Cuando te encontraron eras apenas una avecilla desplumada. Temblabas de frío y te convulsionabas al más mínimo contacto, tan frágil; como el niño que viene al mundo sin ninguna certeza, como el ser humano en su estado más puro de la ignorancia, que no llega a comprender cómo ha llegado a la vida y a la vez se aferra a ella, segundo a segundo.

Ellos te dieron abrigo cuando las plumas apenas cubrían tu carne. Bebiste y comiste hasta saciar tu hambre. Poco a poco tus ojos se abrieron, de pronto lo entendías todo. Ya no eras aquel ser pequeño e indefenso. Con el tiempo, comprendiste tu realidad, eras consciente que podías permanecer en pie, que ya no temblabas con tanta facilidad, que ahí estabas, joven y fuerte.

Y allí lo viste. Frente a la jaula donde siempre te hallabas, divisaste por vez primera el Crepúsculo. ¿Era posible la existencia de un lienzo con tantos colores? Observaste al rojo apasionado mezclarse con el rosa más tenue, y luego con el naranja más vibrante; cayó la noche ante tus orbes oscuras, el lienzo se tiñó de azabache, se pobló de estelas de luz brillantes que sentías, te observaban, invitándote a ser parte de esa pintura. La luz del alba te cegó, y el calor del Sol impregnó tu cuerpo. Viste a otros como tú, surcar ese cielo celeste poblado de nubes que parecían algodón. Y así viste transcurrir todo, y en tu ser comenzó a crecer ese instinto.

Instinto pronto se convirtió en desesperación; cuando el alba te recibía sabías que había pasado otro día de espera. Lo anhelabas tanto, despegar tus alas y recorrer por tí mismo los prados de colores que te llamaban.

Pero día tras día, aquellas manos una vez gentiles que te habían cuidado, cuando te pronunciabas, con tus mejores galas, aquel plumaje color bronce; virginal, hambriento de libertad; cerraban las puertas de tu jaula. Te revolvías alrededor de ella, suplicante. De tu garganta salieron quejidos de dolor, de tristeza. ¿Por qué no podías formar parte de ese cielo, de toda esa vida allí afuera? ¿Por qué estabas ahí adentro (y ellos sabían que tu lugar era con la Libertad), viendo todo pasar delante de tus ojos?

Y ellos te mantuvieron en tu jaula. Pronto, dejaste de recibir su alimento y su cuidado. Las manos gentiles que antes te cuidaban con dedicación ahora se veían ásperas, y podías sentir el frío gélido en ellas, aún si no te tocaban. Distinguías la rudeza de su habla, si bien no la comprendías, sabías que aquel no era más la melodía dulce que te hacía dormir por las noches. Y mientras más necesitado de Libertad estabas, más rudeza recibías.

Tu plumaje comenzó a caer. Simplemente despertabas y allí estaban, esparcidas por toda tu morada, esas plumas antaño cobrizas y brillantes, que lucías con orgullo y ahora parecían no poder mantenerse sobre tu cuerpo. Sentiste frío y eso hizo flaquear tus fuerzas. Acayó la enfermedad. Te arrastrabas. Si bien tus ojos todavía no se habían cansado de ver el hermoso cielo por la ventana, preferías cerrarlos: ¿para qué contemplar aquello que nunca ibas a tener?

La suave brisa despertó un poco a tu cuerpo entumecido con su calor. Supiste que era un nuevo día al escuchar a aquellos como tú, surcar el cielo y gemir con alegría. Y no querías ser despertado. No para ver que la felicidad se encontraba justo ahí, en frente de tu cuerpo azotado por la enfermedad y la tristeza, antes incapaz de escapar y ahora incluso incapaz de moverse. Incapaz de alcanzarla nunca.

Cerraste los ojos y sentiste cómo un peso comenzaba a abandonar tu cuerpo. Éste se entumeció aún más, el frío penetró en tus entrañas dolorosamente. Una sensación de sopor te invadió; nuevamente allí estabas, tan confundido como al principio de la vida. Ni siquiera lo sabías a ciencia cierta, pues tu cuerpo todo era un Infierno, que sobre tí se proyectaba la sombra negra de la Muerte.

Y ahí, en pleno estertor agónico, unas manos cálidas te alzaron. Sentiste un ruido metálico y luego el calor. Tu cuerpo se convulsionó resentido. ¿Qué te estaba pasando? De repente todo tu ser ardía con impaciencia. Tus músculos se contrajeron y se relajaron a velocidades tortuosas, tu corazón latió como nunca había latido. Algo brillante y ardiente como miles de Soles comenzó a dañar tus párpados, aún cerrados. Tus ojos se abrieron, más enormes que nunca y asustados. Todavía sintiendo esa calidez debajo tuyo, como si hubieran unas manos. Era tu colchón suave, esas manos estaban hechas dos cuencos y dos ojos marrones te miraban, aún en conmoción, como si supieran que lo entenderías todo luego del sopor.

Te incorporaste con dificultad, adolorido aún pero con firmeza. Y lo viste. Ese hermoso campo celeste lleno de nubes de algodón. ¡Era el cielo! ¡Y qué grande era, mucho más de lo que habías imaginado! Nunca terminaba. Girabas tu cabeza y había más y más, todo aquello que veías estaba pintado de ese celeste precioso y esas nubes blancas de algodón.

Tus alas casi desplumadas se abrieron, aún cuando no lo habías hecho a voluntad. Fue una reacción natural. Antes de partir, la miraste. Sus manos aún eran cuencos de piel cálida, sus ojos pacientes todavía no dejaban de observarte. Tus orbes oscuras brillaron, ella te sonrió invitándote a volar.

Y volaste. Volaste aunque ese cielo era tan enorme y tú tan pequeño. Y mientras volabas prometiste, ibas a recorrerlo todo entero; todos tus albas, tus crepúsculos, tus noches, tus días, los ibas a pasar recorriendo ese cielo hermoso, exprimiendo cada pizca de color y calor, hasta que la vida te abandonase.

Y lo hiciste. Y nunca olvidaste la sonrisa gentil de aquella dama que te entregó la Libertad.