La Tienda de muñecas

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La tarde era tormentosa, a la joven se le había hecho demasiado tarde; había perdido la noción del tiempo en sus actividades académicas y no se había percatado de la lluvia que se había convertido en tormenta, caminaba más desconsolada aún por que el paraguas lo había dejado en casa; ni siquiera habría pensado en llevarlo con ella.

La gente la observaba curiosa desde la seguridad de sus casas ya que era ella la única que caminaba por el empedrado de aquel barrio; se preguntaban por qué una jovencita andaría sola bajo la lluvia sin siquiera pensar en cubrirse, pero lo que ellos ignoraban era que ella andaba por la calle buscando un local comercial para entrar y cubrirse de la lluvia que había empezado a calarle los huesos.

Por donde la joven pasaba solo se veían puertas cerradas, gente caminando bajo la seguridad de sus paraguas o bien gente corriendo buscando igual que ella la seguridad de un lugar seco; ella había dejado de correr, bajó el paso dándose cuenta de que no encontraría algún sitio con la puerta abierta.

Su suerte cambió al dar la vuelta en la esquina. Se dio cuenta de que había un gran portón abierto a su lado derecho; se detuvo, lo observó con detenimiento buscando algún indicio de que aquella fuese una tienda o algún otro tipo de establecimiento para poder entrar y cubrirse de la lluvia, se trataba de una construcción antigua, digna representante de la época colonial.

No vio nada que le indicara que podía entrar ahí pero tampoco algo que le indicara que no podía entrar. Miró rápidamente si había alguien que la estuviera viendo, no encontró a nadie cerca, algo le decía que mejor siguiera su camino pero se decía a sí misma que solo daría una rápida ojeada y ya; pudiera ser que aquel fuera el portón de una casa o bien algún establecimiento escondido.

Se acercó sin dudar al portón de madera; estaba muy desgastado, la pintura se había caído totalmente, en la base se podían apreciar las tablas que estaban comenzando a levantarse de su sitio; ignorando el aspecto de la puerta la atravesó del otro lado la vista cambiaba totalmente, delante de sus ojos había un pasillo largo empedrado y oscuro ya que la luz de la entrada apenas iluminaba algunos centímetros del interior.

Antes de seguir adelante la joven observó el interior, se veía como el pasillo de una casa cualquiera pero al final había una puerta de vidrio muy sencilla y arriba de esta un letrero igual de simple.

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"Tienda de muñecas"

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Estaba escrito con una caligrafía que no tenía más pretensión que indicar que ahí estaba una tienda de muñecas y nada más. La joven caminó despacio hacía el local que estaba muy bien escondido y que difícilmente algún cliente notaría desde la calle a menos que se tratase de algún lugar muy exclusivo. Ella pensó que aun siendo un sitio de ese tipo no perdía nada con ver y preguntar mientras se pasaba la lluvia.

Cuando cruzó la puerta lo que tuvo delante de ella era completamente diferente de las demás tiendas que estaban en ese barrio; los demás lugares estaban iluminados y llenos de colorido, a pesar de que aun conservaban ese aire colonial que reinaba en la zona, en cambio ese sitio era verdaderamente deprimente; la iluminación consistía en unas velas colocadas aquí y allá, había estantes llenos de muñecas, algunas totalmente cubiertas con polvo, no se podía apreciar el color de las paredes puesto que los estantes llegaban hasta el techo, además había muñecas en el suelo, en las pocas mesas que había en el lugar.

La joven pensó que el sitio estaba demasiado descuidado, por muy exclusivo y extravagante que fuese el lugar el desorden imperaba, además de eso se podía percibir un olor extraño; una mezcla de humedad y encierro dando a entender que ni el aire se atrevía a entrar. Ella caminó lentamente adentrándose en el pequeño local y sintiendo la mirada penetrante de aquellos rostros de porcelana inmóviles; pudo ver que aquellas muñecas llevaban vestiditos, zapatitos y sombreritos de diferentes épocas, todas tenían tonos de piel distintos; muy claro o muy oscuro, algunas tenían trenzado el pelo otras lo llevaban suelto o rizado.

