Querido Sang-ho

Capitulo 4:

Las manecillas del reloj continuaban su curso sin parar, llevándose con él la oportunidad de recuperar lo perdido. Chin-hae seguía igual, con la misma necesidad de progresar con la que llegó y el mismo deseo de regresar. Aunque no del todo, había algo diferente, ahora era inmune al dolor, a las lágrimas que escondía detrás de un "estoy bien, gracias" cuando las personas le preguntaba como estaba. El se aferraba a su fe, a las ganas de cumplir lo que prometió.


Los alumnos se hallaban parados en la ventana presenciando la primera nevada del año. Aunque ya debían estar acostumbrados siempre les emocionaba ver aquellos copos caer, algunos de golpe y otros dejándose mecer con gracia por el viento.

—Si sigue nevando así —dijo Hana sin dejar de mirar hacia el suelo del jardín—, podremos ir a la colina el fin de semana.

—Yo paso, muchas gracias —contestó Dae-ho cortante.

—¿Qué hacen en la colina? —preguntó Hyo apoyando su espalda del vidrio de la ventana.

—Nos lanzamos en tablas sobre la nieve —replicó Sang-ho.

—Sí, pero su majestad el gran Dae-ho se siente muy superior para divertirse —Hana tomó asiento, frunciendo el ceño.

—Hana, Hana —repitió lentamente, como rezándole al viento a la vez que abría una revista local—, esto es diversión para gente de nuestra edad, no juegos tontos e inmaduros —colocó el periódico sobre la mesa de la joven, mostrándole una pagina que enseñaba fotos de un club nocturno.

—Tu no puedes ir a esos lugares —advirtió Chin-hae a la vez que le echaba un ojo con curiosidad al articulo.

—¿Quién dice que no?

—No tienes la edad —contestó Sang-ho apuntando con el dedo unas letras que decía claramente "Se debe tener 18 años o más para poder ingresar al club".

—Sang-ho amigo —Dae-ho rodeó su hombro con un brazo, descargando gran parte de su peso sobre él—. Si continuas juntándote con la "ñoña" de Hana nunca aprenderás nada de la vida.

Aquellas palabras lastimaron a la joven la cual se puso de pie molesta y salió del salón. Tanto Chin-hae como Sang-ho condenaron a Dae-ho con la mirada a pesar de que no era la primera vez que esos dos discutían, pero este simplemente se encogió de hombros restándole importancia.

La clase transcurrió de lo más normal, entre algunos deseando que las horas se convirtieran en segundos y otros con la mente muy lejos de allí. El profesor lanzaba una que otra pregunta al aire, atrapándolos en su ensimismamiento y falta de atención.

Y por fin, como un canto de los ángeles, la alarma de salida sonó. Alumnos salían por doquier, ordenados de sus aulas, reprimiendo las ganas de correr y desaparecer del lugar, pero claro, siempre habían unos que otros que se quedaban en los alrededores e incluso en el patio del colegio, conversando con sus amigos por diversión o porque preferían estar en cualquier lugar menos en su hogar.

Al salir en la entrada vieron a un auto negro que esperaba por Hyo. El joven se encontraba en la puerta junto a una chica de baja estatura, tez blanca y cabellos negros, tan negros como la noche. Hyo miró a Sang-ho y ella le siguió la mirada, luego rodó su atención hacia Chin-hae y le obsequió una sonrisa tímida.

—Los estaba esperando —Hyo caminó hacia ellos seguido de aquella muchacha—, porque quería presentarles a mi prima, Ae-cha.

—Mucho gusto —dijo Ae-cha con aquellos ojos que brillaban satisfechos de lo que veían.

—El gusto es mio —replicó Chin-hae con amabilidad.

—El es Sang-ho, el chico del que te hablé —le contó agasajandolo con la mirada.

Aquel gesto molestó a Chin-hae sin embargo, esta vez se mordió las ganas de insultarlo.

—Me alegra mucho conocer chicos de mi edad —dijo emocionada centrando su interés en Chin-hae—. Además comenzare a estudiar aquí este año.

—Te va a gustar mucho —dijo Sang-ho con un tono de voz que expresaba bienvenida, recibiendo sólo una mirada fugaz de desprecio acompañada de una sonrisa cínica. Tragó seco retrocediendo un paso, era obvio que no le cayó en gracia, pero aquello no le robó la hospitalidad.

