Capítulo 1
"El cliente con el cigarro de mota"

Desde que le dije a Linda Chang que en Europa eran obligatorios los descansos para fumar en el trabajo, tengo quince minutos para fumar diariamente. Sé que no fue nada honesto mentirle a mi supervisora, aunque supongo que es una pequeña venganza atrasada porque su ascenso se presentó antes que el mio. Sé que ella no tiene del todo la culpa, pero admitamoslo, Linda contribuyó siendo una completa lamebotas con el director regional de la cadena. Yo merecía ese puesto desde hace años, pero no iba a acostarme con nadie por un treinta por ciento de aumento en mi salario. Lo habría hecho al menos por un sesenta, pero el director tiene una fijación con las asiaticas, no con las rubias de cabello aburrido. Con el descanso para fumar, Linda y yo estamos a mano; ella tiene el salario, y yo mis quince minutos de relajación en este trabajo mierdero.

Como ya es costumbre, salgo al callejón trasero de la tienda, donde se reciben a los proveedores. No hay lugar más tranquilo a estas horas, por lo que me escondo en mi rincón secreto estrategicamente armado entre plataformas de madera y cajas vacías de mercancia. Me arrimo a una de madera y me siento para disfrutar mi cigarro. Comencé a fumar hace como cuatro años y desde entonces no he parado. Por como va mi vida, no pienso parar ahora. Inhalo y exhalo el dulce humo de un cigarro de una marca que ni siquiera me gusta, pero es todo lo que tenía: un triste y llano cigarrillo de puta. De esos que son delgados y que las mujeres se tienen que fumar con un filtro para verse interesantes y glamourosas. En este momento no soy ni lo uno ni lo otro, sino al contrario; estoy aburrida y más desaliñeada que un vagabundo, pero estoy en el trabajo así que no importa mucho como luzca. Jamás he sabido que alguna cajera encuentre el amor de su vida en plena jornada laboral.

Termino y luego tiro la colilla al suelo para apagarla con mi zapato. No he tardado ni cinco minutos, pero como no tengo más para fumar, decido quedarme sentada en la caja. Cierro los ojos y cruzo los brazos sobre mi pecho para tratar de dormir los diez minutos que me quedan. Tranquilamente mi cuerpo se suelta, y no falta mucho para caer en los brazos de una ligera siesta, cuando el sonido de unas cajas moviéndose me despiertan. Me levanto de golpe, y busco la fuente de aquel ruido. Camino, dando cuidadosamente la vuelta al pasillo que lleva a la calle, pero me paro al percibir un fuerte olor a hierba. Maravilloso, de nuevo los vagos tomaron el callejón de "Buy and Save". Tomo una madera alargada de la basura para tratar de espantar a los chicos.

—¡A ver, imbéciles!—salgo dando un brinco, con mi tabla en mano lista para dar un derechazo en caso de ser necesario—Este no es lugar para...—me detengo en seco.

Aquí no hay adolescentes fumando mota.

—¿Señor Carter?

El hombre da la vuelta, tratando de guardar la compostura y disimuladamente, tira el cigarro a su espalda y lo pisa con cuidado.

—Oh si, ¿en qué puedo ayudarte, chica del supermercado?

—¿En qué puedo ayudarle yo? No debería...—miro a su zapato—estar aquí fumando. Esta área es solo para personal autorizado y proveedores.

—Lo sé, es solo que me perdí buscando algo ¿Podrías bajar eso?—señala la madera que llevo en las manos—. Esta cosa me esta haciendo efecto y en verdad me pongo nervioso con la violencia.

—Por supuesto—lanzo la madera a un lado, haciendo que más cajas caigan al suelo. El señor Carter mira sus manos y luego, al poner los ojos en blanco, sé que pasa por un mareo. —¿No sientes que el piso se mueve?

Vaya niñita que es. No sabe absolutamente nada de sustancias ilegales. No lo sé por sus tontos sintomas post marihuana, sino por la selección mensual de revistas de decoración y bienestar corporal que compra. Cualquiera que lea eso, es un blando pedazo de carne—de buen cuerpo—que se marea con dos fumadas de hierba. Soy cajera de la tienda y he atendido durante un par de años al señor Carter y me da un poco de pena verlo en ese estado. Estamos en Summerville, un lugar turistico de descanso para gente rica que tiene casas de verano y que solo asoman la cabeza cuando hay vacaciones o días festivos. El señor Carter es uno de esos ricos, aunque él se ha diferenciado todos estos años siendo gentil y amable con todos en la tienda. Es normal que día con día algún cliente venga a preguntar "¿Sabes quién soy yo?" cuando no se les hace descuento en sus compras, o bien, que nos truenen los dedos cuando quieren llamar nuestra atención, como si fueramos una más de sus mascotas con pedigree. He aprendido a darles por su lado por eso de que el cliente siempre tiene la razón, pero eso nunca ha pasado con el Señor Carter. Es dificil ignorar a una persona como él. Recuerdo de repente el día que me felicitó por el Día de la Mujer—incluso cuando no creo en esa mierda—, o cuando alabó mi corte de cabello punk y entonces, sé que no puedo dejarlo con su mareo de hierba.

