« Mine. Copia, plagia, todo eso... Y amanecerás bajo el agua. He dicho.
« Fandom. Be Crazy ~ The Madness.
« Pairing.
Julian/Marissa » Julissa.
« Music. One and only + Adele.
« Warning. Incesto (for the win).
« Mayday, mayday.
Para Ellie y para Towni. LSDJKADKADSKLADKJS -rueda por el mundo-. No tengo mucho por decir esta vez. Sólo amen el pairing y ya, que Marissa es la única chica con la que me gustaría ver a Jules si no se queda con Blake -cries- (?). Anyways, enjoy~.

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Untouched

« Déjate sentir.

Prometo besarte hasta la sombra »

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Julian piensa que Marissa ha crecido demasiado. Extraña las trenzas en su ahora siempre suelto cabello, el perfume natural de cereza que ha sido reemplazado por uno de marca, y la sonrisa libre de compromisos que ella siempre regalaba cuando menor. Cuando era una pequeña princesa y las cosas resultaban ser mucho más fáciles para ambos. Pero se equivoca. Marissa es todavía una princesa. Una que te mira por debajo de las pestañas, con aquel cabello rubio perfectamente peinado enmarcándole las facciones y las palabras escurriéndosele por las comisuras de la boca. Para ella las cosas siguen igual porque Julian aún está a su lado, con ella (perteneciéndole). «Es mío», piensa cuando lo ve partir por la mañana a la biblioteca. «Es mío», piensa cuando él llega tarde a casa o incluso en la madrugada. «Es mío, es mío, es mío», susurra acurrucada en la cama mientras llora, patalea en silencio y está segura de que él está con la otra chica, con Blake. Aprieta los dientes con rabia, y el único testigo de sus lágrimas y gritos es el almohadón de plumas con el que pretende dormir.

Pasa de medianoche. Las sábanas están húmedas por el llanto de Marissa. Y ella sólo está ahí, en medio de la oscuridad, con su cuerpo perfecto y su rostro hermoso, elegantemente rota frente al espejo. La oscuridad no le permite ver su reflejo y lo agradece con otro par de lágrimas silenciosas, porque le duele, le molesta, le hiere estar sola. «Julian, ¿dónde estás?». Y él está justo ahí, dormido en el sillón que se encuentra en una esquina de la habitación. Luce tan pacífico y tranquilo, tan inocente y ajeno al aura de tristeza que rodea a su hermana. Ella frunce los labios. Eso no le parece justo, no quiere sufrir sola. Y es lo suficientemente egoísta como para «Jules, despierta. He tenido un mal sueño» y mover con suavidad su hombro hasta que él abre los ojos, que brillan como el mercurio incluso en la oscuridad, y la mira. Le sonríe. Se levanta y ríe un poco por lo bajo. Marissa no sabe por qué y frunce el ceño. A punto está de replicar pero Julian la toma de la mano y se recuesta a su lado en la cama, abrazándola mientras le acaricia el cabello, rodea su cintura con un brazo y susurra en su cabello que no debe tener miedo porque «yo estoy aquí, Marissa».

(Pero no es suficiente). No para ella.

Marissa no es (lo que se dice) paciente. No es el tipo de chica que decide mirar por la ventana y soltar un suspiro mientras aguarda a que sus deseos se cumplan. Quiere a su hermano (en todas las formas posibles). Así que se remueve inquieta en su abrazo y antes de acercarse más Julian, le sonríe con aquel deje travieso. Sí, ella sonríe, en efecto, y en su mente se dice que por supuesto, que todo está en orden, que todo está bien, porque ese es el tipo de cosas que hacen los hermanos, ¿no? (Quererse). Así que se inclina sobre su rostro con la boca entreabierta, tan llena de sentimientos y le besa. Sólo así, sin ningún aviso. Y sin embargo Julian siente que lleva esperándoselo una eternidad. La boca de su hermana (sabe dulce) y es ruda, furiosa, como si de nuevo fuera la niña de las trenzas con sus hoyuelos que hace un berrinche porque su hermano prefiere salir con sus amigos a quedarse en casa con ella. Pero él está ahí y no tiene planeado moverse. Debería, pero el único testigo de todo será su conciencia y sus recuerdos. Ella se separa y se relame los labios con una pequeña sonrisa naciendo en la comisura derecha de su boca. ¿Qué acaba de pasar? Julian finge no saber. Entonces la mira y en sus ojos azules, a pesar de no hallar la verdad, encuentra una mentira perfecta, bonita, fácil de creer y de la cual formar parte es pan comido.

