Crónicas De Los Mundos: El Medallón De Nimue

CAPITULO 2: DOS VIDAS CON PROBLEMAS

-¡Peter Keller! ¡Estás castigado!- Castigado…era el decimo sexto castigo en dos meses…eso era un nuevo récord. Si no fuera porque eso significaba no ir a la fiesta de cumpleaños de Catherine –la capitana de las porristas- con sus amigos y pasarla, en cambio, en el estúpido viaje para nerds a Inglaterra; habría hecho una celebración a lo grande…sólo para sentirse especial de una manera estúpidamente inusual, pero…vamos, al menos así podía ser más conocido… ¿no?

-¿No vas a responder?-Y ahí estaba. Su padre, como siempre, le presionaba. Sin duda esperaba algo que él, Peter, jamás le daría: arrepentimiento.

-¿Qué quieres que te diga, Papá? Ese imbécil se lo merecía.-Soltó molesto. Nunca se mostraría arrepentido de haberle partido la cara al hijo de puta de Johan.

-Peter, esta es la quinta vez que te metes en peleas callejeras. Tu madre y yo estamos hartos, ¡Hartos! ¿Entiendes?-Keller padre fulminó a su primogénito con la mirada.-Incluso manchas el buen nombre de la familia, pero a ti no te importa ¿verdad?-¿Para qué preguntar algo de lo que ya sabía la respuesta? Peter estaba harto también de que sólo le mostraran interés cuando se metía en problemas.-Y no conforme con eso, ahora el director me informa que si no subes de promedio y te comportas como Dios manda, tendremos que buscarte un nuevo colegio…- Bla, bla, bla. El chico se removió en su asiento, dejando de escuchar.

Así era su vida. Peter Keller, hijo del exitoso empresario John Keller y la ex modelo australiana Jane Williams, era un chico de diecisiete años muy problemático. A diferencia de lo que sus padres deseaban, él no quería seguir el mismo camino de su padre y tomar las riendas de la administración de la cadena de hoteles de su familia. A él le gustaba la música, había logrado que le enseñaran a tocar la batería y sus amigos querían formar una banda. Lo único que inquietaba tanto a sus padres como a él era que físicamente no se parecía a ninguno de los dos: el color real tanto de su cabello como de sus ojos era el gris. Un gris oscuro para el cabello y gris azulado en sus ojos, demasiado llamativo. Y como no querían preguntas indeseadas, se teñía el cabello y usaba lentillas de color miel. También era algo musculoso y alto para su edad –producto de estar en el equipo de football de su escuela.

Ahora mismo, podía irse despidiendo de su ansiada libertad, porque el portón de su casa ya estaba abierto…y su madre era en verdad odiosa.

-No puedo creerlo de ti, Peter. Estoy muy decepcionada contigo. Creía que a esta edad ya sabrías portarte como lo que eres y no como un vagabundo cualquiera, pero no. Lo único para lo que vives es para decepcionarnos y para darnos problemas. No te importa nada más. Eres un malagradecido para con nosotros, que te hemos dado todo: cuidados, una casa, alimento, cariño…pero tú eres un egoísta que ni da muestras de que le importe su familia.-Con cada reclamo, la ira del chico aumentaba más y más. ¿Egoísta? ¡Si eran ellos los que lo obligaban a hacer lo que hacía!-¿Sabes qué? Me vas a traer la nota del permiso para el viaje ese a Inglaterra, vas a ir a tu cuarto a hacer tus maletas y punto.- Asintió mecánicamente. A decir verdad, eso ya se lo esperaba.-Ah, y vas a regalar tu instrumento ese, romperlo o yo qué sé, pero no quiero volver a saber de él ¿oíste?-Sintió como si su mundo se derrumbara. ¿Deshacerse de su batería? ¿La única capaz de ayudarle en sus arranques de furia y tristeza? ¡Nunca!

