CAPÍTULO 1

No todos los días cumples 18 años ni das la prueba de acceso para entrar a la Universidad. Tener la edad legal para beber y además salir de la casa era algo que tarde o temprano llega a la vida de todas las personas, pero para Elizabeth Stemper eran dos cosas que se juntaban éste año y no de la forma más grata.

Como toda adolescente pasó la mayor parte de sus últimos años en el colegio peleándose con su madre sobre si le daba o no dinero, permisos y cuestiones relacionadas con el orden y limpieza de su habitación, por lo que añoraba de sobremanera emigrar a una ciudad más grande que el pequeño pueblo en emergencia en el que había nacido, pero ahora que estaba ad portas de lograr el anhelado sueño, no sabía si realmente estaba lista para todo ello.

El examen de admisión era mañana, al igual que su dieciochoavo cumpleaños, pero como solía sucederle en la mayor parte de los eventos por los que había pasado en su vida, no se sentía preparada.

Prácticamente no había pegado un ojo la noche anterior, pero a eso de las 3 de la mañana, finalmente se rindió de contar ovejas y abrió por última vez los párpados, preguntándose cuan nerviosa y tonta podía ser alguien frente a un examen. Se respondió así misma suspirando y apretando los dientes.

- No es cualquier examen, es el examen.

Despertó al día siguiente apenas sintió el movimiento de su madre en el baño preparándose para ir al trabajo. El despertador aún no sonaba, pero tenía más que claro que era cosa de minutos para que la ensordeciera con los pitidos agudos que la enloquecían.

Se remeció levemente bajo las sábanas y cuando se decidió por abrir más los ojos y sacar el primer pie de la cama, notó que frente a ella había un paquete de color blanco, adornado con una cinta de color amarillo, de la cual se afirmaba una pequeña tarjeta que mostraba unos globos y un bebé en la portada. Estiró el brazo hacia ella, la abrió y comenzó a leerla.

"A veces no puedo creer como has crecido durante todos estos años, con o sin mi ayuda. Espero haberte dado la sabiduría suficiente para todo lo que se viene... vas a volar fuera de casa mi pequeño pajarito y créeme, no podría estar más feliz al saber que vas a cumplir tus sueños, estoy orgullosa Liz y te deseo lo mejor en ésta nueva etapa de la vida.

Te amo

Mamá"

Sintió un ligero apretujón en el corazón y tomó el paquete para comenzar a abrirlo. Sacó una caja blanca con una raya de plumón negro, envuelta en scotch, el cual desprendió curiosa para ver que se hallaba en el interior. Observó algo anonadada la caja de color café que tenía ahora en sus manos. Pesaba quizás medio kilo, pero se sentía muy liviana. Tenía los bordes tallados exquisitamente y cincelados con gran experticia, terminando en ángulos redondeados y oscuros. Al abrirla pudo ver una figura de un ángel en el centro, un espejo al frente y tres cajoncitos a cada lado, los cuales tenían tallados garabatos en latín. Se detuvo unos segundos a observar la figura. De alguna forma esta parecía sonreírle. Negando con la cabeza sobre su absurda imaginación, abrió el primer cajón y encontró el resto del regalo de su madre: un billete de 100 dólares. Cerró el cajoncito con una sonrisa de oreja a oreja y luego fue abriendo los cinco que quedaban, resolviendo que el dinero no había sido el único regalo que había escondido su madre ésta vez. En el último cajón yacía un pequeño anillo, de color plata, con una roca de color blanco en el frente, estilo solitario. Le pareció extraño, pero agradable, que su madre le obsequiara una joya, no porque nunca lo hiciera, sino que había aprendido a no hacerlo después de las incontables veces que Elizabeth los había perdido ya fuese sacándoselos para lavarse las manos, ducharse o cualquier actividad que implicara agua. Meredith ya tenía por seguro que las joyas no eran compatibles con la despreocupación de su hija.

Escuchó de pronto la puerta del baño cerrarse, lo que la hizo guardar el regalo de una vez y salir corriendo para ducharse.

Sabía que como en cada cumpleaños, su madre prepararía un buen desayuno, sobre todo ahora que tenía la prueba de admisión y necesitaba más energía que nunca.

