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San Valentín

Nada podía salir mal. Había planeado aquel día al milímetro. Llevaba un año planeándolo.

Las calles de Barcelona estaban ligeramente heladas a causa de la humedad del mar y el gélido aire venido de Siberia o algún otro lugar donde el frío era insoportable, a pesar de ello, Meritxell llevaba cerca de una hora apostada al otro lado de la calle Princesa esperando a su víctima. Desde el primer instante en que le vio decidió que Adrià, el joven gerundense, sería suyo. Aquel día en que le vio por primera vez entrando en la oficina con su pelo castaño y sus ojos color miel, con sus anchos hombros y su sonrisa blanca y franca, con su traje impoluto y perfectamente planchado, aquel primer día se enamoró de él.

Meritxell miró su reloj de pulsera, las seis de la mañana en punto. La puerta de la portería frente a ella se abrió con un suave chirrido y Adrià salió subiéndose las solapas del abrigo para protegerse de la gélida brisa, puntual como siempre. Lo dejó avanzar unos metros por la calle y después caminó tras él fingiendo que su encuentro era fruto de la casualidad. Sacó su mejor cara de inocencia y apretó el paso.

—¡Adrià! —exclamó jovial. Él se giró y le sonrió con aquellos maravillosos dientes blancos—. Buenos días, que casualidad.

—Buenos días, Txell —contestó—. Menudo frío, ¿eh? Hoy hasta los pingüinos necesitarían un anorak. Creo que hasta el Yeti tiene demasiado frío para salir de su casa.

Meritxell rió, Adrià siempre la hacía reír con aquel sentido del humor sencillo.

—¡Esto no es nada! —espetó ella—. Yo soy de Esterri d'Àneu, allí a estas alturas del año nos hemos quedado incomunicados por la nieve por lo menos tres veces.

—¿Esterri? Cae cerca de la Vall d'Aran ¿verdad?

—Sí, muy cerca de Baqueira-Beret.

Adrià le sonrió, hablar de nieve y sitios fríos hacía que tuviese aún más frío.

—Dime, Txell ¿cómo se presenta San Valentín? —preguntó para cambiar de tema—. Seguro que tienes un montón de pretendientes esperándote en la puerta.

—Lo cierto es que no —susurró ella agachando la vista—. No tengo nada de éxito con los hombres...

—Eso sí que no me lo creo —soltó él—. Eres una chica fantástica y muy guapa.

"Guapa" resonó en la mente de Meritxell. Era la primera vez que alguien que no fuera su madre decía que era guapa. «Es mentira» se dijo. Llevaba toda su vida acomplejada por su aspecto físico, siempre había estado gorda, lo había heredado de su abuela y de su padre. No rellenita o con un poco de sobrepeso, estaba "gorda", media un metro sesenta y pesaba ciento cuarenta kilos. Odiaba su cuerpo y odiaba su cara redonda de mejillas rechonchas y rojas.

—No es verdad —siseó Meritxell— ¿Tú has visto la pinta que tengo?

—Yo pienso que eres muy guapa —reiteró.

Ella alzó el rostro y le miró por un instante, pero Adrià miraba al frente, entonces se dio cuenta de que habían pasado la calle de Tantarantana y estaban en el chaflán de Princesa con la calle del Rec, la siguiente esquina era la de la calle Comerç, tenía que redirigir la situación o su plan se iría al garete. Rebuscó en el bolsillo exterior de su bolso y encontró la jeringuilla cargada con un anestésico que había dejado preparada, le quitó el capuchón cuando la calle Comerç empezó a verse frente a ellos.

Meritxell divisó la furgoneta de la carnicería de sus padres aparcada justo en la esquina y sonrió.

—Adrià —llamó con un tono de voz suave e inocente—. Acércate, tienes una cosa en el pelo.

Él lo hizo. Se inclinó hacia delante y le dio acceso total a su nuca. Meritxell fingió quitarle algo y antes de que Adrià tuviese tiempo de erguirse de nuevo le clavó la jeringuilla y apretó el embolo inoculándole el anestésico que tuvo un efecto inmediato.

—¿Qué...? —murmuró Adrià antes de perder el conocimiento.

Meritxell miró en todas direcciones y no vio a nadie. A aquella hora había poca actividad en el Born, por eso había elegido ese punto pese a que la calle Comerç era una arteria importante de la ciudad.

