Tres hurras por el verano.


Amanecer.

Despiertan los pájaros anunciando la llegada de un nuevo amanecer. Los rayos del sol se deshacen de las sombras nocturnas que acechan a los corazones solitarios, limpiando las calles con una luz cegadora, vaporizando cada rincón con su halo luminoso, eliminando las manchas oscuras y cerrando las heridas que se abren de madrugada. Un día soleado se abre paso, el primero tras un frío y largo invierno que logró congelar todo a su alrededor, convirtiendo las calles de la ciudad en caminos lúgubres y solitarios, repletos de transeúntes que ocultaban sus rostros para no ser dañados por el frío hielo que caía del cielo gris y encapotado. Pero ahora todos desvelan sus rostros, ocultos sólo por pequeños antifaces de los que ya no se pueden desprender. Las montañas de hierro y cristal que componen las calles gotean lágrimas de melancolía al derretirse el hielo, y el agua de la tristeza se desliza por las enormes laderas de alquitrán, mezclándose finalmente con los recuerdos olvidados de las almas ciudadanas que, con la llegada del verano, esperan renovar recuerdos mejores y dejar atrás las viejas canciones tristes de los ochenta que tanto escucharon durante los meses ya pasados. Cientos de miles de ojos se abren tras una dolorosa ivernación al escuchar a los pájaros cantar, quitándose al fin el velo que los cegaba, recibiendo los rayos de sol sobre sus rostros y levantándose por fin de la cama de hierro a la que ellos mismos se ataron hacia principios de otoño, cuando todo estaba muriendo junto a sus sentimientos.