«Le blablá»

Aaron es propiedad de Lore, aka dad & Emily es propiedad de Majo, aka Rachel. Aaron es pb Gaspard Ulliel {QUE ES COMPLETAMENTE MÍO} & Emily pb Odette Yustman que es… bueno, del mundo. Copia, plagio o something like that, les echo a todo TM.

«Le more blablá»

Ésta obra {yeah right} es la prueba de que nunca hay que apostar por México cuando se trata de partidos de futbol. But well, lo hice anyway & éstas son las consecuencias. Esto va para Majo porque fue con ella con quien aposté y para Lore que fue la de la idea en sí. Es mi primer M en fictionpress, así que no me odien si no les gusta, miren que lo escribí en un hospital y aún tengo que destruir los manuscritos originales. Gracias a Leeh & Agus por ponerle sal a mi sopa de tiempos gramaticales & no lanzarme piedras a la cabeza por lo feo que escribo. Love ya, both.

Les amants

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Cuando el amor como una inmensa ola,

Nos estrelló contra la piedra dura,

Nos amasó con una sola harina,

Cayó el dolor sobre otro dulce rostro

Y así en la luz de la estación abierta

Se consagró la primavera herida.

{Soneto LXI, Pablo Neruda}

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Esa noche había corrido más de lo habitual. Sus piernas plañían en silencio por un descanso y su pecho parecía cargar con piedras en los pulmones, impidiendo el paso del aire. Le dolía la cabeza, la sangre y hasta el cabello, pero la presión de una mano sobre la suya le hacía saber que no podía detenerse. No tanto por él, sino por ella.

En la oscuridad del bosque, giró el rostro para buscar aquella cabellera negra que se confundía con el resto de las sombras alrededor pero, en lugar de eso, encontró los ojos fríos y castaños, que reflejaban el mismo miedo que él estaba sintiendo en ese momento. Inconscientemente apretó más su mano, buscando energía hasta en sus dedos para continuar la carrera al mismo ritmo.

Para ser honestos, Aaron no tenía ni puta idea de cómo era el bosque y de los senderos que había que tomar para salir de ahí. La voz en su cabeza le decía que con la suerte que él tenía era más probable que en lugar de estar perdiendo a los cazadores, fueran ellos quienes le estuvieran tendiendo una emboscada a Emily y a él. Lo único que lo tranquilizaba era saber que aunque su suerte fuera una maldita, la de ella no lo era tanto. Después de todo, si el destino la alcanzaba, ella le mostraría el dedo medio y tras alguna palabra ofensiva, ésta huiría de la norteamericana tan pronto como había llegado.

Porque Emily no era una chica cualquiera, ¿sabes? Es decir sí, tenía pechos, cadera, cintura, cabello largo, labios gruesos y constantemente enrojecidos: todo lo que te daba a entender que era una chica, pero que de lejos no te advertía que no era una con la cual te podías meter tan fácilmente. Maldecía más que un chico y tenía esa encantadora habilidad de hacerlo con fluidez. Las ofensas formaban parte de su léxico diario y no era alguien que te regalara una sonrisa después de un hola. Era todo un desafío. Todo lo que Aaron necesitaba para mantenerse despierto por las noches, pensando en ella.

Pasaron tras un enorme árbol (sabía que no era un pino, puesto que no parecía la Torre Eiffel en tiempos navideños) y se detuvo cuando sintió la fuerza de Emily reteniéndolo. La ansiedad lo embargó al pensar que la habían herido, o que algo le había mordido, y se apresuró a colocarse a su lado, tomándola de los hombros.

—¿Qué pasa? ¿Por qué nos detenemos? ¿Te encuentras bien?

—Cállate y escucha, imbécil —masculló la chica.

Aaron frunció el entrecejo (en parte por el insulto, en parte para concentrarse) y bajó la mirada para no distraerse con los ojos que lo miraban fijamente. Escuchó los sonidos de un pájaro nocturno, los latidos de su corazón retumbando en las sienes y (lo que él esperaba fuera) un pequeño animal entre las ramas de un árbol. Lamentablemente, no había nada que le llamara por su nombre o fuera tan amable como para hacerle saber qué era eso a lo que Emily se refería. Frunció el ceño y finalmente volvió a enfrentar sus ojos, enarcando las cejas.

