« Mine. Copia, plagia, todo eso... Y amanecerás bajo el agua. He dicho.
« Fandom. Be Crazy ~ The Madness.
« Pairing. Desmond/Rachel.
« Music. Nobody wins + The Veronicas.
Hysteria + Muse.
Estrella inmortal + Adanowsky.
« Mayday, mayday.
Para Ellie y para mí porque ajfhsldjalsjd, es tan bonito cuando nuestros pj's se odian. (?) Idk, me encanta el pairing, punto. Lo único malo es que esto arruina el Desprice y eso no es de Dios. (?) Anyways, salió esto y creo que no quedó tan mal. Love ya, E.
Terminé esto en la escuela. Había empezado en Word desde la pc, pero le di guardar y no se guardó r_r lo volví a escribir y me costó un huevo de los que no tengo acordarme de todo lo que llevaba escrito. Pero al final Word me la peló y Hora soy feliz. (?). Enjoy~.

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Boundary

« You would rather fight than walk away »

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No se trata de quién es el sexo débil, si no del sexo en sí, ¿entiendes? Y tampoco es como si pensaran en ello. Sólo son dos completos extraños que se llaman por sus respectivos nombres porque, vaya, no tienen otra opción. Porque si de hecho se hablan con toda la cordialidad posible y se regalan muecas que parecen sonrisas es por Caprice y únicamente en presencia de ella, por verla contenta, por verla sonreír sin el menor atisbo de aflicción. Pobresilla. Si tan sólo supiera que es cuando se retira a dormir que en el piso inferior, en la sala, es donde se desata la tercera guerra mundial. Gritos, bufidos y respuestas llenas de sarcasmo. Podrías estar ahí y calificarlos como un triste matrimonio ahogándose en problemas maritales.

Siempre es lo mismo. Es como si pelear con el otro les produjera cierta satisfacción. Como si callar al otro les hiciera sentir bien. Como si ver la mirada baja ajena a la propia encendiera un interruptor para seguir poniéndose en evidencia. «Tú embarazaste a mi hermana», alega siempre Rachel. Es algo que tiene presente todo el maldito tiempo y que la hace temblar de ira. Porque tocar el vientre de Caprice cuando murmura «no hay marcha atrás, Rach. Debe nacer» e imaginar sus ojos llenos de ese brillo tan propio de ella cuando se nublan de lágrimas la hacen querer tomarla por los hombros y zarandearla para gritarle «¿no te das cuenta de lo que va a nacer?, ¿es que no lo sabes?». Pero Caprice no es así. Caprice siente a la criatura aún sin tener un vientre bien formado. Se siente obligada a quererlo. Rachel, en ausencia de su gemela, no puede evitar sentir asco. Por lo que ambas son y por lo que, sabe, nacerá. Entonces frunce el ceño y sus manos se vuelven puños, y no se contiene al expresar en voz alta el odio que siente hacia Desmond, porque eso, todo aquello, es su culpa. De él y de nadie más.

Él, sin embargo y por supuesto, no está interesado en lo que la menor de las Vendetta opina. Sólo puede pensar en lo que hará a partir de ese momento. En cómo va a manejarlo, en cómo hará de la situación algo soportable. Se siente perdido, como si se asfixiara, y Rachel no ayuda en lo absoluto a que adquiera un poco de tranquilidad. Ella lo exaspera, lo cabrea como nadie nunca lo había hecho. Y le sorprende un poco darse cuenta de lo mucho que lo satisface el hacerle cerrar la boca con sus comentarios mordaces, contestando los hirientes que la gemela de Caprice le suelta. Está harto de ella, así como la chica ya tampoco soporta verlo. Y sin embargo ahí están los dos, en silencio y en la salita, Rachel recargada en la pared y él sentado en el sofá, mirando sin poner atención al partido de americano que están pasando en la televisión. El silencio y el aire en torno a ellos es denso, difícil de respirar. Insoportable. Ella gruñe, despegándose del lugar en donde está para tomar un libro en sistema braille de la mesita de centro y dejarse caer en el otro sillón, mientras desliza las yemas de los dedos por las páginas, leyendo Rayuela, de Cortázar. «Yo espero cualquier cosa de esta noche, hay como una atmósfera de fin del mundo.» Rachel resopla, pasando la página y deseando que Caprice despierte de su siesta lo más pronto posible.

Pero no se da cuenta de las muchas cosas que ignora, a pesar de creer tener los oídos en todo. No se da cuenta de que aquella frase del libro la dijo en voz alta y tampoco se da cuenta de que Desmond la está mirando de reojo (se siente estúpido haciéndolo porque ella está ciega, se supone que no puede verlo). Rachel tampoco nota que el rubio sólo puede observar la forma en que las yemas de sus rosados y delicados dedos rozan las páginas agujereadas de aquel libro, en cómo el flequillo de su corto cabello (que comienza a tornarse rosa) le cae sobre los ojos verdes sin vida, que miran sin mirar un punto fijo al frente, vacíos y aún así tan brillantes. En cómo sus labios se mueven conforme recita entre susurros las frases que ya se sabe de memoria. Desmond se humedece los labios, tensando la mandíbula al devolver la mirada al televisor, tratando de no pensar mucho las cosas.