—Serás bienvenida, de eso no tengas duda —Chin-hae sonrió—. Lamentablemente ya debemos irnos, pero fue un gran placer conocerte —dijo haciendo una reverencia que cerró la conversación.

Ae-cha miró a su primo satisfecha luego de que se encontraron a solas.

—La verdad no creo que haya nada entre ellos —dijo echándole un segundo vistazo a la pareja que caminaba ya a lo lejos.

—Eso espero —Hyo suspiró abriendo la puerta del auto.

—Hyo —Ae-cha lo detuvo del brazo—, te meterás en graves problemas con mi tío si se entera de tu problema.

—¿Mi problema? —soltó una risilla burlona—. Ser homosexual no es ningún "problema", además tan pronto como Sang-ho me acepte hablaré con él.

—¿Y si no?

—Eso no es una posibilidad —contestó muy seguro de sí mismo—. He tenido todo, absolutamente todo lo material de este mundo menos...menos la felicidad. Ya me toca ¿no? —entró al auto molesto por lo que la vida le había negado.

Ae-cha sólo negó para sí.

La nieve ya cubría gran parte de los campos lo suficiente como para dejarse tatuar los pasos de aquellos que caminaban sobre ella. Sang-ho cerraba el abrigo de Chin-hae regañandolo por su descuido mientras este atrapaba copos de nieve con la lengua, haciendo caso omiso de las quejas del joven.

Caminaron hasta llegar a una casa hecha ruinas muy dentro del bosque, desde allí sentados en el suelo presenciaron la nevada. Improvisando juegos, creando muñecos de nieve deformes y burlándose de la poca cualidad artística del otro sin darse cuenta, de que el tiempo danzaba frente a ellos.

—Podemos vivir aquí —sugirió Chin-hae asegurando su abrigo cuando el frío comenzó a calar sus huesos.

—Moriríamos congelados —contestó frotando sus mejillas para darse calor.

—No si estamos todo el tiempo abrazados —dijo envolviendo a Sang-ho entre sus brazos.

—Oye —le llamó Sang-ho levantando el rostro, rozando la mejilla de Chin-hae con la punta de su nariz—, es bonita ¿verdad?

—¿Quién? —preguntó apretándolo más a él.

—Ae-cha.

—Sí, es muy bonita —respondió sin titubear, pegando su oído en el pecho de Sang-ho, sin notar el pequeño puchero en su rostro.

—¿Qué haces? —preguntó como si el joven junto a él, había enloquecido.

—No hables —ordenó con una sonrisa absorta, como el que escucha un susurro—. Me agrada escuchar el latido de tu corazón. Es una prueba de que existes y que no eres un producto de mi imaginación.

Sang-ho quiso responder a aquellas palabras, pero prefirió no hacerlo ya que para ese entonces Chin-hae parecía estar muy lejos de allí, con la vista puesta en algún punto del cielo, aquel cielo que se vistió tan blanco como esas lágrimas congeladas que dejaba caer.

Como era común en un día activo de la semana, los caminos se encontraban casi vacíos, las almas jóvenes de aquel pueblo se encontraban a puerta cerrada en sus habitaciones, terminando alguna que otra faena relacionada con la escuela.

Sang-ho bajó a la cocina luego de terminar el último ejercicio de matemáticas pendiente para la semana. Se dispuso a abrir la nevera cuando Bae apareció, cerrándola de golpe antes de que consiguiera meter la mano en ella.

—¿Qué crees que haces? —preguntó separando las palabras en sílabas, sus ojos casi tan rojos como la sangre. Era obvio que estuvo tomando.

—Sólo vine por algo de beber —respondió Sang-ho, sintiéndose intimidado por aquella mirada enfurecida, se podría decir que casi malévola.

—¿Crees que lo mereces? —Bae alborotó los cabellos de Sang-ho con rudeza—. Cuando traigas dinero, comes.

—¿De dónde lo voy a sacar? —vio como el hombre sacaba un costoso puro de su bolsillo y lo encendía frente a él, arrojando el humo proveniente de aquel vicio en su rostro. Sang-ho toció en busca de aire.

—No lo se —respondió, una expresión descarada y luego prosiguió—, tal vez poniéndote a trabajar, pero aquí no vuelves a comer si no traes dinero. Si te veo poniéndole la mano así sea a una migaja de pan te juro que te saco todos los dientes a golpes —amenazó destapando una botella de cerveza.

