¿Recuerdas ese día en que nos conocimos? Si, había sido un día fatal para ambos.

¿Recuerdas que la gente casi no entraba en el tren? De casualidad habíamos quedado en el mismo rincón, intentando mantenernos de pie por las continuas paradas que hacía el vagón.

¿Recuerdas el calor que hacía? Mi uniforme estaba totalmente empapado al igual que el tuyo y debía llegar a mi casa para estudiar. Si, ese examen que tenía al día siguiente.

¿Recuerdas el libro que sacaste para matar el tiempo cuando se produjo aquel atasco? Estuvimos casi una hora dentro de esa lata de sardinas, sin embargo tú seguías con la lectura. Me llamó la atención lo absorto que te había puesto ese libro. Sin darme cuenta lo estaba leyendo a la par tuyo. Si, así de juntos estábamos. Todavía me causa gracia cuando recuerdo que te dije que no dieras vuelta la hoja, que no había terminado. Me observaste extrañado, luego comenzaste a reír cuando mi cara se pintó de un bordó brillante. Después me dijiste que te recordaba al trasero de esos monos feos.

¿Recuerdas que cuando por fin te calmaste me dijiste tu nombre? En ese momento pensé que eras simplemente encantador y te sonreí sin dejar de sonrojarme. Hablamos del libro por media hora. Ya lo habías leído miles de veces y me lo recomendabas con gran insistencia. Llegué a pensar que querías vendérmelo. Ambos éramos grandes lectores en aquel entonces. Claro, teníamos mucho más tiempo para nosotros.

¿Recuerdas cuando sin querer rozaste mi mano al querer sostenerte de la barandilla del asiento? El corazón me dio un vuelco. Si, lo habías notado. Como una tonta aparté la mirada y busqué tranquilizarme. Para cortar la tensión me confesaste que no veías la hora de llegar a tu casa para darte una ducha y tomar algo frío. Sabías que tu madre había hecho helado casero y rogabas llegar antes que tu hermano pequeño. Siempre te brillaban los ojos cuando hablabas de él. Aún te siguen brillando pero ahora con un tinte de tristeza.

¿Recuerdas que cuando por fin nos comenzamos a mover y llegamos a mi parada me dijiste que también era la tuya? Te tomó tiempo decirme que en realidad no vivías por allí pero eso te hizo ser más especial.

¿Recuerdas cuando íbamos caminando y me preguntaste a qué instituto iba? Pensé que ya lo habías adivinado aunque más tarde caí en la cuenta que existían otros con el mismo estilo de uniforme. Yo supe desde el primer momento a cuál ibas. Esa corbata era inconfundible, además combinaba perfecta con tus ojos.

¿Recuerdas que cuando te dije que ya habíamos llegado a mi casa miraste la dirección detenidamente? Me seguías sacando tema de conversación y yo tampoco quería irme pero mi madre nos observaba desde la ventana y me ponía nerviosa. En un momento te dije que tenía que irme, mi madre me hacía señas desde adentro. Meditaste un segundo y luego sacaste el libro de tu bolso. Me pediste que lo leyera de corrido. Lo acepté con mucho gusto. Sin embargo me dijiste que lo volverías a buscar, que era muy preciado para ti. Me saludaste con la mano y te fuiste tarareando una canción que habíamos escuchado en el tren. No rendí el examen del día siguiente por haberme desvelado leyendo todo el libro como me pediste.

¿Recuerdas por qué me dijiste que era especial? Porque con él me habías conocido.