1.

Thomas entreabrió sus ojos dejando que los rayos del sol se escabulleran entre sus pestañas, haciendo la imagen borrosa gracias a la luz. Cerró sus parpados nuevamente y volvió a abrirlos, esta vez completamente. La habitación era iluminada por la luz del día, dejando ver con claridad el gran ropero de roble, el pequeño escritorio, su silla de madera, un pequeño librero conteniendo varios libros y unas repisas llenas de objetos, cosas que Thomas les llamaba "Tesoros de su infancia".

En el escritorio yacían tres libros, uno encima de otro. El primero trataba de historia, cubierto con una pasta azul como la noche, el segundo contaba sobre geografía con una pasta café cubriéndole y el último, pero no menos importante para Thomas, un ligero y fino libro de nombres para niños. Junto a estos libros una libreta, parecida a una agenda. Lo que parecía una lata decorada y pintada de diferentes colores, reposaba en el escritorio en la esquina superior derecha, con lápices y plumas. Todo esto llenaba la escribanía de su habitación.

Los sonidos de las aves y el sacudir de las hojas inundaron la habitación, haciendo que Thomas se sentase en su cama y voltease a la izquierda, donde su ventana se encontraba. Solo una parte de la ventana, una mitad, se encontraba abierta. Podía ver desde donde se encontraba las afueras, mirando al árbol junto a su habitación. Las cortinas de color turquesa se movían de un lado a otro, suavemente al compás de la brisa que llenaba la habitación.

Thomas extendió ambos brazos, estirándose mientras bostezaba. Restregó sus ojos y se acercó a la orilla de su cama. Las plantas de sus pies hicieron contacto con el suelo frío, haciéndolo despertar aun más. Llevó sus manos a su cabeza para levantar ciertos mechones que cubrían su vista. Caminó hacia el escritorio y haló la silla para luego sentarse en ella, tomó una pluma y abrió la agenda. En ella se encontraban un sin fin de páginas llenas de nombres para un bebe. Tales como:

Finn.

John.

Carter.

Skyler.

Así seguían, llenando cerca de tres páginas, pero, finalmente a través de un sueño revelador el nombre perfecto le había golpeado la cabeza. Ollie. Atravesando con una línea fuerte eliminó todos los nombres que había buscado día tras día y anotó: "Ollie" en la primera página.

Con una gran sonrisa se puso en pie y salió de su habitación. Siendo su habitación un ático del pequeño departamento, era el único que debía bajar escaleras para llegar a la sala, la cual estaba junto a la cocina y el comedor. Su apartamento era diminuto y junto a la sala se encontraban tres puertas. Todas eran habitaciones para la familia y en estas unos baños que tenían que ser compartidos por los habitantes de los cuartos.

Thomas llegó a la sala y pudo ver a su madre cocinar lo que era el desayuno. Sonrió y miró a su estomago, dentro de ella podía imaginar al pequeño Ollie, el bebe de nueve meses que pronto llegaría para quedarse junto a la gran familia. Su madre miró sobre su hombro y sonrió.

-Buenos días, Thomas –le dijo sonriente -¿Has despertado bien? –Thomas asintió para el alivio de su madre –Me alegra. Thomas, has me un favor y despierta a tus hermanos por mí.

-Está bien –sonrió Thomas.

Thomas, para su edad, era un niño responsable y se tomaba sus tareas de manera seria. Con nueve años era el mayor de cinco hermanos, pronto de seis, y tenía que ser un buen ejemplo para ellos. A Thomas le gustaba despertar a sus hermanos, bueno, no siempre, habían veces que podía ser cansado.

Entró en la primera habitación, la de los gemelos. Flynn y Nathaniel. Ambos gemelos tenían siete años, sus cabellos eran de un color rojizo, aun así, café; eran de tez clara y ojos color azul claro. Thomas se acercó a la cama a la derecha, donde Nathaniel se encontraba envuelto en sus sábanas. Colocó su mano en el hombro y lo sacudió.

-Nathan, despierta, mamá dice que es hora de desayunar –le dijo en voz suave. Nathaniel gruñó y se dio la vuelta. Thomas, frunciendo su seño, se cruzó de brazos colocándolos sobre su pecho. Caminó a la otra cama, al lado contrario de la habitación. Se inclinó y sacudió al otro gemelo -Flynn, despierta, Flynn.

-¿T-Thomas? –preguntó Flynn aun en voz ronca -¿Qué horas son?

-Son las siete de la mañana –contestó.

-¡Es muy temprano! –dijo Nathaniel del otro lado de la habitación. Thomas presuroso tomó una almohada y se la lanzó. Nathaniel la esquivo y rió junto con Thomas.

-Más vale que se levanten si quieren desayunar, de otro modo yo me lo comeré todo –los gemelos rieron y Thomas caminó hacia la ventana que dividía la habitación en dos.