Entonces ella se inclina de nuevo, con la boca expectante, y le roba otro beso. Rápido, sincero, con el corazón latiéndole a mil por hora porque (no) tiene miedo de cometer un error. Julian parpadea. Marissa se acerca otra vez y… Es él quien sale a su encuentro. La rubia sonríe con aquellos hoyuelos de niña pequeña y la mirada tan angelical, tan inocente, y que en realidad oculta tantas cosas que no se atreve a decir. Porque sabe, hasta cierto punto, que aquello que piensa, que imagina, no está bien. No es natural, es incorrecto (pero, ¿por qué lo que siente debería ser incorrecto?). Se miente y se dice que no lo es. Que es lo indicado mientras sólo ella esté al tanto de lo que pasa dentro de su cabeza.

Desea que la ame sólo a ella y a nadie más. Y aunque sabe que no puede retenerlo por siempre, también sabe que Julian es débil, que es su hermano y que debe estar ahí cada que lo necesite. Que es suyo en esos momentos que él trata de olvidar, que sólo son ellos cuando «te necesito, Julian» y él cae antes esos labios delgados, rosados, que son agua y viento cuando Marissa le da a conocer una lengua suave y resbaladiza.

Lo besa hasta que le duele la boca (y la verdad). Que ella no es la única, no es la indicada. (Quiere ser el destino de su hermano) pero ya se lo ha robado alguien más. Aún así, en ese momento sólo se trata de Marissa y de Julian, no de los hermanos Steel. Él la toca, le muerde los labios y le besa hasta que su respiración se vuelve decadente, tal y como desliza las manos por las piernas de su hermana. (Error, eso es un error). Pero lo quiere, lo anhela. Desea sentirla propia, de nuevo tan suya (porque ha crecido y ningún chico será jamás suficiente; todos la añoran pero no pueden con una mujer tan preciosa, tan perfecta que te hace querer arrastrarte por tan sólo una de sus miradas). Se mueven sobre la cama, robándole la respiración al otro, suspiros, jadeos (un gritito que se escapa, exquisito). Como miles de pajaritos.

(Y él sobre ella, sin moverse, las piernas un poco abiertas y los párpados pesados).

Marissa sonríe por última vez en la noche. Gana, ella gana (siempre). Y es que no puede imaginar vivir en ese mundo en el que ella no es la princesa. No imagina vivir en aquel en el que no está con Julian. Pero a él le cuesta vivir en otro mundo que no sea el real (crueldad e ironía incluidas). Se separa, la mira y le acaricia el rostro con la punta de los dedos. Se muerde el labio inferior y se deja caer al lado de Marissa. Por un momento, el eco del silencio resuena en sus oídos, repitiendo como una vieja cinta todo lo ocurrido. La expresión en el rostro de Julian es vacía y se levanta con cuidado, besando la frente de Marissa con un «buenas noches, princesa».

Ella está segura, tan confiada. Porque algún día ella será lo único que le quede a Julian, lo que necesitará por encima de todo (y que estará dispuesta a darle). Sonríe una vez más, (con los pedazos de su alma entre las manos) y mostrando los hoyuelos a la soledad de su habitación, mientras un susurro se escapa de su boca antes de cerrar los ojos.

«Mío. Siempre mío».

(Y lo es).