—¿Y exactamente qué debería escuchar?

—El silencio.

Sin poder evitarlo, Aaron soltó una carcajada. No lo sabía porque no tenía un espejo frente a él, pero estaba bastante seguro de que en ese momento le estaba ofreciendo a Emily el tipo de miradas que preguntan si no ha perdido la cabeza.

—Ya —contestó. Emily rodó los ojos.

—Es que realmente eres un idiota —murmuró—. Ya no nos están siguiendo.

—¿Estás segura? —Aaron ladeó el rostro, finalmente percatándose de la falta de pasos que hicieran eco a su carrera. Observó cómo Emily asentía con la cabeza.

—Creo que los perdimos desde hace media hora, cuando…

Pero Aaron no escuchó el resto de las palabras porque, en ese momento, (entre grandes árboles y frente a una chica que parecía querer asesinarlo cada que vez abría la boca) se sentía el rey del mundo. Había perdido a tres cazadores adultos en un bosque que desconocía y sin más armas que un paquete de cigarrillos en el bolsillo y sus pies lastimados de tanto correr. Sintió como el cansancio daba paso a la adrenalina, revitalizándolo con una energía que no había estado ahí hacía tan solo unos minutos.

—… pero luego tú seguiste corriendo como niñita asustada, tirando de mí y quitándome el aire…

Emily seguía hablando, regañándole y quejándose en un mismo monólogo, y lo único que Aaron quería era que se callara porque estaba arruinando su momento de gloria. Así que hizo algo que jamás habría hecho de no estar embriagado de adrenalina y alivio por seguir vivo. Volvió a tomar los hombros de Emily y, sin avisar siquiera, interrumpió sus palabras con un beso. Estaba bastante seguro de que se arrepentiría tan pronto como se separaran y Emily le golpearía el brazo o el hombro pero si algo había aprendido durante su vida era que, si ya habías jodido algo, más valía el saber aprovecharlo. Inclinó el rostro completamente y aprisionó el labio inferior de Emily entre los propios, succionando entre los dientes para aprenderse su sabor de memoria. Sus ojos se cerraron por inercia y las manos, que habían estado en sus hombros, tomaron espíritu emprendedor y comenzaron a explorar aquél cuerpo desconocido hasta llegar a la cintura de la morena.

Aaron cree que ese fue su error. Debió haberse quedado con lo que tenía: un beso de sorpresa y un toque impersonal.

Fue su ambición exactamente lo que hizo despertar a Emily del letargo en que se había sumido, y en ese momento se separó del francés, dejando la forma de su cuerpo en el vacío de sus brazos. Lo siguiente que recuerda el chico es que lo que tardó en abrir los ojos fue lo que le tomó a Emily propinarle un puñetazo en el labio. Mentiría si negara la sarta de maldiciones en francés que salieron de su boca en tropel cuando recibió el golpe. Lo sentía entumido, como si millones de hormigas hubieran tomado posesión de su piel y se burlaran, con su lento andar, que Aaron había sido golpeado por una chica. Y joder, que Emily tenía un golpe mucho más fuerte que otros que el chico había sentido en todos sus años.

Separó las manos de su rostro después de un par de segundos, buscando algún indicio de sangre entre sus dedos, pero lo único que encontró fue el contorno de éstos en la oscuridad. La irritación no era un sentimiento frecuente en él pero, cuando llegó, la recibió como si se tratara de un viejo amigo. Volvió a acercarse a Emily con el ceño fruncido mientras ésta solo se giraba y emprendía (lo que él esperaba fuera) el camino a casa.

—¿Qué carajo te sucede? —preguntó con la voz más alta y aguda que había usado en toda esa noche.