Puso su iPhone a todo volumen mientras corría el agua arrastrando el shampoo de su cabello y tarareó completa la canción Radioactive, para finalmente aplicarse la capa final de bálsamo con olor a frutas que tanto le encantaba. Cortó la ducha y fue por la toalla, extendiendo la mano hacia el lavabo. Comenzó por secarse los pies y afirmarse al sacarlos, ya que había pasado suficiente susto hace dos semanas al resbalar sobre la bañera. No le costó un golpe severo en el cráneo, pero si dos moretones enormemente feos sobre sus muslos y rodilla, motivo por el cual había tenido que renunciar al traje de fiesta que había querido llevar a la graduación durante los 3 últimos meses, cambiándolo súbitamente por uno negro largo que le tapara los círculos morados que no quisieron desaparecer.

Caminó hacia el espejo negando con la cabeza. De todas formas no habría valido la pena, Mark tampoco la hubiese invitado ni le habría pedido que bailaran nada ese día.

Retándose mentalmente por recordar una idiotez como esa en un día tan importante, pasó la mano por el espejo y se lavó nuevamente la cara, para mirar hacia el frente. Sintió una extraña sensación en el estómago y se volteó de golpe al sentir u leve cosquilleo sobre su espina dorsal, botando la toalla en el impacto y golpeándose levemente el brazo con el lavabo. No había nada aparte del mueble metálico donde su madre colocaba los shampoos, jabones y artículos para la bañera. Podría haber sido una jodida araña y ella le tenía pavor a los insectos.

Suspiró y se colocó nuevamente la toalla, acariciándose levemente el brazo por el súbito impacto que éste había dado contra la blanca cerámica.

- ¡Liz... - gritó su madre desde abajo - ...el desayuno está en la mesa cariño!

Fue a su pieza y se vistió con el atuendo que había elegido la noche anterior. No es que importara mucho, pero ésta vez sí se había preocupado de no sacar lo primero que encontrara.

Bajó las escaleras con sus jeans gastados, zapatillas blancas y para arriba una polera de algodón a rayas blancas y verdes con cuello en V, más una pañoleta de color verde algo más claro, la cual tapaba parcialmente el cuello de la chaqueta beige que traía sobre los hombros.

Meredith caminó hacia ella y le dio un enorme abrazo, para luego besarle la frente y ofrecer una amplia sonrisa.

- Ya eres una mujer... - profirió con orgullo - ...una hermosa e inteligente mujer.

Liz no pudo más que sonreír de vuelta y sentarse en la mesa. De alguna manera las palabras de su madre retumbaban en su oído y sentía como si aquello fuera más un peso que una virtud.

Comenzó a darle su primer bocado al tazón con cereales, cuando su celular vibró sonoramente sobre la madera de la mesa. Dio una risotada al leer el mensaje de su mejor amiga.

"¡Felicidades! Al fin tendrás edad para emborracharte y acostarte con tíos en un motel de mala muerte... está prohibido quedarse en casa el día de tu cumpleaños, así que no hagas planes con la almohada hoy, te veo más tarde"

Meredith la observó levantando una ceja. Liz se limitó a lanzar una carcajada.

- Susan parece no rendirse... - sonrió la mujer - ...ya tiene planes para hoy, ¿no?

- Me ha dicho toda la semana que el peor pecado es quedarse en casa el día de mi cumpleaños y ha sacado en cara incontables veces que éste será nuestra última salida antes de la universidad.

- ¿Todavía quiere psicología?

- Ya no está tan segura... - respondió Liz con un deje de molestia bien disimulada - ...ahora parece que está pensando en arquitectura.

Meredith negó con la cabeza y siguió con el desayuno. Liz por su parte trató de terminar bien el suyo.

Una vez terminados ambos platos, fueron hacia la entrada, tomando una la cartera y la otra su mochila de paño aguamarina para subirse finalmente al Clio. Solían repetir ese viaje todas las mañanas.

El viaje no tardó más de diez minutos y ya en las puertas del colegio, Elizabeth comenzó a sentir esa comezón en el cuello, característica de los nervios que solían invadirla cuando estaba a punto de dar un examen oral.

- En la guantera hay una barra de chocolate blanco... - indicó su madre luego de abrazarla y besarle la mejilla - ...por si acaso.

Liz agradeció y bajó del auto ondulando las manos hasta que la vio desaparecer en la esquina. Se encaminó hacia la puerta principal donde grupos de estudiantes de último año reían, gritaban o hasta comentaban temas tan triviales que parecía que lo que venía no fuese demasiado importante.