-No voy a hacer eso, mamá.-Desafió a su progenitora, ante la atónita mirada de sus hermanos menores (Ryan y Ann), su padre y los sirvientes.

-¡No me hables en ese tono, Jovencito! ¡Y deja de mirarme así! O lo haces tú o lo hago yo.- Peter no le hizo caso.

-No entiendo. Dices que soy un egoísta. Pues bien, estoy actuando como uno, tal y como quieres. No voy a hacerlo porque no pienso dejar que me apartes de lo que me gusta y no voy a dejarte hacerlo porque no me alejaré de lo único que en verdad disfruto-Jane estaba cegada por el coraje. Tanto, que no supo bien qué fue lo que hizo hasta que se oyó un golpe. Lo siguiente fue la marca roja en la mejilla de su hijo y su mano en otra posición.

-Eres un irrespetuoso. Te dije que no me hablaras así-Sus ojos estaban llenos de lágrimas de frustración-Y tienes exactamente tres minutos para subir por las malditas escaleras a hacer lo que te dije.-Ella jamás de los jamases le había levantado la mano a ninguno de sus retoños. Peter la miró como si fuera la primera vez, pero no iba a llorar. Tampoco iba a demostrar lo mucho que le habían dolido tanto el golpe –físico y psicológico- como ver a su madre así de fúrica y decepcionada de él. Agachó la cabeza.

- Como digas.-Y se marchó de ahí, sin hacer caso de nada. Subió corriendo, dando un portazo al entrar a su habitación. Acto seguido se lanzó a su cama, hundiendo su rostro en la almohada-Va a ser el peor viaje de mi vida- Si tan sólo supiera lo que le esperaba…

/

En cierto callejón oscuro, Saura caminaba lo más rápido que podía. Maldecía internamente al "jodido vejete" de Dragast, su informante y el hombre que le conseguía los encargos. Lamentablemente para ella, su situación familiar no era la más adecuada. Con dos hermanos menores de los que hacerse cargo, era un milagro que tuviera siquiera dinero para no morir de hambre y vivir lo más decente que tres "pobretones" –como les decían el nuevo rey y sus seguidores- pudieran. Pero he ahí su carta maestra. Saura era una mercenaria por pago de causa.

A diferencia de lo que otros creían, los mercenarios, a secas, eran simples comerciantes ilegales que vivían de lo que conseguían –legal o ilegalmente- e intercambiaban en el mercado Nigum o mercado negro. Los mercenarios por pago de causa eran los privados, aquellos que hacían cualquier encargo o trabajo ilegal por contrato y podían llegar a conseguir desde simples comidas, dinero e incluso una casa; hasta–lo más atrayente- verdaderas fortunas, objetos demasiado caros para la gente simple y ser contratados por una persona permanentemente, lo que aseguraba una vida, si bien no tan lujosa, lo suficientemente agradable como para no trabajar mas que unas veces por mes.

Sin embargo, ahora mismo estaba muy preocupada, pues la guardia Naigyn (la guardia de Medor) estaba registrando el distrito. Con una desagradable sensación de alerta, recordó cuando, una hora atrás y de camino a la taberna donde se reuniría con Dragast, se detuvo un momento, asombrada, por ver a tres guardias Naigyn que arrastraban a dos mujeres y un hombre hacia un carro-jaula donde había más gente. Intrigada, se acercó a la viejecita que atendía la pequeña tienda de víveres donde todos aquellos civiles podían conseguir algo de comer, y le preguntó qué pasaba. La mujer la analizó con la mirada.

-¿No lo sabes? El rey Nagim ha ordenado que se registren todos los habitantes sin dinero para limpiar al país de aquellos que sólo ocupan espacio y no sirven para nada.

-¿Qué?

-Lo que oíste, jovencita. Todos los que afirmen que son capaces de trabajar serán llevados a la capital para ver en qué pueden ser útiles. Y todos los demás serán eliminados. Niños pequeños, ancianos como yo, enfermos…incluso hombres y mujeres jóvenes que no pueden por falta de conocimiento.-Suspiró, esbozando una resignada sonrisa.-Si tan sólo nuestros verdaderos gobernantes estuvieran vivos…-Saura se sintió asqueada de pronto.

