunda mirada sobre mí y tuve que girar el rostro hacia la carretera, intentando disimular un sonrojo y una pequeña e incomprensible sonrisa de timidez.

-Bueno. Pero la pregunta la he formulado yo –Susurró, entrecerrando los ojos y sonriendo con astucia.

Le miré de reojo, expresando un falso resentimiento que no sentía (Cosa que me extrañó, seamos sinceros); en su lugar sentía una profunda admiración muy familiar. Fingí hastío y forcé un rebufo, obligándome a parecer perezoso a responder; pero finalmente dejé que mis palabras brotaran:

-Supongo que por haberles corregido las malas conjugaciones –Tuve que acallar una risita afectuosa al imaginármelo, pero al volver la vista a su rostro no pude evitar, aún intentándolo con todas mis fuerzas, abrir exageradamente los ojos y ponerme como un tomate, acompañando a estos síntomas un escalofrío que no sé muy bien si logré disimular; no fue lo que hiciera o dejara de hacer, fue más bien la forma en la que me miró, algo que me dejó completamente helado, o más bien todo lo contrario. Sus ojos se entrecerraron en una descarada concentración, haciendo que sus ojos castaños tomaran un brillo capaz de someter a una bestia indomable a su completa voluntad.

Pareció notarlo.

En menos de un segundo el chico estalló en risas, con carcajadas que, incluso antojándoseme embarazosas, eran irresistibles; y eso se me hacía insoportable.

Entrecerré mucho los ojos, esta vez con una ira verdadera, sin lograr aún hacer desaparecer mi rubor, y le pegué una patada en la espinilla. Qué vamos a hacerle, me gusta improvisar.

Soltó un aullido, aún divertido, y me llamó cuando me iba con paso firme. Seguía riéndose cuando me cogió por el brazo.

-Vale. Vale. Perdón. No te enfades, anda –Dijo entre risitas, mirándome directamente a los ojos. Tenía que alzar el rostro para verle, me sentía diminuto a su lado puesto que de pie yo le llegaba por el pecho (Soy algo bajito, mido metro cincuenta... Aunque tenemos que admitir que Adam es muy, muy alto).

-¿De dónde sacas tanta confianza? –Susurré, con voz silbante, procurando dar en la herida, pero me salió el tiro por la culata y acabé acallándome durante todo el resto del camino.

Me acompañó hasta casa, sin apenas saber PORQUÉ DIABLOS le salvé de ese embrollo con los de Seven.

-Espera –Oí antes de abrir la puerta-. ¿Cuándo volveré a verte?

-¿Cómo? –Susurré sin voz, dándome la vuelta sin notar el potente sofocón que se había alojado en mis mejillas (De nuevo).

-Bueno… -Dijo ladeando la cabeza, con gesto ausente-. Hace mucho que no te veo rondando las clases.

Una carcajada cínica me subió por la garganta, después de unos segundos de silencio, pero no dejé que saliera de ninguna manera.

-Y a mí qué me cuentas –Exclamé arrastrando las palabras con aire paleto-. El que no tiene casi tiempo libre debes ser tú. Yo estoy de puta madre; me dejan hacer lo que me salga de los…

-¡Chst! –Exclamó para hacerme callar, pegándome un susto, y añadió adquiriendo el mismo tono que usaría para echarle una reprimenda a un niño: - ¡Por Dios! ¿Cómo puedes decir tantos tacos?

-¿Ahora me vas a decir como debo hablar o qué? –Dije, molesto.

-Entonces, ¿Qué te parece mañana a las diez? –Susurró, tomándome por la barbilla e ignorando mi pregunta; ajeno a mi incipiente e incomprensible vergüenza.

Le aparté la mano de un manotazo y di media vuelta. Antes de cerrar la puerta susurré un "De acuerdo" que, a juzgar por su risita victoriosa, oyó a la perfección.

Cerré la puerta y me apoyé en ella con aire cansado, me dejé deslizar por la madera y acabé sentado en el frío suelo, cuya temperatura apenas notaba. Ya no me sentía con ganas de dar vueltas por la ciudad, me sentía cansado, o a lo mejor demasiado avergonzado para decir una palabra.

Empecé a preguntarme si seguiría ahí, cosa que descarté casi al instante, pero que me hizo apartarme de la puerta y forzar a alzarme con dureza fingida a pesar de que éste no podía verme.

Levanté el brazo de manera que pudiera tener a la vista el reloj. Las 2:47. Dios, creía que ya debía estar a punto de amanecer. Ni tan siquiera tuve tiempo de preguntarme qué haría un chico tan derechito como Adam levantado a esas horas, parecía evidente pensar que Seven y sus "discípulos" no llevaban cuatro horas y media teniendolo a su merced.

Suspiré cansinamente, el sueño me oprimía los pulmones y me bajaba los párpados sin apenas disimulo. Un bostezo se arrastró por mi garganta como un gusano molesto que, admitámoslo, desde el mismo momento en el que me metiera en la cama me estaría molestando cada vez que pudiera conciliar el sueño, despertándome de nuevo… como ocurría siempre.

Me deslicé pesadamente hacia el sofá y, sin presionar el interruptor de la luz, encendí la televisión. Mi primera impresión de la tele esa noche fue la imagen sobreactuada de una actriz porno, anoréxica y de pelo rubio teñido, la cuál le estaba haciendo una felación a un culturista de piel tostada y sudada que prácticamente parecía haberse augmentado con zoom.

El botón para cambiar de canal no se hizo esperar y enseguida se me plantó delante de las narices la imagen de un yakuza vestido a lo Matrix cuya patada parecía estar a punto de echar su pierna por la pantalla.

Rebufé y cambié con ganas de nuevo, rezando para que el dicho de "A la tercera va a la vencida" fuera cierto esa vez. Supuse que "el tipo de arriba" debe odiarme mucho porqué al siguiente cambio se me presentó la nauseabunda imagen de un tipo en un concurso absurdo tragándose el contenido de un vaso lleno de gusanos gordos y largos que se removían agonizando en su boca.

Lo siguiente que rompió el silencio de la noche fue el diálogo de una película amorosa que normalmente habría acallado de una patada, pero que, en esa ocasión, albergaba un pequeño detalle que no se me escapó: Era un filme de homosexuales (empalagosos, eso sí) que me recordó asombrosamente a la pura y cruda realidad; sobretodo a un momento muy característico que, aunque lo negara, a solas protagonizaba una gran parte de mi vida.

Cambié casi inconscientemente de postura, pasando de estar pesadamente tumbado en el sofá a estar sentado a dos dedos de la pantalla del televisor. Subí moderadamente el volumen de forma manual y atendí sin querer y con cierta vergüenza a las escenas, de vez en cuando obscenas, que protagonizaban dos varones jóvenes junto con sus respectivas y contrariadas familias.

Mis ojos se encontraban muy abiertos ante cada una de las escenas y mis labios entreabiertos se fruncían mostrando así el rubor que se alojaba en las mejillas de su portador. Mi respiración se empezó a acelerar y tuve que apartar la mirada.

-Joder -Pensé-. Debo ser el único adolescente de diecisiete años (no-religioso) sin experimentar con tales culebrones y con repulsión a las pelis porno.

Suspiré, recordando que la mayoría de los chicos de mi edad había perdido ya la virginidad.

Volví la mirada a la TV y, sorprendido, me encontré con la escena más explícita de todas; no entremos en detalles, ¿si?

Casi sin quererlo cambié apresuradamente de canal, encontrándome con un desagradable programa a lo Gran Hermano, cosa que siguió al apagón inminente del aparato.

Aún lamentándome por haber quitado cierta película (La curiosidad era la misma, admitámoslo) subí pesadamente las escaleras y, una vez en el piso superior, me lancé encima del colchón deshecho sin rastro de bostezo alguno. Sin proponérmelo me vino a la cabeza la imagen filosófica de Adam. Me mordí el labio inferior inconscientemente al recordar con los ojos cerrados la proposición que hacía poco menos de media hora el chico me había hecho. Cuán poco se imaginaba él que, justo desde el primer trimestre que pasamos juntos en primaria, había seguido con la mirada cada uno de sus movimientos, escuchado disimuladamente cada una de sus palabras y celebrado en silencio cada una de sus victorias y exámenes aprobados. Y cuán poco se imaginaba que él había sido uno de los mayores motivos de peso por los cuáles había dejado de acudir a la escuela por simple miedo a salirme de la línea… y que ahora me descolocaba descubrir que se interesaba por mí y que me negaba a reconocer que podía tener alguna mala intención.

Di un brusco giro sobre mi mismo y empotré el rostro contra la almohada, sobrecogido por mis propios pensamientos.

Empecé a reír descontroladamente y una carcajada totalmente pura me sacudió debajo del cojín. No lo entendí, francamente, pero después de ello un agradable sueño empezó a envolverme con la fuerza de una caricia y acabé durmiendo vestido encima de las sábanas y con la puerta abierta.

A la mañana siguiente desperté con la primera imagen de mi mano pálida delante de los ojos, descubriendo así lo fina y pequeñita que era, y con la extraña sensación de no haber dormido más de diez minutos.

Me estiré con ganas y dirigí la mirada al reloj: ¡¿Las 9:15? Dios. Hacía mucho que no me despertaba tan temprano.