No pudo evitar sentir un deje de envidia cuando pasó por el lado del grupo de Caroline Parker, no porque ellas fueran las chicas populares, ni porque ella fuera la chica que había estado con Mark toda la noche de la graduación, sino más bien porque el tema de conversación de ellas, más que la prueba o el futuro que se les vendría encima, era sobre cómo iban a celebrar esa noche el examen.

Se sintió levemente agobiada por sus propios pensamientos ¿es que acaso a nadie le importaba tanto como a ella? O quizás todos tenían más posibilidades o eran menos exigentes consigo mismos, o quizás, simplemente, los demás podían permitirse fallar, mientras que ella necesitaba y quería esto tanto, que si no lo conseguía, probablemente se iba a deprimir de por vida.

Sintió de pronto unos brazos que la rodeaban torpemente y la levantaban del suelo. Con un codazo, se desprendió del agarre y miró hacia el supuesto agresor. Detrás de ella, un chico alto de ojos cafés y cabello castaño se apretaba el abdomen.

- ¡Mierda, George! - exclamó al ver a su amigo.

- Feliz cumpleaños... - dijo este sonriendo con una mueca.

- ¡Joder! - exclamó Susan con una risotada - ...qué diablos ¿nunca aprendes?

- Lo siento, creí que quizás en éste cumpleaños podría no recibir un golpe... - bufó el chico con falso enfado.

- Perdona Georgie, soy medio torpe... - intentó disculparse la chica.

El chico no hizo más que saludarle con un abrazo y los tres comenzaron a reir, pero la risa fue interrumpida por el timbre que indicaba que debían encaminarse a los salones.

El primero en separarse fue el castaño, que tras ingresar por la puerta, levantó el dedo pulgar en señal de suerte hacia el par de amigas. Luego le siguió Sue y finalmente Liz.

La sala se encontraba atiborrada de gente y sólo quedaban dos asientos en las partes vecinas a un amplio ventanal a mano derecha. Liza ingresó camino a ellos, pero la voz del profesor McGaunal la detuvo.

- ¿Va a algún lado señorita Stemper?

Liza lo miró con la cara totalmente colorada al ver que toda el aula volcaba su mirada sobre ella. No sabiendo que responder, no pudo más que sentir con la cabeza. ´

- Entonces ¿podría tener la amabilidad de dejar su mochila en la entrada al igual que el resto de sus compañeros?

Dirigió la mirada hacia la muralla y encontró, en efecto un grupo de bolsos, carteras y mochilas, en una especie de cerro en la entrada.

Abrió la mochila con prisa y buscó el lápiz grafito y la goma, para luego colocarse en uno de los asientos desocupados. Sobre la mesa, descansaba un librillo de hojas de roneo, dentro del cual descansaba un formulario blanco, lleno de números y círculos, donde en la parte más superior se mostraban las letras de la A a la E. No era algo nuevo, había hecho ensayos antes, pero se sentía extremadamente diferente. Podía sentir que en esas 100 preguntas, descansaría el resto de su vida.

El segundo timbre que anunciaba el comienzo de la prueba dio inicio y entonces un chico ingresó apurado al salón, saludando al profesor con una sonrisa y mirando a través del aula en busca de único asiento desocupado que quedaba. El corazón de Elizabeth dio un brinco al ver el rostro de Mark sonreírle de forma casi automática, para sentarse detrás de ella. El chico sacó un lápiz de su bolsillo y de forma despreocupada le pinchó el hombro y le saludó.

- Hey ¿tienes goma Liz? - preguntó en voz baja mirando la que tenía sobre la mesa.

Ella no pudo más que sonreír y en un acto medio torpe partió la suya por la mitad y se la entregó, mientras el profesor daba las instrucciones.

- Gracias y suerte... - dijo el guiñándole con el ojo derecho y volteándose sin más hacia su prueba.

- Tienen 3 horas y media ¡comiencen! - exclamó McGaunal una vez finalizado el discurso.

Liz abrió la primera hoja y se encontró frente al primer título: Matemáticas... ¡cómo odiaba matemáticas!

Leyó el primer problema en forma lenta y pausada, como había ensayado todo éste tiempo, mientras tarareaba alguna canción en su cabeza, pero había un sonido que la distraía más que la jodida música que colocaba su madre cada vez que le daban los ataques por hacer la limpieza de la casa. El ligero golpe del lápiz de Mark sobre la mesa la comenzaba a volver loca.

- Concéntrate Liz... concéntrate... - repitió para si misma.