Arrastró el cuerpo inerte de su compañero de trabajo hasta la furgoneta y lo metió en la parte trasera. Nadie la había visto. Sonrió al cerdo rechoncho y sonriente pintado en el lateral del vehículo, se puso al volante de un salto y arrancó con la adrenalina disparada.

Había anunciado que dejaba el trabajo quince días atrás por lo que nadie sospecharía al no verla más por la oficina, él había estado de vacaciones por lo que no tenía noticia. Plan perfecto.

Salió de la ciudad y tomó la autopista en dirección a Lleida, rumbo a su pueblo, con su amor dormido en la zona de carga de la furgoneta de la carnicería. Puso un CD con sus baladas favoritas y las cantó durante todo el largo viaje hasta que tuvo que parar para poner la cadenas en los neumáticos, si no lo hacía no podría subir por las carreteras nevadas.

Finalmente detuvo el vehículo en la parte trasera de su casa. Una vieja casa de payés a las afueras del pueblo, que por su ubicación le otorgaba total privacidad. Además a nadie le sorprendería ver a Meritxell Bosch en su casa de toda la vida, la casa de sus abuelos, la casa de sus padres... la casa en la que había crecido, aprendido a hablar y a caminar.

Abrió las puertas de la bodega y las de la parte trasera de la furgoneta, después arrastró a Adrià hasta el interior de la húmeda habitación. Hacía demasiado frío allí abajo, tendría que buscar una solución puesto que no quería que Adrià muriese congelado; le quería vivito y coleando por muchos años. Quería que él llegase a amarla.

Le encadenó a la pared por el tobillo valiéndose de un viejo grillete que antaño había servido para asegurar las pilas de leña. Subió a la casa por la puerta interior que las comunicaba. Cogió mantas y ropa de abrigo, tomó dos estufas eléctricas y con todo ello regresó abajo.

Enchufó las estufas y abrigó al durmiente Adrià, esperaba que aquello fuese suficiente para mantener el frío a raya.

Se sentó en un antigua silla de madera que su abuelo había hecho antaño y sonrió mientras esperaba a que él despertase.

Él abrió los ojos, poco a poco, aturdido y desorientado. Primero observó el lugar donde estaba, no lo conocía y hacía frío, después vio a Meritxell sonriente, sentada en una silla.

—Hola —susurró ella—, bienvenido a Esterri, te encantará vivir aquí.

—¿Esterri?

—Mi casa —contestó y se puso en pie—. A partir de hoy vivirás aquí, rodeado de buen vino.

Adrià trató de ponerse en pie y descubrió que estaba atado por el tobillo. No podía hacer nada contra una cadena de metal.

—Txell...

—Es por tu bien, para que no te hagas daño, podrías resbalar con la nieve.

—¡Estás loca! —gritó forcejeando con la cadena— ¡Loca!

Meritxell rió. Aquella mujer no se parecía a su compañera de trabajo, aquella joven inocente, amable y dulce. «Nos ha engañado a todos» se dijo Adrià.

—¿Por qué me haces esto? —inquirió Adrià desconcertado aún.

—Tú lo sabes —contestó sonriente—. Para que me quieras.

»Feliz San Valentín, amor mío.

Meritxell se levantó y subió con parsimonia las escaleras. Se giró por última vez para mirarle y sonreírle.

—Tranquilo, te traeré de comer, no pasarás hambre.

—¡Alguien nos echará en falta! —exclamó aferrándose a esa esperanza.

—Puede que a ti sí, pero no a mí. Hace quince días que dejé el trabajo. —Meritxell suspiró—. Esta noche tenemos una cena romántica, será fabuloso...

La puerta se cerró tras ella y la bodega quedó sumida en una oscuridad rota por las resistencias halógenas de las estufas. Estaba solo y atrapado. Había confiado en Meritxell y ésta le había traicionado, engañado y encerrado. ¿Cuánto tiempo podría sobrevivir? ¿Qué haría con él cuando se cansase? ¿Cómo iba a huir de allí?

«Te acabará matando si no le das lo que quieres» y la certeza de aquel pensamiento le amedrentó. Sólo tenía una salida, o eso le decía la desesperación.

Adrià alcanzó con gran esfuerzo una de las botellas de vino y la estampó contra el suelo rezando para que no hubiera oído el ruido de los cristales. Tomó el pedazo más grande.

Si la mataba jamás podría escapar porque no tenía la llave, si se suicidaba todo acabaría. Sólo existía una salida.

La muerte.

Fin