Debe admitir que la primera vez que vio a las gemelas, realmente se sorprendió. Eran idénticas en el físico. El mismo cabello rubio, las mismas esmeraldas por ojos, la misma boca, los mismos pómulos altos, las mismas pestañas infinitas. De no haber sido porque Rachel suele llevar el cabello corto, jamás hubiera aprendido a identificarlas. Al menos a simple vista, porque la verdad es que, una vez conociéndolas, es obvio saber quién es quién.

Caprice es la mayor, pero es una chica suave, cariñosa, que destila hermosura en todo lo que hace. Es una sonrisa para los momentos ideales, música de Mozart por las mañanas, miel bajo la lengua y un secreto. Luz de sol y el aroma del caramelo. Manos frágiles (al igual que su alma). Mariposas en el estómago, otra oportunidad. Una vida nueva. Calidez, soltura, amabilidad. Palabras susurradas al oído. Un beso bajo la lluvia, promesas con sabor a verdad. Una mirada llena de brillo, de ganas de vivir. (Es el antónimo de Rachel). Porque la menor de las Vendetta es pasos fuertes, piernas largas y una sonrisa filosa. Comentarios hirientes, movimientos llenos de violencia y una mirada casi felina, pero muerta. Es una carcajada seca y la bofetada que gustosa plantaría en tu rostro. Cambios de humor drásticos, un constante entretenimiento del que Desmond nunca se cansa. (Es una chica rota, sueños perdidos en el suelo). Quien besa y rompe bocas, y que mata porque de alguna manera alivia ese ardor que siente en su interior.

(Desmond la odia).

Pero la necesita.

Así que es eso. Se acerca y Rachel sabe lo que viene. Lleva siglos esperándolo aunque le cueste admitirlo. Porque Desmond ha adivinado que a pesar de que Rachel no es Caprice, se parecen (y no puede evitarlo). Se asquea, pero no hace nada por detenerse. Rachel es lo que él nunca pensó que llegaría a querer (y sin embargo, siempre lo supo). Y no hay un par de manos que se entrelazan ni sonrisas cómplices. No hay aire de expectación, sólo la certeza de que aquello que está a punto de ocurrir es inevitable. Rachel se pone de pie y lo tiene justo frente a ella, pero ya no se mueve; sus brazos cuelgan a ambos lados de su cuerpo, tensos. Desmond le toca el rostro y ahora se encuentra a sí mismo tratando de encontrar a Caprice en Rachel, en aquel cabello corto (y repentinamente rosa), en esos labios un poco más carnosos, en esos ojos perdidos. (No está). La besa y la sigue buscando, y Rachel no lo aparta porque aún espera que él se dé cuenta de que sí, que ella es la otra mitad de Caprice y que, por ende, él también le pertenece, y entonces ella puede hacer con él lo que ella quiera porque Rachel no es igual a Caprice, (no es perfecta, está rota y necesita otra boca por romper).

(Rachel no le quiere).

Pero lo soporta.

Y sólo es eso. Compañía. Ninguno de los dos quiere estar solo. (Desmond quiere sentir a Rachel como aquel momento previo al beso, ese en que ambos entreabren los labios y sienten sus lenguas a punto de tocarse). Y Rachel sólo deja que le toque, que le bese, que la tire y la vuelva a levantar las veces que quiera porque sólo así puede descansar un poco de odiarlo. (Está exhausta, tan cansada). Sólo así se olvida un poco de que todo eso está mal, de que es incorrecto, antinatural. (Casi un pecado). Sabe que cuando Desmond le toma fuertemente por la muñeca y la calla a besos es porque extraña a Caprice, porque no quiere escuchar la voz de Rachel y darse cuenta de que no son la misma persona. Sabe que cuando torna ávido y frenético es porque está tratando de encontrarla, y sabe que cuando le acaricia el rostro (casi) con ternura, es porque ha logrado ver a Caprice en ella. Pero todo tiene un límite. Y para ella es necesario que Desmond recuerde que se odian, que no se soportan y que en todo lo que hacen hay una razón de ser. (No estar solos).

Pero cuando todo termina y ambos tienen los labios tan hinchados (por las mordidas, los besos, el odio), se miran y se atreven a sonreírse un poco. Y por una milésima de segundo, Rachel piensa que Desmond es algo atractivo (pero arruina todo cuando abre la boca), y Desmond piensa que Rachel es hermosa a su manera (pero lo echa todo a perder con sus prejuicios). Ella se limpia la boca con el dorso de la mano, aparta las manos de Desmond con brusquedad y frunce el ceño. Desmond tensa la mandíbula otra vez, da media vuelta y vuelve al sofá, fingiendo de nuevo ver el partido. Rachel regresa su atención a Rayuela tratando de despejarse la mente.

Sabe que caminan a tientas en medio de su propia mentira. Que estaba a punto de caer y lo grave es que parece no importarles. Que están a punto de rebasar el límite y arruinarse para siempre.