El beso

"Hoy es el gran día" te dices a ti mismo de pie frente al espejo, en tanto peinas tu cabello castaño. Un último arreglo a tus jeans y camiseta y estás listo. Sales de la casa de tus padres en dirección al parque, allí la esperarás, sientes los nervios aflorar al pensar que verás a aquella chica que durante casi un año ha sido la razón de tus desvelos.

Un golpe de tu pie en el césped, luego otro, y otro más, que se convierten en muchos, comienzas a caminar en círculos y te asalta la duda "¿Será que no vendrá?" te preguntas, impaciente, mientras controlas ese viejo impulso de comerte las uñas.

Al pasar poco más de media hora desde la hora acordada pierdes las esperanzas, te tumbas en el césped que tanto has pisoteado, sientes el calor del sol y cierras los ojos mientras lamentas tu suerte y tratas de contener algunas traicioneras lágrimas que amenazan con salir. Te reprendes por tu debilidad y recuerdas aquella frase que ha precedido a grandes dolores "Los hombres no lloran", seguían insultos e incluso golpes. Las cicatrices en tu espalda aún se recienten. "Es tu culpa por ser tan débil" había dicho su padre mientras sus hermanos reían. Sientes más deseos de llorar pero algo interrumpe tus pensamientos.

—Hola, siento llegar tarde—abres los ojos y observas a la chica de pie a tu lado, su cabello rubio de largo desigual, sus ojos verdes apagados, sin brillo alguno, una sonrisa tímida se asoma a sus labios. También observas cómo está vestida, sus pantalones deportivos y una camiseta, ambos un par de tallas más grandes de lo que debería usar, no puedes saber cómo es su figura, y todo en conjunto le da un aspecto desaliñado, pero no te importa, de igual forma la ves hermosa, y la amas, es la primera chica a la que sientes amar de verdad.

—No te preocupes—dices levantándote y brindándole una cálida sonrisa— ¿Vamos?—extiendes tu mano hacia ella, con algo de duda la toma, apenas tocándola, sabes lo arisca que es así que no intentas apretar el agarre.

Dan algunas vueltas por el parque contemplando la naturaleza que a ella parece fascinarle, por tanto a ti también. Finalmente se sientan a la sombra de un árbol, tomas una flor y la colocas en su cabello, detrás de su oreja, con suavidad, notas un leve sonrojo en sus mejillas y sonríes sin saber qué decir.

—Te amo—sueltas de repente sorprendiéndola y sorprendiéndote a ti mismo, tragas saliva nervioso, te acercas lentamente hasta posar tus labios sobre los suyos, los sientes, tibios, suaves. Con algo de desespero buscas el acceso a su boca, pero éste te es negado y es cuando te percatas que el beso no es correspondido, por lo que te alejas y observas los ojos bañados en lágrimas de tu acompañante, la confusión te agobia, no entiendes qué sucede.

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La inesperada declaración de amor te deja sin palabras, a pesar de la sorpresa sientes una alegría que hacía años no experimentabas, pero entonces se acerca y te besa, no puedes evitar sentir desesperación y angustia, cada pequeño y suave contacto de su piel contra la tuya te recuerda la brusca forma en que aquel vil hombre te había tomado cuando solo tenías diez años.

"El no me dañará, él no me dañará" te repites una y otra vez, pero no puedes evitar revivir aquel fatídico día y las lágrimas brotan de tus ojos sin control, al fin él se aleja y contempla tu rostro bañado en lágrimas, su confusión es evidente, intenta abrazarte pero lo rechazas y en cambio abrazas tus piernas y escondes tu rostro, apoyando la cabeza en tus rodillas. Él te mira desconcertado.

—Yo…lo siento…lo siento—comienza a murmurar para luego colocarse de rodillas y suplicar tu perdón. Odias verlo así, pero los recuerdos se siguen repitiendo en tu cabeza cada vez con más nitidez. Quieres explicárselo todo, pero el enorme nudo en la garganta te lo evita, así que te levantas y sales corriendo. Corres como si no hubiera mañana hasta que llegas a tu casa y te encierras en tu habitación a llorar, todas las noches lloras, pero ahora lo haces con más intensidad. Lloras por la impotencia de no haber podido evitar lo que ocurrió ese día, por la incapacidad de olvidar, por no saber aprovechar la oportunidad de ser feliz y por haber lastimado a alguien importante para ti.

