Bastaba

Luis iba camino a la escuela. Iba con una sonrisa impresa en el rostro. No podía pedirle nada más a la vida, estaba a punto de terminar su carrera universitaria con excelentes calificaciones, ya estaba realizando su tesis y tenía a su lado al chico más lindo sobre el planeta. Había conocido hacía poco a Carlos, y era todo lo que siempre había soñado. Sentía que su propio cuento de hadas finalmente había dado comienzo.

El chico se subió al metro sin importarle la gente que corría para ganar un asiento. Él no tenía ningún problema si le tocaba ir de pie. Le bastaba con llevar la música de su i-pod sonando en sus oídos mientras realizaba el viaje.

El metro empezó a correr, y justamente Luis estaba escuchando la canción Ojos Así de Shakira cuando al metro se subió un señor de unos cincuenta años de ojos oscuros. Luis sintió que hiperventilaba, porque aquellos ojos eran idénticos a los de Carlos. Ahora resultaba que los ojos de su novio no eran tan únicos como el había pensado.

Luis bajó la mirada avergonzado cuando el señor en cuestión se paró enfrente de él y le lanzó una penetrante mirada directa. A él nunca le habían gustado los hombres mayores, pero aquel tenía algo que no sabía explicarse a sí mismo. A fuerza de miradas discretas se dio cuenta que probablemente era que aquel señor se parecía demasiado a Carlos. No solo eran los ojos, si no también las facciones. Si no fuera porque había visto fotos de los padres de Carlos, quizás se le hubiera ocurrido pensar que aquel señor podría ser su padre.

Sin embargo, aunque en cuanto a fisonomía era demasiado parecido su novio, no había ninguna correspondencia en los gestos que hacía aquel rostro. Carlos solía sonreír, e incluso su gesto de seriedad daba la apariencia de una calma y tranquilidad interior inmensas. En cambio aquel señor solo lucía harto de la vida. Y más allá de eso, al chico le daba la impresión de que la boca del hombre se torcía con una mezcla entre rechazo y enojo cada vez que posaba la mirada en él.

"Pero no le hecho nada para molestarlo" pensó Luis intentando serenarse a sí mismo.

Miró fijamente al señor, y éste no bajó la mirada. Luis decidió intentar hacer algo, y sonrió con timidez al señor. El hombre parecía imperturbable, pero algo en su mirada cambió cuando el chico sonrió. A Luis le dio la impresión que unas lágrimas pugnaban por salir de los ojos de aquel hombre.

No tuvo tiempo de ver si realmente eran lágrimas o no. Había llegado a la estación en la que tenía que trasbordar de línea. Se bajó del vagón dejando al extraño señor ahí, con su expresión de hastío de la vida. Se dirigió hacia la otra línea del metro que debía tomar, caminando hasta la parte de atrás del andén. Aquella zona le gustaba porque normalmente el tren llegaba con poca gente en los vagones de hasta atrás, por lo que casi siempre alcanzaba lugar.

El tren que debía tomar llegó, y él se subió, dirigiéndose inmediatamente a uno de los asientos libres. No había problema, porque no había más que otras dos personas buscando asientos más allá. Se sentó frente a un hombre que llevaba la cabeza entre las manos. Luis lo miró con interés mientras en sus audífonos sonaba la canción Mi Reflejo de Christina Aguilera. Había algo que lo incomodaba en ese hombro, pero no la clase de incomodidad que lo hubiera obligado a marcharse, si no la clase de incomodidad que lleva a la persona a ayudar al otro.

El tren comenzó a avanzar y el hombre levantó la cabeza. Sus ojos se veían enrojecidos, evidentemente había llorado. No obstante, aquello no era lo más sorprendente. Luis sintió una extraña sensación en su interior al ver las facciones de aquel hombre, que al igual que con el que se había cruzado antes aparentaba tener unos cincuenta años. El señor lucía sorprendido, quizás porque ambos se parecían entre sí.

Luis dirigió la mirada hacia la ventana mientras intentaba darle una explicación a eso. No debía ser tan extraño que dos personas se parecieran. Además, nada le aseguraba que en unos treinta años él realmente luciría así. Quizás estarían emparentados. Él sabía que sus antecesores hombres tendían a ser mujeriegos y tener a varias mujeres. Después de todo, él se parecía a la mayoría de los varones de su familia.

-Un día caluroso, ¿no?

Luis regresó la mirada al hombre, quien le estaba sonriendo ligeramente. Tenía una sonrisa cuidada. Tenía la pinta de un turista, ya que las ropas que usaban no eran comunes en la ciudad. Probablemente fuera extranjero.

Luis se quitó uno de los audífonos antes de responder.

-Va a ser peor cuando llegue la primavera como tal -respondió el chico también sonriendo ligeramente.

-El sol es bueno -comentó el hombre mientras algo de luz solar le daba en el rostro y cerraba los ojos-. Me gusta.

-A mí también me fascina -confesó Luis mientras miraba la expresión del rostro del señor. A pesar de su sonrisa, parecía que se encontraba triste-. ¿Le sucede algo?

El hombre abrió los ojos sorprendido.

-Eres muy perceptivo -comentó mientras se acentuaba su sonrisa.

Luis se confundió. No entendía la sonrisa del señor. Él no sonreiría si se sintiera mal y un extraño le preguntara al respecto, a menos que quisiera negarlo, que evidentemente no era la intención del señor.

