En el desierto

«Empezamos a creer que Egipto es mejor que esto. El calor es tan insoportable como el frío, y no tenemos siquiera donde guarnecernos. El dolor, el cansancio, la falta de comida y sentir, cuando uno se deja, que la muerte nos rodea... Era igual en Egipto, solo hemos perdido los malos tratos, pero al menos sabíamos que habría comida y agua, y un lugar donde recostarse o sanarse las heridas entre nosotros. Morir era una verdad, claro, pero en Egipto el mundo, ese que ahora solo es cielo azul y aire quemante, y mucha, mucha arena; no nos hacía sentir dudas en usted, mi Dios. Perdóneme señor, pero tal vez no somos tan fuertes como usted esperaba».

«El agua empezó a escasear desde hace ¿tres, cuatro días? Solo podemos tomar dos tragos, y los niños, tres... Ayer murió mi sobrino menor. Aunque lo veíamos venir desde que nació, la pérdida ha sido terrible para mi hermana. Te pido que le des a ella y a todos los que quedamos aquí, la fuerza y la resignación que necesitamos para seguir yéndonos, dejando a nuestros seres queridos atrás. Lo necesitamos. Eso, las quemaduras por el sol, el dolor de cuerpo por tanto caminar, la poca comida que hay no solo para nosotros, sino para los animales que pronto tendremos que sacrificar para comer y tener más trabajo al llevar las cargas; Todo eso me ha hecho pensar y desear Egipto, más de una vez. Y no soy la única, señor, ese deseo nació en medio del cansancio, y se hizo fuerte con cada muerte y cada cuerpo que no podemos ni enterrar y darle un adiós correctamente. Algunos hasta han empezado a pensar y hablar sobre Moisés, el profeta que nos has enviado. Su fuerza y su fe es admirable, lo sabemos y quisiera tenerla, pero... No puedo dejar de recordar que no es como nosotros, no ha estado cansado, golpeado y con hambre toda la vida. Perdóneme mi Dios, pero quiero saber cuál es la razón por la que él tiene que ser nuestro líder, porqué tenemos que seguirlo, seguirlo dejando un rastro de cuerpos...».

«¡Oh Dios! ¡Oh Dios, gracias, gracias infinitas! Estábamos cansados, tristes, hambrientos, y te mirábamos con dudas, perdiendo la fe. Y usted, en su misericordia, nos ha enviado un milagro. ¡Agua saliendo de una roca! ¡Agua, agua, agua! Dios todopoderoso, infinitas gracias».

«Los milagros siguen llegando, mi señor. No sabemos cómo lo hizo, pero gracias por enviárnosla. Tengo la idea de que es hembra, una madre cuidando de sus huevos. Un día, un día nos la enviaste, y ahí estaba. Una hermosa y enorme ave amarilla como el desierto y el sol, pero justo entre éste y nosotros. Y nos dio sombra todo el camino. El aire ya no se movía al frente, como si la arena fuera fuego, y el calor no estaba, no picaba ni quemaba. La hemos tenido durante cinco días, en la noche se va, imagino que a cantarle a usted, pero apenas el sol vuelve, ella está ahí. No sé qué habríamos hecho sin ella y sin el agua. Sin que sus alas nos envíen ráfagas de aire fresco, mientras caminamos bajo el manto de su gran sombra protectora».

«Llega el momento de matar a la mayoría de los animales para tener comida, y de empezar a llevar nosotros mismos nuestras pertenencias, o de caminar más tiempo... Solo mantenemos la fuerza y la fe al tener algo tan tangible como el ave con nosotros. El mundo vuelve a darnos lo que necesitamos, ya no desconfiamos de usted, y solo tenemos palabras de regocijo que, esperamos, Ziz le cante a su oído».