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Llegas a tu casa con el alma por el suelo, aún no entiendes por qué tu amada reaccionó así, llamas a tu mejor amigo y le cuentas todo, él te dice que no vale la pena que te lamentes, que habrá muchas chicas más en el camino. Quieres creerle, pero no puedes, sientes que el corazón se te cae a pedazos. Te tiras boca arriba en la cama, sin poder pegar un ojo. Contemplas el techo por horas, hasta que el sonido del teléfono te arranca de tus pensamientos. Es la novia de tu amigo, que también es la mejor amiga de la chica de cabellos rubios, quiere verte urgentemente, no entiendes para qué, pero quedan en encontrarse dentro de quince minutos en el café que está en la esquina. Llegas y la pelirroja está en una mesa, su rostro refleja sorpresa al verte, no la culpas, estás consciente de que tu aspecto no es el mejor. Te sientas y recupera su serio y fúnebre semblante.

—Tengo algo muy importante que decirte—anuncia secamente. La escuchas con atención y apenas puedes creer cuando te dice que tu amada fue violada a los diez años, te derrumbas en llanto al comprender tu error y darte cuenta del daño que le has ocasionado.

—No es tu culpa—trata de consolarte la chica pelirroja—, no tenías forma de saberlo.

La miras, con los ojos rojos e hinchados, y sales del café, las palabras están de más.

Cae la noche mientras vuelves a tu casa sin parar de llorar, solo esperas que no haya nadie. Tus peores temores se confirman al abrir la puerta y encontrar a tu padre y a tus dos hermanos mayores.

— ¡Maldito!—dice tu padre acercándose— ¡¿Cuántas veces te he dicho que los hombres no lloran? ¡Marica!

Luego de esto comienza una lluvia de golpes e insultos sobre ti, apenas tienes fuerzas para soportarlo, pero lo haces, por una hora o dos, aunque para ti es una eternidad, hasta que se cansan. Con tus últimas fuerzas subes las escaleras hasta tu habitación, con pesadez cierras la puerta y prácticamente te arrastras hasta el balcón, a pesar de los morados en tus ojos quieres ver el cielo, la luna, las estrellas. Te apoyas en la pared y es entonces que en el cielo que te hipnotiza ves el reflejo del rostro de tu amada, quieres acercarte y lo haces, olvidándote de que el balcón no tiene barandal, las piernas te fallan, sin lugar a dónde apoyarte y por último te sientes en el vacío.

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Sentada frente a su tumba con nuevas cataratas brotando de tus ojos, apenas puedes creer lo que sucedió. No tuviste fuerzas para asistir a su funeral y ver los múltiples golpes en su cuerpo. Te sientes culpable, piensas que lo enviaste a la muerte. Respiras con dificultad y apenas puedes ver. Era tan joven, tan solo tenía dieciséis años, uno más que tú, y también tuvo una vida dura. Es triste que solo ahora te des cuenta de que también lo amabas, pero el miedo era mayor. Lloras cada vez con más intensidad, hasta que levantas la vista al cielo y contemplas las estrellas, te preguntas qué habrá pensado al verlo él, justo antes de caer del balcón. Tal vez nunca lo sepas, pero sabes lo que piensas tú; piensas que no permitirás que alguien más sufra por tu culpa.

Tienes una botella de agua y los calmantes que te recetó el doctor, te tomas suficientes y te recuestas sobre la tumba, estás segura que todos los habitantes del cementerio saben que esta noche te les unirás. "El más allá será mejor" es la última frase que cruza por tu cabeza antes de cerrar los ojos para nunca volverlos a abrir


Algo un tanto dramático alejado de mi estilo usual. Es mi primer escrito usando la segunda persona para narrar. Espero que les haya gustado, gracias por leer, dejen comentarios.