Me incorporé justo en el momento en el que sonaba el timbre, frotandome los ojos esperando que abrieran la puerta. Viendo que no lo hacían bajé pesadamente las escaleras y abrí.

Me asombré al ver al chico que había protagonizado en mi mente antes y después de dormirme delante de mis narices, fijandose sin ningún disimulo en mi boca.

-Q-¿Qué? –Susurré.

-Parece que te hayas pintado los labios de rojo –Susurró riendo a carcajada limpia, cosa que le quitaba bastante seriedad. Me agarró el mentón y se acercó a mi oído. Supe así que me estaba probando, para comprobar mi reacción. Y añadió, bromeando:- ¿Crees que debería probarlos, para comprobar si es carmín?

Me tentó decirle que sí, para rebelarme, pero no quería insinuar nada así que me bastó con decirle, apartándolo con un empujón que se notó forzado:

-No hace falta –Lo dije contra mi voluntad, por supuesto. Y lo siguiente lo dije atropelladamente, de manera que me asombró por completo que hubiera llegado a entenderme-. No me he ni me han maquillado. Punto. Y te tengo otra pregunta: ¿Por qué estás tan seguro de que soy gay? –En la última palabra se notó el tonillo avergonzado que me delató, cosa que hizo que Adam hiciera una mueca parecida a una sonrisa de lado.

-Justo ese precioso tono que adquieren tus mejillas cuando hablas conmigo. ¿Eso te pasa también con todo el mundo? Porqué entonces no me explico como no tienes más pretendientes.

-Tú no necesitas abuela ¿verdad? –Contraataqué casi al instante, disimulando mi rubor fingiendo una rabia que no sentía y que pareció no colar, pero que él ignoró por completo, tendiéndome el brazo como si fuera un caballero pidiéndole bailar a una encantadora princesita.

-¿Vamos? Invito yo.

Abrí los ojos por completo, acordándome de repente de la supuesta "cita" (nombre que me negaba a aceptar) y sonrojándome aún más, preguntándome seriamente en que isla desierta se habría instalado mi hombría.

Le propiné un empujón amistoso que él achacó con risas.

Me llevó al cine, un sitio que se había vuelto prácticamente desconocido para mí de tanto tiempo sin ir. Acabamos entrando a ver una película totalmente antónima a los gustos de ambos, pero más que nada fue elegida para no debatir. Desde el principio empecé a notar una tensión sexual que parecíamos compartir. Durante la película no le prestábamos mucha atención a la pantalla y de vez en cuando alguna que otra mirada indiscreta se nos cruzaba, revelándonos que el otro estaba en las mismas condiciones.

El único momento en el que presté atención a lo que me ofrecía esa salita de cine fue un momento en el que la banda sonora era Dream on de Aerosmith, una canción con la que siempre me había sentido identificado, y cuando digo siempre hablo en serio, puesto que salió tres años antes de mi nacimiento.

-Bueno, ¿Quieres que vayamos ya a comer o mejor más tarde? –Señaló con un porte galán que no logró disimular su creciente preocupación al no tener la seguridad de controlar la situación.

-Um… Ahora. –Dije, cortante y adrede. Me provocaba una mezcla de gracia y ternura verle tan desamparado. "Así aprenderá." Pensé sin mucho convencimiento.

-Bien. ¿Qué te apetece? –Me resultó extraño que me lo preguntara. No estaba acostumbrado a que la gente se interesara por lo que yo creyera, así que lo miré inconscientemente a los ojos, sin saber qué responder-. ¿Uh? ¿Te ocurre algo?

Negué rotundamente con la cabeza aún sin salir de mi estupor, con los ojos igualmente abiertos de par en par y la boca muy estrecha.

-Eh… No sé… -Susurré sin disimular mucho, apartando la vista avergonzado, pues lo único que me apetecía probar en ese momento no estaba en ningún menú.

Adam lo notó, evidentemente (un chico con picardía, eso es bueno... según como se mire), pero pareció creer que aunque me lo preguntara no lo soltaría (La verdad es que en ese momento si hubiera insistido un poco lo hubiera dicho todo) así que se dedicó a dar él el paso:

-Um… Bueno… Siendo como eres… -Caviló con aire pensativo arrastrando la última 'S'-. ¿Quizás comida china?

Lo pensé un momento. No me desagradaban en absoluto, cierto. Pensé en lo que dijo sobre "como soy" y me pregunté como estaba tan seguro de conocerme en apenas un día (Seamos sinceros, era la primera vez que hablabamos largamente).

-Está bien –Dije secamente, encogiéndome de hombros, ya más recuperado.

Sonrió victorioso. Me pasó un brazo por los hombros y se agachó un poco para llegar a mi oído:

-Sea lo que sea lo que te haya asombrado tanto… no te preocupes porque no tienes nada que perder en éste camino. –Susurró. Y al instante supe de lo que estaba hablando: ¿Se me estaba insinuando? Lo descarté mentalmente, no muy seguro de ello.

-No te preocupes tanto –Le recriminé, apartándolo.

-Vale –Dijo, divertido, y me besó en la mejilla, arriesgándose a un puñetazo que no cayó porqué su executor parecía haberse convertido "misteriosamente" en piedra.

En el restaurante nos sentamos lo más adentro del local, para no arriesgarnos a que nos viera nadie, y al poco pedimos.

-Y… ¿Qué tal tus hermanos? –Pregunté para romper el hielo, ablandándome mientras tomaba un trozo de pan de gamba. Adam tenía dos hermanos menores que él:

·Kevin, de siete años, era el más movido de ellos y contaba con mucho atractivo físico, disponía de un pelo liso y azabache con unos grandes ojos verdes rodeados de una preciosa piel tostada que compartía con su hermano mayor.

·Gen, el pequeño, tenía cuatro años pero contaba con una mente adulta prodigiosa y se comportaba con mucha responsabilidad. Tenía el mismo aire indio y unos grandes y penetrantes ojos azules que se asomaban por debajo de un flequillo largo y recto igual de negro, con la misma piel morena que los caracterizaba, evidentemente.

-Bien. Igual que siempre: Kevin provoca destrozos y Gen se disculpa –Dijo riendo por lo bajo.- Se complementan. ¿Y Sarah?

Sarah es la pesada de mi hermana menor, tiene la misma edad que Kevin y cuenta con un largo pelo liso y negruzco, con afilados ojos castaños. Yo he sacado el pelo rizado de mi madre y los ojos azules de mi padre. Sarah los ojos de mi madre y el pelo de mi padre, y ya basta de descripciones o me voy a volver loco.

-¡Bien…! –Exclamé alargando la E, con refresco en mano, adoptando un tonillo infantil que pareció divertir a Adam-. Sigue entrando en mi habitación y robándome cosas cuando le sale de las narices. ¿¡A que es un espant… encanto de cría?

Se puso a reír con ganas ante mi sobreactuación y pude apreciar con gran sonrojo un esfuerzo por no levantarse de la mesa y hacer un ademán de besarme. No sé como tomarme esto, como una telenovela pegajosa o como una disgustante película de terror. Unos segundos después, en medio de un silencio para nada incómodo, el camarero trajo el pedido.

Siguieron pasando los minutos, y nos pusimos a comer dándonos verdadera cuenta de lo hambrientos que estábamos. No tardamos en terminarnoslo todo, y conectando con mi mirada pidió la cuenta.

-Eh… -Empecé yo, sin saber qué hacer. En mi cabeza parecía tomar forma, cada vez más, la idea de que en cualquier momento entrara por la puerta alguien que nos conociera a alguno de los dos o a ambos; sin embargo la profunda mirada de Adam eclipsaba todo pensamiento negativo que asomara por mi mente-. ¿Y después de comer? Yo paso de vagar como un espectro por la ciudad ni mucho menos volver a mi casa.

Sonrió de medio lado, al parecer sin llegar a entender (Gracias a Dios) que la verdadera razón por la que no quería dejar el plan era simplemente que no quería separarme de él… aunque me doliera en el orgullo tal acusación de dependencia.

-Um… Ya nos dejaremos llevar –Susurró guiñándome un ojo. Cosa que me descolocó bastante dada su aparente seriedad y el hecho de no conocérsele vida amorosa. Um… ¿Sería aún virgen? Sonreí ante tal idea, muy tentadora, porque eso explicaría que se contuviera tanto (Mentira, él NO se contenia en absoluto por ser virgen o no, se contenia para evitar una torta por mi parte... Estoy seguro de ello).

-A tu bola. –Me apoyé con los codos en la mesa, acercándome a su lado de la mesa y adoptando un tono de voz conspirador-. Yo te sigo.

Pareció querer contraatacar, pero sin encontrar las palabras adecuadas. En ese momento llegó el camarero con la cuenta y Adam pagó. Cuando salimos vi que me dirigía muchas miradas:

-¿Ocurre algo? –Pregunté, para disimular cuanto me gustaba que me mirase tanto, esperándome otra excusa para salir del paso. Pero no.

-No llevas gorro –Contestó entre risas. Me palpeé la cabeza esperando encontrarme con el tranquilizador tacto de la ropa, pero solo pude encontrarme con una alfombra de rizos.

Me volví pálido (más de lo que lo era ya) pero fingí una indiferencia que no coló muy bien:

-¿Y?