Emily no contestó, pero el temblor en sus hombros la delató. La muy descarada se estaba riendo. Ni siquiera volteó a ver a Aaron. Siguió caminando con la cabeza erguida y un deje de suficiencia en el cuello. Aaron quiso hacer muchas cosas en ese momento, desde besarla para hacerla enojar hasta aventar un puño de tierra como si tan solo tuviera seis años; pero, en lugar de eso, metió ambas manos en el bolsillo y se tragó la indignación mientras seguía los pasos de la norteamericana a través del bosque. Sintió como su labio se hinchaba poco a poco con el paso de los minutos y simplemente rodó los ojos al seguir maldiciendo en francés sin nadie que le escuchara o que se interesara por hacerlo. A lo lejos vislumbró el contorno de las cuevas en que dormía y finalmente guardó silencio, fantaseando con la certeza de que en menos de una hora estaría tendido en el hogar improvisado que se había construido.

Lo que ciertamente no esperaba era que la chica de cabello castaño no solo le indicara el camino, sino que al entrar con él, se sentara sobre la colcha que había desplegado en el suelo la noche anterior. Afortunadamente, la irritación permanecía presente en cada poro de su piel y Aaron ya estaba un poco (muy) cansado de las actitudes, los insultos y todo lo que había tenido que soportar en silencio de Emily. Se detuvo en la entrada de la cueva con los brazos cruzados y las cejas enarcadas.

—¿Piensas quedarte ahí mucho tiempo? Porque no sé tú, pero yo realmente planeo dormir.

Emily ni siquiera se inmutó. Lo miró inexpresivamente y parpadeó. ¿Por qué Aaron no podía ser genial?

—¿Por qué me besaste?

—Aparentemente porque hacía mucho tiempo que nadie me golpeaba y extrañaba la sensación. —Emily rodó los ojos ante esa respuesta.

—Deja de hablar estupideces y responde —masculló. Ésta vez fue Aaron quien rodó los ojos.

—Porque me gustas, ¿vale? Y si hubieras sido un poquito más observadora, lo habrías notado desde la noche en que nos conocimos…

Pero Aaron ni siquiera pudo completar esa frase, porque Emily ya se había levantado y estaba rodeando su cuello con ambos brazos para besarlo. Qué terrible costumbre la de quitarse así la palabra. La sorpresa de Aaron se vio reflejada en los labios entreabiertos que Emily aprovechaba para besar a toda conciencia. Le gustaría decir que en esa ocasión no lo dudó y rodeó su cintura con ambos brazos para pegarla a su cuerpo, pero la verdad es que la chica ni tiempo le dio. Se separó de él sin siquiera mirarlo y finalmente emprendió su camino a la entrada de la cueva. Pero joder, Aaron estaba harto de besos efímeros y sin sentido alguno.

Se giró para alcanzar la mano de Emily y finalmente tomarla entre sus brazos, colisionando sobre sus labios en el tipo de besos que reflejan la urgencia de meses y no la adrenalina de una persecución. Acunó su rostro con la mano libre mientras la otra se colocaba en su cintura atrayéndola más a los acelerados latidos de su corazón. Lentamente, al ver que Emily no ponía resistencia, se permitió delinear su labio inferior con la punta de la lengua, ahogando un jadeo ante su suavidad. Sonrió de lado, succionando un poco cuando sintió la respuesta de la chica y, cuando finalmente el aire cobró factura a sus pulmones, se separó de sus labios, prodigando su mentón y cuello de suaves besos desacordes a las caricias de la chica en su cabello, que ya lo había tomado entre los puños. Sonrió cuando escuchó el suspiro de Emily haciendo eco a la suave mordida en la base de su cuello.

Afortunadamente, ese no era un juego de una sola persona; sintió como los dedos femeninos se enredaban en su cuello, compartiendo la silenciosa necesidad de los labios ajenos. Sonrió ante la cercanía, volviendo a besarla pero de manera más ávida. Ella había sido la que había marcado la pauta y él solo estaba encantado de seguirla. Enredó su lengua a la de ella, sin preocuparse siquiera por disimular los dedos que acariciaban la piel que la blusa mostraba entre el borde de ésta y el pantalón de mezclilla.

