El amargo presente.

Quedaban cinco de los veinte soldados enviados a las fronteras del reino a "negociar" con la hordas de Kobolds que se internaban en el reino a saquear pueblos cercanos a ésta; de los ocho mercenarios contratados por el Capitán, sólo quedábamos tres, un par de curanderos y el único mago que nos acompañaba, que de mera suerte llegó con el resto a esta estancia, pues obviamente era joven e inexperto. Nos habíamos refugiado en un cerro, lo suficientemente rocoso para que los Kobolds no llegaran a nosotros, si nos detectaban antes del anochecer.
Un fuego algo mezquino bailaba entre las ramas y pasto seco, cuyo humo se confundía por suerte con la humareda de un incendio reciente cercano a nosotros, reunidos al centro de un círculo de personas cansadas y heridas. De cuando en cuando uno pasaba una cantimplora con algo de vino, bebí moderadamente dos veces, únicamente para calmar los dolores de la última batalla, y después solo lo pasaba a mi compañero de al lado, el joven mago, que ya estaba algo embriagado por el brebaje.
—¡Esto sólo ha sido un condenado fracaso! —decía con la lengua algo floja— ¿Queee... qué demonios pensaba el rey cuando se le ocurrió enviar a veinte soldados contra una legión de kobolds armados hasta los dientes?
—Si quieres que te seamos sinceros, chico, el rey solo hizo esta soberana estupidez para que la plebe dejase de chillar —le contesté, siendo el único con cierto ánimo de contestar a ésa pregunta—, la verdad es que no le interesa lo que pase con los pueblos fronterizos, ni tampoco con su ejército.
Hubo algunos comentarios de desapruebo a mis palabras. Sin embargo, el Capitán, un hombre ya con varias guerras qué rememorar, asintió con la cabeza, con una clara expresión de amargura en su rostro.
—Tiene razón —me apoyó, y sus soldados callaron—, el rey se ha comportado de manera egoísta y poco responsable. He vivido varios años como para hacerles saber, montones de críos, que antes de que Fathenbar asumiera el cargo, cosas como éstas no sucedían. Eran tiempos mejores.
—¿Tiempos mejores? — inquirí con curiosidad.
—Ah, esos tiempos en que me daba el lujo de seducir mujeres con historias de guerra en alguna taberna de algún pueblo, el mismo truco que usan todos ahora, no tienen imaginación. Tiempos mundanos, en que la comida no escaseaba y los cielos no eran tan grises como ahora… antes, cuando el antiguo rey prometía para los soldados jóvenes comida y dinero para sus familias, y cumplía. Antes, cuando las fiestas sin motivo y los torneos inútiles no descarriaban a todo el mundo. Antes, sí, antes era mejor… ya no recuerdo en qué momento los niños dejaron de jugar fuera de sus hogares por temor de sus madres a que se los llevaran los extranjeros que provienen de los desiertos para venderlos como esclavos y prostitutas.

Nadie comentó sobre la creciente decadencia.
—Los buenos tiempos de un soldado — comenté, con aire amargo, intentando distraerme de esos problemas.

Los buenos tiempos de un reino, chico —me corrigió el viejo, bebiendo vino sin preocuparse por que alguna gotas se derramaran por su barba espesa y cayeran en la pechera de su gastada armadura.
No he vivido lo suficiente para decir que he vivido los buenos tiempos, de hecho, el mago me superaba en edad, hace menos de quince años era un niño, y sin embargo, no recuerdo los buenos tiempos de la infancia, ni estos serán los buenos tiempos de mi no lejana madurez. Envidiaba al viejo soldado por sus recuerdos, pues la verdad, un mercenario jamás tendrá buenos tiempos por qué preguntarse...