Buenas noches, mis estimados lectores.

Aquí les caigo con un cuento que escribí recientemente para meterlo en la competencia estatal de Cuento; pasado mañana pienso enviar este archivo al lugar de la convocatoria y a ver qué sucede.

Ojalá les guste.

Saludos desde México.

Eugenia Rivas.


Natalia y el Viento.

La Luna brillaba con todo su resplandor en la ciudad de Mérida; en medio de sus silenciosas calles se podía escuchar el ulular del Viento procedente del Levante, como si hablara con todo aquél que estuviera despierto a altas horas de la mañana.

Natalia era una de esas personas que estaban despiertas en ese tiempo. Sin poder dormir, la joven de 23 años se encontraba sentada junto a la ventana en la sala. Podía escuchar la voz del Viento y reconocer cada palabra que éste emitía a través de su suave brisa.

Siempre ha sido así desde que tenía memoria. Cada vez que ella estaba despierta a altas horas de la noche, podía escuchar su voz calmada y sin prisas; podía escuchar cuándo estaba enojado, cuando estaba feliz, cuándo tenía miedo e incluso cuándo estaba enamorado. Podía incluso hablar con él, platicarle cómo había sido su día o hablarle de sus sentimientos hacia uno que otro chico.

Pero esa noche era distinta a las demás.

Natalia lo podía sentir por el tono con que el viento le había saludado; algo repentinamente cambió en su amigo, aunque deseara preguntar qué le sucedía, no podía hacerlo por miedo a una reacción violenta.

- Natalia – le llamó el viento -… Natalia… ¿Estás bien?

- Ehmmm… S-sí – respondió la joven un poco desconcertada.

- Mientes. No estás bien.

- ¿Cómo puedes saber si estoy bien o no, Viento?

- Puedo percibir el miedo en tu voz.

- ¿Miedo? ¿De qué? No tengo nada qué temer. No que yo recuerde.

- Mientes otra vez, Natalia. Tienes miedo de algo y no quieres decírmelo.

- Te he dicho que no tengo miedo, Viento.

- ¡Nuevamente estás mintiendo, Natalia!

Natalia no sabía qué decir al respecto.

Era cierto lo que el Viento le decía: Ella tenía miedo de él, de su propio amigo, y no quería decírselo. Sin embargo, si ella se mantenía en silencio, el Viento no dudaría en sacarle la información que él quería saber manteniéndola despierta con aquella dulce voz que se volvió muy turbia de repente.

Armándose de valor, Natalia le dijo:

- Tengo miedo de ti.

- ¿Qué?

- Tengo miedo de ti, Viento. Esta noche te siento distinto; lo percibí por tu forma de saludarme… ¿Ha pasado algo?

El Viento no dijo nada.

Natalia aguardó ahí, expectante ante cualquier reacción que su amigo podría tener, temerosa de que tal vez preguntó algo que no era de su incumbencia. Pudo percibir en ese momento una brisa que denotaba odio, furia, rabia e impotencia; con un nudo en la garganta, la chica preguntó:

¿Viento? ¿Viento? Viento, amigo mío… ¿Qué te ha pasado?

El Viento nuevamente no le respondió.

Natalia pensó que lo mejor era retirarse de la ventana e irse a dormir con la esperanza de que su amigo se calmara y en la noche siguiente le pudiera narrar la razón de su enojo; no obstante, el Viento la detuvo con estas palabras:

- Fuiste traicionada.

La aludida se volvió boquiabierta mientras que el Viento añadía:

- Ricardo te traicionó, Natalia. Te traicionó de la manera más vil y baja que todo ser humano es capaz de cometer.

- ¿Qué?

- Lo hallé en los brazos de otra mujer, Natalia. En los brazos de tu mejor amiga…

- ¡¿Cómo? ¡¿En los brazos de Julieta?

- Sí… Y eso es lo que me tiene furioso, Natalia. ¡Me tiene furioso e indignado! He visto cómo ambos se disfrutaban el uno al otro, cómo ambos se acariciaban eróticamente al amparo de la noche. ¡Y el hombre todavía tiene el descaro de decir que tú no le satisfacías para nada en la cama como lo hacía ella, tu mejor amiga!

- No…

Natalia se dejó caer en la silla con lágrimas en los ojos. No podía creer lo que el Viento le estaba diciendo. Más bien, no quería creerlo; no quería creerlo y no quería dudar de él, de su novio desde hace cuatro años.

Para ella, Ricardo era un buen chico que no mataría ni a una mosca. Era sociable, cariñoso, amable, tierno y de buenas costumbres muy a pesar de que proviniera de una familia rica y poderosa. De hecho, la familia de Ricardo la había aceptado de buen grado y ya hasta la veían como la nuera ideal por su candor, buen carácter y timidez.

El Viento, por su parte, sintió piedad por aquella tierna mujer a la que conoció desde que era una niña. Era comprensible que ella no le creyera dada su alta fidelidad a ese monstruo a quien ella llamaba "su novio", pero tenía que decírselo por el bien de su estado emocional y por querer terminar con ese juego enfermizo llamado "infidelidad".

Con suavidad, el Viento acarició el rostro lloroso de la dama y le dijo con dulzura:

- Si él te amara, no te estaría haciendo esto.