-No, nada. Solo me ha hecho gracia puesto que tienes las raíces muy claras… -Me miró con solemnidad a los ojos y preguntó retóricamente:- ¿Cuánto hace que no te has vuelto a teñir?

Me quedé sin palabras, literalmente. No pude decir nada y solo notaba un gran escozor en mi cara que preferí ignorar, para evitarme una mayor vergüenza. Ante ello solo rió.

-No te preocupes, guardaré tu secreto –Juró-. Pero no me lo esperaba, lo admito.

Me crucé de brazos y desvié la mirada, fingiendo una fortaleza que no poseía. Me sentía desvalido y extraño al descubrir que lo único que impedía que me ablandaran era una simple cuestión genética. Eso me enfureció.

-¡Yo no me preocupo! ¡Lo sabe mucha gente! –Mentí, traicionado por mi voz vencida, prácticamente rota, y el exagerado volumen que había adquirido, como si estuviera a punto de ponerme a llorar histéricamente.

Me pasó un brazo por los hombros y me envolvió en una especie de abrazo que me obligó a olvidar por un segundo que estábamos en medio de la calle.

-Vale, no llores –Lo miré con cara de odio nada más dijo eso, y me lo arranqué de encima de un golpe; el cuál él recibió, nuevamente, riendo.

Empecé a correr con toda la intención de que me persiguiera, y no hizo falta hacerle de rogar. Yo ya de por sí tenía las piernas largas, pero él me superaba en trozo, así que no le costó mucho llegar hasta mí y agarrarme. Me acogió rápidamente con un abrazo trasero y me frenó levantándome del suelo.

-¡Ah! ¡No! ¡Suéltame! ¡Policía honrada que me quieres tanto, ayuda! –Dije de un modo muy teatral, y Adam soltó otra carcajada, dejándome de nuevo en el suelo.

-¿Quieres ir a la bolera? –Preguntó de repente, con la expresión propia de la Virgen María al saber que había sido "milagrosamente" embarazada por un supuesto ángel (o Dios, depende del cuento).

-¿¡Bolera! –Repetí, con expresión de terror-. Bueno, está bien, pero te advierto alejarte si no quieres que te dé con el bolo. Y eso no significa ponerte detrás de mí, porqué también puedo darte sin quererlo.

-¡Bien! ¡Ya tenemos nuevo plan! –Exclamó, iluminado. Algo que duró poco-. Pero, oye, ¿No deberías avisar a tus padres?

-Ya te dije que no. Estoy la mayoría de las horas diurnas fuera de casa y sin dar señales de vida –Suspiré.- ¿Tú?

-¿Yo? –Preguntó, sin saber muy bien de qué hablaba, al segundo lo entendió, al ver mi mirada resignada-. Ya lo he hecho. Me ha bastado con decirle a mi madre que "estaría con un apuesto muchacho y que no me esperara despierta" –Dijo entre risas.

-Ja, ja. Muy gracioso –Lo miré con los ojos entornados, de reojo, y sin poder evitar un pequeño rubor (Dichosa piel sin melanina).

-Que no, en serio –Dijo, aún sin borrar una sonrisa humilde- Se lo he dicho tal cuál.

-¿Y qué te respondió? –Solté con los ojos muy abiertos, sin poder evitarlo, empezando a creérmelo.

Rió, de nuevo, y respondió:

-Me deseó suerte.

-¿Y… ya está? –Pregunté, desilusionado, imaginándome alguna especie de recriminación ante la supuesta (aún no quería hacerme falsas ilusiones) homosexualidad de su hijo. Hay mucha gente anclada en la edad media, y yo lo sé mejor que nadie, que soy el primero que se acusa.

-Sí –Dijo secamente, aún riéndose de mi espontánea ingenuidad, y casi leyéndome el pensamiento-. Mi madre está muy acostumbrada a ello. Trabaja como monitora en terapias de grupo y muy a menudo salen complejos de orientación sexual y discriminación, por lo tanto digamos que el trabajo se le mete hasta en casa.

-No le sorprendió entonces… -Cavilé en voz alta-. ¿Y cómo se lo dijiste?

-No lo hice. Se lo esperaba de mí. Nunca he tenido ningún complejo así que pasaba de fingir nada. Mi madre es muy inteligente, ¿Sabes? Así que ya lo intuyó la primera vez que vio que me comportaba… diferente a los demás, y eso fue hace mucho.

No lo dejé entrever, pero me parecía muy majo que hablara tanto.

-Yo no noté nada la primera vez que te vi, empiezo a planteármelo justo ahora. Aunque no me hubiera extrañado que me dijeras que lo eres porqué así me hubiera explicado que seas siempre tan frío…

Las últimas palabras parecieron descolocarle, así que tuve que aclarárselo:

-…en público –La palabra no fue la más adecuada pero pareció entender a lo que me refería.

-Ah… Yo tampoco lo hubiera sospechado nunca de ti –Exclamó riéndose.

-Ya… No eres el único –Susurré desviando la vista, avergonzado.

-No has "salido del armario" –Aclaró, sin un ínfimo gesto de sorpresa-. No me extraña; te veo muy capaz de besar a una mujer sólo para mantener las apariencias.

Lo miré con resentimiento, aún sabiendo que tenía razón. Sí, era muy capaz.

Me encogí de hombros, no sabía que decir. Llegamos al poco a la bolera sin decir una palabra, pero no estábamos en medio de ningún silencio incómodo, simplemente meditábamos.

Luego dentro y después de pagar (Como no), entramos.

-Bien, te toca –Me dijo, aún divertido por saber el número de pie que yo usaba, más pequeño de lo normal, y por lo cuál le eché el zapato encima- No te preocupes, yo te enseño.

-Ahora sí que estoy asustado –Dije con una media sonrisa, no muy seguro de lo que podía destrozar esa vez. Segundos después ya no pude pensar en nada más, se puso detrás de mí y me agarró la mano que cogía el bolo, susurrándome instrucciones con un tono que difícilmente un entrenador usaría con su alumno, y guiando mis movimientos conseguí echarlos todos a bajo de un golpe, pero más que nada por el hecho de no oponer resistencia, como un peso muerto.

-¡Bien! –Exclamó, victorioso- Me toca.

Agarró uno de los bolos, bastante más pesado que el que había cogido yo, y lo lanzó sin apuntar, pero logrando un buen strike.

-En serio, debes tener un buen pastón para tener tanta práctica –Dije, admirado.

Apenas se giró.

-¿Por qué? –Preguntó, sin hacer desaparecer su sonrisa.

-¿Te pasas mucho por aquí o tienes un instructor privado?

Rió de nuevo:

-Prefiero lo primero.

-Entonces seguimos igual: tienes mucha pasta. A lo mejor acepto tener algo contigo sólo por conveniencia –Dije a carcajada limpia, que él aceptó de buen grado y sin molestarse lo más mínimo.

-¿Sólo por conveniencia? Uf… Me deprimiré.

Reí de nuevo. Empezaba a acostumbrarme a sus frases subidas de tono, y estaba descubriendo lo mucho que me gustaba que las dijera fijándose en mí.

-¿Me dejarás seguir viéndote o la tregua sólo sirve para hoy? ¿Crees que debería aprovecharte al máximo? –Dijo, saltando al barranco, mientras aprovechaba mi turno para hacer otro strike.

-Um… -Aparenté una sobreactuada concentración para hacerle perder el tiempo esperando una respuesta que yo tenía muy clara. Respondí fingiendo un gran esfuerzo por mi parte:- Supongo que puedo darte otra oportunidad, total, como tú dijiste: No pierdo nada.

Pero en realidad sí que podía perder mucho, y ambos lo sabíamos. Esa incipiente confianza por nuestra parte podía salirnos muy cara… sobretodo a mí.

Después de un rato nos fuimos de la pista y nos dirigimos a la cafetería de la bolera, donde nos propusimos cenar (Ni tan siquiera había notado el paso de las horas, en el chino probablemente nos tirásemos tres o cuatro. Ya ni te digo en la calle).

-No sueles comer mucho, ¿verdad? -Dijo, juzgando por mi flaca figura y por lo poco que pedía.

-No mucho, lo admito, a no ser que tenga mucha hambre –Reconocí, y casi al instante Adam me metió una patata en la boca.

-Pues empieza a engordar, que es más sano –Rió de nuevo. Su humor no tenía límites.

-Sí. Sobretodo con patatas fritas –Contraataqué con parsimonia, echándole en cara su dudoso sentido de lo saludable.

-Pues entonces toma más el sol –Propuso-. Si quieres te acompaño a la playa, así tengo la oportunidad de verte en bañador.

-No creo que consiguieras mucho, es genético –Le recriminé, mofándome-. Además yo paso por las tres fases del ser pálido como un copito de nieve, quedarme rojo como una gamba y pelarme como un plátano... Seguidamente vuelvo a ser el copito de nieve.

-Ya te vale. –Dijo, melodramático y (evidentemente) entre risas, dándole un sorbo a su refresco. Me hizo soltar una risilla que, al momento, provocó que me odiara a mí mismo.

