Viene a mi mente el comienzo de nuestro amor, y recuerdo las noches de invierno con sabor a soledad. Mis delirios obsesivos, aferrándome a personas intangibles, a metas inexistentes. El amanecer me recibía con su luz deslumbrante, y yo me escondía en los confines de mi pequeño mundo de papel y risas vacías. "No necesito nada más, mi vida es perfecta", solía decirle a los demás, y también a mí misma. En mi interior alguien lloraba, y más de una vez las lágrimas me derribaron. Me hice un ovillo y protegí mi cuerpo del frío invernal; sin embargo, mi alma se estremeció gélida al enfrentarme a mis carencias.

Y así pasaron los días. Mi mundo de papel se hacía cada vez más grande; no sé cuántas serían las habitaciones en las que me escondí, pero mi ser encontraba comodidad en la oscuridad y la introspección, y hallaba sus momentos de placer al deleitar su paladar con manjares dulces, que atontaban sus sentidos y lo conducían a la más divertida ignorancia.

Pero no era fácil ver el Mundo. Mi inquilina no se dejaba embaucar, a pesar que mi cuerpo colmado por el azúcar buscase refugio en las cómodas habitaciones de mi ya Universo de papel. Ella siempre lograba mirar todo a través de mis ojos vacíos (aunque fuesen sólo unos minutos u horas), y los llenaba de visiones de brillantes colores, de felicidad y luz. Esas carencias eran profundas heridas; mi inquilina veía el Mundo unos minutos y éstas se abrían, manando sangre. El Universo de papel le daba la bienvenida a mi cuerpo vestido de rojo y así descansaba yo, mi cansancio nunca saciado, al igual que el hambre de Mundo de mi inquilina.

Así sentía mi voluntad marchita. Mi corazón, en penumbras y a tientas de aquello que nunca conseguiría. Sólo respirando, porque mi voluntad era tan débil, que la eterna introspección parecía un camino mejor.

Y llegaste a mí. No supe verte al principio, pero mi inquilina gimió y te señaló alegre. Sus ojos marrones se abrieron con interés, y así los míos con el tiempo. Había encontrado en tu persona una profunda soledad, pero así también bondad y dulzura. Hacías reír a la inquilina, ella se sonrojaba y el corazón le latía tan fuerte al saber algo de tí, que con el transcurrir de los días no le permitió a sus ojos sólo unas horas para ver el Mundo. Y no me permitió refugiarme en mis pomposas habitaciones o sedar mi cuerpo con el azúcar. Sostuvo mi cabeza para verte al rostro, y me gritó en el oído, me prohibió esconderme y privarla de tí.

Y lo supe desde ese primer momento, que te ví y todo mi cuerpo se estremeció con la excitación y el miedo a lo desconocido: yo tampoco quería privarme de tí.

Con el pasar de los días me azotaron las más profundas emociones, hasta el punto que mi mente se sintió anesteciada; ese era el más perfecto estado, el que ninguno de mis dulces podía emular. Si tu voz y tu risa no eran suficientes, buscaba refugio en la ternura de tus ojos y descanso en la delicia de tus labios. Tus manos suaves y gentiles se deslizaron por mi cuerpo, curando a su paso cada porción de mi faz y de mi alma.

Mi Universo de papel, antaño mi morada, reclamaba mis visitas. Aquella que alguna vez ocupó mi cuerpo, sonrió con nostalgia, al observar mis ojos brillar con Vida, como si supiera que su trabajo allí había terminado, y me dijo adiós, pues lo que venía después ya dependía de mí.

Las palabras son pocas. Podría escribir los relatos y poemas más hermosos, sólo para tratar de hacerte comprender cuánto cambiaste todo, y aún así no lo conseguiría. Te llevaste la oscuridad que habitaba dentro mío. Esa luz hermosa que encendiste en mi alma no se apaga nunca, y cada vez que pienso en el amor de tus ojos y la bondad de tu ser, se enciende un poco más. Y cada vez que recuerdo esos días en los confines de mi Mundo, la alegría me invade, pues sé que no quiero volver allí nunca más. Gracias por todo. Te amo. Corina.