« Featuring. Majo.
« Music. {Para escuchar mientras lees. Digo, si quieres}.
Quién te dio permiso + Raúl Ornelas.
You've got a friend + Carol King.
« Mayday, mayday.
Este es para… Para Majo y para mí, lawl. Porque shippeamos Tomily tan feo que akdjlasajalhsk. Srsly, es tan pinche killing. (?) Son perfectos, obviamente, porque son nuestros hijos y eso. Ámenlos y shá.
Creo que no nos quedó tan mal. Si no les gusta, seguramente es por mi culpa, que Majo escribe tan pretty que me deprime.
Copia, plagia, o algo así… Y amanecerás bajo el agua. He dicho.

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Us

« Y el dolor, y tu besos.

Y en cierta forma era lo mismo »

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—Conquistaremos el mundo, Tommy —y ahí viene un nuevo ardor que produce el whisky al acariciar con tortuosa suavidad la garganta de la chica. Y otro. Y, ¿por qué no? Otro más.

Ella está un poco ebria, un poco feliz y, quizá, algo atrevida. A él no le importa, él sólo sonríe mientras la escucha hablar, (a veces tararear), mientras ve cómo sus movimientos van adquiriendo un toque sensual que antes no había notado en ella.

El bar. La noche. El frío. La brisa. El alcohol. Una nueva canción. Miradas que se encuentran. Labios que comparten una sonrisa.

—Em… —es un murmuro suave, una advertencia. Una advertencia pronunciada demasiado tarde, porque ella ya canta (con aquella hermosa voz que en ese momento le hizo preguntarse el sabor de sus labios) y balancea las caderas (Derecha, izquierda, derecha, iz... ¡Mierda, Emily, deja de hacer eso!) sobre la barra del bar. Con las notas musicales de 'She is love' envolviendo su piel canela.

La quiere detener (porque el bastardo que se encuentra tras ella parece sudar en deseo), pero le gusta el sonido de su voz y el ondular de su cuerpo. Y se distrae unos segundos. Y después escucha la misma voz, susurrando un suave 'and she is all I need' a su oído.

Entonces Tom no sabe dónde está. No sabe lo que hace, o lo que no debe hacer. Se le reseca la garganta, así que toma otro trago de whisky y le quita el vasito de la mano a Emily antes de que lo tire sobre alguien más y tengan problemas en un abrir y cerrar de ojos. Sonríe de nuevo al verla tan... ¿contenta? No lo sabe. Ambos están ebrios, y pretenden ser felices porque es sábado por la noche y las bebidas son cortesía de la casa. Emily ríe conforme sigue bailando y Tom no puede hacer otra cosa que no sea mirarla y perderse en la curva de su cuello, en sus caderas, en sus gruesos labios o en la forma en que se mueve su cabello.

(El tipo tras ella sigue mirándola de esa forma que dice 'quiero sexo, y lo quiero contigo'. Los nudillos de Tom duelen al sentirlos tensos por los puños que ha formado, pero no puede evitarlo. No quiere evitarlo).

Tom le ofrece una mano a su amiga (porque eso es: su amiga, su confidente, su chica favorita en todo el mundo) y la ayuda a bajar de la barra. Ella se sienta a su lado de nuevo y le muestra un pequeño puchero.

—Eres un aburrido, Hawkins —le reprocha, pidiendo otro whisky.

—¿Lo soy? —le dice él, siguiéndole la corriente. Ríe un poco al verla asentir.

—Eres todo un amargado.

—Eso no es cierto.

Ella sonríe, y Tom se siente perdido de nuevo. (¿Qué pasa?). Ella se inclina hacia él. Su aliento es dulce y un poco amargo. Huele whisky mezclado con algo más. Pero huele demasiado bien. Ella se cuelga de su cuello y de nuevo acerca los labios a su oído. Tom siente cómo éstos rozan su lóbulo conforme ella susurra una sola palabra.

—Pruébalo.

Y la verdad es que no sabe qué pasó a continuación. Se descubre a sí mismo no dejándola apartar los brazos de su cuello, mientras él rodea su cintura, atrayéndola hacia él. Puede sentir cada parte de su cuerpo amoldándose perfectamente al suyo mientras sus manos, de repente curiosas, se filtran bajo la tela de su delgada blusa, acariciando la piel de su cintura. Repasa su mandíbula con la punta de la nariz, lentamente, sin prisas, adueñándose del momento y del lugar (quizá de la misma Emily) y de todos sus sentidos. Sólo una cosa tiene clara: ninguno de los dos va a salir ileso de la caída que están a punto de sufrir. La mira a los ojos, recargando su frente a la de ella, mientras siente su respiración haciéndole cosquillas en el rostro. Sonríe un poco de lado, susurrando con voz pesada.

—¿Y ahora qué, Em? —cuestiona, sintiendo cómo el aire en torno a ellos comienza a asfixiarlos.

(Lo que ninguno de los dos sabe, es que ese fenómeno también se conoce como tensión sexual. O quizá sí están al tanto, pero prefieren ignorarlo).