Sang-ho se fue corriendo a su habitación donde comenzó a llorar, la impotencia fue la causante de aquellas lágrimas. Ver como su mundo cambió de la noche a la mañana por culpa de un completo extraño, un hombre que lo trataba como si fuese su enemigo. Y su madre, su madre se hacia de la vista gorda con tal de no perder la supuesta felicidad que le daba el tener a un hombre al lado. Según la mujer, la presencia de Bae la llenaba de vida, como si su valor dependiera de aquella compañía inútil.

Limpió aquella humedad de sus mejilla, borrando la evidencia de su llanto, de su debilidad, para luego pensar que iba a hacer, pero no estaba dispuesto a soportar los insultos de Bae por algo tan simple como un pedazo de pan. El podía trabajar y estudiar al mismo tiempo pensó, aunque le quitara tiempo para estar con Chin-hae, pensó.

Chin-hae colocó los platos en el lavadero, aun podía saborear la deliciosa cena que preparó su madre sin embargo, esa noche le tocaba fregar los platos ya que en su familia tenían la costumbre de repartirse los quehaceres diarios, así nadie se quejaba de que trabajaba más que el otro. Vivían en armonía por así decirlo, aunque aquello no restaba alguna que otra discusión, al fin y al cabo no eran perfectos.

—¡Chin-hae! —le llamó su madre desde la sala.

—Dime —asomó la cabeza por la puerta de la cocina notando la presencia de una segunda persona junto a la mujer. Salió del todo mirando a aquel visitante como si se tratara una ilusión —. ¿Ae-cha?

—Le decía a tu amiga que es una lástima que no vino mas temprano —se lamentaba—, así hubiera cenado con nosotros.

—Muchas gracias —contestó amablemente—. Mi madre y yo estábamos horneando pasteles y pensé en traerle varios a Chin-hae y su familia.

—Gracias —contestó absorto, no esperaba la visita de aquella joven con la que cruzó unas dos o tres palabras— ¿Como supiste donde vivía?

—Es un pueblo pequeño, no es difícil de averiguar —respondió mirando su reloj— Bueno ya debo irme, le dije a mi madre que solo vendría por cinco minutos.

—Chin-hae acompañala a su casa. No esta bien que ande sola a estas horas de la noche —sugirió su madre.

El joven tomó las llaves de su casa, luego de una cortés despedida se fueron.

Se abrieron paso por los callejones abrazados por la penumbra, oscuridad que se dejaba acariciar por la tenue luz proveniente de los faroles y las aves, como un pincel, le daban un toque estremecedor.

—Gracias de nuevo por los pasteles —repitió como excusa para romper el silencio incomodo.

—Lo hice con gusto. Me agradaste desde el momento en que te vi —confesó—. ¿Tienes novia?

—Sí —contestó—, pero es complicado.

—Si quieres hablar de ello, puedes contar conmigo —se ofreció colocando su mano en el hombro de Chin-hae y este asintió.

Dos minutos más tarde llegaron a una hermosa casa al final del camino. Desde la reja de afuera no fue mucho lo que vio ya que la vivienda se encontraba completamente rodeada por un alto y bello jardín con varios tipos de flores y plantas, pero notó que era de tres pisos, de un tono marrón claro adornada con elegantes ventanas de vidrio.

Se despidieron con un "hasta mañana" y Chin-hae esperó a que Ae-cha entrara a su casa. Tan pronto como aquello ocurrió se fue corriendo, tomando un atajo rustico por donde tuvo que atravesar un pozo. Aquel camino lo llevó hasta la casa de Sang-ho, sin atreverse a tocar el timbre se paró frente a ella. Miró las ventanas percatandose de que las luces aun se hallaban encendidas y en ese instante lo vio, aquello hizo que su corazón diera un salto de regocijo.

El toque de una piedra en la ventana fue suficiente para llamar su atención. Sang-ho se asomó hondeando su mano como saludo, sonriendo cuando Chin-hae le lanzó un beso al aire, deseando que fuera un nuevo día para poder estar juntos.

Chin-hae permaneció allí por varios minutos, en una conversación a base de muecas, haciendo reír a Sang-ho a la vez que maldecía su poca habilidad a la hora de comunicarse con señas, sin saber, que aunque sea por unos segundo, le había robado la tristeza.


El tiempo pasó volando frente a sus ojos y cual paloma mensajera sin retorno se llevó un año de él.