- ¡¿Por qué él no me dice nada? ¡Si él quiere ser libre, sólo tiene que pedírmelo! ¡Si él ya se cansó de mí, bastaba con que me lo dijera y así terminaríamos como buenos amigos!

- Mi niña… Aún no conoces bien hasta qué grado pueden hacerte daño los hombres.

- ¡¿Y tú sí?

- ¡Ingenua! ¿Olvidas que soy el Viento y que existo desde que Dios creó este mundo?

Natalia rompió nuevamente a llorar mientras el Viento añadía:

- He visto toda clase de iniquidades durante todos estos siglos que llevo de existencia, Natalia. He visto lo suficiente como para saber que ese hombre no era para ti ni para otra mujer. ¿O acaso crees tú que él ya se enamoró de Julieta tan rápido? No, mi niña. Él nunca amó a ninguna mujer, ni siquiera a ti.

- Si él no me amaba, ¿por qué me hizo su novia?

- Presión, pequeña. Presión por parte de su familia. Él es uno de esos infelices llamados "playboy", un jugador que le encanta destruir los sentimientos de seres tan bellos como lo son ustedes las mujeres. Su familia espera que cambie con el matrimonio.

Natalia guardó silencio un momento.

Las palabras del Viento estaban llenas de verdad, de eso no podía dudarlo ni por un segundo, pero aún ella tenía dudas respecto a Ricardo, dudas que ella quisiera aclarar con el aludido si era posible.

Levantándose de la silla, esbozó una triste sonrisa y le dijo al Viento:

- Gracias… Por decirme lo que ha estado pasando.

- Natalia…

- Mañana llamaré a Ricardo y cortaré con él inmediatamente. Tal vez sea lo mejor para ambos no volvernos a ver.

- ¿No lo confrontarás? ¿No le reclamarás su infidelidad?

- ¿Para qué, Viento? Es su palabra contra la mía. Su palabra siempre será escuchada, la mía, en cambio, jamás lo será.

El Viento dejó de soplar un momento y guardó silencio.

Natalia, asintiendo su cabeza, añadió:

- Buenas noches, Viento… Hasta otra noche.

Dicho esto, dio la espalda y estuvo a punto de ir hacia las escaleras que la llevaban a su habitación, mas el Viento le detuvo llamándole:

- Natalia, espera.

La aludida se volvió y le preguntó con dulzura:

- ¿Sí, Viento?

El Viento envió una de sus rachas hacia el rostro de la mujer, quien aspiró hondamente y reconoció el olor a rosa y limonaria, sus flores favoritas. El Viento, por su parte, con voz firme, le confesó:

- Eres especial, Natalia. Eres única en tu especie, tan única como las flores cuyos olores llevo hacia esa nariz perfilada que tanto me gusta…

- Huele muy bello, amigo mío. Gracias.

La muchacha mandó un beso al aire y estuvo a punto de retirarse nuevamente, pero el Viento le dijo:

- Espera… Aún hay algo más que quiero decirte.

- ¿Algo más, amigo mío?

Sin decir más, el Viento sopló con un poco más de fuerza; la joven cerró los ojos al sentir cómo un dedo invisible acariciaba tiernamente sus labios al mismo tiempo que le abrazaba de la cadera.

- ¿Qué haces, Viento? – susurró la chica.

- Lo que debí haber hecho hace mucho tiempo.

Natalia, sintiendo curiosidad, abrió los ojos y se sorprendió al ver a un hombre de mirada penetrante acariciándole los labios. La joven estuvo a punto de emitir un grito de terror al verle, pero el hombre le detuvo al darle un beso casto y le susurró en el oído:

- Mi dulce Natalia, no tengas miedo…

La aludida reconoció aquella voz y se apartó un poco del extraño para observarle bien. El hombre era alto, de musculatura poco marcada que denotaba una complexión robusta, de piel morena clara, cabello negro y de rostro fino adornado por dos grandes irises color miel, nariz respingada y labios carnosos. La única ropa que llevaba puesta era un pantalón de mezclilla y unas sandalias.

Natalia se acercó lentamente al que se suponía que era el Viento y le dijo:

- Viento… Te ves… Distinto.

El Viento se rió y le dijo:

- ¿Distinto? Natalia, es la primera vez que me ves en mi forma humana.

- Bueno, es cierto. Es la primera vez que te veo en tu forma humana, pero… ¿Por qué te convertiste en humano?

El Viento se acercó a la joven y, posando las manos en sus hombros, le respondió:

- Natalia… ¿Es que acaso no te has dado cuenta?

- ¿De qué?

El hombre empezó a acariciar el rostro de Natalia y añadió:

- Cuando te decía que eres especial y única en tu especie, me refería a lo valiosa que eres para mí, a lo distinta que eres de las demás mujeres que he visto y conocido… A lo bella que eres por dentro y por fuera.

- Viento…

- Me enamoré de ti, Natalia. Me enamoré de ti gracias a esa bondad, a esa inocencia y a esa ternura que explayas a tu alrededor. Me enamoré de ti desde el momento en que te transformaste en una hermosa jovencita de quince años.

Natalia sonrió y se sonrojó al escuchar aquellas palabras; el Viento besó entonces sus labios con ternura, imprimiendo en ese gesto todos los sentimientos que habían surgido en lo más hondo de sus entrañas.

Y desde ese momento, ambos se transformaron en uno solo y fueron felices durante el resto de su existencia.