Capítulo seis

Tras esas palabras Jaune solo atinó a levantarse de la silla y echar a correr fuera del local. Debido a ello, el francés se sintió tan profundamente avergonzado que no le siguió, pero a pesar de todo el otro no se detuvo hasta que llegó a casa.

No se subió al autobús, corrió por las calles como alma que lleva al diablo y casi de milagro no se perdió. Al alcanzar su destino se puso a presionar el botón correspondiente en el portero electrónico, sin cesar, y sin tener la intención de hacerlo hasta conseguir entrar en el bloque de pisos.

Héctor estaba tomando una calada a uno de sus cigarrillos en la cocina mientras preparaba la cena, acostumbrado a hacerla a media tarde. Se extrañó mucho de que Jaune estuviera en casa antes de la hora acordada, así que al principio no le hizo caso por si fuera algún bromista. Sin embargo, la insistencia con la que sonaba el timbre le alarmó, dirigiéndose hacia la puerta y llevándose el telefonillo a la oreja.

-¿Quién es? –Preguntó, queriendo asegurarse.

-Soy yo –Contestó casi de inmediato el menor, jadeante después de tanto correr y aún aturdido por las palabras de Michel.

Sorprendido, Héctor pulsó el botón que permitiría a su sobrino introducirse por la puerta del inmueble, dejando la de la vivienda entreabierta. En menos de dos minutos, Jaune entró con brusquedad, cerrando la puerta tras él con la misma rapidez con la que lo haría una víctima de acoso.

-¿Ha sucedido algo? –Musitó Héctor en cuanto le vio, casi como presa del pánico.

-No… No te preocupes –Jaune se dejó caer en el sillón donde acostumbraba a sentarse Héctor, de espaldas a la ventana–. No es nada…

El mayor dudó, pero finalmente terminó por dejarle relajarse y recordó la escasez con la que él mismo le contaba sus problemas a sus padres siendo adolescente.

En unas dos horas que se hicieron eternas debido al pesado silencio que se estableció en la casa, ambos le estuvieron dando vueltas a la cabeza; uno por la indecisión ante un problema que nunca había tenido y que se le antojaba crucial, y el otro por la preocupación de no saber hasta qué punto era grave dicho problema –y que él ignoraba–.

Cenaron con el mismo silencio reinante, y finalmente se sentaron juntos en el sofá para ver la televisión. Hicieron zapping y al final se pusieron a mirar una película de serie B a medias, a la cual ninguno de los dos le interesó.

-No vas a contarme qué te sucede, ¿verdad? –Preguntó de improviso el mayor, viendo de reojo a Jaune.

Éste se mostró sorprendido y miró a su tío, fingiendo no comprender.

-¿A qué te refieres?

Héctor no se dejó engañar por esa pregunta, prosiguiendo.

-Recuerda que yo también he tenido tu edad. Tal vez tengas un problema que, a pesar de pesar que seguramente a mí me pueda resultar gracioso, yo también lo haya pasado. Creo que deberíamos hablar de ello y…

-Estoy bien –Le cortó de repente Jaune, quitándole importancia–. Solo debo pensar en ello y plantear una solución. No es tan difícil.

-¿Seguro que no quieres…?

-No –Volvió a cortarle, mirándole profundamente desde sus ojos azules.

Héctor le miró largamente durante unos segundos, mentalmente buscando alguna otra razón para seguir insistiendo. Sin embargo la mirada tajante de Jaune le advirtió que aunque la encontrara no iba a soltar prenda.

-Está bien –Suspiró Héctor, rindiéndose mientras aplastaba la colilla en el cenicero–. Si necesitas algo estoy en mi habitación. No te vayas a dormir muy tarde, mañana tienes que madrugar.

-De acuerdo –En cuanto Héctor desapareció tras la puerta cambió de canal, buscando algo que le pudiera interesar. Finalmente la apagó y mandó el mando a distancia al otro lado del sofá, pensando que era una tontería gastar luz de esa manera tan innecesaria.