—Bien, Señor Carter—lo tomo del brazo y lo llevo a mi caja, en donde lo siento—. Quédese aquí hasta que se pase el mareo. Si es el primer cigarrillo, no tardará en...

—¿El primero? Bah, tengo dos días así—saca una bolsa con cierre hermetico y puedo ver que la cantidad de hierba es casi nula—. La compré hace como dos días en este mismo callejón.

—Se la vendió Sanjay, ¿cierto?

Mi compañero, el encargado del área de electrónica, era el único dealer para la gente con dinero y bueno, a veces me vendía a mi cuando mis padres salían de fin de semana.

—Si. Sanjay, Sanjey, como sea—contesta fastiado—. Esta cosa es realmente buena, ¿quieres un poco?

Saca un cigarrillo de su pantalón y me lo entrega en la mano. Está un poco aplastado por el transporte, pero parece perfectamente elaborado. Se nota que el señor Carter estuvo perfeccionando su técnica estos últimos dos días.

—Me encantaría y todo, pero estoy trabajando, y no creo que sea la mejor idea, señor...

—Dejemonos de formalismos, chica del supermercado.

—Perfecto, entonces deje de decirme así—le devuelvo lo que me acaba de dar. Si Linda me ve con algo así, me despide sin pensarlo dos veces.

—Esta bien, esta bien ¿cómo te llamas?—pasa la lengua por el cigarrillo para sellarlo nuevamente.

No puedo dejar de sentirme herida. Le atiendo desde hace tiempo, con esa estúpida placa de metal falso con mi nombre en letras mayusculas y, ¡¿jamás se ha fijado en ella? Es un hipocrita, aunque mi ojos no se pierden su acción en ese momento. Jamás le había visto sacar la lengua, y por muy extraño que pueda llegar a sonar...me parece que es una de las cosas más sexys que he visto en mi vida. Lo sé, soy una loca.

—Marley—mi voz parece un murmullo, pero luego tomo concentración nuevamente y le respondo con voz normal—Me llamo Marley, Señor.

—Mucho gusto, Marly Señor—levanta la mirada apenas, y luego me hace un lugar en el banco improvisado—Ven, sientate.

Miro cómo prende el cigarro con un encendedor que parece más caro que mi teléfono celular. Este tipo debe de ser muy, pero muy rico.

—No puedo estar aquí mucho tiempo. Solo tengo quince minutos de descanso—me siento a su lado—Y no es Marly Señor, es...

—Si, lo sé, solo bromeaba—él le da una profunda fumada, y saca el aire con tanto placer que se me antoja una pequeña probada y lo nota, porque me lo entrega nuevamente—. Toma. Ese Sanjay me vendió algo muy bueno.

El señor Carter tiene toda la razón. Al ser dealer de gente con dinero, Sanjay consigue de la mejor mercancía del mercado para sus clientes. Es el vendedor más dedicado que conozco, tanto en la mercancía legal como la ilegal.

—Bueno, qué diablos.

Tomo el cigarrillo y le imito, lanzando de golpe el humo cuando me raspa la garganta. Toso fuertemente, aguantando una horcada. Hace mucho que mis padres no se van de vacaciones, por lo tanto, hace tiempo que no fumo hierba. A pesar de que tengo que acostumbrarme, nos pasamos el cigarro intercaladamente, hasta que solo queda un tramo pequeño.

—Y dime Marly, ahora que estamos en confianza, ¿puedes dejar de decirme señor? O bueno, al menos dime porqué lo haces.

—¿Porque usted es un cliente y estoy acostumbrada a decirle así?—respondo preguntando, sin saber realmente la respuesta.

—Si, puede ser...aunque ahora somos amigos—él me da una mano, y yo no dejo de pensar que esta es una de las situaciones más extrañas de mi vida. Si Betty, la señora de Abarrotes me viera "haciendome" amiga del Señor Carter, seguro le daba algo por la envidia—. Por cierto, me llamo Colin, así que puedes llamarme...Colin.

