Mucho tiempo después y más corto de lo debido, pero aquí hay un poquito más. Gracias a las personas que dejaron review y si están interesadas en que continúe háganmelo saber.

Si logro 5 reviews prometo continuar y subir el siguiente capítulo mucho más rápido.

Además voy a subir otra historia, bastante más larga y de la que ya llevó varios capítulos, ¡me harían muy feliz si la leen y me dan su opinión!

Un hombre te deja ciega y lo recompensas con rosas. ¿Qué sería necesario para ganarse tu odio, pequeña?

La chica inclinó ligeramente la cabeza hacia su hombro derecho, entrecerró los ojos y meditó con una ligera sonrisa.

Habían pasado siglos, pero no necesito esforzarse en recordar aquella otra ocasión en que una joven, muy distinta a la que en ese momento estaba a su lado, lo había enfrentado con gesto idéntico.

Mucho había escuchado hablar sobre la maldición de su condición: entender la existencia como una constante e inagotable sucesión de días. Días que lo golpeaban neciamente como olas a una playa. A Rodrigo le hubiera resultado tolerable la eternidad si hubiera contado a cambio con una memoria humana, frágil y limitada que gustosamente entregaba a la nada momentos cotidianos o dolorosos, una memoria destinada a olvidar incluso lo más querido. En su caso el tiempo tenía sobre los recuerdos un efecto similar al ejercido sobre los buenos vinos: los mejoraba, los concentraba de tal forma que se hacía adicto y vivía de ellos.

Por esa razón, siglos después recordaba el color exacto del vestido que Leonora lucía la primera vez que sus miradas se cruzaron: era verde oscuro y lograba que sus ojos color miel adquirieran la tonalidad de las esmeraldas. Recordaba cada uno de los matices que sus ojos adquirían según la luz o el color de su ropa. No necesitaba esforzarse para recordar que al momento de cerrárselos por última vez eran oscuros como dos granos de café.

Veracruz, 1800.

Hacía dos semanas que Rodrigo estaba instalado en Veracruz y a pesar de sus esfuerzos por regresar lo más pronto posible a la Ciudad de México los asuntos comerciales de su padre lo condenaban a por lo menos un mes más del calor enfermizo del puerto. Por supuesto, Rodrigo de Avilés gozaba de cierta popularidad en las reuniones: criollo, hijo de un exitoso comerciante, joven y atractivo. Desafortunadamente su carácter huraño y solitario lo hacían pasar rápidamente de un personaje solicitado a uno simplemente tolerado.

A la mitad de la velada, ya en su carácter de tolerado, se dedicó a recorrer el salón examinando a cada grupo reunido: un par de españoles en el sitio de honor, jóvenes criollos discutiendo sobre caballos, y ancianos que con una copa de brandy intercambiaban opiniones sobre el nuevo Virrey, don Félix Berenguer Marquina, y los extraños rumores que corrían sobre su extraña costumbre de disfrazarse para mezclarse entre la gente del pueblo y conocer de primera mano las costumbres de las nuevas tierras.

Tratando de alejarse de la inagotable cháchara de un par de caballeros que se empeñaban en hacerlo tomar partido en una discusión, Rodrigo se dirigía a la terraza cuando en uno de sus irreprimibles actos de caballerosidad se tomó unos segundos para abrir la ventana y brindarle un poco de alivio a una dama víctima de los calores de la edad. Se retiraba ya después de recibir una sonrisa de agradecimiento cuando al darse vuelta la vio.

Estaba al centro de uno de los grupos más bulliciosos y compactos; rodeada de jóvenes risueños repartía sonrisas como un cura piadoso bendiciones. Le dedicó una rápida mirada y no le pareció lo suficientemente atractiva para detenerse a entablar conversación. Era guapa para una reunión campirana, pero comparada con las bellezas de sangre mora que había visto en su viaje a España no merecía una segunda mirada; incluso en el mismo salón había rostros más agradables de mirar.

Se alejó con mayor velocidad cuando la escuchó anunciar entre risitas frívolas su decisión de apegarse al Calendario Republicano Francés y fechar su correspondencia usando el mes Nivoso porque resultaba más romántico y poético que el aburrido mes de diciembre. El coro completo de sus admiradores alabó su visión sin cuidarse de las posibles implicaciones políticas.

Rodrigo sonrió con desdén al darle la espalda a la joven y tuvo tiempo de notar que ella a su vez también lo estudiaba con mayor atención y disimulo, seguramente extrañada de no merecerle por lo menos una galantería. Por el resto de la velada se sintió observado por la joven. Esa noche Rodrigo seguía atrayendo miradas, no por ser particularmente apuesto o rico, sino por ser la novedad y quizás también por el halo de misterio que ya desde entonces creaba su carácter hosco y esquivo.