-Tendrás que aguantarte con mi cadavérica imagen –Y solté una risa malévola propia del Duende Verde. Ahora el que rió fue él, pero con el ínfimo detalle de que no pareció odiarse a sí mismo, no sé si por una buena hipocresía o simplemente porque no.

-Sufriré las consecuencias –Dijo, divertido, sin imaginar que por mi cabeza volvía a asaltarme un viejo tema: ¿Qué ocurriría si llegaba a pasar algo entre nosotros?

-"No tendremos más remedio que sufrirlas" –Pensé, aún sabiendo que podía evitar cualquier suceso que pudiera ocurrir. Pero no quería-. "Ni de coña".

-¿Te encuentras bien? –Preguntó, ladeando la cabeza y sacándome de mis cavilaciones.

-Sí –Respondí secamente-. Pero… ¿Estás seguro?

-¿De qué?

-De… O sea, ¿Vas en serio? -Pregunté con una involuntaria exasperación, levantando las manos pero sin levantar los codos de la mesa.

Entrecerró los ojos en señal de comprensión y dijo:

-¿Te refieres a si te voy detrás?

Me avergonzó, pero asentí con decisión. Sonrió de medio lado y se levantó sin responder:

-¿Vamos?

-¿Adónde? –Pregunté, molesto.

-A dar una vuelta por la ciudad, ya ha anochecido y los parques están preciosos –Explicó, orgulloso-. Además, no habrá riesgo de encontrarnos con esos gamberros a no ser que nos metamos en algún pub.

Supe que se refería a Seven y a sus esbirros, y ahora también irían a por mí.

Empezamos a andar hacia la salida y bajando las escaleras nos encontramos frente a frente con una chica menuda y regordeta, morena, de ojos claros y con una pecada piel rosada, que nos saludó enérgicamente:

-¡Hola! ¡Cómo estáis! –Exclamó sin reparar a la escasa proximidad que mantenía el chico de mí.

-Hola, Sandra –Saludó el otro sin mucha emoción, algo en que la chica no llegó a avistar-. Lo lamento, pero tenemos que irnos.

-Ah –Murmuró, desanimada-. Bueno, no pasa nada. ¡Mucha suerte!

La desviamos, y ella desapareció por el hueco de la puerta antes de poder acabar de bajar los peldaños.

-Pobrecilla… -Murmuré, y al momento me tapé la boca con las dos manos, sin creerme lo que acababa de decir.

Adam me miró, sin entender mi comportamiento, y así lo prefería, la verdad.

-¿Te encuentras bien? –Ya empezaba a hartarme de que me preguntara eso todo el rato, pero no me molestaba en absoluto que se preocupara por mí, así que me limité a contestar:

-No –Fingí molestia-. Me estás cambiando.

-¿A qué te refieres?

-¡A que yo no soy así! –Exploté. Pero sabia que no estaba enfadado con él sino conmigo mismo-. ¡No estoy acostumbrado a lamentarme de las cosas que hago o a compadecerme de los demás! ¡Menos a sentirme como una puta Barbie cada dos segundos!

-Eso es que eres humano –Dijo divertido. Pero, asombrosamente, sus risas no me irritaron, es más, me calmaron en gran medida.

-Pues prefería seguir con las costumbres de mi naturaleza alienígena –Murmuré, sin borrar aún de mi cara una expresión enfadada.

Rió de nuevo. Y ya me estaba empezando a acostumbrar a sus carcajadas, y, ¿sabéis qué? Me gustaban.

-¿Te has peinado esta mañana? –Preguntó, para romper el hielo, cuando ya estábamos en la calle. Había pasado un rato en el que ambos cavilábamos en nuestros respectivos pensamientos; y lo agradecí: los míos empezaban a abrumarme.

-¿Eh? Pues… no, ahora que lo dices, no –Respondí, rememorando todos y cada uno de los movimientos que efectué por la mañana.

-Lo suponía –Dijo sonriendo de medio lado.- ¿Sabes? No quiero ni imaginar como empeoraría tu mala leche si fueras una mujer embarazada.

Entendí la ironía y yo reí también:

-¿Embarazada de quién?

-Bueno… -Se me acercó y me levantó la barbilla para poder mirarme a los ojos.-. En el caso de que me gustaran las mujeres… Y en el caso de que te dejaras… A lo mejor podría ser yo quien te obligara a ir por ahí agobiada por las contracciones y cargada de hormonas.

Cada vez lo veía más claro. No me había contestado la pregunta pero estaba clara la respuesta: afirmativo, querido lector. Y sentía un… "extraño éxtasis de felicidad" dentro de mí, o lo que es lo mismo, me hacía una jodida y desgraciada ilusión que no comprendía.

Me soltó al ver mi tímida sonrisa, y esbozó otra completamente distinta, victoriosa:

-Guay –Susurró agarrándome suavemente la mano.

-¿Sabes que Leonardo Da Vinci tenía cadáveres en su casa para estudiar el funcionamiento de los músculos? –Conté, sin mucho sentido para tratar de romper el hielo. Me miró con perplejidad ante tal cambio de tema, y preguntó:-

-¿Cómo sabes eso? –Preguntó, con los ojos muy abiertos.

Notó la interrogación en mi rostro. Empezó a interrogarme con preguntas como si tenía algún profesor particular. No logró sacarme nada y lo dejó correr.

Llegamos pronto a mi casa, ya empezaba a estar profundamente cansado, me lo había pasado bastante bien pero ya empezaba a estar incómodo viendo como me comportaba: sin fastidio ni desprecio en la voz.

Empecé a asumir que, lentamente, ese chico sí que me había influido en gran medida con el hecho de dejar de estudiar… Porqué yo antes no era así, no solía ir con bandas callejeras ni sentía la necesidad de ponerme ni gorritos ni de teñirme el pelo de moreno, pasaba de mis complejos de menudez y, aunque conservaba un carácter introvertido y siempre buscaba no llamar la atención conservaba unos amigos que de seguro me estarían echando de menos en ese preciso instante.

Me acordé de Coco, mi mejor amigo. Siempre había sido muy tolerante, todo un antítesis respecto a mí: extrovertido, alocado… (más bien alocada, cuándo le conocí ni tan siquiera sabía que le gustasen los hombres (Casualidades de la vida, ¿eh?)... Aunque es realmente afeminado) todo lo que yo siempre quise ser. Siempre iba diciendo que me echaba de menos, y yo siempre acababa mandándole a la mierda. Sin embargo jamás hubo nada, solo amistad; y me alegro de que fuera así.

-Oye -Oí la voz de Adam detrás de mí, dándome cuenta de que me había quedado quieto justo delante de mi puerta.

-Ah... perdón. Adiós -Me volteé para girar la llave dentro de la cerradura cuando noté dos grandes y fuertes manos en mis caderas. Con curiosidad dejé que me diera la vuelta de nuevo, y me plantó un sublime beso en la boca. La sorpresa fue general, mientras yo mantenía mis ojos abiertos al máximo el otro también lo hacía. Un notorio sonrojo se adivinaba en su rostro y pude llegar a pensar que a lo mejor no había pensado mucho antes de actuar.

Se separó con suavidad, sin saber si disculparse o esperar a que le golpeara:

-Perdón... -Susurró finalmente, en un hilo de voz. Ni tan siquiera me soltó la cintura-. Puede... que me haya dejado llevar por mis... ¿instintos?. -Forzó una pequeña sonrisa, intentando quitarle tensión al ambiente, mientras yo permanecía en silencio sin acabar de situarme muy bien.

-Instintos... -Murmuré sin estar completamente en este mundo, viendo de refilón como su vergüenza crecía. Lo siguiente no lo planée, simplemente dejé que mi locura fluyera: Notando que aún me sujetaba, alcé las manos y acaricié sus mejillas, viendo como su mirada cambiaba a adquirir unos tonos de ingenuidad e incomprensión, que parecían delatar sus pensamientos.

Sonreí, imaginandome que debía estar confundido entre el deseo y la desconfianza al pensar que a lo mejor quería darle un cabezazo. Le hice inclinarse, poniendome de cunclillas y pegando, sin apenas pensarlo, mi cuerpo al suyo. No se hizo de rogar, en un momento poseyó completamente mi cintura y me besó potentemente, mordiendo suavemente mis labios y dejando que colara mi lengua en su boca.

El ambiente se caldeaba por momentos, en pocos segundos la dulzura del momento dio paso a la procupación de sentir algo palpitar dentro de nuestros pantalones.

Me abracé a su cuello, jugando con su lengua apasionadamente agarrando su pelo, notando como el otro pasaba sus manos por debajo de mi sudadera. Sentía la brisa helada de la noche y me estremecía, aunque no tenia muy claro si por el frío o por lo que en ese momento captaba mi atención con totalidad.

De repente noté que el otro se reía, momentos después la risa nació también de mi garganta y noté cosquillas en mi torso.

Ni puta gracia.

No. De echo le empujé, sintiendome como un juguete. Le pegué una patada en la espinilla mientras abría la puerta, seguidamente cerrándosela en los morros.

Me dirigí a la cocina, aún oyendo las disculpas del otro en el exterior.

Estaba muy enfadado. No. Cabreado. Ésa és la palabra. Miré en los estantes de la cocina con histéria, acabando por observar fijamente el frigorífico. Lo abrí, rebusqué entre el pescado congelado y las verduras, acabando por palpar con ambas manos una tarrina enorme de helado.