Volviendo al presente, no pudo sino tragarse su angustia. Michael y Tanye sólo tenían seis años, no iban a poder trabajar. Apenas y ella les estaba enseñando a leer, escribir y hacer cuentas, pero no habían avanzado mucho por causa de su trabajo. Con su madre muerta, era su deber cuidarlos.

-¡Sigan buscando! Su Majestad Nagim quiere sólo a los más capacitados, no a la basura que hemos encontrado.-Esa voz…era imposible que el destino fuera tan cruel.

Pronto se encontró a sí misma corriendo hasta llegar a la pequeña casita que compartían con Scott Madson, un anciano muy amable pero sin un brazo y tuerto. Las luces estaban apagadas…eso sólo significaba que el hombre en cuestión seguía al pie de la letra el pequeño plan que habían trazado la semana pasada. Sonriendo, se bajó la capucha, rebelando su atrayente rostro.

Abriendo la puerta, exclamó con voz dulce.

-¡Estoy en casa!-Pronto, el sonido de dos tiernas voces infantiles le dio la bienvenida

-¡Saura! ¡Hermana!-Gritando, aparecieron sus dos hermanos: ojos azules y cabello dorado. En realidad eran medios hermanos, pero eso no le importaba.

-¿Acaso creyeron que no llegaría hoy?

-El abuelo Scott dijo que era probable que no llegaras hoy. Pero él también salió hace rato, así que…-Inició el hiperactivo Michael

-Creímos al principio que eras él.-Completó la pequeña Tanye, la mayor de los dos mellizos. Scott…Evocó en su mente al anciano. Los niños le decían abuelo, pues se comportaba como uno y trataba de ayudar a la mayor con los gastos. Él les había dado alojamiento, pero no podía enseñarles más que historias antiguas, puesto que no sabía ni leer ni escribir. Nunca había tenido hijos ni esposa, pero tenía cierto cariño por los tres chicos que habían llegado muertos de hambre a su casa desde la capital.

-Yo jamás pasaría este día lejos de casa, pequeños diablillos.-Añadió con una nota de misterio. Los dos pusieron caritas de confusión.

-¡Feliz cumpleaños a ustedes dos!-La grave voz de Scott apareció por la puerta de atrás, sorprendiendo y alegrando a Tanye y Michael

-¡Abuelo Scott! ¡Hermana!-Los ojitos azules de Michael se llenaron de lágrimas de alegría. Su melliza se lanzó sobre Scott, quien sonreía.

-¡No puedo creerlo! Michael… ¡Ahora tenemos siete años!-Gritó Tanye. Saura se acercó a la roída "mesa" de la "sala" (la casa contaba con tres cuartos: la habitación donde dormían los niños y el anciano, la pequeña cocina-sala con una puerta que daba a una especie de huerto cerrado con muros de piedra, contaba con un sofá y un baúl que hacía de mesita, perteneciente éste a la madre de Saura; y el "baño") donde colocó el paquete. Cuando lo abrió, ninguno de los otros tres podía creer lo que veía.

-Pastelillos… ¡Son pastelillos de frutilla mori!-Ocho pastelitos calientitos y de aspecto delicioso, dos pedazos de carne de venado (lo suficientemente caro como para que fuera la primera vez que lo probarían los niños) y cuatro manzanas rojas jugosas.

-Saura, ¿C-como fue que…?

-Tranquilo Scott. Fue del dinero que me sobró de la última misión. Aún queda un poco. Lo suficiente para mantenerlos cuatro días.- Scott supo enseguida lo que pasaría.

-Te vas de nuevo mañana.-No era una pregunta.

-Volveré en cinco días.-Scott aprovechó para sacar de un costal lo que había hecho.

