Vestido de novia

La pequeña calle de la avenida Tulip, alojaba a una docena de boutiques y pequeñas tiendas en donde la gente caminaba por las banquetas empedradas, esquivando los tumultos que se hacían, especialmente los fines de semana. A lo largo de su vida, había visitado cada una de esas tiendas, que en algunas ocasiones lucieron desoladas por las crisis económicas, mientras que otras, a causa del gran centro comercial que se construyó en el centro de la ciudad, decidieron rentar locales allá. Pero la única tienda que pareciera eterna e inmune al paso del tiempo, era el Rincón de las Novias. Sus escaparates eran decorados con esmero, mostrando siempre el vestido más bello, y justo cuando creían que no había mejor vestido, llegaba otro que robaba el aliento y desplazaba por completo al anterior.

Observaba con una media sonrisa el delicado vestido, confeccionado con una tela nívea, que evocaba a un reino lejano, donde una princesa, sería la adecuada para usarlo. La falda amplia destacaba por los diminutos cristales que habían aplicado con esmero, pareciera una rosa blanca bañada de rocío, y cada unas de las gotitas, brillaban por la luz del escaparate.

Pero una cálida brisa, hizo que Anna despertara de su ensoñación.

¿A quién engañaba? Estaba más sola que el uno, y la verdad es que ya había perdido la esperanza.

Los hombres que conocía, todos sin excepción, querían las ciertas ventajas que da una relación, pero no el compromiso y ella ya había intentado ese tipo de vida. El resultado, era más que evidente. Quizás a otras personas, les venía bien ese tipo de relación abierta, pero para ella era demasiado difícil no involucrarse, sobretodo a la hora de compartir la habitación.

Aún con la vista clavada en el aparador, se reprendió mentalmente por creer en las cursilerías de un simple vestido. Desgraciadamente desde niña, una de las primeras creencias que su madre arraigó en ella, era ese sueño de encontrar al príncipe azul y compartir una vida feliz y sin problemas. La idea de ser la Cenicienta de su propia historia era tan atractiva en aquellos años, que se había vuelto como una bola de nieve rodando desde la cima. Pero ahora esa gigantesca tempestad le golpeaba: No había un príncipe azul, ni para ella, ni para nadie.

Su prima Tracy estaba a punto de casarse, con un hombre maravilloso, según palabras de la propia Tracy. Y ella seguía en el mismo punto. Haciendo la rutina de siempre.
Se quejaba de no tener una vida social, como muchos de sus compañeros, pero ella era la única culpable de aquello.

Entonces una extraña punzada se alojó en su pecho. Envidia, desde luego, Tracy avanzaría, y ella, estaría siendo solo una espectadora de la vida feliz de los demás.
Con el ceño fruncido, entró finalmente a la tienda. Cuando la encargada le preguntó si quería probarse algún vestido de novia y ella contestó que buscaba un vestido para una cena de compromiso, percibió una ligera decepción de parte de la encargada. Aunque realmente se debía a la pérdida de una buena comisión, pero Anna no lo veía de esa manera. Lo sentía como un ataque directo a su soltería.

Entonces tuvo la loca idea de probarse un vestido de novia. Quería sentir esa tela enfundando su cuerpo, subir al pequeño podio y contemplar su imagen en el enorme espejo. Si no iba a tener la oportunidad de usarlo, al menos se lo pondría.

Y lo hizo. La mirada ensoñadora que la encargada le dio, cuando ella salió del vestidor, valía como mínimo un millón de dólares. Su reflejo en el espejo sonreía. Ella sonreía. Con el vestido que atrapaba delicadamente sus hombros, y se hacía amplio en la cintura, sentía que podía tocar una nube y darle un beso a un par de estrellas. El toque final lo dio una pequeña tiara, que sujetaba un larguísimo velo. Y entonces sucedió, las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos, y una vez que fueron demasiadas, corrieron por sus mejillas con una velocidad increíble. Temiendo mancharlo, regresó al vestidor para quitárselo.

La sensación placentera, se había convertido en una tortura. Se acurrucó en un rincón y comenzó a llorar. Un par de minutos después, salió vestida y pago por el vestido azul marino que había escogido para la cena de compromiso.

Caminó lentamente por la calle empedrada, algunas tiendas comenzaban a cerrar y la oscuridad que comenzaba a embargar la ciudad, estaba haciendo que algunas farolas comenzaran a encenderse iluminando su camino. Eso era lo que quería, se dijo con firmeza. Experimentar la sensación, soñar con la idea de un día entrar a la iglesia y encontrarse al final con ese hombre maravilloso e inexistente. Porque encontrarlo, sería una misión eterna e imposible.

La esperanza estaba perdida, al menos hasta que no pasara algo inesperado.