« Mine.Copia, plagia, o algo así… y amanecerás bajo el agua. He dicho.
« Fandom. {Original}. The Madness ~ BeCrazy.
« Pairing.
Blake/Scarlett.
« Music.
Secrets + One Republic.
Love is laserquest + Arctic Monkeys.
« Mayday, mayday.
Para Towni y Pepe aka Majo. Porque las dos son awesomes, y Towni es como mi shipper free!spirit (ni siquiera sé si existe ese término, pero buéh) y Pepe, bueno, se lo había prometido desde hacía siglos; hope is not too late. Ojalá les guste, amores.
Btw, yo sé que en ciudad Gris sólo hace frío, pero imaginemos que, en esta ocasión, hace calor, ¿vale? Eso (y se callan).
DUUUUUUDE. Al fin se me hizo terminar esta cosa -rueda eternamente-. Estoy algo así como que nervios mode on porque, de nuevo, creo que no logré sacar lo mejor del pairing. No sé, no sé, creo que no quedó tan mal. Ahí ustedes comenten.
No, srsly, comenten. (Dejen un review, pretty please).

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Monster.

« Y desde entonces te convertiste en aquel monstruo que,

algún día, espero encontrar bajo mi cama »

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La tarde es calurosa. Es extraño y todo parece fuera de lugar. O al menos así lo siente Scarlett. Porque está en casa de Tom, pero él no se encuentra ahí. Quizá haya salido. Quizá simplemente y al final, la tierra haya terminado por tragárselo. No lo sabe, quizá no quiera llegar a saberlo. La casa está en silencio. Ella está a su lado, tendida sobre la cama, con las ventanas abiertas y la brisa entrando, agradable y oportuna para golpearles en el rostro y rehuir el calor. Scarlett ríe mientras Blake le cuenta tantas cosas. Secretos, bromas, quizá hasta le canta uno que otro verso de los Arctic Monkeys, («don't worry, I'm sure that you're still breaking hearts, with the efficiency that only youth can harness…»). Le toma las manos, le acaricia el cabello con sus propios dedos y le susurra cosas al oído. Todo es tan divertido, todo...

(Hasta que) Scarlett se desahoga. Que Desmond es un maldito, que Caprice está embarazada, que Tom la ha dejado plantada aquel viernes de películas. Por alguna razón quiere llorar. Pero ella no llora. Blake lo sabe. Así que le sonríe de lado y le murmura un «deja de ser tan nena, Scar», le hace cosquillas y de nuevo la presión del mundo recae en cualquier cosa insignificante que no sean los frágiles hombros de Scarlett y su espíritu de papel mojado (que se deshace y vuelve construirse por aquella sonrisa llena de secretos). De palabras por las que se arrastraría y no tiene idea de una buena razón para hacerlo.

—Oye, Scar... —dice Blake.

Y ella, y la otra chica. El cabello oscuro y aquella mirada que dice muchas cosas pero las calla antes de que Scarlett pueda comprenderlas. Lo hace a propósito, está tan segura. Y de alguna manera le fastidia, porque Blake es aquel tira y afloja que la mantendrá esclava de la soga, del juego, del «ven, vete, déjame, vuelve» que a la castaña tanto le gusta jugar. Y Blake, desde el otro lado de la cama, donde cree poder verlo todo (a Scar, a sus manos de muñeca y su rostro de ángel; puro, tan puro y que a veces se resquebraja ante la mirada de muchos). Pero jamás ante la de Blake. Porque es ella quien la sostiene por el brazo cuando comienza a verla caer. Es quien la toma firmemente (y con suavidad, con mucho cuidado; es un querubín, después de todo) por la barbilla, susurrándole cosas que le hará olvidar después.

—¿Estás triste, Scar?

La rubia se queda quieta. No sabe si decir la verdad será suficiente. Blake le acaricia la boca con la mirada y vuelve a sonreírle con aquel deje tan felino en los ojos que obliga a Scarlett a estremecerse.