Lanzo una carcajada al escuchar eso, pero luego me callo.

—¿En serio te llamas así? Vaya, quién iba a saberlo

Por supuesto que sé que se llama Colin. Ha pagado con su American Express tantas veces que me he aprendido todos los datos de aquel plastico. Nos quedamos en silencio cuando el cigarro se termina, pero luego saca otro. Este es un Malrboro normal.

—Dime, ¿sueles fumar de esto muy seguido?

—¿Hierba? No realmente; lo hago solo cuando estoy de humor.

Colin prende el Marlboro y me mira de pies a cabeza.

—Y ahora...¿estás de humor?

Siento mis mejillas arder. Creo que vi un ligero, ligerisimo toque de lujuria en sus ojos, pero lo dudo demasiado. Hoy me veo igual de atractiva que Charlie Sheen en ácido.

—Ehm, supongo que si. Es decir, ¿fumar marihuana con un cliente en un callejón detrás de mi trabajo? Si, porqué no—comienzo a carcajearme como imbecil. La hierba es en verdad muy fuerte—. Sonó como una buena idea hace un rato, aunque ahora lo dudo un poco. Ya sabes, eres mucho mayor que yo, no te conozco y estoy en horas de trabajo.

—Espera, espera, ¿"mucho mayor que yo"? ¿Qué se supone que significa eso?

—Pues significa lo que significa—le explico—. Debes tener como unos cuarenta y cinco o algo así.

—No jodas, ¡¿me veo de cuarenta y cinco?

Vamos, no parece de esa edad. Ni remotamente. He discutido este tema con Betty en los turnos nocturnos, y ambas hemos llegado a la conclusión de que el Señor Carter, es decir, Colin es de esos tipos que toda su vida han sido apuestos y que han conseguido lo que quieren solo por cómo lucen. De hecho, normalmente, él es tan guapo que es casi de mal gusto, aunque su apariencia descuidada y ese bigote mal peinado, no le han ayudado nada en los últimos meses.

—No, claro que no pareces de cuarenta. Fue solo un número que dije al azar—trato de que suene a disculpa, pero no lo consigo. Más bien se me atoran las palabras en la lengua cuando trato de sonar seria—Okay, ya en serio, entonces dime cúantos años tienes.

Él tira la colilla del cigarrillo. Busca en su sudadera de los Yanquis una cajetilla nueva y enciende uno mentolado. No son mis preferidos, pero el humo es el humo y si puede ocultar el olor a magia que acabo de inhalar, es mucho mejor.

—Acabo de cumplir treinta y dos—responde, exhalando a un lado para que el humo fresco de menta no me dé directo en la cara—. ¿Y tú? Tendrás como diecisiete o algo así. Seguro ni es legal que te esté dando cigarrillos normales.

Lanzó una carcajada cuando él me comparte el vicio humeante. No sé si tomarlo como un halago. Quizás su respuesta fue producto de mis llamativos accesorios en el cabello, o de mis uñas pintadas de todos los colores.

—¡¿Diecisiete? Ofendes mi trabajada madurez!—no puedo evitar toser mientras mi garganta se acostumbra al nuevo sabor. Juego por un segundo a hacerme la ofendida, con una palmada en mi pecho—Supongo que parezco más joven, pero en realidad tengo veinticuatro. Veinticinco la semana que entra. ¿No se nota?

Okay, esa pregunta fue casi retorica. Colin lo sabe, no solo por mi casi adolescente apariencia, sino porque un día me atrapó en la caja haciéndome un tatuaje con pluma. Sin mencionar claro que trabajo en el supermercado. Sé qué es lo que está pensando porque no ha parado de ver mi uniforme.

—¿Sabes? Este iba a ser solo un trabajo de verano—le paso el cigarrillo—. Tenía diecisiete y quería comprarme los discos de Britney Spears con todas mis fuerzas. ¿No es triste?

—No lo creo. Luchaste por algo, y ese algo era Britney Spears, ¿qué tiene eso de triste?

—Que jamás compré los discos—confieso—Todo ese esfuerzo inicial era para ello, y me lo gasté en comida chatarra y entradas al cine.

Suspiré, con un peso menos de encima. No era la gran confesión, pero nadie sabía lo de los discos. Nunca le había contado esto a nadie y lo hacía ahora, al único cliente decente y amable que tenía en ese mar de snobs con problemas de soberbia. No podía sentirme más perdedora.

—Te contaré algo triste, relacionado con Britney Spears.

—De acuerdo, te escucho.

—¿Recuerdas ese video en dónde salía vestida de colegiala, con sus coletas y todo eso?

