Disclaimer: Uh, los personajes de ésta historia son propiedad de Lore & Majo, pero Aaron al ser pb Gaspard Ulliel es mío en parte, yk.

Le blablablá: Extraño Emiron como no se imaginan. Y en cuanto leí un fragmento del Emily/Tom y ésta mencionó que había vivido con Aaron por un tiempo, esto vino a mi cabeza acompañando la canción de Norah Jones. So, dudo mucho que alguien lea esto siquiera, pero aun así, esto va con amor para Majo, aka Rachel, & Enzo, aka, my husband. Thanks to my otp, Leeh, por betearlo. Love, folks.

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Good Morning

«Good morning, my thoughts on leaving are back on the table, I thought you should know

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Emily despertó aturdida entre los rayos de sol que se filtraban por la ventana y las sábanas de Aaron enredadas en sus piernas. Abrió un ojo, reticente a lo que podría encontrar frente a ella. Todo en el departamento tenía ese aspecto borroso que se da cuando acabas de despertar y tu cabeza da vueltas incontrolablemente. Cuando abrió el otro ojo, no pudo más que soltar un gemido y cubrirse la vista. Los rayos de sol la alcanzaban en ese lado de la cama, dejando a Aaron inmune del martirio que representaba la luz diurna.

La chica giró el rostro, buscando refugio en la almohada contraria, cuando observó la imagen frente a sus ojos. Aaron dormía con los labios levemente abiertos, soltando el aire con un suave siseo que quebraba el silencio de la habitación. Emily nunca lo había notado, jamás le había molestado, pero en ese momento ese parecía uno de los tantos motivos para irse.

Cada mañana era uno diferente. El día anterior había despertado sintiendo el brazo del francés rodear su cintura, con la nariz enterrada en su cabello y la respiración de una persona que intenta quedarse dormida contando ovejas. Emily había pensado que el brazo que la acercaba a Aaron era un símbolo de posesión, y se convenció a sí misma que ella no era ni de Aaron ni de nadie. Joder, si ni siquiera se pertenecía a sí misma, ¿cómo podía pertenecerle a alguien más?

Si hubiese tenido el juicio necesario, jamás habría aceptado viajar a Francia en primer lugar. Nada de paseos románticos a la orilla del Siena, ni besos en la Torre Eiffel para recordar cómo se habían conocido. Emily habría podido seguir viviendo en Ciudad Gris, molestando al idiota de Tom y pasando las noches en el Bar Nocturno con el pretexto de una copa; porque vamos, era obvio que prefería estar huyendo de los cazadores que de los sentimientos que Aaron despertaba en ella. Así que sí, se aferraría a cualquier pretexto que librara su conciencia de los cargos que representaba dejarlo sin avisar.

Y bueno, eso de que el tipo prácticamente roncara era una excusa tan buena como cualquiera. Se levantó, sentándose a la orilla de la cama y hundió el rostro entre sus manos, soltando un gemido. Hacer un juego de shots la noche anterior no había sido la mejor idea.

«—Tienes que dar un trago cada que esa chica diga 'oh', ¿de acuerdo?

Emily ignoró el acento francés que fluyó con la 'r' pronunciada. Si se fijaba demasiado en su acento, terminaba por perder el hilo de las palabras y ponerse en ridículo, así que simplemente asintió y empezó a servir los caballitos, mirando la pantalla y rogando que la chica no soltara la monosílaba.»

Miró hacia abajo sólo para descubrir que los shorts del piyama y la blusa de tirantes seguían en su lugar. Bueno, su memoria era pobre, pero su decencia se lo compensaba. Se levantó, tragando las ganas de vomitar que sintió en ese momento para avanzar hasta la pequeña cocina que tenían en el micro departamento de Aaron. Odiaba todo de ese lugar: las esquinas con largas sombras; todos los utensilios de cocina impares y las lámparas que se fundían cada dos por tres, forzándolos a encender velas; las sábanas con olor a Aaron y los enormes ventanales que daban al callejón adyacente al edificio. Todo apestaba a Paris y tenía un regusto francés. Odiaba que al respirar se sintiera como si ese fuera su hogar.

«—¡No, eso es trampa! ¡Esa idiota dijo 'oh' cuatro veces seguidas!

¡Bebe, Emily, no hay pretextos!

Aaron explotó en carcajadas en parte producidas por la botella de whisky que se habían terminado, en parte por la botella de vodka que ya llevaban por la mitad. Emily correspondió a sus risas, cerrando los ojos con fuerza cuando el último shot de bebida le dejó un regusto amargo en el paladar; siendo remplazado de inmediato por los labios de Aaron que se fundían en los de ella, recostándola sobre el piso de madera. Bueno, parecía que el juego había terminado y ambos habían ganado.»

Sirvió una taza de café, recargando la cadera en el mueble de madera para tomar un sorbo y soportar el martilleo en las sienes. ¿Por qué, por qué tenía que ser tan estúpida como para caer en las redes de un francés que ni siquiera sabía hablar el inglés sin que pareciera que agregaba una 'g' en cada sílaba y que pronunciaba su nombre como si el acento fuera en la última sílaba y no en la primera? Bajó la taza con un suspiro, impulsándose con una mano para separarse y amarrarse el cabello en una coleta improvisada. Regresó a la habitación, acercándose a la ventana para observar el gato que caminaba con toda pereza por la angosta callejuela. Las cortinas del vecino de enfrente estaban cerradas y la luz no entraba por ningún lado.

Estaba francamente decepcionada. En todo el tiempo que llevaba viviendo en París (16 días, 14 horas y 42 minutos), aún no había visto a las chicas vestidas con flats, blusas a rayas y boinas. ¡Se suponía que esas venían en el paquete junto a la Torre Eiffel y el museo de Louvre! Suspiró. Iba a extrañar París. No estaba lista para abandonar la ciudad que sustituía el agua por vino y comía porciones pequeñas de comida, y regresar al lugar en que todo estaba abandonado y gris. No estaba lista para abandonar…

—¿Qué haces despierta?

Reprimió el escalofrío que le embargó al sentir los brazos de Aaron rodear su cintura por detrás, notando como sus párpados se hacían más pesados al sentir los labios de él rozar sus sienes.

—Regresa a la cama, Emily, ya podrás pensar en una excusa para irte cuando despiertes mañana —mordió el lóbulo de su oreja con suavidad, tomándola de la mano para cerrar la cortina y evitar que los rayos de sol perturbaran el sueño de su chica.

Emily lo odiaba. Pero odiaba más el quererlo como lo hacía.