Me senté en el sofá, con las piernas cruzadas. Iba a comermelo, entero. Estaba por estrenar pero tenia muchas, muchísimas ganas.

Aunque antes... antes miré a mi entrepierna: eso no podía quedar así.

Inconscientemente me mordí el labio inferior, percatandome por primera vez del rubor que aún se alojaba en mis mejillas. Después de una experiencia así, aunque no quisiera sabía en quien probablemente pensaría mientras, y en quien finalmente acabé pensando.

Dejé la tarrina de helado encima de la mesita de vidrio de la salita y me dirigí al baño pensando que debía haberme vuelto condenadamente loco.

Con ese pensamiento me dejé caer dentro de la bañera, y estuve dentro lo que me parecieron ser horas.

Y de hecho, lo fueron.

Al día siguiente me desperté con golpes en la puerta y voces femeninas pidiendome a gritos que abriera la puerta. Me levanté, notandome la piel de los dedos blanda y arrugada. El agua estaba helada; me había dormido. Aún me parecía increíble no haberme ahogado cuando salí del baño con una toalla en la cintura y goteando, probablemente también con cara de zombi.

Ignoré toda reprimenda y me metí en mi cuarto justo cuando sonaba mi despertador. Confuso miré dicho aparato y contemplé con asombro que eran las siete de la mañana, y lo mejor es que no recordaba haber puesto ninguna alarma.

Salí peinandome con un cepillo que, aún siendo de plástico, llevaba desde que era bien pequeño soportandome los incontables tirones y nudos que mis rizos le proporcionaban como si fueran acero. Después de vestirme con unos simples vaqueros y una camiseta, claro.

Mi madre me miró cuándo entré en la cocina, se le había pasado el enfado y ahora sus ojos reflejaban algo parecido a un "Te lo pasaste bien anoche, ¿eh?". Fue entonces cuándo comprendí que ella fue quien me puso el despertador, y también que nos estuvo espiando por la mirilla de la puerta. Ignorando eso, estando demasiado cansado cogí un paquete de galletas y antes de salir de la habitación la oí decir:

-Alguien te ha llamado preguntando por ti. Era un chico. Parecía muy alterado, si le llamas ahora probablemente no se queje.

Me fui a la salita en busca del teléfono, sin imaginarme quien podía ser dada mi somnolencia, cuando vi la tarrina de helado. Abrí los ojos de par en par, abriéndolo y relajándome cuando lo vi intacto, percatándome en ese instante que hacía mucho frío. Cogí la tarrina, la metí en el congelador con rapidez (no fuera a ser que se fuera a derretir en veinte segundos), y miré la pantallita del teléfono inalámbrico. Como me imaginaba, no lo conocía. Poco a poco fueron volviendo los recuerdos de la noche anterior a mi mente y con ellos mi enfado.

Colgué con fuerza el aparato en el cargador y me fui con paso firme a mi habitación, metiéndome un par de galletas en la boca y cogiendo el abrigo. Seguidamente, salí por la puerta, airado, sin despedirme de nadie.

Mi enfado no mengüó ni después de quince minutos andando por la calle, ignorando el fuerte viento que me azotaba y metiéndome por la puerta del instituto, como siempre abierta de par en par. Caminé por los pasillos con agilidad, con un mapa dibujado en la mente. Justo cuando estaba a punto de tirar la puerta de su clase al suelo oí una voz familiar detrás de mi:

-¿Eli? -Me giré y lo vi, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Me miraba con sorpresa detrás de su flequillo pintado de lila.

-Coco -Abrí los ojos de par en par, imaginandome que le habrían expulsado de clase.

Se puso de pie, haciendo que le llegara por la barbilla. De repente esbozó una enorme sonrisa y dijo, feliz:

-Creí que no volvería a verte, ¡bastardo!

Se abrió la puerta de la clase de golpe, y yo corrí a esconderme detrás de una columna. Casualmente, Adam fue quien salió, parecía muy amargado y el profesor intentaba separarle de otro alumno, ambos dando voces y apenas entendiéndose el uno al otro. Se le veía muy molesto y... arrebatador. Me lo pareció muchisimo. Verle tan cabreado, como un animal salvaje defendiendo su territorio, me parecía condenadamente sexy. Olvidé todo mi mal humor inicial, pasando a observar su comportamiento atentamente, con los labios levemente entreabiertos.

-Oh... Dios... santo... -Murmuré, de forma prácticamente inaudible, y sin tan siquiera darme cuenta. Con un último empujón el profesor sacó a éste fuera de la clase, haciéndo todo lo posible para mantener al otro dentro. Adam rebufaba y parecía que iba a golpear a alguien en cualquier momento... Jamás le había visto así, y la simple idea de que existiera un carácter así debajo de esa mirada afable y cariñosa era, definitiva y completamente fascinante.

-Hola, Adam -Le saludó agradablemente Coco. No parecía afectarse mucho ante tal escena, pero si parecía levemente sorprendido dado que, aun sin ser la primera vez que veía algo así, jamás había visto al castaño implicado en ello.

-Hola -Respondió secamente el otro, cerrando los ojos con fuerza y apretando con la palma de la mano su frente.

-¿Sucede algo? -Preguntó el chico, sentandose de nuevo en el suelo- No me cuentes qué ha pasado con ese idiota, cuéntame la verdad.

-¿Eh? -Adam pareció tranquilizarse un poco ante la ignorancia de la naturaleza de esa pregunta. Se fijó en su sonrisa y no perdió detalle, por lo que se percató de un guiño y una fugaz mirada a una columna-.

-A lo mejor eso te alegra el día, creo que vino a verte -Dijo, sonriendo.

Al oír eso me alarmé, sin saber a qué diablos se refería. Cuándo vi que el mayor miraba en mi dirección supe que tenía que comportarme como siempre había hecho, una vez más: Escapando. Así lo hice, empecé a correr en dirección contraria.

-¡Eh! -Sabía que el chico me perseguiría, pero tenía la absurda esperanza de que no lo hiciera. Cuando oí ese grito corrí más rapido, resbalé con el suelo, giré una esquina y me empotré de lleno con una pared. Se ve que no conocía ese recintro tan bien como pensaba.

-Auch... -Me arrodillé en el suelo, apreténdome el tabique con ambas manos fuertemente justo cuando noté que se arrodillaba a mi lado con preocupación.

-Eli... ¿estás...? -No pudo terminar la frase, en un momento su mejilla ardía y mi mano abierta yacía encima de ella.

-Imbécil... -Me dolía la nariz, mi voz sonaba nasal y me sentía dolido por dentro. No quería mirarle, pero dos de sus dedos tomaron con firmeza mi mentón, alzando mi rostro y obligándome a mirarle.

-Lo siento -Tenía una sombra de dolor en el rostro por la bofetada, me pedía perdón con su mirada y una extraña inseguridad en ella me hizo abrir los ojos.

El recuerdo de su enfado, sumado al beso de la noche anterior, y ahora esto... Ni tan siquiera sé porqué dije lo que dije, a lo mejor fue todo el montón de sensaciones relacionadas con ese chico, pero aunque trate de convencerme de ello sé que jamás me arrepentiré de ello:

-Hazme el amor, Adam.

Su cara de "Oh, Dios mío" no fue nada en comparación con la cara que puso después. El moreno estaba seguro de haberlo entendido bien, ahora estaba intentando descifrar si eso fue una broma retorcidamente vil o hablaba en serio. Pareció volverlo a intentar cuando se percató de que estaba completamente relajado.

En realidad no había ido hasta allí para decirle eso, simplemente quería meterle una paliza por haberse atrevido a llamarme, después quería echarle una reprimenda y enterarme de como había conseguido mi número, más tarde quería simplemente mirarle desde las sombras, y un montón de matices más hasta llegar a la frase que pronuncié segundos antes.

-C... ¿Cómo?... -Su voz temblaba, no estaba nada horrorizado. Su expresión era más bien la de alguien que acaba de ver algo con sus propios ojos que siempre creyó que era un cuento chino, una leyenda, o simplemente un sueño.

-¿Acaso no me oíste? -Lo dije con una seguridad que realmente no sentía, sin saber que hacer después, esperando que Adam fuera el primero que metiera la pata.

Gracias a Dios así fue, se quedó balbuceando como si de un pez se tratase y dejó que me pusiera de pie. Lo había dicho realmente en serio, mucho, quería que lo hiciera y me moría de ganas. Sin embargo mi vergüenza pudo conmigo una vez más. Le miré una última vez, pudiendo por fin mirarle hacia abajo. El moreno me observaba con los ojos muy abiertos, sin llegar a entender muy bien qué diablos estaba pasando y donde estaba la cámara oculta.

Le sonreí con suficiencia, me agaché un poco y le besé suavemente los labios, seguidamente me incorporé y andé hacia la salida sin mirar a atrás. Aunque no me quedé así andando en plan Terminator con una explosión de fondo (Cosas mías, ni caso); cuando desaparecí de su vista empecé a correr como alma que lleva al diablo calle abajo, siendo el ejemplo perfecto para que una madre dijera a su hija algo como "Estos son los peligros del mundo de hoy, definitivamente no puedes salir sola de casa".