—Por supuesto. "Baby one more time" es de mis videos favoritos desde que nací...bueno, no desde que nací, pero entiendes.

—Ah, pues una vez...—Colin hace una pausa para tomar aliento—Una vez mi mamá me encontró masturbandome mientras veía ese video. Fue la segunda peor vergüenza de mi vida.

—Oh vaya. Si que es triste...y patetico—más patetica era yo, escuchando hablar de las perversiones de un hombre con bigote sucio...en un callejón. Si mi hermana me viera, se alarmaría igual que la madre de Colin. Sacudo mi cabeza al recrear la imagen en mi mente: él, de unos buenos veinticinco, jugando con su cosa y su madre, entrando a la habitación con ropa limpia. Suficiente, es hora de cambiar de tema—. Así que te gustan las rubias, ¿no?

—¿Britney es rubia? Siempre pensé que era castaña.

—Castaña al menos de la cintura para abajo, pero ya, dejemosla en paz porque no lo digo por ella, sino por la chica que venía contigo antes.

—¿Cual chica?—me arrebata el cigarro, y lo coloca en sus manos, observando como se consume.

—Ya sabes, la Pamela Anderson, pero con pechos naturales que venía contigo a comprar la despensa. Tenía una risita pegajoza, y dejaba que pagaras hasta sus tampones. Se llamaba Michelle, Rochelle...

—Anabelle—me interrumpe.

—¡Anabelle, si! Ella, pero ¿qué pasó con ustedes? Sanjay y yo tenemos una apuesta: yo siempre he creido que ustedes son esposos y él que solo es, en sus propias palabras, tu nena, pero hace algún tiempo que no compran viveres juntos.

Colin sonrie al escucharme decir nena con el acento hindú de Sanjay, pero luego hace un gesto serio.

—Si bueno, Anabelle es mi esposa.

—¡Lo sabía! Sanjay se comerá mis calzones—digo victoriosa, pero a Colin no le hace gracia, así que hago como si no hubiera dicho nada. Odio haber tomado confianza tan pronto—. Y entonces, ¿que ha pasado con Anabelle? Seguro descubrió que hay ratas en el almacen.

—Nada de eso—Colin pasa saliva, y se levanta de la caja de frutas que compartimos como asiento—Ella esta embarazada.

—Wow, ¡felicida...!

—Ahorratelas. Creo que ni siquiera es mio.

Luego lanza un quejido porque el cigarro se le ha consumido entre los dedos. Su ceño se frunce, y aún debajo de sus vellos faciales, puedo ver la tristeza en sus ojos. Me disculpo por inocentemente traer el tema a colación. Quién iba a decir que detrás de su facha de buen tipo, Colin Carter sufría por esas situaciones dramáticas. Seguro que cuando se lo cuente a Betty, se pondrá a llorar igual que yo quiero hacerlo en este momento.

—Lo siento, no lo sabía.

—Yo tampoco sabía que me engañaba, así que no te sientas mal.

—Vaya, qué perra—contesto asi y aunque me arrepiento por haberlo dicho, Colin parece darle la razón a mis palabras.

—De verdad que si—mira la chamuscada piel entre sus dedos, que comienza a levantarse en pequeñas ampollas—. Todo el mundo sabía que se tiraba a mi mejor amigo, pero ya sabes, nadie quería romperme el corazón así que se callaron todo. Jodidos amigos, ¿no? Justo cuando crees que son las únicas personas en las que puedes confiar, te salen con esto.

Quisiera darle la razón, pero mi mejor amiga desde siempre ha sido mi hermana mayor, así que no me la imagino ocultándome cosas de ese calibre, ni traicionándome de manera semejante. Supongo que es una ventaja entre las desventajas de que tu propia hermana sea tu única amiga en el mundo.

—Si eso hicieron, yo consideraría seriamente su amistad y...quizás vandalizaría sus coches de manera en que quedaran irreconocibles, ya sabes, con un bate de beisbol. A ver si así lo piensan dos veces antes de no querer romperte el corazón. Por cierto, ¡qué amigos más gays que tienes!

—Lo sé, esa excusa fue tan estupida que tuve que alejarme de la ciudad por tiempo indefinido y ahora vivo en mi casa de verano, manejo mi bote y fumo hierba casi todo el día. Anabelle se quedó en la ciudad.