El sonido no cesó.

Una hora más tarde, llevaba terminada la ficha de matemáticas, pero quedaban sólo 2 horas y media y aún toda la de lenguaje, ciencias y aptitud.

Se distrajo unos minutos mirando por la ventana. Tener a Mark tan cerca no era un factor que había tenido en cuenta durante los ensayos y estaba tomando un efecto totalmente negativo en su avance. Se distrajo observando la gente que pasaba detrás del muro verde del patio trasero del colegio, pero particularmente se detuvo en un tipo que sonreía extrañamente hacia ella, de una forma que se le hacía ligeramente desagradable. Parpadeo rápidamente y devolvió la vista hacia la ficha que tenía en frente al escuchar un fuerte goteo sobre ésta. Era sangre.

Alzó la mano súbitamente y al notar que el profesor McGaunal no levantaba la vista hacia ella, se levantó y lo miró.

- Señor McGaunal, necesito ir al baño... por favor... - explicó caminando hacia adelante y tapando su rostro.

El hombre sin levantarse de la silla la detuvo al instante de un grito, pero al ver el rostro de Elizabeth manchado con sangre, no hizo más aspaviento que indicarle la puerta seguido de un "apresúrese".

Estando más cerca del gimnasio, corrió hacia los baños que se encontraban detrás de las graderías y se apresuró en ingresar y echar a correr el agua. No sabía bien si era el stress del momento o el súbito ejercicio, pero sentía que la cabeza le apretaba demasiado. Estiró el brazo hacia el expendedor de papel y lavó su nariz rápidamente inclinándose hacia el lavabo, pasando a mojar toda su cara.

- ¿Porqué hoy? - pensó con enojo - ¡¿porqué hoy mierda?

Nuevamente sintió una presión sobre su cráneo. Sacó un par de toallas de papel y se limpió la cara para mirar hacia el espejo. El sangramiento había cesado. Se giró de vuelta para la sala, notando un enorme graffiti sobre una de las puertas: "ya vienen". Genial... otro afiche de las estúpidas animadoras.

Ingresó a la sala bajó la mirada furibunda de la gran mayoría de sus compañeros y se sentó. Levantó la vista para observar el reloj. Habían pasado 15 minutos. 15 minutos perdidos...

Se sumió de lleno en la hoja de lenguaje y ciencias, dejándole sólo 30 minutos para la parte de aptitud. Era la que más le costaba.

Abrió la primera la página y leyó el título de lo que sabía leería en esa prueba. Sólo una pregunta, clara y concisa, referente a lo que ella esperaba de su futuro en la universidad a la que iba a postular: Columbia.

Lo había repasado cien mil veces en su cabeza ¿Por qué quiero ir a Columbia? Decir que porque es una de las instituciones más prestigiosas del país no bastaba y ella lo tenía más que claro, así que sacando su lápiz comenzó a escribir el párrafo de 1 hoja y media que tantas veces había memorizado. Iba terminando la penúltima estrofa del manuscrito que había reproducido tantas veces en su cabeza, hasta que la voz del señor McGaunal la interrumpió.

- Suelten los bolígrafos señores, hemos terminado.

Y con la misma calma con la que había pronunciado su sentencia, se levantó de la silla exigiendo con la vista que todos soltaran sus lápices. Lis desesperó en terminar la última línea, pero el profesor retiró su lápiz de forma acelerada negando con la cabeza. Se sintió pequeña e impotente. Sin más, se levantó del asiento, con un mar de palabras atragantadas en las yemas de sus dedos que no había podido escribir. Tomó casi automáticamente su mochila y apretó un puño odiando su propia nariz por haberle quitado los 15 minutos más decisivos e importantes de su vida.

En la salida la esperaban Susan y George, una con cara de felicidad extrema y el otro con la de no saber que mierda estaba pasando.

- ¡Fue casi una iluminación Liz! - saltó de felicidad - ...por primera vez creo que no la he jodido monumentalmente.

- Las tres horas más cortas de mi vida... - siguió George - ...no sé ni siquiera que leí, esto es peor de lo que había pensado.

- ¿Y tú? - sonrió Susan - preguntaron eso que tantas veces recitabas ¿lo hiciste no?

Liz se quedó callada y miró hacia el suelo cruzándose de brazos en un gesto nervioso.

- Si... ha ido bien... - mintió.

George le sonrió y Susan la tomó del brazo encaminándose hacia la salida. Al parecer era la única que se sentía triunfante después de todo.

