Eran las cuatro de la mañana, una madrugada sepulcral, sin sonidos ni gotas de lluvia. Todavía olía a porro y notaba el sabor de las últimas cervezas en la boca. Y, entonces, me puse a escribir...


Soledades.

Lo vi con claridad cuando la noches se deshizo entre mis dedos, y el humo amuralló mis ojos sumiéndolos en una ceguera fantasmal. Surcando las calles mojadas cual marinero errante, conviviendo con la soledad del alma anaranjada por la luz de las farolas, caminé sin rumbo fijo y a toda vela observando los valles de asfalto y las laderas de alquitrán que conformaban la hermosa ciudad nocturna. Perros abandonados cruzaban las carreteras como lobos esteparios perdidos entre la niebla, esperando que las nubes se apartasen para que la luna saliese en su encuentro, grande y hermosa, alumbrando la melancolía de la soledad y mostrandoles el camino de vuelta a unos hogares que ya no existían, o quizá nunca habían existido. Sola por la avenida, con árboles suspirando al ser tocados con los destellos blancos del cielo, y esa presión en el pecho que impide la respiración. El nerviosismo de los posibles encuentros, de aquel pasado que ya pasó. No volverá a florecer la ilusión de la inocencia en un rostro que ya no es infantil, y tal vez el dolor del alma es debido a la ruptura de los sueños que una vez existieron y ya jamás volverán. Pero esquivando los grandes gigantes de hierro que se mueven entre el asfalto de la gran avenida, con sequedad de mandíbuja y opresión de pecho, los fantasmas comienzan a desaparecer y a desvanecerse, y los monstruos surgen, de repente, con una sed de sangre impaciente.