En el mar profundo

La contramaestre entró en la recámara del capitán sabiendo que lo iba a encontrar como una cuba. No se equivocó. Estaba tirado en el suelo, con la cabeza y una mano descansando en la cama sin arreglar. El olor a alcohol rancio, sudor y algo de vómito la hizo marear. Los aromas eran aún más fuertes en un lugar de "aire comprimido", como era ese sumergible. Aún así, ella se puso firme, y tratando de respirar lo menos posible, fue hacia él y lo zarandeó.

―Señor, señor. Son las 9 de la mañana... ―le decía.

Él dio un respingo, gruñó algo, medio abrió los ojos y saboreó su lengua. Dio otro gruñido y, finalmente, la miró:

―¿Qué importa la hora? ―la contramaestre siempre se sorprendía de lo lúcido que siempre estaba, aunque estuviera borracho o con resaca―. Lo que importa es el tiempo que nos queda.

―Dos días, siete horas, aproximadamente.

El hombre sonrió de puro humor negro e intentó ponerse en pie. La contramaestre le ayudó.

―¿Y sigue ahí?

―Sí, pero Abiva dice que el motor estará listo para dentro de cinco horas.

―... Si tenemos suerte de poder salir sin que esa cosa nos ataque de nuevo.

―En algún momento debe dormir.

―No lo ha hecho en dieciséis días.

―Lo cual nos da más esperanza de que en cualquier momento, duerma.

Su capitán la miró a la cara, estudiándola. Fue un momento incómodo, porque se veía y olía terrible, además de que estaba muy cerca de su rostro. Pero ella no le quitó la mirada en ningún momento, ni cuando le dijo:

―Desde el ataque, con ese positivismo que tienes... he creído que eras infantilmente ingenua, pero no creo que lo seas. Solo, no quieres rendirte, ¿verdad?

Ella prefirió tomarlo por el lado amable.

―Gracias, señor.

El capitán hizo acopio de fuerza y se puso en pie sin ayuda. Aunque instintivamente, era lo que menos quería hacer, se mandó a mirar hacia el Leviatán. Desde su ventana redonda, se podía ver oscuridad y, más allá, apenas una sombra más oscura que el negro, una sombra que se arremolinaba, lentamente, sigilosa y enorme, letal; alrededor de ellos.

―Tal vez se duerma ―dijo el capitán, y salió caminando a hacerse cargo de lo que fuera que lo esperara.

-o-

Los primeros dos meses de la primera misión a mar profundo fueron un éxito. El capitán no entendía mucho de los científicos, lo que observaban, lo que observaban y sus experimentos, pero sabía que estaba siendo un éxito por las comunicaciones y el buen humor general de la tripulación.

Hasta que tuvieron esa lectura. El radar tridimencional les enseñó que a casi tres kilómetros, se encontraba un ser que se movía, era enorme, tenía sangre caliente e iba hacia ellos. En vez de haber hecho lo que el hombre de las cavernas haría, huir despavorido de lo que no entendía, ellos hicieron lo que el ser humano más brillante de la historia haría, y fue a por él... El instinto era aún más sabio que la inteligencia. Apenas llegaron y lo iluminaron con sus potentes luces azules, el ser se arremolinó.

Era una inmensa bestia oscura, con escamas, entre una serpiente y un reptil. Solo la cabeza era prácticamente del tamaño del Nautilos, y a cada movimiento sinuoso de su cuerpo, el agua se movía en ondas y olas, partiéndose sobre ella misma, como si fuera él un sol y el su entorno se transformara en muchos haz de luz circulares, poderosos. La contramaestre recuerda haber pensando en algún momento de esos segundos, que tal vez era ese monstruo el que provocaba el oleaje, y no la luna.

El Nautilos fue enviado tal grano de arena a medio kilómetro lejos del animal, se estrelló, una parte del fuselaje se abrió, perdieron varias vidas y un motor... Y el animal lo siguió, y rodeó con su cuerpo. En medio de las vueltas que dio el submarino, varias personas terminaron gravemente heridas, y el lugar hecho un caos. Cuando el Leviatán llegó, sinuoso, potente e imparable a donde ellos quedaron y mordió, los huecos que logró hacer sus enormes dientes hizo que más de la mitad se ahogaran. Apenas siete personas salieron con vida, evitando el inundarse al descartar dos compartimentos completos.

Eso había pasado hacía dieciséis días, en los cuales el Leviatán casi no se movía de ese territorio, solo algunas horas en las que iba a cazar. No parecía reparar en ellos, pero no por eso se creían seguros. Una bióloga marina había comentado que, según lo que habían visto, estaba lleno de grandes cicatrices, como si le hubieran arrancado de cuajo partes de su cuerpo... Todos temieron de la cosa que era capaz de hacerle esa clase de daño.

Algunos dijeron que era mejor atacarlo en los puntos débiles con los cohetes, pero la idea de usar tecnología de los mismos para arreglar el único motor que les quedaba, era, con mucho, la mejor opción.

Y ese día, iban a hacer su único y último intento para salir con vida cuando el Leviatán saliera a cazar... O durmiera.