No transcurrió más de media hora cuando el anfitrión en persona se acercó a él llevando a una enjoyada joven del brazo y con toda la pompa y formalidad requerida presentó a la joven como su sobrina. La joven Leonora Teresa de Jesús del Valle y Vega con el rostro semicubierto por un recargado abanico y fingiendo una modestia que estaba muy lejos de sentir recibió el saludo cortés y frío de Rodrigo.

Leonora bajó el abanico y finalmente ambos pudieron estudiarse sin disimulos. Sus facciones eran toscas, pero las cejas decididas, negras y tupidas, se equilibraban a la perfección con las pestañas largas y espesas que dulcificaban su mirada y lograban hacer del conjunto algo agradable a la vista. Tenía la cabeza inclinada a su derecha y lo analizó con una mirada llena de picardía y curiosidad.

Olvidarme contestó la chica después de un rato, sonriendo de forma más evidente .

Rodrigo regresó al presente y encontró a la jovencita que lo miraba —sin verlo en realidad— con los ojos entrecerrados y la nariz arrugada en parte por la desconfianza y en parte por la interés.

Me llamo Aurora dijo ofreciéndole la mano derecha.

Rodrigo ignoró el gesto y levantó la vista al cielo comprobando satisfecho que la temperatura descendía drásticamente, tal como lo había predicho. Pensó que, de ser sincera, las probabilidades de que la joven Aurora llegara a odiarlo eran prácticamente inexistentes.

Hora de cerrar anunció a lo lejos uno de los encargados del cementerio.

Lobo ladró una vez y, como si hubiera entendido empujo suavemente a su dueña con el hocico dirigiéndola hacia el camino principal.

A la mitad del camino el viento ya tenía la fuerza necesaria para lograr que el cabello de la chica flotara como bandera sobre su rostro. Al momento de llegar a la puerta principal del cementerio Aurora se aferraba con ambas manos al arnés de Lobo, pero Rodrigo no estaba muy seguro de si lo hacía para no perder el rumbo o para no elevarse por los aires como una más de las hojas secas que les golpeaban las mejillas.

Espero que no vivas lejos de aquí. Con este viento podrías terminar en Oz bromeó.

Sería una ventaja, podría hacerle al mago un par de peticiones. Como un lugar para vivir, por ejemplo. Acabo de regresar a la ciudad, ¿de casualidad conocerás algún hotel decente en esta zona?

Obligada por el viento, Aurora tuvo que retroceder un paso. En cuanto, ayudada por Lobo, pudo plantarse firmemente sobre sus pies, se encogió de hombros y negó con la cabeza frunciendo la nariz de forma infantil.

Lo siento, no. Pero si te interesa algo permanente, en el edificio donde vivo rentan un departamento. Es una zona agradable y tranquila.

Instintivamente, Rodrigo metió la mano al bolsillo de su abrigo y apretó con fuerza el pequeño frasco que se hallaba en él. Nunca se había sentido cómodo estableciéndose en un lugar fijo. Al cabo de un par de semanas empezaba a sentirse expuesto, demasiado público y por lo tanto vulnerable. Sin embargo, el frío vidrio que apretaba en su puño le recordó que era exactamente eso lo que estaba buscando: exposición.

Sin decidirse aún sobre lo que haría a continuación siguió a la joven hasta la puerta del cementerio, donde, para su sorpresa, un hombre de edad media se acercó a ella con un gesto adusto y la tomó del brazo.

Te dije que me esperaras, no me gusta que salgas sola —le soltó secamente.

—Puedo cuidarme sola —contestó la muchacha con un tono firme que no admitía mayor discusión, pero sin dejar de sonreír y acariciando la mano del recién llegado tratando de calmarlo.

Un par de segundos bastaron para que el rostro del hombre se relajara. A primera vista, y de no haber estado seguro de que el padre de la muchacha estaba en una tumba a pocos metros de distancia, Rodrigo le habría asignado tal papel al desconocido. Sin embargo; viéndolo con mayor atención y ya con el rostro relajado, el hombre parecía más joven, 35 años quizás.

—Ahora —le dijo Aurora, después de darle un beso en la mejilla—, te voy a presentar con…

—Rodrigo Avilés — se adelantó, presentándose por primera vez.

Terminó de colocarse los guantes y esta vez fue él quien ofreció la mano.

Él es Alfredo, un muy buen amigo añadió sonriente Aurora.

Un observador menos experimentado hubiera pasado por alto el ligero gesto de disgusto del hombre al ser presentado como un muy buen amigo; Rodrigo por el contrario encontró tan fascinante el desliz como la incomodidad disimulada de la joven Aurora.

A lo largo de los años, mientras la mayor parte de las actividades parecían facilitarse, las máquinas y tecnología que permitían ese nuevo estilo de vida eran cada vez más complejas y sofisticadas, igual que las relaciones entre los humanos que las creaban.

Y ambas fascinaban a Rodrigo.