Ahora estaba claro. Si lo vemos casi diario en el supermercado comprando bolsas de cheetos, queso amarillo en spray y cerveza fria, es porque ha tomado a Summerville como refugio de su espantosa vida diaria. El problema con su esposa en serio le pegó fuerte, aunque después de todo, Colin tiene ese sentido del humor que siempre me imaginé que tendría. No se inmutó cuando le dije perra a su esposa, y yo tampoco cuando me contó acerca de su masturbación con Britney Spears. Sin lugar a dudas, fue un encuentro raro...pero satisfactorio, con algo de hierba en el camino. ¿Había algo mejor que esto?

—¡Marleeeeeeeeey!—escucho la voz de Linda.

Miro mi reloj.

—¡¿Media hora? Por Dios, va a despedirme. No, es más, va a sodomizarme —me levanto de un salto y corro hacía el almacen, aunque regreso ante la mirada de un perplejo Colin—Lo siento, fue super divertido hablar contigo. Gracias por la hierba, fue lo máximo y bueno, ojalá que tus problemas se resuelvan pronto...y por favor, ¡deja a todos esos amigos gays y sácalos de tu vida! Creeme, estarás mejor sin amigos.

—Pero, ¿no éramos amigos tú y yo?

No sé cómo decirle lo contrario. Ambos estamos en un estado psicotropico ampliamente sensible.

—¡Por supuesto que lo somos!, pero debo irme en serio o si no tendrás a una amiga sin trabajo, así que nos vemos.

Entro al almacen dejando a Colin entre las cajas, como si fuera un gato sin hogar y me siento mal conmigo misma por darle falsas esperanzas a un hombre que ha sufrido mucho. Después del regaño monumental de Linda, y una enésima amenaza por despedirme, voy corriendo al pasillo de cereales, en donde Betty acomoda las cajas de Lucky Charms.

—No vas a creer con quién acabo de fumar un cigarro de mota...—le digo, contándole luego toda mi hazaña de esta tarde con Colin Carter.

Odio cuando la gente compra fruta. Es fastidioso introducir uno a uno los codigos en la caja registradora. ¿Porqué demonios las manzanas no tienen código de barra?

—Doce con sesenta, por favor—le digo a una ancianita que me paga con el cambio exacto y se va—. Buenas tardes, ¿encontró lo que...?—le digo al siguiente cliente en la fila.

—Hola Marley, ¿cómo estás?

—Muy bien, Señor...

Colin tose.

—Pensé que ya habiamos pasado por esta etapa incómoda.

Esa etapa había pasado dos días atrás, en donde al parecer fumar marihuana con alguien, te hace algo así como su mejor amigo.

—Si, tienes razón, Colin—hago enfasis en su nombre.

Él deja en la caja su six pack de cerveza favorito, una bolsa de Doritos y...

—¿Un bate de beisball?, ¡estás bromeando, ¿cierto?—mi respuesta es tan efusiva que los clientes detrás de él me miran absortos—Es decir, ¿planea hacer alguna actividad deportiva con él y no algo sumamente ilegal, Señor Carter?

Espero que me diga que si y que en serio, no se haya tomado muy a pecho mi sugerencia de destrozar los autos de sus traidores.

—Claro que lo usaré para actividades deportivas...luego de terminar con lo que tengo en mente.

—En verdad, no creo que quiera meterse en problemas.

—¿Porqué no? El idiota de Tom tiene un Corvette rojo precioso y reluciente...y además tiene un seguro buenísimo que cubre cualquier clase de "accidente", así que, ¿qué dices?, ¿me acompañarás a jugar con el auto de mi mejor amigo?

No le contesto, porque los siguientes clientes observan nuestra conversación. Le digo el importe a pagar y él me da un billete.

—Aquí esta su cambio.

—Bueno, pues tú te lo pierdes...—me dice Colin, con una sonrisa asquerosamente linda.

Voy a vomitar arcoiris. Jamás dejaré de pensar en él como un gato lindo y abandonado, así que por lo mismo, logra convencerme. Acompañarlo será solo como darle un platito con leche fresca.

—¡Eh, Colin!—le grito y él da media vuelta—Termino mi turno a las once. ¿Pasas por mi?

Betty y yo teníamos razón: Colin Carter consigue todo lo que quiere siendo un niño bonito.

—Mi nuevo compañero y yo estaremos aquí a esa hora—acaricia su bate y luego se lo echa por el hombro—. Nos vemos, Marl.

Le observó caminar y esperar a que las puertas automáticas se abran.

—Señorita, ¿podría ser tan amable de atendernos?

La voz de mis próximos clientes me devuelve a la tierra. Con mejor humor continuo mi trabajo en la caja, pensando que jamás me he sentido tan contenta de venir a trabajar.

Gracias por leer!

Ale ;)