Todas esbozaban una sonrisa macabra y forzada como si alguien las hubiera obligado a sonreír, la joven pensó que aquel era un sitio demasiado extraño y vendía una mercancía demasiado extraña o tan extravagante que ella misma no lo entendía.

Pero un rostro de entre todos los demás llamó su atención. Aquel no era un rostro sonriente, había algo en el que era distinto; la muñeca tenía una expresión muy viva en su carita, como si llorara o estuviera a punto de hacerlo pero además de eso tenía otra particularidad; en el rostro de la muñeca se podían ver como sus ojos no se veían vidriosos y muertos sino que estos expresaban una profunda tristeza. Eran los ojos más tristes que la joven había visto en mucho tiempo.

Aquella mirada la perturbó.

— ¿Hay algo que te interese? —dijo una voz por detrás de ella.

La joven se sobresaltó, volteó rápidamente y detrás de ella estaba parado un hombre muy alto de aspecto imponente; enseguida supo que era el vendedor.

—Eh… si —respondió ella rápidamente— ¿Qué precio tiene esa de ahí?, la de la mirada triste.

—Oh ya veo que esa ha llamado tu atención, bueno hoy tenemos precios de liquidación así que será tuya por solo 200 pesos.

— ¿En serio? —preguntó la joven muy sorprendida ya que una muñeca tan fina vale por lo menos el triple o más.

—Sí, son precios de remate ya que están arreglando la bodega y no tenemos donde poner la mercancía nueva mientras se vende esta.

—Vaya pues… perfecto —dijo ella convencida.

La joven no lo dudó ni un segundo, vio que 200 era poco menos de lo que llevaba en la bolsa así que la compró sin más. Mientras el vendedor iba al mostrador y guardaba la muñeca en una caja, ella observó un poco el lugar; el mostrador estaba aún más en desorden que el resto del lugar, exhibía muñecas mucho más pequeñas que las colocadas en los estantes, esas tenían expresiones tristes y algunas tenían los ojos cerrados, otras tenían expresiones aún más perturbantes en su rostro como si hubieran captado el rostro de una persona que murió en paz.

Además de eso notó que no había ninguna otra puerta en el local. No sabía de donde había salido el vendedor o si había estado ahí todo el tiempo desde que ella entró.

Al salir de la tienda la lluvia había cesado y hacía una tarde fresca y tranquila.

Por fin pudo llegar a su departamento. Dejó la caja con la muñeca en la cama, se sentó a su lado, se quitó la gabardina negra y las botas y abrió el paquete para contemplar mejor aquel rostro que aún tenía plasmado en su mente.

La muñeca era la representación de una niña como de unos 9 o 10 años; de cabellos muy oscuros que llevaba trenzados y recogidos por detrás de la cabeza. Su vestidito era claro de cuello alto y lleno de holanes, muy adulto para una niña vio la joven, además no tenía sombrerito, llevaba zapatitos blancos y medias del mismo color; sin duda solo era una muñeca vestida a la usanza del siglo XIX, pero su rostro lucía muy vivo ella observó detalladamente la expresión de tristeza pensó que la persona que la había fabricado había plasmado a la perfección ese sentimiento.

Vio que una etiqueta estaba colocada por debajo del vestido que solo decía:

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"Carmelita, 4 octubre de 1834"

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—Supongo que Carmelita es tu nombre, sí que eres vieja —Imaginó que ahora tenía en sus manos una importante pieza de colección.

La dejó de lado por un momento ya que debía terminar ese trabajo escolar y posteriormente ir a dormir.

Fue a dormir alrededor de la media noche cayó en un sueño profundo al instante, tanto así que no noto que la muñeca la miraba fijamente desde la mesa donde la había colocado.