-A veces es difícil... -comenzó el señor mientras se inclinaba y miraba fijamente sus manos-. No, corrijo. Siempre es difícil cuando te das cuenta que la persona que amas ya no siente nada por ti. Especialmente cuando te es imposible ver en que momento pasaron de estar profundamente enamorados al sentimiento nulo.

Unas lágrimas se escaparon de los ojos del señor mientras pronunciaba esas palabras.

-¿Usted la sigue amando? -inquirió Luis.

-Lo sigo amando -corrigió el señor con una sonrisa un tanto irónica.

Aquello sorprendió un poco al chico. No estaba acostumbrado a tratar con homosexuales de edad que mantuvieran relaciones estables. Un poco de rubor cubrió sus mejillas.

-¿Y él de verdad ya no siente nada por usted? -preguntó el chico.

-Dice que no sabe -contestó el hombre-. Por eso estamos aquí, intentando recordar cuál fue la razón que nos unió en primer lugar.

Luis asintió ligeramente. Estaba empezando a encajar las partes de aquella historia. Probablemente ambos se habían conocido en aquella ciudad, y luego se habían ido a vivir juntos a otra parte del mundo, quizás un lugar que fuera más tolerante con la homosexualidad.

-Creíamos que no habría absolutamente nada que nos separara -comentó el hombre con nuevas lágrimas en los ojos.

-¿Conoce esta canción? -le preguntó Luis al hombre mientras le estiraba el audífono que se había quitado.

El hombre se inclinó más y tomó el auricular para ponérselo en su oído derecho. Inmediatamente soltó un gran suspiro.

-Bastaba -susurró el hombre mientras cerraba los ojos-. Hacía siglos que no la escuchaba.

Aquello debía ser una exageración. El disco en el que venía la canción aún no había cumplido el año, y hasta donde Luis sabía, en esta ocasión Laura Pausini no había metido ningún cover en el disco. Por algo se llamaba Inédito.

-Eso fue -dijo el hombre cuando la canción ya llevaba más de la mitad.

Luis miró de forma interrogativa al hombre.

-Yo... fue mi culpa -dijo el hombre mientras se hundía en el asiento abatido.

-¿De verdad cree eso? -cuestionó Luis preocupado.

-Dejé que el trabajo me absorbiera. No puedo recordar cuando fue la última vez que le sonreí solo al verlo, no recuerdo cuando fue la última vez que charlamos sencillamente antes de dormir. Tampoco la última vez que paseamos por ahí, y estoy seguro que hace mucho tiempo que no nos damos un tiempo para nosotros dos, para estar solos.

-Pero entonces también es culpa de él, no solo suya -contestó Luis-. Si mi pareja se empezara a alejar por el trabajo no me quedaría cruzado de brazos. Hablaría con él sin demora.

-Quizás tengas razón -coincidió el hombre con una ligera sonrisa-. Aunque tal vez lamentablemente sea muy tarde para arreglar las cosas.

-Sí los dos se aman no lo será, estoy seguro -afirmó Luis.

El hombre sonrió al chico cuando el tren llegó a una estación.

-Solo me queda intentarlo -dijo el hombre mientras se ponía de pie-. Debo irme. Me has ayudado bastante, y si te sirve de consejo, jamás cometas los errores que cometió éste viejo.

Luis asintió con una sonrisa. No lo permitiría.

— —

-¿Qué te sucede? -preguntó Carlos.

Luis iba con su novio tomado de la mano, caminando hacia la parada del autobús después de salir de clases. Carlos normalmente lo iba a recoger los días viernes.

-Es solo que el día de hoy fue tremendamente extraño -contestó Luis-. Oye, prométeme que jamás dejarás que el trabajo me absorba.

-¿De qué estás hablando? -preguntó Carlos confundido.

-Solo prométeme que me ayudarás a jamás olvidar que hay otras cosas en la vida además del trabajo -le pidió Luis.

-¿Realmente crees que te dejaré olvidarlo? -le preguntó Carlos mientras lo abrazaba-. Yo soy una de esas cosas y ni de loco voy a dejar que te olvides de mí. Si es necesario te amarro a la cama para que no puedas ir al trabajo.

-Oye, se me ocurre un par de jueguitos con eso -le dijo pícaramente Luis a su novio.

-Me leíste el pensamiento -consintió Carlos.

-¿Entonces, prometido? -inquirió Luis mientras reanudaban la parada hacia la parada del bus.

-De acuerdo, te lo prometo -le contestó su novio-. Jamás permitiré que te obsesiones con tu trabajo. Te daré un jalón de orejas si algún día lo empiezas a hacer. ¿Y entonces yo puedo pedir algo?

-Lo que quieras -contestó Luis con una sonrisa, pensando que tendría que ver algo la cama y los juegos de los que habían hablado.

-Jamás dejes de mirarme de esa manera y de brindarme tu sonrisa -le contestó Carlos antes de plantarle un beso en la boca.

La verdad es que a Carlos jamás se le había ocurrido pedirle algo como eso a su novio, era algo que daba por sentado. Pero si Luis quería que dejaran en claro otras cosas que él creía que ya estaban dadas, quizás era justo dejar también eso en claro.

— —

Lejos de ahí, dos manos se entrelazaban juntas, sin saber que habían cambiado el futuro de una manera bastante conveniente.