¿Hasta donde te puede llevar el amor, la locura, y la soledad? ¿Todas en el mismo cuerpo?


Delirios de un Vestido rojo.

Camina balanceándose por el borde del edificio.

Jugando con el tiempo, jugando con el mundo.

Su cabello negro como el azabache ondea al viento, mientras una sonrisa se desliza por sus labios.

Su amarillento vestido, se eleva y vuelve a bajar, varias veces.

Ella ríe cuando pierde el equilibrio, y suelta otra carcajada al recuperarlo.

Le parece por segundos, que todo es un juego, que al caer, tan solo abrirá los ojos, se sobará la espalda, se levantará y continuará corriendo.

Pero sabe que no es así. Porque cuando él, su amado, cayó al suelo, causando un sordo sonido al chocar contra el pavimento, no logró a levantarse.

Y ahora aquí está ella, dispuesta a correr el mismo destino, solo para encontrarlo.

— ¡Ágatha Lemoure —grita una estridente voz a través de un megáfono, desde un helicóptero— Aléjese del borde, baje del edificio y proceda hacia el bloque de policía, por favor!

Ágatha rió con ironía "…proceda hacia el bloque de la policía… por favor." Le parece demasiada la desfachatez, el pedírselo de aquella manera.

Al bajar sabe lo que sucederá, ya lo ha visto. La matarán, y les dirán a todos que por un cambio de aires quiso irse de la ciudad.

Pero realmente la habrán matado. Cruel y brutalmente.

Sigue recorriendo el borde del edificio con parsimonia. A saltitos a ratos y luego camina en círculos nuevamente.

Los tripulantes del helicóptero comenzaban a impacientarse, más ella no les escuchaba. En esos precisos instantes estaba sumida en su propia memoria.

Aún debatiendo si lanzarse al vacío o no, enumeraba sus razones, una a una.

Recordó la sonrisa de aquel ser amado que ya no la acompañaba.

Su vida, su corazón, sus suspiros, su todo.

Aquél a quien tanto amó, a quien tanto le dio, y quien con tanto se quedó.

Sonríe melancólica. Realmente le extraña.

"¿Me extrañarás tú?" Se pregunta, y mira suspicaz al cielo, como si éste tuviera la respuesta, más nada le responde.

Sigue fantaseando, perdida en recuerdos, en imágenes, pequeños trozos de felicidad que intentan arrebatarle con tanta insistencia.

Recuerda los besos, y siente un cosquilleo. Los abrazos, y siente la presión en su cintura.

Los recuerdos la llenan, y revive aquel que ya le ha abandonado, por cosa de segundos.

Pero para cuando todo se esfuma, y ella cae en cuenta de que fue un simple juego de su mente y su desesperación, recuerda el porqué de estar en aquel edificio, en la punta, jugando con la muerte, saludándola como una vieja amiga, porque ya la ha visto, y ahora la llama, la invita.

Levanta un pie y lo inclina hacia el costado, el lado vacío, la caída segura.

El helicóptero lo nota, y se llena de nerviosismo.

A ella tan solo le divierte.

De repente, se detiene, se queda quieta, mirando hacia el frente.

Y lo ve, enfrente suyo.

Con el cabello oscuro, los rizos, sus ojos suaves, sus calidas manos, sus rojizos labios.

Todo vuelve.

Y levanta el brazo, hacia ella.

La ilusión crece en el centro de su pecho. Crece y se extiende como una llamarada.

—Damien… —susurra llena de júbilo, sus ojos brillan y su rostro se ilumina— ¡Damien! —grita nuevamente.

Los del helicóptero intercambian una mirada confusa.

Eufórica, da un paso hacia delante, desesperada por tomarle la mano una vez más, desesperada por una simple señal.

Pero él tan solo sonríe.

Tan pronto sus pies dejan de tener algo sólido debajo, se da cuenta del engaño.

Maldita muerte, susurra, la ha engañado, como engañó a todos los que ella quería.

El viento se agita a su alrededor, y no lo puede detener.

Ya no juega con el tiempo, el tiempo juega con ella.

Más que temor, solo siente una extraña sensación de soledad. Y poco a poco, ésta se disipa, siente a todos sus seres queridos cayendo a su lado, sonriéndole, dándole ánimos.

Y ya no siente nada cuando su frágil cuerpo se impacta contra el pétreo pavimento.

No siente nada, cuando su hermoso vestido amarillo, se tiñe de rojo.

Carmín, carmín, carmín.

Damien está a su lado, dándole la mano.

Besa la punta de su nariz, besa sus nudillos, y finalmente la besa en la boca.

Y se siente feliz, por primera vez en mucho tiempo.

Se siente libre, y no se siente sola.

Porque él está a su lado.

Y lentamente, como si de una costura se tratara, su alma se desliza con suavidad.

Hasta abandonar al completo ese hermoso cuerpo sin vida, teñido de carmín.