Era una mañana como cualquier otra en la parte más fría del invierno. Afuera nevaba con fuerza. Era la clase de clima crudo que te hacía querer quedarte en cama todo el día, viendo una maratón de películas con un recipiente repleto de palomitas de maíz, y quizás un litro de helado. Ella en efecto estaba en la cama, pero no tenía el control remoto del televisor a mano, ni palomitas de maíz recién preparadas con la mantequilla a medio derretir. No le importaba. De hecho, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que estaba en la misma posición. A un lado de la cama, en algún punto entre el diario personal y la blusa que se había colocado la última vez que había salido a la calle, estaba el teléfono celular. Sin estar precisamente consciente de lo que hacía, volteó hacia un lado, y se estiró para alcanzarlo. Grave error. La fotografía de fondo mostraba dos personas sonrientes y abrazadas. Una de ellas le besaba la mejilla a la otra, y la mirada de esta, eclipsaba cualquier vana descripción de felicidad hecha en las obras de literatura romántica que acostumbraba leer.

Al ver la imagen, se paralizó. Las lágrimas que creyó haber agotado, se acumularon de golpe en sus ojos enrojecidos e hinchados, la cabeza le daba vueltas y un hormigueo desagradable le recorría el cuerpo. Sintió, una y otra vez, cómo el corazón se le desgarraba. Era mejor cuando no sentía nada. Podía quedarse allí, acostada, palpando cada rincón del vacío que tenía en el pecho, y con la mirada perdida, dirigida a cualquier punto de la habitación. Porque no importaba, podía comer, respirar, seguir existiendo. No tenía ningún problema con ello mientras sintiera nada en lugar de la sensación de que le perforaban el corazón, de que se rompía en pedazos, una sensación sin fin.

Pero en lugar de ello, el sentimiento agotador que la atormentaba y le impedía pensar en banalidades, la llevaba a una sola conversación.

"Lo siento… ha muerto. No hay nada que podamos hacer ya".

¿Por qué se había ido?

"No hay manera de resucitarle, hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance".

¿Acaso ella había hecho algo tan malo? ¿Por qué la dejaba? ¿Por qué, cuando la vida había empezado a tener sentido?

"Podrás tener un día antes de pensar en la funeraria… si quieres, nosotros nos encargamos de ello. Estamos contigo".

No, nadie estaba con ella.

Había sido buena. Nunca se había gustado a sí misma como persona, pero había sido buena estudiante. Había compartido el fruto de su trabajo con su familia. Era dedicada en lo que hacía, siempre estaba allí para los demás. No había despilfarrado. Siempre estuvo dispuesta a dar buenos consejos. No había sido realmente feliz antes de conocerle. ¿Era un pecado serlo? ¿Era injusto con las demás personas que nadie en el mundo fuera tan feliz como ella? ¿Su muerte era una forma de equilibrar las cosas, un pago por ser feliz?

Era una maldita injusticia, sin más, ni menos. Levantarla a lo más alto, para luego arrojarla sin ninguna contemplación. Dejarla sola. No había nadie que pudiera entenderla. Y quien lo había hecho plenamente, había muerto. ¿Por qué? ¿Por qué sin ella? Se habían quebrado todas las palabras, todas las promesas. Y ni siquiera había sido a propósito. Pero ahí estaba ella, sola con los recuerdos que la atormentaban. Los recuerdos de una felicidad a la que jamás podría volver a aspirar. Sí, era mejor cuando no sentía. Porque ahora estaría sola el resto de su vida.

O no.

Con una idea en su cabeza que a cualquiera le habría parecido absurda, incluyendo a… esa persona, se levantó de la cama. Ya no pensaba en eso. Sólo pensaba en cumplir el deseo de la única voz que podía escuchar en su mente. Tomó un baño de burbujas con aroma a lavanda, se afeitó las piernas, se aplicó crema humectante en todo el cuerpo, cepilló los rizos rebeldes de su cabello en un delicado y elegante peinado, y se colocó un maquillaje suave. Buscó en el armario un vestido de coctel rojo sin mangas y por encima de las rodillas, y se lo colocó, sin las medias ni el abrigo que ameritaba la ocasión. Se subió en los tacones de siete centímetros, bajó corriendo al primer piso, y abrió la puerta trasera de la casa. El fuerte viento le impedía avanzar con facilidad, y ella esbozó una sonrisa tan vacía como su mente en esos momentos. Lo único que podía pensar, era que ya no estaría sola.

Cerró la puerta tras de sí, y revisó su aspecto una vez más, haciendo caso omiso de la temperatura varias decenas de grados bajo cero. Por primera vez desde que tomó la decisión, se permitió pensar en esa persona, y sonrió de verdad. Pronto estaría a su lado, ¿no? Sólo había algo que les separaba: su propia vida. Ella iba a arreglar eso en un segundo.

Se dejó caer en la espesa cama de nieve, como hiciera meses atrás, cuando su vida era perfecta. Pero esta vez no trazó el ángel con sus brazos y piernas. Sólo esperó. Pronto, más nieve empezó a cubrirla. Pronto, sus pensamientos se desconectaron.

Abrazó de buena gana la muerte. Era la solución a todos sus problemas.