—¿No lo sabes?

—¿...Qué?

—Calla.

Blake ríe suavemente ante el pequeño mohín de la rubia. Quizá es por eso que le agrada tanto. Tal vez, después de todo, sí se parezcan. Pero espera que no porque alguien como Scarlett, con su rostro de princesa y su cuerpo de porcelana, no podría aprender a conservar el infierno dentro de su persona. ¿Puedes imaginar un ángel con las alas ardiendo, muriendo poco a poco con una mueca en su fino rostro, pero aún así siendo tan asquerosamente bello? Blake puede. Y eso le basta para saber que no, que Scarlett es superior, es etérea, es el ejemplo exacto de lo que ella no es y sin embargo debería. Le duele que sea tan perfecta.

(Le duele tenerla ahí y no merecerla).

—¿Has besado a una chica antes, Scar?

No le importa, no le importa. (La quiere y la conseguirá).

La rubia ya no tiene idea de dónde está. Sólo sabe que sigue tendida sobre el costado, mirando a Blake y sintiendo cómo las puntas de sus pies desnudos rozan los de la otra chica sobre la colcha púrpura de la cama. Observa cómo una fina capa de sudor pega a las sienes de Blake algunos mechones de cabello. Se muerde el labio inferior antes de bajar la mirada y negar suavemente con la cabeza. (Se siente tan débil, tan en desventaja). Por un lado le enfurece porque ella no es así. Se supone que es la chica que mata, que miente, que maldice. La que se contenta con mancharse el vestido con sangre y alivio falso, que sonríe porque cree que su venganza es real cuando en realidad todo es una ilusión. (No hay dolor, sólo las garras de siempre).

(Desmond. Maldito).

Maldito, maldito, maldito.

—No.

Quiere romper en llanto pero sólo es una fracción de segundo. Y Blake se inclina. Y la besa. Y Scarlett siente mariposas en la garganta, tantas, demasiadas, hasta que revienta y sabe (que todo pedazo pertenece a Blake). Ella sonríe contra sus labios, entreabriéndolos y dándole a probar tantas experiencias, tantas cosas que calla, (el eco de otras bocas). Todo se vuelve insoportable. Hace más calor y Scarlett se siente ligera, libre, con todo lo que alguna vez deseó. (Blake siendo la dueña de sus respiraciones lánguidas, quien le muerde los labios, y aquella mano cínica bajo su falda blanca).

Es todas las palabras que le gustan a la rubia. «Eres muy guapa, Scarlett» y muchas cosas más que le hacen sonreír tontamente y que, sabe, sólo acepta si vienen de ella (o de otra persona con cabello rubio). Pero en ese momento sólo se trata de Blake y sus labios, su voz, que sólo dice la verdad, siempre la verdad. (O mentiras, perfectas y pequeñas mentiras) a las que Scarlett gusta interpretar como sinceridad. La castaña la toca y se siente real, patente, viva. Está ahí y no parece como si fuera a desaparecer. Es como la gravedad, que la mantiene sujeta a esa realidad cruel, pero que le enseña a esconderse y sonreír ante la estupidez de los que eligen sufrir.

Y entonces le regala un gesto semejante una vez más, mientras los últimos rayos rojos del sol comienzan a formar sombras en la habitación. Scarlett jadea. Los ojos de Blake brillan bajo esa mezcla naranja, dorada, oscura. (Anormal). Le acaricia la mejilla al separarse, cariñosa. Llena de intenciones (buenas o malas…, ya no parece interesar).

—Lucías tan triste —susurra Blake, quedándose callada unos segundos que considera una eternidad. Después parece animarse un poco—. Tengo que hacer la cena. Seguro que Tom no tarda en llegar. ¿Vienes?

Se levanta grácilmente de la cama, atravesando la puerta sin mirar atrás. Scarlett la sigue. No quiere quedarse sola porque tiene miedo de ahogarse en las sombras, (en el aquél volátil momento que Blake probablemente ya olvidó).