La joven soñaba plácidamente, se veía así misma caminando por aquel barrio colonial donde había estado unas horas antes; había algo diferente, no había autos, se veía todo con aire pueblerino, la gente que pasaba a su lado parecía no notar su presencia; todos ellos vestían ropa de antigua usanza, las mujeres llevaban vestidos largos, altos peinados, sombreros, los hombres iban muy elegantes. Ella se dio cuenta de que no estaba en su época sino en algún punto del pasado sino cualquiera hubiera podido verla con la ropa que usaba y desentonaba por completo en ese tiempo y espacio.

Mientras caminaba se encontró en una esquina a un grupo de mujeres que hablaban animadamente, se acercó con precaución a las mujeres como si algo le dijera que tenía que oír la plática que ellas tenían.

—Es una auténtica pena —comentó la más joven de las tres—. Los padres de la pequeña Carmelita Rojas han de estar destrozados por su desaparición.

—Es la décima niña que ha desaparecido en los últimos meses, siempre le dije a Doña Carmela Rojas que vigilara muy bien a esa niña —decía acaloradamente la mujer más mayor del grupo.

—Escuché que la policía ha estado sospechando del viejo Marques que cayó en desgracia hace algunos años —acotó la tercera mujer.

—Cuéntenos todo por favor Doña Almuneda —dijo entusiasmada la más joven.

—Dicen que hace años en Marques asesinó a su esposa e hija, estaba muy arrepentido por lo que hizo, entonces pactó con el diablo que juntaría muchas almas para recuperar a su familia.

—Con todo respeto buenas señoras, esas no son más que habladurías —replicó la mujer mayor—. Ese Marques desapareció mucho antes de las desapariciones de las niñas, ¿Cómo las está secuestrando y para qué?

—Por lo mismo Doña Begoña, está juntando almas para dárselas al diablo. Durante estos meses han desaparecido solo niñas de estos alrededores y ese Marques no vivía lejos de aquí; he oído incluso que su vieja casa está embrujada —dijo Doña Almuneda algo alarmada.

—Dicen que eso es cierto, nadie se acerca a la casona que tiene la puerta más fea de la calle —comentó la más joven.

La joven visitante de otra época se quedó callada y algo asustada ya que en esa misma calle esta la supuesta tienda de muñecas, precisamente donde está la puerta más fea de toda la calle; en ese instante las mujeres frente a ella se desvanecieron y alguien tomo su mano; una mano fría tomo la suya, en un sobresalto miró hacia abajo y vio detrás de ella a una pequeña niña.

Se quedó pasmada cuando vio la sorprendente similitud entre aquella niñita y la muñeca que acababa de comprar; el vestido, los zapatos, el cabello, los ojos tristes, todo era idéntico.

—Tú… tú eres Carmelita —dijo ella en un hilo de voz, presa del miedo al ver a esa pálida criatura.

— ¡No debiste entrar en aquella casa… no debiste!

—Pero… ¿por qué? —dijo la joven aún sin entender.

— ¡Te quitará el alma, como a todas nosotras!

Eso fue lo último que la joven oyó antes de abrir los ojos y notar con gran desconcierto que no estaba en su casa; sentía una extraña rigidez en todo el cuerpo, no podía mover los brazos, ni las manos, ni alguna otra parte del cuerpo.

¿Qué estaba pasando?

Tampoco podía hablar, quería lanzar un grito pero este no salía de su inmóvil boca. En cuanto todo se puso más claro pudo ver delante de ella los estantes llenos de muñecas de aquella tienda.

"¡Nooo!" solo podía pensar.

—Ya te tengo —le dijo aquel vendedor cuyo rostro ya no podía recordar y que ahora le mostraba una expresión tranquila y algo alivianada—. Me falta menos para que mi familia regrese conmigo.

La joven observó con infinita tristeza que ahora era parte de la tienda de muñecas.

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FIN