Caminaron un par de cuadras en las que Susan comentaba una y otra vez lo feliz que se sentía éste día. Sentía que había estado finalmente en la misma sintonía que algún examen de los que había dado. George por su parte, no tenía idea que mierda iba a pasar y Liz, que era la que más había preparado todo esto, comenzaba a sentir una angustia creciente al creer que podía perder todos sus sueños y aspiraciones si fallaba. De pronto, sonó un beep del celular de Susan y ésta se detuvo de improviso.

- ¡No puede ser! - exclamó.

Liz la observó confundida y Georgie rodó los ojos. La chica levantó su teléfono y se los mostró a ambos, esperando, claro, una respuesta bastante más efusiva o al menos similar a la de ella.

- No vamos a ir... - siguió caminando George dejando un par de metros atrás a su par de amigas, pero se detuvo al instante al notar que ninguna le seguía el paso.

Susan, enfurecida miró a Liz, la cual simplemente dirigió la vista al suelo. Lo que menos quería era actuar de mediadora como solía hacerlo, pero al parecer la colorina nuevamente dejaba el silencio en sus manos a espera de que dijera algo. George, notando esto, retrocedió un poco y molesto enfrentó a la portadora del teléfono.

- ¿Y qué vamos a hacer con lo que teníamos planeado? ¿eh? - negó con la cabeza - ...es el cumpleaños de Liz, no el día otra de las estúpidas fiestas de fin de año en casa de Mark Turner.

- Fiestas a las que, por cierto, nunca nos invitan... - replicó Susan mirándolo con molestia - ¿qué no sabes lo colgada que estuvo Liz los últimos cuatro años por Mark?

Liz no pudo sino más que enrojecer como un tomate, apartándose el cabello de la cara y decidiendo al fin ser parte de la conversación.

- No creo que sea buena idea... - negó - ...en esas fiestas siempre termina yéndose algo de las manos ¿o acaso olvidas el video que hundió a la pobre Britany en youtube?

Susan recordó con compasión la grabación que las odiosas amigas de Caroline habían subido a la red de la pobre y dulce Britany. Por alguna razón, había decidido ir a esa fiesta y por otra muy mala se había emborrachado hasta más no poder, terminando abrazada del lavabo llena de pasta de dientes y rayas de plumón que la denigraron totalmente el resto del semestre. Su entrada a Yale había sido confiscada luego de eso y la caída de su moral la obligó a optar por algo más cercano y menos presuntuoso.

- ¡Oh, vamos Liz! Ahora somos todos adultos, nadie va a andar colgándose del brazo de nadie ni haciendo el ridículo en el balcón de la casa de Mark - trató de persuadir.

- Ella no quiere ir ¿cuál es la idea? - insistió George que estaba completamente en contra de ir a ese lugar.

- Aquí dice expresamente "ven con todos tus amigos a celebrar el fin de una era", ustedes son mis amigos y éste si es el fin de una era - insistió, pero los interlocutores permanecieron en silencio y Susan pareció ofuscarse aún más - ¿qué acaso no quieren tener un recuerdo impreso sobre su fin de año antes de la universidad?

Liz de inmediato pensó que quería que su recuerdo fuera ir a la universidad. Recordó el examen y se volvió a sentir angustiada.

- Además, no es que llevarte a la taquería y escuchar a unos mariachis fuese a ser demasiado, te íbamos a dar tequila y te terminarías emborrachando de cualquier forma - rio dándole un golpecito a Liz - ...pero aquí... - comenzó a cantar - ...va a estar Maaark.

Recordó de inmediato la escena en la sala, la goma y la sonrisa. Se sintió tonta. Debería haberse rendido hace años con eso, pero Mark seguía siendo el chico perfecto y amable que ella recordaba.

- Yo prefiero la taquería... - opinó George levantando la mano en signo de democracia.

- Es el cumpleaños de Liz... - aclaró Susan - ...solo su voto vale zopenco.

George se molestó y miró a Susan con rabia.

- Pues bien Liz... es tu decisión - sentenció Susan.

Elizabeth dio un largo y tendido suspiro. Como odiaba decidir por los demás.

- Está bien... iremos a lo de Mark.

Susan saltó hacia ella y George relajó el ceño tratando de aceptar la decisión rodeándola en gesto de afecto. Liz no pudo más que recibir el abrazo de ambos y sonreír. No podía ser tan mala idea.