Demonio.

–Aquí tienes pequeña– dijo sonriendo la hermosa chica de dorados rizos mientras le regalaba el mechón de cabello que acababa de cortarse.

–¡Muchas gracias, lo conservaré por siempre!– agradeció la dulce niña aceptando de buena gana el regalo.

María observó con una sonrisa como la niña se marchaba, para luego quedarse viendo fijamente la tijera que había utilizado momentos antes en su cabello.

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–¡No puedo creerlo, ella no pudo haberlo hecho!– exclamó escondiendo su cabeza entre sus manos –¿Porqué, porqué lo hizo?

–Cálmate Emanuel– lo consoló Ayleen sentada a su lado –. Ninguno de nosotros lo entiende, pero debes ser fuerte, la vida continúa.

Él levantó la cabeza sólo para observar con lágrimas en sus ojos al hermoso ángel de dorados rizos que reposaba en ese ataúd color caoba en el centro de la habitación.

–No lo entiendes... yo la amaba– murmuró con añoranza –. Si tan sólo se lo hubiera dicho cuando aún tenía la oportunidad.

Ayleen tragó con fuerza mientras apretaba los dientes, saberlo era una cosa, pero escucharlo de él dolía demasiado.

–Me gusta tu cabello– afirmó la pequeña niña que parecía haber aparecido de la nada frente a él.

–¡Nos vamos!– ordenó Ayleen poniéndose de pie de pronto para caminar hacia la salida sin dejarle más opción a la pequeña que seguirla.

Salieron de la funeraria sin despedirse, Emanuel no lo notaría, para él sólo existía María, siempre había sido así.

–¡Aléjate de él!– exigió Ayleen mientras caminaban rumbo a la casa.

–¡No quiero!– negó con la cabeza la pequeña que caminaba unos pasos frente a ella –Me gusta mucho su color de cabello, le pediré que me regale un mechón.

–¡No!– le gritó, bajando la voz cuando unas personas voltearon a verla –Ya tienes muchos castaños.

–No de ese castaño– explicó la niña volteando a verla con una sonrisa angelical –. Pero no lo molestaré a menos que tú quieras.

Ayleen exhaló resignada, eso era lo máximo que podía lograr con esa niña.

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Despertó sobresaltada a mitad de la noche, algo no andaba bien, podía sentirlo. En medio de la penumbra de su habitación pudo distinguir algo que se movía. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la tenue luz que se colaba por la ventana, fue entonces cuando distinguió a la pequeña, ella parecía jugar con algo...

–¿Te desperté?– preguntó la niña volteando a verla, con un rizo en sus manos.

–No... ¡No!– gritó desesperada saliendo de su habitación sin cambiarse de ropa siquiera.

Aunque no lo hubiera visto bien debido a la ausencia de luz, sabía perfectamente a quien pertenecía ese cabello, y lo que eso significaba...

Corrió descalza las cinco cuadras que separaban sus casas, debía verlo, debía cerciorarse de que estuviera bien, aunque en su interior sabía la terrible verdad.

Entró por la ventana de su habitación, ella era su mejor amiga y como tal sabía que él siempre la dejaba abierta, encendió el interruptor de luz y allí vio lo que tanto temía.

Sangre... sangre por todos lados, él parecía haberse perforado la yugular con una navaja,

–¡Emanuel!– exclamó en medio del incontenible llanto lanzándose a abrazarlo –¡No puede ser... no pudo haberlo hecho!

Gritó y lloró aferrándose a ese cuerpo inerte, vacío de alma que en algún momento fue su amigo, su cómplice, su amor inconfeso. No tardó en escuchar voces desde el pasillo, seguramente sus padres despertaron con el escándalo, pensó por un instante en quedarse allí, pero... ¿cómo lo explicaría?

Corrió por la penumbra de la noche, su camisón blanco bañado en la sangre de Emanuel, su rostro cubierto de lágrimas llenas de pesar, de desesperación, de culpa... porque si él nunca la hubiese conocido, si ella nunca se hubiese enamorado de él... era su culpa.

No... no lo era, era culpa de ella.

Ella lo mató...

Ella lo hacía siempre...

Llegó a la casa decidida a hacerlo, decidida a acabar de una vez con esa pesadilla en la que un día sin motivo alguno, sin merecerlo se vio inmersa, el día que ella... Dominique, nació.