Miré mi reloj de pulsera mientras corría, atravesando la carretera siendo por poco atropellado por una camioneta (cuyo conductor se encargó de hacerme saber a gritos que era un gilipollas... y le doy la razón) y dándome cuenta que no había estado ahí más de diez minutos. Llegué a casa y abrí la puerta de un manotazo, cerrándola de una patada y tirándome al suelo sentándome sobre mi orgullo, escondiendo el rostro entre mis rodillas.

-Oh, Dios santo... Oh, Dios santo... Oh, Dios santo... -Y así por lo menos quince veces más.

Noté que algo se interponía entre la luz que entraba por la ventana del pasillo y yo, me atreví a levantar la mirada y ver a mi hermana Sarah mirándome con curiosidad.

-¿Qué quieres? ¿Acaso no tienes colegio hoy? -Murmuré con la boca aún tapada por mis tejanos, con un notable rubor en el rostro que me delataba.

-Estoy enferma -Contestó con su voz aguda, sonriéndome triunfante tirando de la camisa de su pijama como muestra.

-Mentirosa...

-Tú no vas nunca, así que no sé de qué te quejas -A veces me pregunto de donde saca esta cría estas contestaciones tan tajantes-. ¿Qué te pasa? -Preguntó, mirándome de arriba a abajo.

-Nada -Aparté la mirada, dándole a entender un algo realmente estúpido.

-¿Mamá te dijo que había llamado un chico?

-Sí.

-¿Y que preguntaba por tí?

-También.

-¿También dijo que éste suplicaba que porfavor le perdonases por haber arruinado la escena romantico-sexual de ayer por la noche a las 2:12?

-¿¡Cómo coño sabes tú eso? ¿¡Y de dónde sacas esas palabrejas? ¡Contesta! -Me levanté de golpe, rabioso. Ella empezó a correr riéndose.

-¡Mamá! ¡Eli quiere pegarme! ¡Y es un pervertido en poténcia!

-¡Ni se te ocurra dejarla ver la tele si tan mal se encuentra! -Grité, en dirección a mi madre, que debía estar en alguna zona de la casa haciendo camas o planchando ropa.

Seguidamente salí de nuevo por la puerta, olvidándome de la vergüenza inicial, y muriendo por dentro deseando no haber hecho eso.

-Hola...

-Joder... -Murmuré, al tener que levantar la cabeza para mirar a ese sujeto- ¿No podías esperar aunque fuera un poco?

-Me expulsaron. Así que si tengo que morir cuando llegue a casa prefiero hacerlo feliz.

-Antes tendrás que invitarme a salir de nuevo -Lo dije para escapar un poco, y funcionó. Vi como Adam sonreía.

-Genial.

Me dio igual ya lo que pasara, le miré a los ojos y él me devolvió la mirada. Pasaron unos segundos en silencio en los que casi parecía que hicieramos una batalla de miradas porqué acabé esbozando una sonrisa.

-Eli... oye... -Dijo él, sin reírse pero tampoco sin borrar aún su tímida sonrisita.

-Dime.

-Quisiera... intentarlo de nuevo. Sé que técnicamente no lo dijiste pero... me gustaría que me dieras otra oportunidad -Esta vez sí borró su sonrisa, avergonzado y apartando la mirada.

-A ver, idiota... -Suspiré, le miré y él me miró. Bajé la voz solemnemente, acercándome, y murmuré-. ¿Acaso no te he dicho ya que sí?

Su sonrisa volvió, y su risa también. Eso provocó que mi sonrisa se ampliara, y que me tomara por la cintura, cargándome. Me agarró con la cura con la que se sujeta a un bebé y mi miró directamente, dejó que acariciara sus mejillas con unas manitas mucho más pequeñas que las suyas, y que besara sus labios con suavidad, haciéndome olvidar todo malestar y prejuicio. Cerró los ojos con lentitud, acariciando mi espalda con una de sus manos, respondiendo a los besos con dulzura.

Por primera vez me sentía realmente bien, era una sensación fascinante y no quería dejar de sentirla. Mi rabia característica fue apartada para dejar paso a un Eli que ni tan siquiera yo conocía. Acariciando esa piel, besando ese rostro, siendo intimidado por esos ojos y notar como, sin tocarme, ese chico era capaz de hacerme estremecer. No parecía importarle en absoluto mi brutalidad, tampoco mi escasa altura, se divertía jugueteando con mis complejos y mandándolos lejos, al mismo tiempo que acariciaba viciosamente mi piel y besaba mis labios, como si en realidad no le importara nada de lo que se quejaban tantos.

Los segundos se perdían como si fueran los granitos en un reloj de arena, cayendo con suavidad y sin que nadie se percatara de su caída. Los suspiros del viento parecían casi aterciopelados, y la gente que pasaba por la calle eran simples espectros. Esa sensación solo se intensificó cuando, entre uno de los besos de Adam, susurró con voz suave y modulada de manera que solo yo pudiera oirle:

-Te quiero...

Se me puso la piel de gallina, sin poder besarle debido a una extraña risa que surgió de repente de entre mis labios. No me estaba haciendo cosquillas esta vez, estaba besando mi cuello. Solté un pequeño suspiro ante ello, ya que me resultó bastante agradable, y acaricié su pelo con la yema de mis dedos.

-Adam... espera...

-¿Mh? -Me miró, preocupado por si me había hecho daño. Ante ello sonreí de nuevo.

-¿Vamos a la bolera?

...

...

...

Llegamos bastante tarde. Él abrió la puerta de su casa sin dejar de besarnos, se le cayeron las llaves al suelo y trató de agarrarlas. Como le empujé contra una pared, las dejó ahí, cerrando la puerta tras de sí mientras jugaba con mi lengua apasionadamente. Me cargó como un saco de patatas, subiendo las escaleras casi con prisa y sin encender ninguna luz, abriendo la puerta de su habitación entre risas de ambos, sin preocuparnos de si había alguien más en la casa.

La luz de la luna se filtraba por entre las cortinas de su habitación y daba de lleno en sus sábanas. Me dejó caer encima de ellas sin ni tan siquiera cerrar la puerta, me miró con deseo pudiendo distinguir mi figura gracias a dicha luz, mientras se quitaba la camisa. Estábamos un poco borrachos, pero no lo suficiente como para no saber lo que hacíamos. Volvimos a besarnos de nuevo, mientras él agarraba mi gorro y lo lanzaba contra su escritorio lleno de libros. Notaba sus manos en mis caderas, y cambiamos la postura: él se sentó en el canto de la cama, dejando que me sentara encima de sus piernas rodeando su cintura con las mías. No dejó de acariciar mis muslos en todo el rato, empezando a besarme de nuevo mientras me quitaba la camiseta y daba más terreno a sus manos para pasearse por mi piel.

No tardó mucho en pasar a besar mi torso, mirándome de reojo a contraluz, puesto que yo tenía la ventana justo detrás, abierta de par en par. Mientras dejaba escapar los suspiros de entre mis labios, acariciando su cabeza, rodeando su cuello con los brazos. Dio la vuelta, manteniendo sus pies aún en el suelo pero apoyando mi espalda en el colchón, sabedor de que mis piernas seguían amarradas a él. Tuvo que deshacer el agarre para poder despojarme de mis pantalones, acariciando una vez más mis muslos y pasando a besarlos con fervor, mordiéndolos levemente. Esta vez un gemido nació desde lo más profundo de mi garganta, acompañado con la necesidad de aferrar las sábanas y tirar de ellas.

Tomó mis piernas y las colocó sobre sus hombros, volviendo a besarme pasionalmente mientras le daba por acariciar mi pobre y nervioso amiguito sobre la ropa interior.

-N-no te creo... -Murmuré con dificultad, entre beso y beso-. No me creo que ésta sea tu primera vez...

En realidad en ningún momento lo había dicho, pero en ese instante no me sentía capaz de avergonzarme.

-Pues empieza a creerlo -Contestó con voz suave, mientras empezaba a morder mi cuello-. Tú me haces ser así.

Sus caricias me sentaban como si fueran pura electricidad, recorriendo mi cuerpo y creando reacciones como se les antojaban. Era una sensación increíble, tanto, que ni tan siquiera estaba seguro de estar ahí, de que realmente me hubiera convertido en un esclavo de la pasión y de que mi característica inseguridad realmente se hubiera esfumado... almenos momentáneamente.

Honestamente, ni tan siquiera sospechaba que fuera solo una sensación, más bien diría que era una mezcla de muchas, muchas cosas fantásticas.

Di una especie de vuelta rarísima, tirándole a él sobre la cama y deslizándome yo hacia abajo. Desabroché su pantalón, repartiendo besos alrededor de su abdomen, acabando por encontrarme con un moratón considerable en un costado. Me sentí algo avergonzado puesto que eso lo había hecho yo con una bola de bolos y un mal tiro hacia atrás.

Me bastó bajar un poco más, y hacerlo mío. Me sorprendió el tamaño, no lo negaré ni de broma, además de que hasta me resultaba... y eso sí que lo pienso negar muchas veces, rico.

Sus suspiros no tardaron en llegar a mis oídos, y yo cada vez me calentaba más. Volví a besarle, él respondió empujándome sobre el colchón y despojándome del boxer.