No sabe en qué momento la valentía se agregó a su descripción psicológica, solo que había acudido a él y esperaba que no fuera solo un invitado, porque fue gracias a ella que sus manos bajaron hasta las bolsas traseras del pantalón de Emily, enganchando los dedos ahí para acercarla completamente a él. Sintió como Emily mordía su labio para ahogar un gemido y un escalofrío lo recorrió por completo. Alzó a la chica, sonriendo al ser aprisionado en la cadera por sus largos y perfectos muslos.

Caminó con la chica entre brazos hasta topar con pared, recargándola ahí para embestir contra su cadera en un fluido movimiento sobre la ropa. A Aaron le habría convenido detenerse en cuanto había terminado el beso porque, honestamente, acababa de llegar al punto en que por su parte no había retorno ni manera de parar. Escuchó como ambos cuerpos resonaban en la roca y se separó de los labios de Emily, acariciando sus muslos por encima de la gruesa tela.

Mientras la norteamericana le hacía perder todo tipo de raciocinio lógico con el sonido de sus gemidos en la base de su cuello, Aaron no podía evitar saciar la frustración que Emily le había provocado desde el primero momento en que sintió su cuerpo cerca. Una de sus manos recorrió su cintura hasta acariciar con el pulgar el borde de su seno, ese que el sostén afortunadamente ya no cubría. Volvió a sus labios, buscando saciar la condenación de un pecado ajeno mientras su mano ahuecaba su pecho por completo, mordiendo su labio superior y tirando de él con suavidad.

Con más seguridad, despojó a Emily de la delgada blusa azulada, maravillándose con la manera en que su cabello volvía a cubrir sus hombros después de alzarse con la tela. Aaron se tomó un momento para apreciar la belleza que había entre sus brazos, con las cumbres tensas pugnando en la tela del sostén y sus pechos subiendo y bajando con la respiración agitada. Sintió un tirón en el vientre y de pronto, el pantalón era mucho estorbo para lo que estaba sucediendo en sus boxers. Enganchó su mirada a la de ella cuando sus dedos recorrieron su espalda y soltaron el broche que mantenía el sostén sobre sus pechos, que cayó en silencio sobre su regazo y finalmente contra el piso.

Tomó a Emily nuevamente y la recostó en su cama improvisada contra el piso, posándola con suavidad para recostarse sobre ella, prodigando su pecho de suaves besos, sin llegar a más. Las puntas de sus dedos se enredaron en los pezones y su boca ya no pudo hacer mucho más por disimular su necesidad. Su lengua hizo el mismo camino que habían hecho sus dedos mientras las manos intentaban saciar una necesidad insaciable. La piel de Emily estaba tibia y suave; la de Aaron ardía. Mordió, acarició e hizo suyo todo lo que no había sido reclamado aún, deleitándose y tomando su tiempo para acariciar todo lo que por meses había fantaseado.

Cuando Emily comenzó a tironear de su playera para sacarla, supo que ella ya se había perdido en la piel ajena también. Se alzó sobre las rodillas para terminar de quitársela y volvió a recostarse sobre las curvas femeninas, soltando un gemido sobre sus labios cuando sintió las puntas erectas de sus pechos rozar su piel sin el estorbo de una tela de por medio. No recordaba por cuánto tiempo había esperado siquiera para poder besar a Emily, para mirarla en medio de toda la gente y poder acercarse a ella sin disimular; pero mientras la sentía temblar bajo su cuerpo, una parte de él tembló también, expectante de lo que estaba a punto de suceder.

Mientras la besaba, desabrochó su pantalón, bajándolo delicadamente hasta que la chica quedó solamente en braguitas, embistiendo de nuevo contra su centro para hacerle saber la necesidad que él sentía. Lo que no esperaba era que se sintiera tan bien. Ahogó un gemido en su cuello y bajó por su clavícula, saludando nuevamente a sus pechos con cortos besos hasta que llegó a su estómago y posteriormente a su vientre, enganchando los dedos en la última pieza de ropa que permanecía intacta sobre la piel de la chica. Mordió el hueso de su cadera y finalmente la desprendió de la tela cubriendo su centro, soltando un jadeo al sentir la humedad de su piel.