-Tanye, Michael, estos son mis regalos.-Ante ambos niños estaban dos figuras de madera finamente talladas: un pequeño dragón y una adorable muñeca. Eran piezas de arte. Tenían articulaciones y podían moverse. Los primeros juguetes propios de Tanye y Michael.

-…-Habían quedado sin habla. Saura derramó un par de lágrimas por los rostros ilusionados de sus hermanitos. Los cumpleañeros saltaron a abrazar a Scott.

-¿Son nuestros? ¿De verdad son nuestros?

-Suyos y de nadie más.-Afirmó el anciano. Pronto, ambos niños corrieron a jugar a su cuarto.

-Saura, será mejor que los lleves contigo.

-¿De qué hablas? Ni siquiera sabes a donde voy. Además, no te gusta la idea de que los ponga en peligro y-

-Ya te enteraste de lo que pasa allá afuera, Saura.-La cortó. La chica lo miró con ojos abiertos como platos-Sé que es difícil, pero sabes tan bien como yo que ellos peligran mucho. Si se quedan, van a morir. Cuando cumplas el encargo, puedes huir del reino con lo que te paguen. Incluso puedes pedirles asilo a los líderes del clan Ranayatoogan o a alguien más…

-¿Y tú?

-No sé leer. Me falta un brazo, soy tuerto y estoy viejo, Saura. No soportaría un viaje largo y los atrasaría mucho. No puedo cuidarlos mientras te esperamos. Sólo sería un estorbo.

-Pero, Scott, tú eres parte de la familia, nuestro padre y abuelo…yo…no quiero abandonarte. No puedo abandonarte. Nos diste un hogar, comida, me ayudaste a aprender todo lo que sé como mercenaria por pago de causa. Simplemente no.

-Vas a tener que hacerlo. Voy a morir, acéptalo.-Le sonrió con cariño.-Pero tienes que llevártelos.

Ambos voltearon a ver a los dos infantes, quienes jugaban inocentemente, ajenos a todo.

-Realmente no tengo opción, ¿cierto?

-No…-Más lágrimas silenciosas se derramaron.

-Tanye, Michael. Mañana quiero que se levanten temprano, porque vamos a viajar-Captando la atención de los mellizos

-¿A dónde vamos, Hermana?-Inocente infancia. La chica odiaría con toda su alma que sus hermanitos perdieran la inocencia de sus rostros.

-Al Primer Mundo. Iremos a un lugar muy bonito que sé que les encantará

-¿Y cómo se llama el lugar, Saura?-Preguntó interesada y con un brillo inusual en sus ojos la curiosa Tanye

-Inglaterra. Su nombre es Inglaterra…

/

En el aeropuerto de Utah se encontraban todos los estudiantes de la escuela de Peter que irían al viaje escolar. Aquellos que subirían al avión hacia Londres, Inglaterra eran los cerebritos de los grupos, los alumnos promedio con cuatro profesores acompañándolos…y Peter y Anthony como únicas excepciones. Anthony era el único amigo de Peter que también se veía obligado a ir al estúpido viaje ese.

-¿Listo, viejo?-Sus ojos verdes brillaron con picardía, imaginándose las mil y una bromas que podrían jugarles a sus "estimados" compañeros de viaje por tres semanas.

-Este va a ser el viaje que recordaré por el resto de mi vida, Tony.-Aún estaba algo deprimido, pero no dejaría que su amigo lo supiera.

Pasajeros con destino a Londres, Inglaterra; favor de abordar el vuelo 324 por la puerta 7ª, gracias.

-Inglaterra…allá vamos.

CONTINUARÁ….

Mil perdones por la tardanza :S…mi vida apesta T.T y disculpen las pequeñas palabras mal sonantes, no pienso ponerlas tan frecuentes pero…vamos, Peter y Saura no son precisamente unos santos.

Espero que les guste este cap. Ya casi llegamos al encuentro de ambos protagonistas!