Capítulo uno

Jaune mantuvo sus ojos azules surcados de negro bien abiertos en cuanto las bruscas sacudidas perdonaron al avión y permitieron que prosiguiera con su vuelo.

Todos habían chillado, llorado, todos menos él.

El chico suspiró, aliviado, y rezó para sus adentros para que no sucediera de nuevo. Si sucedía, se dijo, quizás fuera lo último que su mente despierta vería. Alzó la vista hacia el techo de plástico del avión, percatándose de que había visto demasiadas películas y documentales sobre accidentes aéreos.

Suspiró y relajó sus manos de uñas negras sobre los brazos metálicos del asiento, dejando que la sangre reanudase el círculo por sus nudillos y le devolvieran algo de color a su piel pálida. Seguidamente levantó una de sus muñecas y observó con cierta ausencia las agujas de su reloj deslizarse sobre su fondo, maldiciéndose al comprobar por decimocuarta vez que aún quedaba un largo recorrido hasta llegar a su destino.

-Disculpe –Dijo sediento en cuanto una de las azafatas cruzó por su lado empujando un carrito, ya recuperada del susto–. ¿Podría traerme un vaso de agua?

La muchacha le sonrió enternecida por el acento holandés de Jaune y su temprana edad adolescente, tendiéndole el pedido amablemente.

-¿Necesitas algo más, cariño? –Le preguntó en cuanto él le devolvió el recipiente de plástico vacío.

-No, gracias –Devolviéndole la sonrisa dejó que ella se fuera, y apoyó nuevamente la espalda en su asiento. Echaba tanto de menos a su madre… Y apenas hacía unas horas que se había despedido de ella.

Cerró los ojos y un apacible sueño le invadió casi al instante, durmiéndose por unas horas hasta que una voz femenina se dejó oír por el interfono, anunciando el descenso inmediato hacia el aeropuerto en varios idiomas.

Somnoliento contempló a su alrededor como las personas incorporadas volvían a sus asientos y se abrochaban los cinturones, extasiados por la llegada.

Bostezó, en unos minutos rozando las ruedas la pista, deteniéndose a unas cuantas decenas de metros. No tardaron los pasajeros en despertar del aparente ambiente detenido, levantándose para recoger sus pertenencias del cajón que se mantenía sobre sus cabezas.

Estaba acostumbrado a que la gente le mirara, pero desde el instante en el que se puso en pie el número de personas se le antojó excesivo.

-"Vale que apenas tenga catorce años –Pensó, indignado–, que vista de negro y que mida metro ochenta y pico. Pero no soy ningún bicho raro".

Esa sensación se multiplicó durante todo el camino hasta llegar a la puerta, arrastrando con él un par de grandes maletas que cargó sin esfuerzo.

-¡Jaune! –La voz grave de su tío se dejó oír sobre el barullo, llamando su atención–. ¡Jaune, aquí!

El chico se acercó, encontrándose pronto con la figura gigantesca del hombre, que no tardó en bromear acusando a ello.

-País de enanos, ¿eh?

Jaune sonrió, cayendo ahora en la cuenta de porqué tantas personas se habían extrañado al verle pasar: Amsterdam estaba lleno de gente enorme, mientras que ahora en Seattle no.

-¿Has tenido un buen viaje? –Interrumpió nuevamente el hombre sus pensamientos, cargando una de sus maletas en el coche.

-Algún que otro susto, pero en definitiva sí –Respondió, por fin. Mientras su segunda maleta era metida en el maletero aprovechó para soltarse el largo cabello azabache, desenredándolo y amarrándoselo bien en una cola de caballo que le llegaría hasta la cintura.

-¿Cuándo vas a cortarte el pelo? –Preguntó el otro jugando con el flequillo recto del menor–. Tienes pito, ¿no?

A Jaune ese interrogante le pareció de lo más desagradable, pero llevaba años pasados acostumbrándose a esa clase de comentarios por parte de su tío. Se mantuvo en su permanente silencio, y el mayor lo aceptó pronto.

Ambos se metieron en el coche, y varios minutos después la voz suave del holandés rompió el hielo, ya en carretera.

-¿A qué instituto voy a ir? –Propuso mientras miraba desde sus orbes azules al rostro barbado de su interlocutor.

-Oh, no está mal. Es privado y todo eso, pero no te harán vestirte de monja; aunque te encante –Jaune resopló ante ese comentario, empezando a cansarse de que hiciera constantes bromas contra su orientación sexual.

-Ya, ya… Vamos, que no tienes ni idea.

La sonrisa burlona del conductor se ensanchó un poco al verse con la gracia devuelta, orgulloso.

-Trabájate ese humor, chico, sino no llegarás lejos.

-¿Bromeas? Yo soy increíblemente gracioso –Ese comentario le dejó al hombre en bandeja una nueva forma de irritar a su sobrino, pero fue descubierto antes incluso de entreabrir los labios–. No vuelvas a reírte de mí, no te gustaría ver mi lado oscuro.

No tardaron en llegar a un bloque de pisos, majestuoso como todo en esa ciudad, pero no excesivamente moderno. Algo en la mente de Jaune le advirtió de que tocaría subir escaleras.

-Bien, el nuestro es el quinto piso –Muchas, muchas escaleras. Su tío le miró, prosiguiendo–. Te ayudo con una de las maletas, machote.