Su vientre se siente como un gran nudo apretado. Y no logra entender nada de lo que sucede. Tal vez simplemente no quiere hacerlo. Tal vez simplemente quiere clavar sus uñas en la espalda de Tom sobre la tela de su camisa, atrayéndolo más hacia sí (como si fuera posible) de la manera en que lo hace en ese mismo instante. Sin embargo ni siquiera toda la cantidad de alcohol ingerida durante toda la noche es suficiente para alejar el pensamiento de que hay algo mal en lo que está ocurriendo entre ellos (Ambos lo saben. Ambos quieren ignorarlo, apartarlo, pero no pueden).

Cierra los ojos unos segundos y sabe lo que debe contestar.

—Ahora nada, Tommy. Ahora... —pero se descubre a sí misma acercando un poco más su rostro al de él. (Mierda, qué bien huele). Sus labios se rozan. Le falta el aire. Su voz extrañamente ronca. Su piel ardiendo allí, justo donde él la acaricia—. Ahora serás mi chico. Mi amigo. Y siempre te estaré agradecida por ello.

Un vaso de whisky más. Quizás dos. Y están fuera de allí. El frío. La niebla. Unas manos entrelazadas. La noche. El aire.

—Eres una aburrida, Emily— bromea él, repitiendo lo de hace un rato y sonriendo de lado mientras continúan caminando por un callejón deshabitado.

Ella simplemente rueda los ojos y contiene el impulso de replicar cualquier cosa.

—¡Mira, Tommy, creo que estoy ardiendo interiormente!— exclama , y mientras habla, volutas de aire se escapan de entre sus rosados labios. Deja salir otra bocanada de aire. Le gusta. Quizá porque está ebria y admiraba una belleza que no existe. No importa. Nada importa cuando está junto a él.

Se detiene frente a Tom y sonríe mientras sus manos descansaban sobre los hombros del chico.

—Sopla.

—¿Qué? —e incluso en la oscuridad, puede ver sus labios curvarse en aquella despreocupada sonrisa que tanto le gusta.

—Que soples, en mis labios. Quiero conocer el sabor que guardan los tuyos.

—De acuerdo... —murmura él con una cautela que pronto es olvidada. Y acerca su rostro al de ella. Y deja que su aliento se filtre por los labios entreabiertos de Emily. De nuevo está esa presión entre ellos. La falta de aire, la voz ronca, sonrisas que guardan secretos, miradas prohibidas. (Dime qué pasa porque no lo entiendo. Dime que esto es correcto. Dime que no nos arrepentiremos.)

—Creo que tu boca está desprovista de sabor. O mi método no resulta especialmente efectivo.

(Mentiras, ¿las has probado? Apuesto a que no, pero... Saben a secretos, a un 'lo sabemos, pero nos callaremos', a un 'dame más, me ha gustado'. A lo incorrecto, a lo que quieres y por lo que te arrastras a cada momento. A incertidumbre, a ansiedad. A eso que te quema y que sabes que te meterá en problemas pero no te importa porque es divertido. Porque a veces vale la pena volverse loco).

Saben dulces también, como la boca de Tom. Emily nunca ha probado unos labios tan delgados, tan suaves («Tienes labios de nena, Tom, ¿te lo he dicho ya?») que se muevan con tanta facilidad y experiencia contra los de ella, haciéndose camino entre esos gruesos labios que han tenido encima bocas que ella jamás llegará a recordar de nuevo en su vida. Porque él la ha besado y ni siquiera supo cómo pasó. Le gustaría decir que sí, que a ella sí le importa la razón, pero se convence de que podrá preguntarle después. (No, no lo hará). Es un beso que dura un suspiro. Y sólo eso, un beso. Una boca contra la otra (una que sí recordara por siempre). No hay una lengua curiosa ni una garganta lastimada, nada de eso. Sólo dos pares de labios, ebriedad, un 'no sé qué carajo estoy haciendo' y un 'perdóname, pero es que soy un idiota'. Una mano en el cuello, otra en la cintura. Las de ella perdidas en aquel puto cabello perfecto. Una pared, un escalofrío y una respiración lánguida, pesada (una de esas que dice 'no tengo ganas de seguir con esto, pero me mantiene con vida, así que, ¿qué te digo?').

Tom sabe que eso les traerá problemas. No se caerá el cielo, pero tal vez se le pierda lo que le queda de cordura. En ese momento ni siquiera recuerda dónde la dejó. Pero es un pobre diablo de 19 años que está ebrio, que cae, que se levanta, que canta, que llora, que pierde, que tiene (casi) todo y nada a la vez, que vive a base de mentiras (y la mayoría de ellas no le pertenecen, pero lo lastiman). Y no va llorar. No, porque entonces Emily probaría sus lágrimas y... no, simplemente no. Por eso al separarse la toma de la mano, le sonríe, se acerca a su oído y le susurra un 'te quiero, Em. Voy a quererte siempre'.

(«Voy a ser el único que te quiera de verdad»).