–¡Se terminó, jamás te perdonaré lo que hiciste!– gritó abriendo la puerta de su habitación con rabia, odio puro destinado hacia esa niña aparentemente inofensiva que jugaba en el piso con decenas de mechones de cabello como si fueran sus muñecas.

–Hermanita, ¿no estás feliz?

–¡No me llames así, y por supuesto que no estoy feliz!– exclamó corriendo hacia ella y tomándola del cuello –¡Lo mataste, mataste a Emanuel!– apretó con fuerza –¡Mataste a María! ¡Mataste a mis padres! ¡Mataste a tanta gente!

Elizabeth no respondió... no podía hacerlo, sólo la miraba a los ojos, con esa eterna expresión de serenidad que tanto la perturbaba.

–¡No debiste nacer, lo sabía, tú fuiste un error, una abominación!– continuaba gritándole mientras sentía con placer como sus dedos se enterraban más y más en la tráquea de ese demonio con rostro angelical –¡Te odio, te acabaré!

Finalmente todo acabó, faltaban algunas horas para que el sol inundara las calles con su luz, Ayleen caminaba con el cuerpo de su hermana... no, de ese monstruo, en brazos. La dejó en un depósito de chatarra, oculta entre fierros oxidados, quien lo viera al pasar creería que solo se trataba de una sábana sucia, nadie sospecharía que eso tan pequeño que envolvía era el cuerpo de una niña, un demonio encubierto en realidad.

El regreso a la casa estuvo plagado de recuerdos, imágenes del pasado que su mente se empeñaba en rememorar. Desde que su madre le dio la noticia de su embarazo, ella supo que era un error, que algo malo se gestaría, era pura intuición, pero lo sabía...

Por eso intentó matarla antes de que naciera...

Por eso arrojó a su madre por las escaleras...

Por eso envenenó su comida...

Por eso clavó esa cuchilla en su vientre...

Pero ella resistió, esa maldita nació y en el proceso mató a su madre...

Entonces su padre se puso en su contra, la acusó a ella, no al demonio que ayudó a concebir, de la muerte de su madre.

Pobre estúpido, finalmente le llegó la hora a manos de la niña que tanto defendía, esa maldita lo mató también a él.

Al llegar a la casa recogió uno a uno los mechones de cabello, cada uno representaba una muerte, una persona que desapareció de su vida, podía reconocer sin lugar a dudas a quien pertenecía cada uno de ellos. Los guardó en la cajita que Dominique les había destinado y la escondió debajo de la cama, sintiéndose extrañamente liberada, al fin había tenido el valor de acabar con tanta maldad.

Los días siguientes transcurrieron con normalidad, el funeral de Emanuel fue muy triste, pero lamentablemente ya estaba acostumbrada a ese lugar, a ese sentimiento. Una semana más tarde recibió una visita inesperada, un inspector, detective, policía o algo de eso. Lo atendió desde la puerta, no haría pasar a una persona tan horrible que la miraba como si fuera una sospechosa.

El hombre le informó que estaban investigando el sospechoso suicidio de Emanuel, que sus huellas estaban por toda la habitación, incluso en la navaja con la que en teoría el joven se había quitado la vida. Ella intentó mantenerse tranquila, después de todo no tenía nada que temer, ella no había hecho absolutamente nada, así que lo más calmadamente que pudo explicó que ella era su amiga, que frecuentaba su habitación y por lo tanto era lógico que encontraran esas huellas incluso en la navaja que usaban para hacerle filo a los lápices. Evitó hábilmente hablar de su visita esa noche, cuando lo encontró muerto, sabía que su huida si bien justificada podía resultar sumamente sospechosa sobre todo para ese tipo que ponía cara de no creerle una palabra.

Finalmente el hombre se fue, no sin antes decirle que no saliera de la ciudad. Ella cerró la puerta temblando de nervios, realmente le había caído muy mal ese tipo.

Esa misma noche, luego de un relajante baño, tan relajante que logró dormirla profundamente en la tina, regresó a su habitación lista para terminar sus tareas y entonces la vio.

–No... ¡No!– gritó caminado hacia atrás hasta chocar con la pared –Es imposible... yo... ¡Yo acabé contigo!

–¡Mira, que lindo!– exclamó la pequeña con su dulce vocesita, viéndola con esa carita lozana y esa sonrisa pura, mientras le enseñaba un rizo negro.