Se puso de pie, muy deprisa, mareándose y teniendo que aferrarse a la mesa para no caerse. En cuanto se recuperó se dirigió a la cocina, sentándose en la encimera y abriendo un paquete de galletas, empezando a comer sin hambre pero apeteciéndole comer hasta reventar.

No tardó apenas media hora en empacharse, cerrando el envase y guardándolo en un armario. Tras pensar unos segundos pulsó el interruptor de la cocina, cerrando la luz yendo hacia el baño, ni molestándose en cerrar la puerta con llave; solo se metiéndose bajo el agua tras desnudarse, para aclarar sus ideas.

Bajo el agua dejó que su cabello se aplastase, cayendo en cascada hasta sus nalgas, notando el agua corriendo por sus larguísimas piernas y sin importarle estremecerse debido a la temperatura tal vez demasiado fría. Suspiró, sin sentirse ya tan cargado, tratando de no pensar en lo acontecido con Michel esa tarde… Hasta que recordó que tendría que verlo al día siguiente.

Horrorizado empezó a maquinar algún plan para saltarse las clases, pero finalmente concluyó que tarde o temprano no habría más remedio que apechugar.

Su mente divagó largo rato, relajándose en cuanto subió la temperatura del agua, y empezando a pensar en lo que sucedería en el hipotético caso de que tuviera algo con el francés. Ruborizado recordó lo bien que se movía Michel en ese campo, pensando en si también lo estaría un paso más allá: ¿Cómo se las apañaría en la cama?

Se mordió el labio inferior inconscientemente, dando gracias de que nadie pudiera leer su mente. Era bastante desalentador pensar en eso cuando el holandés ni tan siquiera solía masturbarse, y más al saber que en una relación homosexual existían muy pocas posibilidades de que Jaune fuera la parte activa. No sabía mucho del tema de todas formas, y le daba demasiada vergüenza preguntarle a nadie.

Si buscara por Internet algo así sería tan humillante ser descubierto como si estuviera buscando pornografía, o al menos es como se le antojaba a él. Podría preguntarle a Héctor, puesto que tenía bastante más confianza con él que con cualquier otro… El que seguía el ranquin, por increíble que pudiera parecer, era Kevin. Sin embargo eso lo mantenía en la última y más descartable de las opciones.

Finalmente salió de la ducha, dejando que sus pies tocaran el helado y resbaladizo suelo mientras lo empapaba con el agua que caía desde su pelo y su piel. Tomó una toalla mientras veía su reflejo en el espejo, sintiéndose extraño. ¿Acaso habría cambiado de alguna manera? Tal vez no fuera físicamente, sino que esos días le habrían cambiado psicológicamente.

Al salir miró la hora en el reloj, sobresaltándose, siendo exageradamente tarde. Aún desnudo y goteando corrió hacia la otra punta de la casa, buscando prepararse la mochila, sin encontrarla.

No lo escuchó salir.

-¿Jaune? –Se alzó la voz somnolienta de Héctor tras él, viéndole algo cegado por el resplandor de la luz de la sala de estar.

-¿Eh? –Girándose hacia su tío al principio no entendió el porqué de la mirada perpleja de Héctor, comprendiéndolo más tarde al darse cuenta de que seguía desnudo y con el pelo suelto–. Ah, lo siento. Estaba duchándome y me acordé de que no me había preparado la mochila.

Sonriéndole con dulzura se mantuvieron unos segundos en silencio, hasta que Héctor lo rompió balbuceante.

-Bueno… Ve a dormir ya, es tarde. Mañana se te pegarán las sábanas –Apresurándose se dio la vuelta, metiéndose nuevamente en su habitación.

Héctor agradeció la inocencia de Jaune, pues si a éste se le hubiera ocurrido mirar un poco más abajo, el mayor hubiera deseado que se le tragara la tierra. Y tal vez sólo por sucederle eso con su sobrino ya lo deseara.