Deslizó las cortinas anaranjadas, contrastando con el cuarto amarillo, para que la luz entrara a la habitación. Abrió ambas partes de la ventana y la brisa entró libremente por ellas. Caminó a la puerta, aun escuchando las risas de los gemelos con una sonrisa en su rostro, pero antes de salir se detuvo en el marco de la puerta y los miró.

-¿Qué les parece Ollie? –preguntó. Los gemelos se miraron con una gran sonrisa y asintieron enérgicamente.

-Nos parece perfecto –dijeron al unisonó. Thomas sonrió y se dirigió a la otra habitación.

Entró a la habitación roja con cortinas marrones. En ese instante, ambos niños que se supone que Thomas debía despertar, saltaron de sus camas y corrieron a la puerta. Thomas, sabiendo su juego, bloqueó salida alguna y tomó a ambos de la cintura, levantándolos y dejándolos caer en sus respectivas camas. Mientras eso ocurría, risas de los niños resonaban en la habitación, haciendo que Thomas riera por consecuencia.

-Hermano Thomas –dijo Rigby, el cuarto de los cinco hermanos, un niño de seis años con cabellos marrones y ojos grisáceos; mientras señalaba al otro niño al otro lado de la habitación –Douglass no me dejó dormir anoche –dijo con un puchero –Por lo que tengo que dormir más ahora.

Thomas rió junto con Douglass al intentó de Rigby por querer ganar unos minutos más de sueño. Thomas miró a Douglass, el menor de todos los hermanos.

-¿Es eso cierto, Douglass? –preguntó Thomas. El pequeño niño solo rió divertidamente y se bajó de un salto de la cama, corriendo a las piernas de Thomas.

Thomas revolvió los cabellos ondulados del pequeño Douglass mientras sonreía. El pequeño miró hacia arriba con una brillante sonrisa, mostrando sus siempre impresionantes ojos violeta. Thomas flexionó sus rodillas y cargó a Douglass, sentándolo en su brazo. El oji-violeta rió alegremente.

-¿Has encontrado el nombre perfecto? –preguntó Rigby curioso. Thomas, orgulloso, asintió.

-Ciertamente –le dijo feliz –Ollie –Thomas miró a Douglass y le dijo a ambos -¿Qué les parece?

-Que has encontrado el perfecto –dijo Rigby mientras reía. Douglass asintió.

-¡Bien! –dijo Thomas optimista.

Salió con Douglass en sus brazos y lo dejó cuidadosamente en el suelo al llegar al comedor, ambos seguidos de Rigby. Los dos niños corrieron a saludar a su madre, quien los recibió con brazos abiertos. Después de eso, los gemelos aparecieron en la puerta de su habitación con grandes sonrisas. Saludaron con un "buenos días" y luego se sentaron en el comedor, seguidos de Douglass y Rigby. Thomas ayudó a Elizabeth, su madre, a servir el desayuno de cada uno, luego de eso, Thomas se sentó a disfrutar el suyo. Por un momento era silencio, a nadie le importaba, pero luego su Douglass decidió decir unas palabras. Bajó los cubiertos y los colocó en la mesa.

-¿Dónde esta papá? –preguntó mientras sus ojos observaban cada rincón de la casa.

-Papá no esta –dijo Elizabeth –Hoy ha salido temprano para que le dieran la tarde libre. La tomará para llevarlos de pesca.

Los rostros de todos los niños se iluminaron y se irguieron en sus asientos, volteando hacia su madre que se encontraba lavando los platos sucios en el lavavajillas. Su madre rió y los niños esperaron.

-Pero –dijo mientras los niños renegaban como cualquier infante haría al escuchar la palabra –No irán si no han terminado sus deberes.

-¡Pero mamá, hoy no hay escuela! –dijo Nathaniel indignado–Y las tareas son para el día después de mañana.

-No hay peros –dijo Elizabeth –Su padre bien lo dijo, sino hay tareas terminadas, no van –después de decir eso la madre miró ligera y disimuladamente sobre su hombro para ver como los niños por poco se atragantaban con el desayuno.

Fugazmente se levantaron todos y corrieron a sus habitaciones en busca de sus libros y libretas. Bueno, todos menos Douglass, quien al tener solo cinco años, aun no iba a la escuela. El pequeño sonrió a su madre y ella lo hizo de vuelta, con una sonrisa divertida que hizo a Douglass reír. Tranquilo terminó su comida mientras los demás, alborotados, sacaban sus materiales fuera de los bolsos.

Thomas subió sus escaleras como un rayo, abriendo y cerrando la puerta de su cuarto. Las paredes pintadas de un azul parecido o cerca de ser un celeste, digamos, un color entre medio de estos, lo recibieron con una alegre vibra. Las cortinas turquesa, más obscuras que las paredes, se movían de un lado a otro pasivamente mientras Thomas se sentaba en su escritorio a comenzar con sus deberes.