No puso resistencia alguna cuando sintió los dedos de ella desabrochar la hebilla de su pantalón y fue él incluso quien le ayudó a terminar de quitar aquella prenda. Sus calzoncillos siguieron la misma ruta hasta llegar a la pila de ropa que se había formado en el suelo, testigos de ese encuentro que, de haber sido planeado, jamás habría sucedido. Acarició la cara interna de sus muslos, rozando el botón de su centro con la punta de los dedos, disfrutando el gemido estrangulado que se escapó de sus labios. Su rostro era un verdadero poema, el ceño levemente fruncido, los labios entreabiertos y la respiración agitada dilatando sus fosas nasales; los ojos fuertemente cerrados. Aaron no pudo evitar el alzarse y volver a besarla mientras se colocaba en su entrada, tragando en seco ante el contacto cuerpo a cuerpo.

Fue ahí cuando el tiempo se ralentizó considerablemente para él. Mientras se sostenía del suelo con ambas manos para no agobiar a Emily con el peso de su cuerpo, enganchó su mirada a la de ella, buscando una estela de duda en ese brillo peculiar, pero sin encontrar nada más que dilatación y recíproco deseo. Parpadeó pesadamente y acarició su muslo para enredarlo entorno a su propia cadera, entrando solo un poco al cuerpo de Emily, soltando un jadeo con la sensación. Con una estocada más fuerte que la anterior entró por completo, escondiendo el rostro en el cuello de la chica para ocultar su expresión desfigurada.

No fue necesaria una orquesta de cuerdas o un lecho de rosas para que ese primer encuentro entre ambos fuera utópico. La melodía la hacían los gemidos piel a piel y el contacto más personal que podía existir. Tomó la pequeña cintura de la chica, retirándose por completo para volver a entrar, embistiéndola con fuerza. El vaivén de caderas se intensificó al paso de los minutos, perdiendo sincronía y ganando destreza. Aaron no podía definir dónde empezaba él y terminaba ella; eran como uno solo, un todo indestructible. La unión de los cuerpos fue más de lo que ambos pudieron soportar y mientras los minutos pasaban y una suave llovizna impactaba la lozana roca afuera, la tensión de sus cuerpos se enfocó en un solo lugar. Las piernas de Emily parecían querer aprisionar por un tiempo indefinido la cadera de Aaron y los dedos de él buscaban dejar una marca en la piel que ya llevaba su nombre. Las bocas succionaban hombros ajenos y los sonidos se mezclaban con el sonido de la lluvia… hasta que simplemente colapsaron.

Aaron quiso gritar, pero la voz se quedó atorada en algún punto de su pecho y Emily no habría podido hablar aunque así lo deseara. Simplemente se miraron a los ojos, ella tomándole el cabello para sostenerse al mundo etéreo, él besando su clavícula, temiendo que se desvaneciera ante sus ojos. La respiración de ambos parecía estar en un juego aparte, retando a sus corazones a detenerse de un momento a otro; pero éstos más aceleraban los latidos. Cuando finalmente el cuerpo de ambos se relajó, Aaron se dejó caer al lado de Emily, mirando al techo sin verdaderamente mirar. Atrajo a la chica a su pecho, sintiendo su cabello cosquillear su cuello, robándole la sonrisa más relajada en años. Se tocó el labio inferior con la punta de los dedos, sintiendo su hinchazón. Ya no sabía qué parte era culpa del golpe y qué parte era por los besos; solo sabía que no se arrepentía de ninguno de los dos. Acarició la espalda desnuda de la chica, haciendo dibujos dispersos por su columna.

—Perdón —murmuró Emily—. Te interrumpí completamente, ¿qué estabas diciendo?

Aaron sonrió.