Notaba sus grandes y fuertes manos en mis caderas, moviéndolas a su antojo sin dejar de besarme. Tenía el control absoluto de mi cuerpo, cualquier caricia, beso o mordisco bastaba para hacerme gemir y ponerme la piel de gallina.

Se separó del beso, mirándome directamente a los ojos mientras deslizaba una de sus manos hacia abajo, haciéndome suspirar ante el contacto, y abriendo mis piernas con la otra mano, empezando a besar mi pecho.

Cerré los ojos, llevando mis manos al pelo del apuesto muchacho, sintiéndolo mientras él se entretenía con mi pequeño cuerpo.

Poco después empecé a oír el tono de llamada de mi móvil, dentro de los bolsillos de mi pantalón, en el suelo. Adam me miró de forma más bien lasciva cuando se percató que la melodía pertenecía a la canción Rape Me, de Nirvana.

Sonrió, tomó mi cintura y me miró a los ojos.

-¿Estás listo?

Lo miré casi con cara de corderito degollado, con la respiración entrecortada y completamente desnudo. Tragué saliva, puesto que ni tan siquiera habíamos planeado esto (Aunque se lo pidiera, no lo había pensado tan a fondo), y casi sin darme cuenta asentí con lentitud.

Adam sonrió, besándome de nuevo, colándome un par de dedos para "prepararme", robándome un suspiro que no llegó a oírse por el beso, ahogándolo entre lenguas, labios y suficiente dulzura. No tardó mucho en notar que ya podía empezar.

La voz de Kurt Cobain seguía dando voces en el interior de la habitación, y debajo suyo empezaban a escucharse gemidos y movimientos encima de la cama. Al principio sentí un dolor agudo que, aún siendo así, me gustaba en cierta forma. Me sentía muy estrecho y estaba prácticamente convencido de que si el moreno fuera más deprisa me hubiera desgarrado. Después de la penetración todo fue mucho más placentero, él empezó a acelerar y a ir más profundo, y pronto dejó de importarme el volumen de mi voz.

Me aferraba a su cuerpo con fuerza, notando sus manos firmemente agarrando mis muslos, cada vez se sentía mejor y la brisa fresca inicial que entraba por la ventana se transformó sin que ninguno de los dos se diera cuenta en un calor casi insoportable.

Notaba mis mejillas a punto de estallar, mis labios se habían quedado prácticamente secos y mi cuerpo estaba completamente a merced del placer. Me sentía completamente fuera de control, las posturas y ritmos cambiantes a medida que avanzaba el proceso, la velocidad creciente en busca del orgasmo. Era la primera vez que sentía algo así y aunque mi capacidad de razonar (o pensar siquiera) había disminuído notablemente creía haber perdido mi miedo a probar cosas nuevas.

En definitiva, no quería dejar de sentirlo. Esa sensación no duró mucho más puesto que, en la última postura, con las manos apoyadas en su pecho y, por decirlo así, trotando encima de él, no llegamos a oír el sonido de una puerta abriéndose (la cuál, sin duda, nos habría salvado del terrible bochorno consiguiente).

Escasos segundos después la luz del pasillo se encendió cegadoramente y una figura se asomó a la puerta aún abierta de la habitación. Al principio apenas la distinguí, puesto que era el único que estaba directamente de caras a la puerta y aún seguía intentando recuperar la vista. Por el susto evidentemente nos habíamos separado, y ahora Adam podía contemplar bastante bien la cara de sorpresa y incomprensión de su hermano menor Kevin.

Éste nos miraba a ambos aún medio adormilado, pero era consciente de lo que sucedía (al fin y al cabo, un niño de siete años aprende mucho viendo la televisión) y, a medida que pasaban los incómodos segundos se podía ver claramente como su tierno rostro iba transformándose gradualmente en una expresión de asco absoluto.

Al momento siguiente lo último que recuerdo es salir corriendo y bajar a la calle con solo los pantalones puestos y arrastrando mi ropa.

-¡Eh! ¡Espera! -Oí la voz de Adam alzarse detrás de mi.

-¿¡Qué? -Me giré y lo encaré-. ¿¡Qué quieres?

Parecía confundido delante de mi enfado, puesto que en realidad él no había tenido culpa alguna.

-Oye... -No le dejé terminar, en un momento me puse completamente histérico, tirándome del pelo, pegándole patadas a las basuras y demostrando mi amargura al mundo a grito pelado a las tres de la mañana.

-¡Mira! ¡Déjame en paz! ¡No eres más que un imbécil!

-¿¡Qué? ¿¡Por qué diablos me dices eso ahora? ¿¡Quién te crees que eres para tratarme así?

Fue un enfado completamente comprensible, pero en ese momento ni tan siquiera estaba al cien por cien seguro de a quien le estaba gritando:

-¡Cállate! ¡Esto solo ha sido tu culpa!

-¿¡Mi culpa? ¿¡Quién se puso a gemir tan fuerte como pudo?

-¡Ah! ¿¡Y eso fue culpa mía acaso? ¡No! ¡Si es que está visto que siempre soy el malo! -Repito, no sabía ni lo que me decía. Mi enfado me cegaba completamente y necesitaba buscar culpables. Él solo se defendía.

-¿¡Pero qué diablos te inventas? ¡Eso solo lo estas diciendo tú! ¡Estas como una cabra, ¿me oyes?

-¡Creído de mierda!

-¡Habló el que se pasa la vida haciéndose el rebelde!

-¡No sabes nada de mí! ¡Me piro! -Pero esa promesa nunca llegó a llevarse a cabo, cuando me giré dispuesto a dejarle con la palabra en la boca choqué sin quererlo contra algo delgado y huesudo.

Primero miré delante de mí, encontrándome con un jersey deshilachado que en un pasado debía ser de un color blanco perla, pero que hacía mucho tiempo que había pasado a gris oscuro. Fui alzando la vista a medida que mi mente asimilaba toda la información y se daba cuenta del terrible peligro que corría. El pánico se adueñó de mí en cuanto vi ese par de ojitos pequeños y negros, con ese brillo de maldad absoluta.

-Mierda... -Oí a Adam, en un hilo de voz, detrás de mí.

Di un par de pasos hacia atrás, mirando fíjamente las hojas de las navajas que brillaban bajo la luna, acabadas de sacar de unos vaqueros negros.

-Qué tenemos aquí... -Reconocí al instante esa voz, me giré al instante para ver como Seven le endiñaba un puñetazo en el estómago al moreno, que se arrodilló encorbado en el suelo agarrándose con fuerza el foco del dolor, como si se le fueran a salir las tripas-. ¿Tan pronto y ya con problemas de pareja, Eli? Realmente eres un pequeño cabroncete.

Tragué saliva, mirandole con palidez extrema notando el bulto de una pistola bajo su abrigo. Pensé que ese debía ser el final. Asimilando esto y, con un último ápice de rebeldía, murmuré:

-Que te follen...

Noté un fuerte golpe en la nuca, cayéndome al suelo y dándome en plena nariz sin tener tiempo a parar el impacto con las manos, sin casi poder moverme:

-¡Se nos puso gallito el criajo! -Era la primera vez que oía a alguno de esos dos decir algo, su voz sonaba dolorosamente aguda y macabra.

No pasaron muchos segundos antes de que empezaran a pegarme patadas, mientras yo intentaba defenderme como podía, encogido, sin poder alzarme de nuevo. Seven lo miraba todo riéndose como un condenado, tomando a Adam por el cuello y diciendole, lo suficientemente alto como para que yo lo oyera:

-Vamos a terminar lo que empezamos, ¿Qué te parece?

Una vez más hice algo sin pensar, alcé la mano y tomé la navaja de uno de ellos, clavándosela en la rodilla mientras éste empezaba a chillar. El otro, dejando de darme patadas corría a socorrer a su amigo, que en ese instante caía al suelo sujetándose la pierna sintiendo un dolor desgarrador. Aproveché esos segundos para ponerme de pie y aprovechar la sorpresa del mayor, agarrando la muñeca de Adam y echando a correr. Le solté, pero había pillado la indirecta, corriendo tanto como sus piernas le permitían hacerlo.

Segundos después, ambos yacíamos jadeantes detrás de unas obras. Nos sentíamos adoloridos por los golpes y justo en ese momento me percaté que mi nariz sangraba. Adam se dió cuenta, sacando un Kleenex de su bolsillo y entregándomelo.

-Subnormal... -Mi voz sonaba nasal y tenía la sensación, por el sabor de mi boca, que mi saliva era ahora sangre-. Me debes la vida... dos veces.

-No te pedí que me salvaras.

-¡Gilipollas! ¡Estoy en este embrollo por tu culpa! -Le miré reprimiéndole, sin intentar parar la hemorragia, pero manchando el papel de sangre dado que goteaba.

-Tampoco te pedí entonces que lo hicieras.

-Eres un desagradecido... Sabía que eras un prepotente de mierda.

-Estamos en paz, por aguantar todas tus palabrotas.

-Me largo -Me puse de pie, tirándole el papel manchado de sangre a la cara.

No intentó detenerme, me puse a andar cojeando un poco, hasta mi casa. Cuando llegué estaba a oscuras, evidentemente, y lo preferí mil veces. Sin família, sin preguntas. Me sentía un estúpido y me escocían los ojos, ¿cómo diablos pude pensar que alguien iba a poder quererme?