El moreno le dedicó una mirada contrariada antes de abrir el maletero y tomar una de ellas… dándose un golpe en la frente con la puerta.

Antes siquiera de oírla ya se preparó para una gran risotada por parte de su tío.

-¡Pero, hombre! ¿Es que no ves que eres más alto que el coche?

-Sí, ya –Cargó ambas maletas, enfurruñado, y empezó a ascender los escalones en cuanto le abrieron la puerta del inmueble.

No tardaron mucho sus fuerzas en agotarse, continuando por puro orgullo bajo la enarcada mirada de su tío.

-¿Seguro que no quieres que te ayude? –Preguntó desde atrás, escuchando admirado los quejidos ahogados de su sobrino.

-No, ¡Cállate!

En cuanto llegaron a arriba y la puerta de la vivienda fue abierta se desplomó en el primer sofá que encontró. El mayor volvió a reír con cierta dulzura, tomando las maletas y en menos de diez segundos volviendo con las manos vacías del que sería de ahora en adelante el cuarto de Jaune.

-Oye, Héctor… –Preguntó el más joven de improviso, con el rostro hundido en los cojines del mueble–. ¿Por qué vives aquí?

El aludido se sentó a su lado, en un sillón aparte, mirándole.

-¿Aquí dónde? –Preguntó, fingiendo no comprender al menor.

-Ya sabes… –Giró el rostro mirándole desde sus ojos claros–. En Estados Unidos. ¿Por qué te largaste de nuestro lado?

-Ofertas de trabajo. Es normal si no lo comprendes, no tienes edad suficiente.

-Inténtalo.

-Bueno… –Sacó un cigarrillo, encendiéndolo y tomando una calada–. La cosa fue… que tenía ciertos problemas en mi trabajo –Se detuvo un segundo, mirando a un Jaune que ahora se había girado a verle–. Me despedí con lo que no cobré el paro. Estuve buscando durante meses, con la mala suerte que la crisis del 2008 me dio de lleno y no me aceptaron en ninguna parte. Pasé a buscar por internet, aprendí inglés y conseguí que me admitieran aquí. No me fui porqué quisiera abandonaros a ti y a tu madre con… –Paró de nuevo, inseguro de continuar.

-Sigue –El menor había fruncido el ceño, sabiendo perfectamente lo que vendría después.

-Tu padre –Concluyó la frase-. Sé que os cuesta cuidar de él, y no quería tener que dejaros sin mi ayuda.

-Gracias. De verdad.

Se puso de pie, mirando a su tío.

-Lo siento –Murmuró Héctor.

-No te preocupes. Voy a irme a mi habitación un rato.

-De acuerdo. Te llamaré para cenar.

-Gracias –Repitió Jaune ya de espaldas al mayor, andando hacia el umbral de la puerta en la que había visto colarse al hombre con las maletas minutos antes.

Cerró la puerta tras él con suavidad y le alegró encontrarse con un cuarto totalmente pintado de negro. Le parecía tierno comprobar que Héctor se había esforzado para que se sintiera a gusto.

Seguidamente se dejó caer sobre las sábanas oscuras de la cama, bastante grande, medio camuflándose con sus ropas de cuero. Suspiró y cerró los ojos, agradándole la frescura de la almohada en contraste con el calor reinante.

Había oído que Canadá es muy frío, y Seattle se encuentra rozando la frontera con él. Aunque, tonto de él, no había valorado que Canadá es enorme.

Se durmió nuevamente, afectado por el Jet Lag del avión, hasta que recordó algo.

Se incorporó de golpe, corriendo fuera del cuarto exaltado.

-¡El curso empieza en dos días! ¡¿Dónde diablos están los libros?

Héctor le miró asombrado, sin haber tenido apenas tiempo de terminarse el cigarrillo.

-Sobre tu escritorio, junto a la mochila y los estuches.

-Ah… –Con los ojos abiertos atendió a una nueva carcajada por parte del mayor.

-¡Relájate, hombre! Déjalo todo en mis manos y descansa un rato.

-De acuerdo… Gracias.

-Deja ya de darme las gracias, suéltate.

El chico sonrió, forzándose a no agradecérselo de nuevo, introduciéndose nuevamente en la habitación y acostándose.

Se sumió en un sueño cargado de nervio y tensión, agobiado por las clases y la idea de conocer gente nueva. Pasaron unas horas y le despertaron unos leves toques a la puerta de la habitación.

-¿Diga…? –Preguntó con voz somnolienta–. Adelante.

La figura altiva y risueña de Héctor se dejó entrever, hablándole suavemente sin encender la luz.

-La cena está lista.

-Vale… –Se incorporó estirándose, poniéndose de pie en cuanto su tío desapareció de la vista. Salió al comedor doliéndole un poco la luz en los ojos, frotándoselos con el dorso de la mano sin pensar y escampando la sombra de ojos negra por todas sus pálidas mejillas.

El hombre rió de nuevo viéndole y le invitó a sentarse frente a él. Comieron en silencio bajo el sonido de la televisión, a la cual ninguno de los dos prestó demasiada atención.

Media hora después de recoger la mesa la casa quedó a oscuras, ambos demasiado agotados mentalmente. Y así permaneció el resto de la noche.