–¡¿Qué demonios haces aquí? ¡Viva!– le preguntó fuera de si tomándola de su menudo bracito –Yo te hice desaparecer. ¡Yo te maté!

–No lo hiciste– negó la niña con la misma sonrisa, como si el trato tan agresivo no la afectara –. No puedes hacerlo.

–¡Claro que puedo yo lo hice yo tiré tu cuerpo en...!– y sin terminar la frase salió a la calle, sin soltar a su hermana, sin importarle llevar un fino camisón rosa en esa fría noche.

Caminó rápidamente, arrastrando a Dominique rumbo a ese depósito, debía convencerla, convencerse a si misma de que la había matado, realmente lo había hecho, aún recordaba esa sábana en la que la envolvió, la sangre... Se detuvo un instante, ¿en qué momento limpió su habitación luego de asesinarla?

No podía recordarlo...

No importaba, sólo eran los nervios...

Retomó su camino, aún sin soltar a su pequeño infierno de rizos carmesí, se metió al lugar buscando al menos la sábana ensangrentada que debía estar por ahí.

La encontró, allí estaba ese trapo blanco ya teñido de rojo que claramente envolvía un pequeño bulto, miró a la niña como asegurándose de que aún estuviera allí, que no hubiera sido un sueño, una ilusión, y con su mano libre tiró de la sábana.

Soltó a la pequeña al caer sentada, tuvo que cubrirse la boca con ambas manos para no vomitar ante tan sangrienta y desagradable imagen, ese tipo, ese que la abordó en la mañana en su portal, yacía allí. Sólo su cabeza y torso, el resto de su cuerpo seguramente estaría en pedazos, regados por el lugar, no sería ella quien los buscara.

–¡Oh Dios!– susurró cuando logró emitir sonido –¿Tú?– preguntó volteando a ver a la niña que continuaba con el mismo mechón de cabello en su manita, ahora ya sabía a quien le pertenecía.

–Él te molestaba...– respondió la pequeña con una extraña felicidad.

–¿Cómo? ¡¿Qué clase de monstruo eres?– le gritó poniéndose de pie con desesperación.

–Ese hombre me traerá problemas, él puede descubrir que estuve en la habitación de Emanuel, puede averiguar que él estaba enamorado de María y no de mi, él sabría que tuve motivos para matarlos, y si continuara averiguando acabaría descubriendo la muerte de mis padres y las demás personas... todos los que me hicieron daño alguna vez– habló sombría-mente, como si no fuera una niña pequeña, sino una persona adulta, llena de resentimiento –. Eso pensaste, ¿verdad?– preguntó volviendo a su tono de voz normal.

–¿Cómo... cómo lo sabes?– preguntó Ayleen casi sin voz, ese demonio estaba en su cabeza.

–Yo lo sé todo de ti... soy parte de ti...

–¡No... no lo eres! ¡Eres un monstruo, una asesina!

–Soy lo que tú quieras que sea– dijo finalmente la pequeña desvaneciéndose ante sus propios ojos.

No supo porqué sintió la necesidad de ver sus manos, sangre... demasiada sangre... su camisón también estaba manchado, no podía haberse ensuciado descubriendo el cadáver, no tanto.

Cayó de rodillas llorando desesperada mientras cientos de imágenes acudían a su mente, como si se tratara de un torbellino se dejó arrastrar, reviviendo cada uno de los asesinatos, pero no era su hermana quien los mataba...

–Siempre... lo supe...– murmuró finalmente cuando las lágrimas se acabaron, poniéndose de pie con sus ojos carentes de brillo, habiendo comprendido la realidad...

Como si se tratara de una asesina experimentada limpió sus huellas de la escena del crimen, después de esconder el cuerpo, y luego se marchó antes que el amanecer la sorprendiera en esas ropas ensangrentadas. No volvería a ver a Dominique, ya no la necesitaba, ahora lo sabía, ahora que había aceptado la realidad, podía ocuparse de sus propios asuntos.

Como lo que era...

Como lo que siempre fue...

FIN.

Este es un relato que escribí para un concurso, la consigna era hacer uno con un máximo de 2000 palabras, este tiene algunas más por las correcciones que lo hice para colgarlo aquí, espero que lo hayan disfrutado.