Me quité la ropa manchada de sangre, tanto mía como del esbirrio de Seven, y la arrojé al cubo de la ropa sucia. Me metí en la ducha, notando como la nariz había dejado de sangrarme, viendo como el agua tintada de rojo corría en espiral ansiosa por colarse por el conducto. Mi pelo estaba completamente mojado y mi cuerpo también, aunque no me molesté en enjabonarme.

Salí de la ducha a la media hora, casi resbalándome por el suelo, me miré al espejo y solo pude ver un espectro: Tenía ojeras y los ojos llorosos, su piel estaba más pálida que nunca y un pelo que parecía más encrespado de lo normal.

Me sentía sin vida, inútil.

Esa última semana había sido lo más cercano a ser feliz de lo que lo sería nunca y, por primera vez, la posibilidad de no volver a sentirme así no me gustó en absoluto. Había probado la dulzura y el cariño de algo que antes me hubiera parecido casi... ofensivo, enfermo.

Me sentía un idiota, un ignorante, un niño malcriado. Era ridículo buscar culpables cuando lo veía cada día en mi reflejo.

Andé desnudo, arrastrando los pies y dejando el pasillo perdido de agua. Sabía que estaría todo seco a la mañana siguiente, pero aunque no hubiera sido así me hubiera dado igual. Mi humor acompañaba a las lombrices bajo el suelo y mi mente estaba en las nubes, mientras mi cuerpo caía sobre la cama como un peso muerto y mis ojos se cansaban de mirar el mundo. Añoraba a Adam, y por una vez me sentía arrepentido y no por ello menos odioso. Estaba aprendiendo, sin embargo no me interesaba la idea de intentar impedirlo.

Me di la vuelta, recordando en un efímero instante una de las tantas vueltas sobre una cama que no era la mía, sin estar solo, y besando algo que no era la victoria ante un triunfo que había supuesto la derrota de otro. Me sentía humano, con todas sus debilidades, y me arrepentía de muchas cosas en mi vida. Tantas, tantas cosas...

Mis labios se fruncieron en una mueca incontrolada, mi frente marcó una arruga que inspiraba lo que mis ojos poco después narraron en silencio. Dejé que las lágrimas cayeran por mi piel y mancharan las sábanas, dejé que mi respiración se agitara y que mis cuerdas vocales pronunciaran palabras en forma de hipos y sollozos. Notaba un gran peso en mi pecho, me sentía tocar fondo y mi ansiedad augmentaba por momentos.

Seguidamente cerré los ojos, notando como mi piel se erizaba por el frío, tomando las sabanas y cubriéndome con ellas. Poco a poco, y sin dejar de llorar, me fui quedando dormido, deseando no despertar jamás.

A la mañana siguiente desperté con el canto de los pájaros y la luz del sol filtrarse por entre las persianas. Me revolví bajo las sábanas, conservando mi debilidad, y mirando las baldosas del suelo con pereza. Parecían muy frías, no me apetecía pisarlas.

Cerré los ojos, intentando volver a dormirme, abriéndolos de nuevo al máximo al percatarme de que mi móvil seguía en la habitación del otro.

Me levanté rápido, mirando la hora (sin enterarme al fin y al cabo) mientras me vestía con lo primero que pillaba en el armario: Una camiseta negra de Green Lantern... y unos simples tejanos azul oscuro. Me senté de nuevo en la cama, cogiendo unas sneakers cualquiera de color negro y un gorro de lana rojo oscuro. Me peiné, me lavé la cara y me puse el gorro después.

Me dirigí al comedor, mirando de nuevo el reloj y, esta vez sí, viendo que eran las 11:06 h. Suspiré, consciente de que era sábado, mi madre debía haber ido al centro comercial con Sarah. Abriendo la puerta de entrada noté una fría ráfaga de aire, volviendo a mi habitación y tomando una chaqueta tejana. Me la puse, y justo cuando me dirigía de nuevo a la puerta vi una figura que tarde o temprano volvería a ver. Rebufé largamente como saludo.

-¿Salías? -Me preguntó el moreno, con una tímida sonrisita.

-Qué quieres, Adam -Me crucé de brazos, pidiendole explicaciones con la mirada.

-Devolverte el móvil.

-Oh... -Miré el aparato. Sí, era lo que andaba buscando, pero sencillamente esperaba que su razón tuviera algo que ver con mi persona.

-¿Te ha desanimado mi respuesta?

Le miré con cara de odio, cansado de su tonito burlón. Sus risas empezaban a ofenderme, y cada vez creía más conscientemente que se reía de mí.

-Gracias -Le respondí sarcásticamente, tomando el teléfono de un manotazo y yéndome a mi habitación-. Lárgate, ya no necesito pasar frío.

Curiosamente, esta vez sí me siguió. Paró la puerta con el pie, evitando así el portazo:

-Sé que te ofendí... -Dijo con voz suave, frustrando mis planes de cerrar la puerta dejándole fuera.

-¡No me digas! -Le dije, hablándole como si fuera retrasado, aún tratando de cerrarla.

La abrió de un golpe, haciéndome retroceder y sentarme en la cama de la impresión.

-Porfavor, no me hagas esto más dificil... -Suspiró, cansado.

-¿O sino qué? ¿Me pegarás?

Me miró sin entender.

-¿Por qué diablos debería hacer eso?

-Tú sabrás. No hay quién te entienda. Se supone que te intereso algo por la mañana y por la tarde eres lo más frío que he visto en mi vida. ¿Qué eres acaso? ¿Un hombre lobo?

-Escucha... -Se sentó a mi lado, provocando que me deslizara en dirección opuesta cruzando los brazos-. ¿Ahora soy yo el incomprensible?

Le miré con molestia, dándome ya igual mis fortalezas:

-Sabías que siento algo por ti. Por eso te saqué de ese pollo, dos veces.

-¿Estás ofendido por eso?

-¿Por qué coño creías que me habías ofendido?

Los segundos que sucedieron a esa pregunta fueron bastante incómodos, puesto que ninguno de los dos sabía la respuesta. Yo había preguntado eso, sí, pero en realidad no quería saberlo.

-Cariño...

Lo oí pronunciar eso, le miré y me lo encontré con la misma cara que cuando me besó la primera vez.

-¿Qué has dicho? -Pregunté, queriendo asegurarme. Además, en el caso de negar haber dicho eso tendría por fin la afirmación equivalente al "he jugado contigo".

-Te quiero, Eli... -Sus palabras sonaban débiles, hablando en suspiros, pero sus ojos no se habían desviado ni un segundo de los míos-. Te lo dije ayer y lo repito ahora... Y por si te interesa... No quiero follarte, ni tener un rollo contigo. Me basta con levantarme por la mañana y que seas lo primero que vea al despertarme...: Eso me haría el hombre más feliz de la Tierra.

-Oh, por Dios, deja de mentir así... Das pena -En realidad me sentía alhagado, pero no iba a dejar que lo sospechara. Poco después noté como dos brazos me rodeaban y me abrazaban con fuerza, sintiendo la respiración lenta y suave de Adam en mi hombro. Intenté separarle, sin hacer apenas fuerza, y más tarde dejé caer mi rostro en su hombro, más o menos a la altura de mi frente-. ¿Por qué creías que estaba enfadado?

-Creía que en realidad lo único que había hecho era confundirte.

-No te entiendo...

-Creí que no querías nada conmigo, y por eso te habías ido corriendo.

-Eres un imbécil, eso no tiene ningún sentido.

Ahí acabó la breve conversación, dejé que me abrazara y yo respondí rodeando su espalda dificilmente con mis brazos. Noté que acariciaba mi nuca con cariño, y no me molestó en absoluto. En pocos segundos, mi depresión inicial había desaparecido completamente, y entonces fue cuando no me molestó tomar sus mejillas y besar sus labios con suavidad.

No dijimos nada, simplemente sabíamos que queríamos continuar lo que dejamos pendiente. Me acostó en la cama con lentitud, profundizando ese dulce beso con la dulzura de una gota cayendo por una superfície de metal. No dejamos de besarnos dulcemente en todo el rato y, igual que en la noche anterior, la ropa empezó a sobrar pronto. Esta vez ninguno de los dos había bebido, pero igual que horas antes el cabezal de la cama me sirvió para agarrarme con fuerza, las sábanas eran igual de inútiles y molestas, y las caricias eran el mayor placer del universo. La locura se adueñó de mí muy pronto, y lo único que lo diferenció de la última vez fue el clímax. Sentí como si el corazón se me detuviera, noté todos los músculos de mi cuerpo contraerse hasta extremos prácticamente dolorosos y como todas las preocupaciones se desvanecían.

Adam tardó un par de segundos más, pero acabamos agotados por igual. El moreno, unos segundos después, me abrazó y besó mi cuello aún con la respiración costosa. Dejé que lo hiciera y, de un momento a otro decidí replantear mi vida al completo. Respondiendo a su abrazo, besé su hombro y sonreí. Todo iba a cambiar, excepto lo de casarme, eso sí que no pensaba hacerlo.

Hoy, escribo esto desde mis treintaydós años, casado con un hombre maravilloso llamado Adam y trabajando en una guardería... Si es que soy idiota.